Juicio a Tony Hernández desnuda vínculos entre crimen organizado y poder político

A la memoria de Arístides González, Alfredo Landaverde y Orlan Chávez. Así como de aquellos miles de hondureños y hondureñas víctimas del narcotráfico en Honduras.  A las 12:08 del viernes 18 de octubre de 2019, un jurado compuesto por diez mujeres y dos hombres en la Corte del Distrito Sur de Nueva York falló de forma unánime, que Juan Antonio Hernández Alvarado, hermano menor del presidente de la República de Honduras, Juan Orlando Hernández, era...

A la memoria de Arístides González, Alfredo Landaverde y Orlan Chávez. Así como de aquellos miles de hondureños y hondureñas víctimas del narcotráfico en Honduras. 

A las 12:08 del viernes 18 de octubre de 2019, un jurado compuesto por diez mujeres y dos hombres en la Corte del Distrito Sur de Nueva York falló de forma unánime, que Juan Antonio Hernández Alvarado, hermano menor del presidente de la República de Honduras, Juan Orlando Hernández, era culpable de cuatro delitos relacionados con narcotráfico. Tony Hernández, finamente vestido con su saco azul marino, de pie junto a sus abogados, vio cómo su libertad se esfumaba con cada uno de los cuatro veredictos  de culpabilidad que la vocera del jurado leía. Él, que se creyó intocable y dejó que su soberbia lo engañara (pensó que Miami era Gracias y erró) escuchó, pálido, cómo una docena de ciudadanos comunes, que ignoran siquiera a dónde queda Honduras pero conocen bien las desgracias que trae la cocaína a sus comunidades, lo condenaban a pasar el resto de su vida en prisión.

Dos reacciones hubo en la sala en ese momento: por un lado la familia Hernández, que hasta el último segundo guardó la esperanza de un veredicto de inocencia. Ellos no podían comprender cómo aquel joven que adoran, el benjamín de una familia enorme y digna, resultaba ser además el monstruo que la corte detalló por 12 días de juicio, capaz de matar y mentir, de asociarse con los más perversos criminales de la región, de corromper hasta el tuétano las instituciones que pertenecen al pueblo hondureño, para acumular poder y riqueza. No es de extrañarse que hasta el último momento su familia haya estado pidiendo pruebas contundentes, evidencias físicas que les demostrara que Tony era eso que aquellos criminales decían, porque ellos, oligarcas de fina estirpe, no imaginan a uno de los suyos asociarse con criminales de tan baja estatura. Las evidencias sin embargo nunca llegaron, no fueron necesarias: bastó con cinco testimonios para demostrar un patrón, un testigo puede mentir, cinco no.

Y estaba también el otro lado de la moneda de Tony Hernández, aquellos casi ciento cincuenta hondureños, hijos indignados de un país que los expulsa por la pobreza, la violencia y la corrupción: mal vestidos y escandalosos, que llegaron a la corte para ser testigos —como quien ve el season finale de una serie de Netflix—, del resultado del juicio. «Hay que darle al pueblo hondureño la justicia que no ha tenido», afirmó categórica la fiscal en sus conclusiones y ellos estaban allí para ver cómo eso sucedía, porque en su vida vieron nunca la cara de Temis.

El juez Kevin Castell previendo que los ánimos podían salirse de control al momento de leer el veredicto a Tony Hernández, mandó a pedir refuerzos: unas dos decenas de policías del NYPD y guardias de seguridad de la corte se aprestaron a la sala D del piso once, para cuidar el orden e impedir cualquier incidente que empañara el proceso.

Pero nada pasó. El auditorio observó en silencio sepulcral cómo concluía el juicio y aunque los rostros de los presentes reflejaba sin pudor la alegría del fallo, esperaron, con respeto, a que terminaran el protocolo para salir a comunicar a sus contactos de facebook el resultado final: Tony Hernandez es culpable.

Abarrotaron los elevadores, bajaron y salieron a la calle sumándose a la pequeña manifestación que comenzaba a formarse frente al 500 de Perl Street en Manhattan. Afuera, sin importar el frío del otoño, decenas de activistas bailaban con alegría, ondeaban banderas de Honduras y del partido Libre, gritaban con pancartas improvisadas a los medios de comunicación que llegaron a la corte para cubrir el veredicto: «Who is next?», preguntaban, «CC4», respondían en inglés. Estaban seguros, que así como la corte procesó y encontró culpable de narcotráfico a Tony Hernández, así sacaría del poder a Juan Orlando, para hacerlo enfrentar cargos parecidos, para hacerlo responsable de las desgracias de la última década en un país de nueve millones de personas. Esa fue una victoria otorgada por la justicia implacable del Tío Sam y ellos la celebraban.

Pero los hondureños que llegaron desde temprano a la corte ya sabían todo eso que en ese proceso se dijo. Desde hacía mucho tiempo sabían que Tony Hernández era narcotraficante y que si en Honduras no había sido juzgado era por el poder que tenía su hermano. No necesitaban prueba de nada y no les importó siquiera conocer las contradicciones en los testimonios: Tony Hernández era culpable y con él la estructura completa de su partido que aprovechó el acceso al fondos ilícitos para conquistar y consolidad el poder de manera fraudulenta.

