Lo que dijo El Rojo en el juicio a Tony Hernández

New York, 5 de octubre de 2019. La declaración de Victor Hugo Díaz Morales, alias «El Rojo», fue el testimonio central en la primera semana del juicio en la Corte Federal de Nueva York, en contra del hermano del presidente hondureño Juan Orlando Hernández, Juan Antonio «Tony» Hernández, acusado de introducir cocaína a Estados Unidos, siendo incluso calificado por la fiscalía  de Nueva York como un «narcotraficante a gran escala». Sus declaraciones involucraron a policías,...

New York, 5 de octubre de 2019.

La declaración de Victor Hugo Díaz Morales, alias «El Rojo», fue el testimonio central en la primera semana del juicio en la Corte Federal de Nueva York, en contra del hermano del presidente hondureño Juan Orlando Hernández, Juan Antonio «Tony» Hernández, acusado de introducir cocaína a Estados Unidos, siendo incluso calificado por la fiscalía  de Nueva York como un «narcotraficante a gran escala».

Sus declaraciones involucraron a policías, políticos y otros narcotraficanes, dando una detallada descripción de reuniones con el acusado que sucedieron a lo largo de más de 15 años en donde asegura movió más de 140,000 kilos de coca a Estados Unidos generándose (libre de costos) una ganancia de 500 dólares por Kilo, un equivalente a 70 millones de dólares.

El juicio a Tony Hernández es un proceso que encierra, de alguna forma, un juicio al presidente Hernández. Pues la lógica señala que siendo Tony en 2004 un joven de 24 años, el acceso que El Rojo afirma que tenía a operaciones, investigaciones y oficiales de policía solo era posible a través de contactos al más alto nivel, que su hermano, entonces diputado del Congreso Nacional, le brindaría.

No es sorpresa entonces que quienes a lo largo de 10 años de administraciones nacionalistas han antagonizado al gobierno señalándolo de ilegítimo por haber surgido de la crisis del golpe de Estado de 2009 sean ahora quienes exigen la renuncia del presidente por los señalamientos que hace la fiscalía en el proceso a Tony Hernández. Como tampoco es casual que el gobierno de Hernández se defienda argumentando que todo es una venganza de los carteles, luego de haber sido en su gobierno que se puso fin a sus estructuras criminales. La oposición al gobierno de Hernández remarca aquellos puntos del testimonio del rojo que refuerzan sus argumentos en contra del gobierno de Hernández; el gobierno descalifica dicho testimonio resaltando las muchas contradicciones del mismo.

¿Pero qué dijo exactamente El Rojo?

Para entender mejor el testimonio de El Rojo es importante recordar quién es este narcotraficante que ahora testifica en contra de Tony Hernández.

El Rojo comenzó en sus actividades delictivas a finales de los noventa trabajando en las escalas más básicas para Héctor Emilio Fernández, alias «Don H», también preso en Estados Unidos. Él afirmó en el interrogatorio que comenzó como chofer y guarda espaldas de don H.  Era un simple camionero que transportaba droga de Tela a Copán, pero su astucia, sangre fría y determinación lo fueron elevando de posición, al punto de llegar a ser, a partir del 2008, el lugarteniente de don H, el hombre de su más absoluta confianza. Al Rojo le fue delegaba la totalidad de las operaciones de Don H, entonces un alcohólico sanguinario adicto a la droga que embarcaba y a las orgías con prostitutas que traía de Colombia. Don H reconoció que Rojo contaba con las cualidades administrativas que él carecía. Especialmente, el ordenado manejo de las finanzas.

El Rojo manejaba para don H, luego que tomó su negocio, un estricto control de las finanzas, con libretas contables en las que detallaba regalos a colaboradores, gastos y ganancias para luego reportarlas a su jefe. Si no lo hubiera hecho así, habría muerto. En el negocio del narcotráfico no hay espacio para los malentendidos.

En los reportes de inteligencia de la DEA trasciende que El Rojo tenía la costumbre de organizar fiestas a donde invitaba a los jefes policiales de las zonas a donde laboraba. Así se ganó (para don H) el favor de altos oficiales de policía y militares estacionados en la zona de Copán, Santa Bárbara, Lempira, Ocotepeque, Cortés, Atlántida y Colón, territorio vital para el manejo de la droga.