Alexander Ardón, el alcalde narco de El Paraíso, Copán, reconoció haber hecho fraude en las elecciones de 2005, 2009, 2013 y 2017, en favor del Partido Nacional (las últimas dos elecciones, Libre reclama que le fueron robadas).

Ellos ya sabían de la corrupción del narcotráfico, de la existencia de policías sicarios, de jueces corruptos que liberaban narcotraficantes a cambio de grandes sumas de dinero, de fiscales que piden sobornos a cambio de no investigar crímenes, de narco diputados, narco alcaldes, narco ministros, narco pastores, narco empresarios, narco banqueros y narco presidentes. Todo eso lo vieron en el país que los expulsó y no les sorprendió, ahora, verlo en Nueva York.

Ellos no necesitaron nunca ninguna prueba que les confirmara la culpa de Tony, «es un pueblo pequeño y allí todo mundo se conoce», dijo el abogado defensor en su cierre y la gente que afuera celebraba la culpabilidad de Hernández le daba la razón.

¿Pero cómo llegó Tony Hernández, ese príncipe de Gracias, preocupado por sus músculos y su dieta, a ser el criminal que ahora es condenado en Nueva York y que deberá enfrentar como mínimo una cadena perpetua?

La fiscal del distrito sur fue enfática al afirmar que Tony Hernández convirtió al país en un narco estado, que corrompió las estructuras de la nación hondureña para beneficio del narcotráfico, que ayudó a convertirnos en uno de los países más violentos del mundo, pero ¿qué hizo realmente Tony Hernández para ser condenado?

Juan Antonio Hernández Alvarado nació y creció en el privilegio de un poderoso clan en la rural Gracias, departamento de Lempira al occidente de Honduras. De 41 años de edad, es hijo de una familia conservadora, el menor de 17 hermanos. Con un hermano presidente, otro coronel, un fiscal adjunto, un magistrados de la Corte Suprema, diputados, ministros, alcaldes, su padre fue gobernador del departamento de Lempira. Viene, sin lugar a dudas, de un clan con muchas conexiones con el poder que trascienden generaciones y eso, precisamente, es lo que atrajo a los narcotraficantes.

«Ellos andaban reclutando jóvenes, buscan siempre quien les de acceso a las instituciones del estado para poder proteger sus cargamentos de droga», dijo Hernández en la entrevista luego de su arresto en 2018 en el aeropuerto de Miami. Porque aunque esta generación de narcotraficantes en 2004 tenían el contacto para traer droga de Colombia y venderla en México, no tenían aún, en 2004, (como si lo tuvo la generación anterior) el acceso a las autoridades a nivel nacional. Tony Hernández ofrecía precisamente eso.

La clase política nacional siempre ha visto en el narcotráfico una oportunidad de oro. Steve Dodley, sub director del portal electrónico que analiza y estudia el crimen organizado en América Latina Insight Crime, afirmó en una entrevista para este medio que lo que Tony Hernández vio (como representante de su clase) al momento de involucrarse en el narcotráfico, fue la oportunidad única para enriquecerse y ganar poder.

«Algunos lo ven como un juego de sumar, en donde si ellos no se ligan o conectan con los grupos del narcotráfico, van a perder poder. Lo ven como una manera de subir y consolidar su propio poder y mantener poder una vez que lo tienen, y lo ven como que los van a excluir o marginalizar si no están con los grupos del narcotráfico. Es un capital social, político y económico tan fuerte que no lo pueden obviar, no lo pueden ignorar», dijo Dudley.

Según quedó establecido por la Fiscalía de Nueva York, Tony Hernández comenzó su carrera criminal en 2004, a sus 26 años de edad, al asociarse con los transportistas de la droga que en ese momento ascendían en poder y dinero. Era la tormenta perfecta: el vacío institucional de un país aún sumido en la crisis del Mitch, incapaz de construir instituciones sólidas para enfrentar el ingreso del poder del narcotráfico.

Él aprovechó la oportunidad para enriquecerse y usó los contactos que su familia le daba, contactos de que los narcotraficantes carecían, para establecerse como alguien vital para las mafias (fue precisamente cuando Tony Hernández dejó de apoyarles, porque la presión de Estados Unidos no daba tregua en la región, que el poder de las mafias disminuyó, cayó al mínimo de su capacidad de acción y fracasaron).

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Lo que dijo El Rojo en el juicio a Tony Hernández

Para 2004, año que según el fiscal de Nueva York, Tony comenzó a colaborar con Victor Hugo Díaz Morales, El Rojo, no habían verdaderos carteles del narcotráfico en Honduras. Habían grupos de transportistas, contrabandistas de poca monta, mandaderos de los colombianos, (como los Cachiros) o de los mexicanos (como los Valle Valle), que desde finales del 1999 aprovecharon el caos del huracán Mitch para expandir su control territorial en el caribe y la zona fronteriza, y comenzar a mover droga por su cuenta.

«Al Rojo lo conocí en San Pedro Sula, en una fiesta de mi amigo Carlos Toledo», dijo Tony Hernández. El Rojo confirmó en su testimonio que se conocieron en una reunión de planificación del narcotráfico en donde estaban además Óscar Martínez y Mario José Cálix (otro hijo de la élite graciana). Tony traía a la mesa los contactos con oficiales de policía y militares que El Rojo necesitaba. Ofreció brindarle la información de operativos antinarcóticos, retenes de carretera e investigaciones criminales por cinco mil dólares ($10,000 por información de la naval, $50,000 por información de los radares), para cuidar la droga que El Rojo movía para su patrón, Hector Emilio Fernandez Rosa, Don H.