En esas fiestas organizadas  por El Rojo, regalaba camionetas Toyotas 3.0 blindadas a sus amigos, y si a él le parecía un oficial de interés para su estructura, el regalo podía ser de $50,000 a $200,000 en efectivo.

En sus declaraciones en el juicio a Tony Hernández, El Rojo declaró que había regalado en esa fecha: «dos relojes Rolex, un toro y un caballo peruano, porque quería que Tony Hernández le siguiera ayudando en el negocio de la droga».

Don H, por el contrario, era violento y poco carismático. Brillante como estratega, para 2008 había ya perdido el contacto con sus operativos, pues era frecuente que explotara con el más mínimo detalle asesinando incluso a sus aliados por las causas más pequeñas. Más adelante, luego de la guerra con don H, El Rojo comenzaría a caer en comportamientos parecidos.

Entre 2008 y 2010 quién manejó los negocios de Don H fue El Rojo. Sus operativos, sus colaboradores y socios en Colombia, México y Centro América preferían que así fuera, pues El Rojo era generoso en sus regalos, a diferencia de Don H, que era «tacaño».

Para 2009, ya conociendo al detalle el manejo del negocio, El Rojo comenzó a trabajar por su cuenta, usando los contactos que había conocido en su trabajo para Don H. El Rojo organizó a todo su personal asociándolos en el negocios y lo puso a trabajar buscando clientes y proveedores. Muchos de ellos, empleados de Don H que se quedaban de trabajar con él, se fueron sin dudarlo a trabajar con El Rojo, porque era mucho mejor en el trato. Desde el 2009 El Rojo trabajaba directamente con el narcotráficante guatemalteco Mario Ponce, a espaldas de don H.

Montó oficinas en todo el corredor de la droga desde Panamá hasta Guatemala, donde entregaba a Ponce. Era conocido por contratar «lo mejor de lo mejor», tanto en cocaína como armas y colaboradores. Si escuchaba de una persona que fuera productiva o tuviera control de determinadas zonas, lo endulzaba con su generosidad y lo activaba en su red.

Él, personalmente, junto a su segundo al mando Marlon Adonai Resinos, alias «Tio Pelo» (a quien luego El Rojo mató por temor a ser traicionado), por ordenes de don H conquistaban la conciencia de alcaldes, diputados, jefes locales, jefes regionales y comandantes de la policía, Fuerza Aerea, Fuerza Naval, Policía de Investigación, así como a ministros y otros funcionarios del gobierno. No es de extrañar entonces que El Rojo haya estado interesado en agradar a Tony Hernández, pues este era el hijo consentido de la familia Hernández en Gracias, una familia de políticos y militares.

El Rojo llegó a tener bajo sus ordenes a más de 100 colaboradores en todo el país y otro tanto en los países de la ruta de la droga. Todo esto, a espaldas de don H, que apenas podía controlar su temperamento y sus adicciones.

Don H pasaba sumergido, cuentan los reportes de inteligencia, en su vida de adicciones a la droga y fiestas sexuales, y se desentendía de todo. El Rojo lo mantenía con los nervios de punta, moviéndolo constantemente de zona en zona, informándole que la DEA le iban a caer.

A mediados de 2010 Don H se enteró que El Rojo estaba trabajando por aparte, quitándole los proveedores y colaboradores a lo largo de la cadena que había formado en diez años de negocio. Fue cuando inició la guerra.

Luego volveremos a este capítulo de la historia de El Rojo, ahora pongamos el foco en el testimonio de New York.

Cuando El Rojo entró a la sala D del 11 piso de la Corte Federal del Distrito Sur de New York, poco quedaba de aquel poderoso hombre que fue. Vestido en uniforme penitenciario azul, de pelo corto y con menos peso que como aparece en la fotografía de cuando lo capturaron, era una sombra del poderoso hombre que en algún momento fue. Si bien mantiene su expresión dura, a veces incluso desconectado de lo que le rodea. De baja estatura, cara ancha y papada grande, su voz parecía cortarse por el nerviosismo. Sus respuestas cortas y precisas con la fiscalía, le costaba comprender las preguntas de la defensa.

Aceptó haber asesinado a 18 personas, entre ellos a una niña de 3 años, víctima de la guerra que inició con Don H en 2010.

En su testimonio se limitó a describir sus operaciones entre 2004 y 2010.

Según dijo El Rojo, en 2004 conoció a Tony Hernández en una reunión organizada por Carlos Toledo (a quién El Rojo también mandó a matar). Entre 2004 y 2010 afirmó haberse reunido de 3 a 4 veces al año con distintos narcotraficantes entre los que destacó Emilio Fernandez Rosa (Don H), Juancho León, Antonio Santos, Carlos Toledo, Óscar Martínez, Mario José Cálix, Juan Carlos Valenzuela, Arnulfo Valle, Luis Valle, José Manuel (El Ché), Franklin Paz, Hernán Hernández, Amilcar Leva Cabrera (El Sendado), Gilson Góngora (Pablo Picapiedra) entre otros. En todas esas reuniones, dijo, durante esos 6 años, estuvo Tony Hernández.

Describió también cómo eran sus operaciones.

Tenía cuatro rutas: una que llegaba de Venezuela por mar a Brus Laguna, por mar salía también hasta Tela y de allí bajaba por carretera hasta la zona de occidente. El Rojo solía sacar su cargamento por la frontera que hay entre La Entrada, Copán y El Paraíso, Copan. Allí vendía su cargamento a los narcotraficantes guatemaltecos, que luego movían la droga hasta México, al Cartel de Sinaloa, del Chapo Guzman. Una segunda ruta era a través de la vía aérea, por Sico, subiendo a Tocoa, La Ceiba, Balfate, Tela, buscando nuevamente la salida por el occidente de Honduras. Por vía aérea también recibía su cargamento en la zona de Olancho, el Gualaco y Catacamas, de donde movía el cargamento hasta Tegucigalpa, buscando la carretera del norte a Pito Solo, luego a occidente rumbo a Copán. 

Para todas sus rutas ocupaba mantener el camino abierto y en eso le colaboraba la Policía Nacional. Señaló que los oficiales de policía Hernando Rafael Lozano, estacionado en Santa Rosa de Copán, Mauricio Flores Santos, estacionado en La Entrada, Copán y Yovanni Rodríguez fueron sus colaboradores, liberando los retenes policiales y escoltando los cargamentos de droga. También indicó que los oficiales de la base militar de Naco, Cortés, recibían sobornos para permitir el paso de la droga, «porque no era posible mover la droga sin pasar por ese control militar». Todo esto entre 2004 y 2010.

Para asegurar la vía marítima, El Rojo dijo contar con información de la fuerza naval, que le indicaban de operativos, evitando así capturas. También manejaba información de las operaciones de la DEA, entrenamientos a oficiales de la Fuerza Aérea en operaciones nocturnas para interceptar droga e información de los radares (TV, en el lenguaje de los narcotraficantes). Toda esa información se la habría facilitado Tony Hernández, por un precio que iba de 5,000 dólares por información de operaciones policiales, 10,000 por información de la naval y 50,000 por información del radar y la DEA. Sin esa información, dijo El Rojo, las operaciones no habrían sido posibles. Ese es el argumento de la fiscalía.

«Entre 2007 y 2008 Tony Hernández me ayudó para el traslado del oficial Mauricio Hernández Pineda de San Pedro Sula a Santa Rosa de Copán, en donde me era más útil para mover droga», dijo El Rojo en el interrogatorio de la fiscalía, afirmando además que le ayudó a impedir otros traslados, también con el mismo propósito.

No sorprende a los hondureños saber que la Policía Nacional de Honduras colaboró de cerca con el narcotráfico en el período de 2006 a 2010. La información que salió publicada en el New York Times en 2016 detallaba cómo los narcotraficantes acordaron con los altos jerarcas de la policía los asesinatos del zar antidrogas, general Aristides Mejía y su cercano colaborador Alfredo Landaverde. La pudrición de la policía nacional en esa época iba hasta el más alto nivel. Sorprende entonces que El Rojo afirme que necesitaba de la ayuda de Tony Hernández para evitar el traslado de sus oficiales, cuando contaba con la puerta abierta de la comandancia en Tegucigalpa que estaban dispuestos a matar a altos funcionarios para facilitar el negocio de la droga.