«A don H lo conocí por el diputado Juan Carlos Valenzuela, ellos fueron compañeros en una escuela de ganadería», afirmó Tony al agente Gonzales de la DEA el día de su arresto, si bien dejó claro que a don H nunca le agradó, que su relación era más con El Rojo.

En 2004 también, los hermanos Rivera Maradiaga consolidaron su poder, dando persecución y muerte a quien se proyectaba como su principal adversario en el control del caribe, el narcotraficante Jorge Echeverría, alias Coque (novio de Margarita Lobo, sobrina de Pepe e hija de Moncho Lobo).

Según confirmara Rivera Maradiaga en el juicio a Tony Hernández, el oficial de policía Ávila Meza era quien tenía contacto con Interpol, él le ayudó a capturar y luego extraditar desde Panamá a Coque, para poder asesinarlo en la cárcel de Támara. Ávila Meza fue también quien en 2014 organizó la reunión de Denny´s, entre Devis Leonel Rivera Maradiaga y Tony Hernández, que el cachiro grabó con un reloj espía y entregó a la DEA como prueba para inculpar a Hernández. Fue Ávila Meza quien le dijo al Cachiro que Tony Hernández quería trabajar con él en el narcotráfico.

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La tercera cabeza del Cerbero de Tony Hernández

Con el asesinato de Coque en Tegucigalpa en 2004 (y el posterior exterminio de todo el clan Echeverría) los Cachiros se convirtieron en los amos y señores de la costa Atlántica, comprando alcaldes, diputados y comandantes de policía. Pero necesitaban del apoyo de políticos y oficiales para tener éxito. Los hermanos Rivera Maradiaga no escatimaron sus recursos para comprar poder político, apoyaron, como dijo Devis Leonel en el juicio a Tony Hernández, a alcaldes, diputados, gobernadores, ministros, vice ministros, a Pepe Lobo y Juan Orlando Hernández.

Pero el dinero del narcotráfico hasta ese momento no se limitaba al Partido Nacional. Hector Emilio Fernandez Rosa, Don H, afirmó en su juicio en agosto de este año, que dio dos millones de dólares para la campaña de Manuel Zelaya Rosales en 2005, con la idea que este luego al ser presidente les apoyaría nombrando un ministro de seguridad afín a sus intereses. Si bien don H luego afirma que Mel no le cumplió el acuerdo, ese hecho demuestra que para 2005 todos los carteles buscaron la forma de infiltrarse en los partidos y ganar poder político: de eso dependía su sobrevivencia.

Hasta ese momento el narcotráfico aún no era una fuerza presente en las estructuras del Estado, era apenas un negocio que se hacía al margen del poder político, no desde él. Pagaban sobornos a policías y jueces corruptos, pero no eran los policías y jueces quienes traficaban con droga. Fue precisamente la estrategia norteamericana de impulsar una guerra en México a mediados de los 2000 —el Plan Mérida— similar a la que habían aplicado en Colombia y que había llevado a la destrucción de los carteles más poderosos en Medellín y Cali, que cambió esa relación entre narcotráfico y poder político, al obligar a los carteles mexicanos a  desplazarse y fortalecer sus operaciones en Centro América, asociados con los que hasta ese momento habían sido solo transportistas (de los que Tony Hernández apenas comenzaba a ser parte).

En 2005 Alexander Ardón, el otro testigo que declaró en contra de Tony Hernández en el juicio, lanzó su candidatura como alcalde del municipio de El Paraíso, Copán, fronterizo con Guatemala. Él sería luego (en 2007) el hombre del Chapo Guzman en el país.

Ese año (2005), afirma el Rojo, Tony Hernández le pidió el aporte de US$40,000 para apoyar la campaña a diputado de su hermano Juan Orlando Hernández. Ofreció a cambio mejores conexiones y mejor información.

Entre 2002 y 2006, Porfirio Lobo Sosa fue el presidente del Congreso Nacional, Juan Orlando Hernández era secretario de la junta directiva del congreso y aunque su liderazgo en el partido estaba en ascenso, aún tenía contrincantes fuertes que le peleaban el control de las estructuras de su partido. Necesitaba todo el apoyo que pudiera obtener para alzarse con el control del partido. Y aunque su alcance como contacto en el poder era considerable, no era completo.

Pepe Lobo perdió esas elecciones frente a Manuel Zelaya Rosales, pero la derrota política no representó para Tony Hernández la pérdida de sus contactos con el narcotráfico, más bien amplió su participación.

En 2006 y según los testimonios vertidos en la corte de Nueva York, Tony Hernández entró en contacto, gracias a la intervención de Luis Arnulfo Valle Valle en El Espíritu, Copán, con un productor de cocaína colombiano conocido como El Cinco. Ya no quería ser solo colaborador, informante o enlace entre los dos poderes, quería ser él el poder detrás de todo.

«El acusado dijo que la coca que él con El Cinco producirían en Colombia tendría la marca TH, como Tommy Hilfiger», dijo El Rojo.

A partir de ese punto Tony comenzó a producir cocaína con sus propias marcas. Según el narcotraficante guatemalteco Fernando Chang Monroy (contacto entre los carteles de Sinaloa, Beltran Leyva y los hondureños Valle Valle, Arnulfo Fagot Máximo y Noe Montes Bobadilla), Tony Hernández tenía para 2008 las marcas TH, 5, Muñecas, Lavas y Tías. Él suplía de cocaína al cartel de los Valle Valle, al cartel AA, a Don H y El Rojo, y a través de ellos al cartel de Sinaloa, los Caballeros Templarios y los Beltran Leyva.

En el mundo del tráfico de droga, la cocaína se marca para que el comprador confíe en la pureza de la carga, la droga que Tony Hernández producía en sus propias cocinas en Colombia y Honduras, tenía un 99.9% de calidad, según afirmó Chang Monroy.

Luego vino el golpe de Estado de 2009.

«Tony me dijo, después del golpe, que era seguro que el Partido Nacional iba a ganar las elecciones y que solo había que esperar quién quedaba de ministro de seguridad», afirmó Alexander Ardón en la corte de Manhattan.

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La división interna del partido liberal que en 2009 dio la victoria a Pepe Lobo, abrió también la puerta para una presencia directa del narcotráfico en las estructuras del Estado. Recordemos acá que los carteles mexicanos habían fortalecido con su alianza a los que ahora surgían como carteles hondureños, todo su recurso estaba a disposición para coaptar el poder del Estado.

La fiscalía ha dejado claro que Pepe Lobo tenía relación con los Cachiros desde la muerte de Coque en 2004, recibió el apoyo para esas elecciones de 2009 del narcotraficante Alexander Ardón y del cartel de Los Cachiros. Con su contribución tomó el control de un país devastado y dividido por la crisis política, y Juan Orlando Hernández, que contaba también con el apoyo de los carteles del narcotráfico, a través de su hermano Tony Hernández, se hizo con la presidencia del Congreso Nacional. El Partido Nacional tenían en el legislativo una mayoría absoluta, 71 curules, más los de la Democracia Cristiana y Unificación Democrática. Podían hacer y deshacer a su antojo, si acaso en algún momento pensaron esa suerte sería eterna.

Las élites económicas de Honduras, aisladas internacionalmente y desesperadas por la crisis financiera de 2008, pusieron toda su atención en contener el descontento social que amenazaba el status quo y lo lograron: desmovilizaron a esa resistencia en contra del golpe de Estado que había surgido como fuerza política contestataria. Para la élite económica aliada con la élite política, el fin justifica los medios, usaron todos los recursos a su alcance para contener esa marea roja que miraban en sus peores pesadillas, tomaron el apoyo que el narcotráfico les ofrecía y como toda droga, se volvieron adictos a ese dinero.

Pepe Lobo cumplió el pacto acordado con los carteles del narcotráfico, aunque ahora grite a los cuatro vientos que él no los conoce, que nunca recibió su dinero, lo cierto es que les protegió en su paso por Honduras: Hugo Ardón entró a trabajar en el Fondo Vial, bajo la dirección de Miguel Pastor en Soptravi, lavando dinero de los Cachiros y del cartel de su hermano, Alexander Ardón, a través de cuentas en Banco Continental; ascendió a policías ligados al crimen organizado que permitía tener control sobre las operaciones antinarcóticos en el país (el radar), eso incluye el nombramiento del Tigre Bonilla como jefe de la policía nacional; favoreció a fiscales y jueces que luego bloqueaban las investigaciones criminales, ampliando la impunidad a favor de los señores que desde la periferia controlaban todo el país y sobre todo, no metió preso a ningún narco.

Como consecuencia de ese acuerdo entre los carteles de la droga y el gobierno de Pepe Lobo, entre 2010 y 2014 Honduras fue el país más violento de América: 20 muertos diarios que acumulan en 4 años casi 30,000 personas asesinadas es el saldo más gráfico de ese pacto. Y aunque no todas esas muertes tienen que ver con el narcotráfico, es consecuencia del deterioro de la institucionalidad que socavó la capacidad investigativa de los órganos encargados por ley de brindar justicia en el país.

Tony Hernández no mató a esas 30,000 personas en Honduras, no fue él quien —como afirmara la fiscal de Nueva York— convirtió a Honduras en un narco estado. Él es puramente circunstancial en esa tragedia de país. Pero él, junto con los Valle Valle, los Ardón, los Pinto, los Cachiros, los Merrem, los Leva Cabrera, Los Montes Bobadilla, el negro Lobo, don H, El Rojo, Wilter Blanco, el tío Arnulfo, Fredy Nájera, Moncho Matta, Chepe Handal, los Chinchilla, el tigre Bonilla, Mario José Cálix, Óscar Nájera, Soraya Cálix, Pepe Lobo, Juan Orlando Hernández y muchos otros mencionados en estos casos (o aún por mencionar), contribuyeron, por acción u omisión, a que el país no tuviera la capacidad de responder a esa ola de violencia y muerte que traía su circunstancia geográfica. Son, pues, responsables de esas 30,00 muertes y la historia no podrá nunca perdonarlos.