En 2008, también, quien gobernaba el país era Manuel Zelaya Rosales, no el Partido Nacional. Y el hermano de Hector Emilio Fernandez Rosa era diputado por el Partido Liberal, y aunque Juan Orlando Hernández ya era diputado, aún no tenía el poder que alcanzó en 2010 para ofrecer los servicios de inteligencia de las operaciones militares, policiales, navales y el radar de la DEA que El Rojo señala recibió de ellos.

El Rojo afirma en su testimonio que en 2008 revisó un cargamento de droga (asumimos de Don H) en la zona de Traseros, en Santa Bárbara, occidente de Honduras, en donde vio por primera vez el sello TH, que afirma pertenecía a Tony Hernández e hizo en imitación del sello de ropa Tommy Hilfiger. Sabemos que hasta 2008 El Rojo era operativo de Don H y la droga que movía era del patrón. No es sino hasta 2009 que El Rojo comienza a mover su propia droga que compraba a los contactos que su patrón había construido en Colombia. Sorprende entonces que hasta el momento se desconozca que Don H haya afirmado la existencia del sello TH en su droga, que si existía, debía ser también de su conocimiento pues él era el que compraba. El Rojo afirmó que su droga no tenía sello.

Ya dijimos que más o menos para esa época El Rojo comenzó a comprar droga a espaldas de su patrón. Para el 2009, por su alcoholismo, El Rojo comenzó a dejar cuentas inconclusas con proveedores, su pasión por la compra de bienes raíces le fueron dejando cuentas por pagar, a tal grado que uno de los muchísimos proveedores que tenia en la fila decidió viajar a Honduras para ver por qué se le mandaba el producto y siempre iba dejando una colita de varios millones de dólares. El acreedor del Rojo lo visitó en San Pedro Sula, pero este no lo atendió porque andaba «de pata». Decidió entonces visitar a ver a don H en su finca en Tela, creyendo que la deuda era de éste. Hasta ese momento don H y muchos de sus proveedores creían que El Rojo compraba para él. Allí fue donde  se dio cuenta  que El Rojo había estado manejando un negocios paralelo al suyo.

Ya dijimos que Don H era sumamente violento y explosivo. Cuando supo de la traición de su lugarteniente, en un ataque de rabia y violencia, lo llamó por teléfono y lo amenazó. El Rojo decidió huir a Colombia y ahí comenzó la guerra.

«La guerra con don H fue porque yo me quería quedar con su negocio», dijo El Rojo en el juicio en New York.

Al día siguiente de ese incidente, Don H citó a todo su personal, y con su seguridad liderados por un kaibil guatemalteco, apuntaron sus armas contra el nutrido grupo de empleados que eran liderados por Rojo y les preguntó quiénes estaban aún con el patrón (don H.) y quienes «con esa rata» (El Rojo). Todos dieron el paso de lealtad a Don H sino ahí mismo los mataban.

La guerra fue sangrienta. Don H buscó eliminar a todos los colaboradores de El Rojo y este a todos los colaboradores posibles de don H. Allí mató a Javier Benites Rosa, primo de don H, «porque este era el encargado de darle muerte», dijo. En ese atentado contra Benites murió una niña de apenas 3 años de edad.

Al final la guerra la perdió don H, debilitado como estaba por estar tanto tiempo desconectado del negocio, había perdido a sus proveedores y muchos de sus colaboradores se habían ido con El Rojo. Sin dinero, rápido cayó en desgracia. La vida del narcotraficante es muy cara y sin dinero está a merced de sus enemigos. Eventualmente fue El Rojo quién facilitó la información clave para su captura en 2014.

El Rojo, mientras tanto, seguía traficando con miles de kilos.