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EL BAÑO DE SANGRE DE LOS CACHIROS

Durante el gobierno de Pepe Lobo los negocios iban bien para el narcotráfico. Nada podía detener a los carteles de la droga y como suele ser en estos casos, la ambición rompe el saco: los Cachiros comenzaron a mover coca en submarinos; Ardón se alió con el Chapo Guzmán para mover droga a través de los camiones de Televisa; Tony Hernández comenzó a moverse en helicópteros. La Mosquitia hondureña se convirtió en terreno del Negro Lobo, Wilter Blanco, los Montes o el tío Arnulfo; la frontera con Guatemala se volvió territorio de los Valle Valle, Ardón, El Rojo y todo el país era de Tony Hernandez.

En 2010, poco después de haber sido nombrado presidente del legislativo, Juan Orlando Hernández contemplaba ya sus aspiraciones presidenciales.

«En junio (2010), en la fiesta de cumpleaños de Tony Hernández, él me garantizó que Juan Orlando sería el próximo candidato a la presidencia por el Partido Nacional —declaró el Rojo en su testimonio a la corte—. Tony dijo que si Juan Orlando llegaba a la presidencia se tendría todo el poder en Honduras y no habría ningún problema con el tráfico de cocaína», afirmó.

Pero aunque las élites políticas estuvieran dispuestas, dadas las circunstancias, a aliarse con las estructuras criminales para alcanzar, afianzar o defender su poder, la historia nos demuestra que es un matrimonio que dura muy poco. Para las élites políticas resulta demasiado onerosa la carga de esa alianza con el crimen organizado y buscan, lo antes posible, deshacerse de ellos. Pero ese proceso es difícil, las estructuras criminales, una vez fortalecidas, usan su poder también en contra del poder político que antes ayudaron.

Hasta el 2012 la DEA había implementado una asistencia directa en la lucha en contra del narcotráfico en Centro América. Coordinaba operaciones encubiertas, recopilaba información de inteligencia, en algunos casos inclusos —como el incidente de mayo 2012 en la Mosquitia hondureña cuando desde un helicóptero se disparó en la oscuridad de la noche contra una familia matando a cuatro personas—, intervino directamente, pero la droga seguía fluyendo sin control, con el costo político que eso traía para la institucionalidad norteamericana que exigía resultado en la guerra contra las drogas.

Se volvió difícil ocular la violencia que dejaban los carteles del narcotráfico enfrentados entre sí por el control de un territorio que miraban como suyo (después de todo solo tenía que mover la droga hasta Guatemala y nadie en Honduras los detendría): los Chinchillas comenzaron su guerra contra  Chepe Handal; Don H contra El Rojo; Los Grillos contra los Cachiros; Ardón contra Franklin Arita. Las calles del país se llenaron de sangre. No había forma de ocultar lo que todos en el mundo miraban con claridad, esa alianza entre crimen organizado y políticos estaba siendo ya demasiado cara.

El gobierno de Estados Unidos decidió entonces intervenir. En 2012 convocó a Porfirio Lobo Sosa a una reunión de emergencia en la ciudad de Miami, allí se les exigió (a cambio quién sabe de qué), que debía impulsarse la reforma constitucional y permitir la extradición como estrategia de lucha en contra del narcotráfico. Los políticos vieron allí la oportunidad para deshacerse de sus molestos aliados.

El 19 de enero, el Congreso Nacional, que por entonces era presidido por Juan Orlando Hernández, llevó a cabo una sesión para discutir a puerta cerrada la reforma del artículo 102 de la Constitución de Honduras de 1982, que prohibía la extradición de ciudadanos hondureños. La reforma debía ser ratificada por la siguiente legislatura en 2013 y luego reglamentada por la Corte Suprema de Justicia La extradición se estrenó con Carlos Arnoldo «el negro» Lobo, el 8 de mayo de 2014.

Pero en 2012 las posibilidades de triunfo de Xiomara Castro, esposa de Manuel Zelaya Rosales, eran serias y la alianza narcotráfico-elite nacionalista seguía siendo necesaria. Los capos de la droga, asustados con la posibilidad de ser extraditados, inyectaron dinero en la campaña del Partido Nacional esperando así comprar tiempo, Juan Orlando era su última esperanza que tenían y apostaron todo por él. Los Cachiros, Alexander Ardón, Los Valle Valle y hasta el chapo Guzman dieron dinero para la campaña de 2013. Ellos pensaban que de ganar, sería una secuela del gobierno de Lobo, un monigote en la presidencia y eso les daría cuatro años más de jugosos negocios.

Para ese tiempo Tony Hernández había dejado ya de aparecer en las transacciones de droga, buscaba distanciarse del crimen organizado y limpiar su imagen como político. Según los distintos testimonios, desde 2012 quien manejaba las transacciones era Mario José Calix y Mauricio Hernández Pineda, en representación suya, mientras él lanzaba (y ganaba) su candidatura como diputado suplente de su primo Samuel Reyes, quién luego pasó a ser ministro de seguridad de Juan Orlando Hernández.

Tony seguía sin embargo produciendo coca desde su cocina en Colombia, o usando la que tenía en las montañas de Lempira para «arreglar los quilos que se mojaban o destruían en el viaje desde Venezuela».

Alquilaba helicópteros a $50,000 por viaje, a quien quisiera mover cocaína de un lado al otro del país y vendía información de inteligencia a los carteles (entre $5,000 a $10,000) para proteger los cargamentos. En la lógica de los narcotraficantes, quien estaba más cerca de Tony Hernández tenía más posibilidades de sobrevivir a la avalancha que se venía en contra de ellos.

«Tony me dijo que mientras el Partido Nacional siguiera en el poder, no iba a ser extraditado», dijo Ardón en el juicio. «En 2013, en Tegucigalpa, Juan Orlando Hernández me dijo que no me lanzara a la reelección de la alcaldía de El Paraíso, porque si lo hacía no iba a poder proteger», afirmó.

El Partido Nacional volvió a ganar las elecciones en 2013, Juan Orlando, sin embargo, no era Pepe Lobo, no tenía las condiciones de aislamiento que enfrentó Lobo en 2010 y como Manuel Zelaya Rosales en 2006, no se sintió en la obligación de cumplir el trato con los narcos que le apoyaron: «caiga quien caiga», dijo.

En 2013, además, una operación de la naval dio captura a un cargamento de droga perteneciente a Wilter Blanco. El barco, piloteado por un narcotraficante conocido como «el chino», fue interceptado en las costas hondureñas. El chino fue enviado a prisión en la ciudad de La Ceiba y luego trasladado a Támara. Según afirmó El Rojo en el juicio, él era el encargado de coordinar los cargamentos de helicópteros para Tony Hernández.

Alexander Ardón, de los pocos contactos que Tony aún tenía de forma directa con el mundo criminal, le comunicó a Tony lo que había pasado. Según afirmó luego en la corte, Tony dio la orden de matar al chino.

Fue el Cachiro quien se encargó de darle muerte al chino en el presidio, a solicitud de Wilter Blanco. Él pidió a los Montes Bobadilla, que tenían un hombre en Támara, que hicieran el trabajo.

«Yo contacté a Adán Montes para que asesinaran al chino en la prisión de Támara, en Tegucigalpa», afirmó Rivera Maradiaga.

Ese año también se vino abajo el imperio de los Cachiros, al ser señalados por el gobierno de Estados Unidos como narcotraficantes y los activos de sus empresas de fachadas congelados por lavado.

Los Cachiros comenzaron a buscar opciones para reducir sus penas. La DEA les pidió a cambio que entregaran toda la información posible sobre los otros narcotraficantes y así lo hicieron: dieron nombres, rutas, empresas, documentos, fotografías, videos, todo lo que podían dar para salvar el pellejo. En 2014, cuando se estrenó la extradición, los Cachiros ya colaboraban con la DEA.

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Los Valle, señores del occidente

Los Valle Valle, que no habían sido aún señalados ni pedidos en extradición en 2014, confiaban que Juan Orlando les cumpliría el acuerdo. Pero Juan Orlando no les cumpliría, él no podía ya cumplirles.Al verse decepcionados, decidieron hacer lo que hacen las mafias cuando los traicionan: matan.

«Después de la reunión en Denny´s (en febrero de 2014) escuché del plan de los Valles de matar a Juan Orlando», contó Devis Leonel Rivera Maradiaga. «Los valle me dijeron en una reunión que iban a matar a Juan Orlando porque no les contestaba el teléfono una vez presidente».

Los Cachiro, que ya habían visto en su acuerdo con la DEA una salida de su situación, comprendieron que involucrarse en un intento de magnicidio sería su ruina. Devis Leonel decidió curarse en salud y arregló una reunión con su amigo, el diputado nacionalista Reynando Ekónomo, para aclarar las cosas.

«Nos reunimos en un restaurante de San Pedro Sula para hablar sobre el plan de matar a Juan Orlando. Ekónomo me dijo que habían rumores que los Cachiros querían matar al presidente. Yo le contesté que en ningún momento estaba eso en nuestros planes».

Según el testimonio del Chachiro, el diputado Ekónomo ofreció ese mismo día reunirse con Juan Orlando para aclarar la situación. Dos horas después lo llamó por teléfono.

«Él me dijo que estaba con el presidente Hernández y lo tenía en altavoz para que escuchara los que tenía que decir, que él no iba a contestar, solo escuchar. Yo comencé a hablar, saludé primero, le dije: líder, le estoy llamando para aclararle esa situación que le han dicho a usted, que no se queje creer de chismes porque ni yo ni mi hermano hemos planeado matarlo. Líder, más bien yo y mi hermano Javier hemos estado apoyándolo para que usted sea presidente… Cuando terminé de hablar, Ekónomo me dijo que ya había escuchado el líder y me iba a llamar luego».

Fue precisamente Fernando Chang Monroy, el contacto con el cartel de Sinaloa que testificó en el juicio contra Tony Hernández, quien proveyó el arma con que los Valle Valle intentarían matar a Juan Orlando.

«El arma era una calibre .50 que me había dado un sicario llamado Polo. El Ché me dijo que la iba a ocupar para matar a Juan Orlando porque el colocho (Arnulfo Valle Valle) quería matarlo porque les había dado un dinero», dijo Chang Monroy.

La policía entonces dio captura a los Valle Valle.

Resalta aquí que la historia presentada por el exjefe de policía, General Sabillón, entra en contradicción con la ahora expuesta en los tribunales de Estados Unidos. Sabillón asegura que Juan Orlando Hernández se molestó por el arresto de los Valle y por eso fue separado de su cargo.

Los hermanos Miguel y Luis Arnulfo Valle Valle fueron extraditados a Estados Unidos el 18 de diciembre de 2014.

Alexander Ardón, preocupado por la sacudida que esa extradición significaba (los Valle Valle eran los contactos más fuertes del Chapo Guzman en el país) preguntó preocupado a Tony Hernández si él también sería extraditado. Según afirmó en el juicio, Tony le dijo que los Valle habían sido capturados por haber intentado matar a Juan Orlando Hernández.

Al rededor de 2015, en Tegucigalpa, en las oficinas del fondo Vial, Ardón pudo hablar con el presidente Hernández. Estaba preocupado. Allí le comentó que «la gente del chapo está presionando por la detención de los Valle, le reclaman que para eso (evitar la extradición) se había pagado un millón de dólares».

«Tony Hernández me dijo que había agarrado ese dinero porque su hermano lo había autorizado. Juan Orlando me dijo que él no tenía ningún compromiso con nadie y que si quería le regresaba el dinero», cuenta Ardón.

Esa fue la última vez que Ardón vio a Juan Orlando Hernández. A la siguiente reunión ya no asistió el presidente, mandó en su representación al ministro Roberto Ordóñez quien le comunicó que el presidente pedía que Hugo Ardón renunciara al fondo vial, porque ya no aguantaba a los medios de comunicación diciendo que ellos eran narcos.

«Juan Orlando nos dijo que él nos iba a seguir protegiendo», a cambio de que siguiera apoyando su campaña para la reelección en Copán, con medio millón de dólares, «porque las encuestas estaban bien bajas en el departamento».

A octubre de 2016 los rumores del vínculo de Tony Hernández con el narcotráfico eran insostenibles. Juan Orlando, que para ese momento estaba ya trabajando de lleno para su reelección, exigió a su hermano que viajara a Miami «y aclarara todo». Tony lo hizo, viajó y se reunión con el agente Papadappolus de la DEA, dijo que nunca había aceptado dinero del narcotráfico, que nunca había traficado y que no los conocía. Fue la primera vez que Tony Hernández vio la captura del video espía que dos años atrás le había hecho Devis Leonel Rivera en el restaurante Denny´s. Él no pudo reconocer en dónde se había tomado la imagen, ni qué habían hablado. Tres horas después volvió a Honduras.

Tony Hernández, como Alexander Ardón en 2014, no lanzó más su candidatura para reelegirse diputado por el departamento de Lempira en las elecciones de 2017. Seguramente su hermano se lo pidió «porque si se lanzaba no iba a poder seguir protegiéndolo», como le dijo al alcalde.

Juan Orlando Hernández ganó esas elecciones de 2017. Era el primero en ser reelecto desde el retorno a la democracia en 1982. Los rumores de los vínculos de Tony Hernández con el narcotráfico, que se fortalecieron con las declaraciones que dio Devis Leonel Rivera Maradiaga en el proceso criminal en contra de Fabio Lobo, fueron de inmediato desvirtuadas, como «parte de una venganza de los carteles de la droga en Honduras que vieron sus imperios destruidos».

«No es posible creer en la palabra de alguien que ha matado 78 personas, que ha mentido», dijeron las voces oficiales desvirtuando cualquier testimonio que viniera de los narcos hondureños.

Tony Hernández, que creyó haber limpiado sus huellas al dejar de interactuar directamente con la mayoría de los narcotraficantes desde 2010, usaba a sus colaboradores Mario José Cálix y Mauricio Hernández Pineda para ello.

En octubre de 2017, en la ciudad de Guatemala, Victor Hugo Díaz Morales, alias «El Rojo» fue capturado por agentes de la policía guatemalteca en una operación en conjunto con agentes de la DEA. Lo buscaban luego del atentado que él ordenó a agentes de la DEA en San Pedro Sula en octubre de 2016. Su patrón, Don H, capturado y extraditado desde 2014, había contado todo lo que él hacía en el narcotráfico. 

El Rojo trabajaba en ese momento en coordinar un nuevo cargamento de droga a Estados Unidos. Él no lo sabía, pero uno de sus colaboradores era un agente encubierto de la DEA y cayó en la trampa. Fue luego El Rojo quien dio las declaraciones necesarias para que la DEA comenzara a desenredar la participación de Tony Hernández en el mundo del narcotráfico.

Tony Hernández simplemente no creía que El Rojo lo delataría. Había hecho negocios con él, sí, pero eso fue hace mucho tiempo. Creía que tenía ahora una imagen limpia, libre de toda culpa. Siguió presentando una cara de hombre de negocios y viajando afuera del país, sin imaginar que sería arrestado en noviembre de 2018, en la ciudad de Miami.

Tenían contra él: la fotografía tomada de un chat de 2013 entre dos narcotraficantes con un bloque de cocaína con la marca TH, de un cargamento de 360 kg de coca (la cantidad que cabía en el helicóptero de Tony Hernández, según contó Ardón), el testimonio de El Rojo y la grabación del Cachiro, su entrevista con agentes de la DEA en 2016 y luego del arresto contarían además con sus propias declaraciones, el video de su interrogatorio de 2018, a donde confiado de poder controlar la situación accedió a hablar sin un abogado presente, su teléfono celular, que guardaba la fotografía de armas de grueso calibre y fajos de billetes que lo inculpaban, pero aún no lo tenían agarrado, faltaba algo más.

Toda la atención cayó entonces sobre el alcalde Ardón: «En noviembre de 2018 me llamó por teléfono “el primo” (Mauricio Hernández Pineda). Él me preguntó que a dónde estaba yo, porque el presidente estaba preguntando por mí. Quería saber con quién estaba. Él no creía que yo estaba en El Paraíso, él pensaba que estaba entregándome a los Estados Unidos. El Primo me aseguró que yo no tenía orden de de captura o extradición, que me calmara», afirmó Alexander Ardón.

Luego de esa llamada, Alexander Ardón, lejos de calmarse comenzó a contemplar su entrega a la DEA. Su vida criminal había llegado a un callejón sin salida. Él comprendió que era el hilo suelto que inculpaba a Tony Hernández y al gobierno de Juan Orlando Hernández, y como todo hilo suelto, su suerte podía ser la del chino. Se entregó a la DEA en Guatemala, en marzo de 2019.

Hay aún un par de elementos particulares en toda esta historia que no cuadran. La corte demostró que Tony Hernández, con todo el poder que tenía y usó durante años para ocultar su participación en el narcotráfico, seguía moviendo droga aún al momento de su arresto, eso se sabe por las declaraciones de Ardón, que confirman que Mario José Cálix y Mauricio Hernández Pineda se lo dijeron. Se sabe también, según los testimonios de los cooperantes, que la droga seguía llegando con el sello TH al occidente de Honduras. Pero ya vimos también que cualquiera puede hacer usufructo del sello de un narcotraficante, así lo afirmó Fernando Chang Monroy en su testimonio al decir que Tony  Hernández usaba el sello Tías, que antes perteneció a una narcotraficante guatemalteca conocida como doña Tula, ya extraditada.

Por otro lado, el 6 de junio de 2018, en Naco, departamento de Cortés, un operativo de Fusina dio captura a dos vehículos entre los que se conducía el narcotraficange Nery (Wilson) Sanabria. En el carro, en un compartimento secreto soldado bajo los asientos, habían varias armas de fuego y un total de US$193,220. Entre el dinero habían varias libretas que detallaban la minuta de un cargamento de droga: pago por avión (nava), pago del radar (TV), pago piloto, pago transportista. En la libreta se detallaba también que el cargamento de droga era de Tony Hernández y había, en letras mayúsculas, la información que indicaba: «pago para la gente de JOH».

Tony Hernández, con todo el contacto que tenía en la policía, especialmente en Fusina, cuerpo élite de su hermano, ignoró hasta el inicio del juicio la existencia de esa libreta que lo incriminaba. La defensa intentó desvirtuar el valor probatorio de la libreta al reconocer que hay un vacío de 13 días en la cadena de custodia, pero su esfuerzo fue inútil. Todo indicaba que Tony es culpable y el jurado lo condenó.

Al salir la familia Hernández de la corte de Manhattan, los manifestantes que en la sala se comportaron de forma civilizada, se abalanzaron sobre ellos gritándoles improperios. Eran las turbas enfurecidas en contra de una familia en luto. Era todo el odio y todo el rechazo que Juan Orlando Hernández (y Tony Hernández) acumularon por una década.

La oposición al gobierno de Juan Orlando espera que toda esta información que hoy se conoce como verídica, contribuya a sacarlo de la presidencia de Honduras, pero el desfile militar desplegado el 19 de octubre, en el cual la Encargada de Negocios de la Embajada de Estados Unidos se dejó fotografiar sonriente y comunicativa con Hernandez; y la marcha del Partido Nacional del día siguiente, han dejado claro que si bien ha sido un duro golpe para su presidencia, está lejos de perder el poder.

Hoy anda Luis Zelaya, Salvador Nasralla y Suyapa Figueroa haciendo lobby con senadores y congresistas afines para que Estados Unidos impulse la destitución de Hernández, pero sus esfuerzos son inútiles.

Los testimonios vertidos en la corte por los distintos narcotraficanes que declararon en contra de Tony Hernández y afirmaron haber pagado sobornos para las campañas en las que Juan Orlando Hernández salió victorioso, hundieron a Tony Hernández, por delitos a los que Estados Unidos tiene jurisdicción federal, como es conspirar para introducir cocaína a su territorio, lo que Juan Orlando habría hecho, según esos mismos testimonios, podrá constituir un delito en Honduras, pero Estados Unidos carece de jurisdicción para conocerlos. El control que Hernández ejerce sobre la Corte Suprema y la Fiscalía General de la República (y toda la institucionalidad del país) lo hacen intocable para estas acusaciones también en Honduras.

La corte demostró que Juan Antonio Hernández tuvo una participación directa con el narcotráfico. A través de testimonios dejó claro un patrón: que se reunió con ellos, que negoció con ellos, les recibió regalos y pagos, que llegó a sus fiestas, que fue tan arrogante como para poner sus iniciales en un bloque de cocaína e ir de compras de Black Friday a Houston, pensando que había engañado también a la DEA. Su arrogancia, al final, es la que lo condena.

Pero para demostrar lo que dice la oposición, que Juan Orlando Hernández era el poder detrás de Tony, no hay nada que lo confirme.

El veredicto de culpabilidad de la corte de Nueva York Será al final Tony Hernández, él tendrá que pagar el resto de su vida por los pecados suyos y los de su hermano.

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