En su testimonio al jurado, El Rojo manifestó que compraba los quilos de cocaína a un narcotraficante colombiano llamado «El Cinco», que era además, dijo, el socio de Tony Hernández en un laboratorio que tenían en Colombia, donde producían la cocaína que compraba. Afirma El Rojo que pagaba 10,000 dólares por Kilo al colombiano Cinco, y que la mitad de ese pago era para Tony Hernández. El Cinco murió asesinado en Colombia y quien tomó el control del laboratorio fue Gilson Góngora. El Rojo siguió comprándole con el entendido que a quien compraba era a Tony Hernández. Eso dice su testimonio.

Pero, extrañamente y a pesar de ser muy ordenado en sus finanzas (recordemos que Don H era sumamente violento y paranoico, de no haber sido ordenado en el manejo del dinero, El Rojo habría sido asesinado), no cuenta con un solo registro en sus libretas contables que indique un pago a Tony Hernández ni por la información de inteligencia que le brindaba, ni por la droga que le compraba.

«El pago se hacía a través de Cubeta (Mario José Cálix Hernández)», dijo El Rojo.

No tiene tampoco registro de los muchos pagos que hizo a Tony Hernández entre 2004 y 2010, cuando aún pretendía trabajar para don H, porque «las libretas se perdieron en la guerra».

El Rojo cuenta sí con su testimonio, que afirma que Tony Hernández estuvo en cada una de las 15 o 20 reuniones de grandes traficantes de droga en Gracias, San Pedro Sula y Tegucigalpa, en donde se coordinó el control de territorios y el tráfico de drogas con (repetimos los nombres) Emilio Fernandez Rosa (preso en Estados Unidos), Juancho León (asesinado en Guatemala), Antonio Santos, Carlos Toledo (asesinado por orden del Rojo), Óscar Martínez, Mario José Cálix (prófugo, pedido en extradición), Juan Carlos Valenzuela (en libertad), Arnulfo Valle (preso en EEUU), Luis Valle (preso en EEUU), José Manuel López Morales (extraditado a Estados Unidos), Franklin Paz, Hernán Hernández y Amilcar Leva Cabrera (asesinado), el colombiano Gilson Góngora (Pablo Picapiedra) entre otros. La presencia de Hernández en esas reuniones tendría que haber sido notada por los narcotraficantes sentenciados en Estados Unidos y de ser así tendría que estar en sus testimonios.

El Rojo dijo haber pagado 40,000 dólares para la campaña de diputado de Juan Orlando Hernández en 2005. Que pagó además 100,000 dólares para la campaña presidencial de Pepe Lobo en 2009. Pero de eso no tiene registro (porque las libretas se perdieron en la guerra con Don H). Dijo además que ofreció ayudar con dinero para sobornar diputados en el Congreso Nacional y asegurarse que Juan Orlando Hernández fuera el presidente del Congreso en 2010, pero que Tony se negó a recibirle el dinero porque «ya Alexander Ardón, los Cachiros y Rodolfo Irías Navas estaban encargándose de eso».

El detalle que llama la atención aquí es que Rodolfo Irías Navas de Atlántida, como Óscar Nájera de Colón, estaban en abierta competencia en contra de Juan Orlando Hernández en esa elección en enero de 2010, cuando los Cachiros afirmaron buscar colocar a Óscar Nájera al frente del legislativo. Es extraño que, según El Rojo, hayan estado además arreglando los sobornos para elegir presidente a Juan Orlando Hernández en el Congreso Nacional de 2010.

Como dijimos antes, todo con lo que cuenta ahora El Rojo es su palabra, y aunque afirmó en el interrogatorio que no «busca convencer al jurado», dijo también necesitar de una carta del fiscal que afirme que su colaboración fue eficaz para lograr una reducción «sustancial» de la sentencia, que iría de entre 40 años (como pena mínima) a cárcel de por vida.

En octubre de 2017, en la ciudad de Guatemala, Victor Hugo Díaz Morales, alias «El Rojo» fue capturado por agentes de la policía guatemalteca en una operación en conjunto con agentes de la DEA. Lo buscaban luego del atentado que él ordenó a agentes de la DEA en San Pedro Sula en octubre de 2016. El Rojo trabajaba en ese momento en coordinar un nuevo cargamento de droga a Estados Unidos. Él no lo sabía, pero uno de sus colaboradores era un agente encubierto de la DEA y cayó en la trampa. Al ser capturado, consciente de los cargos que enfrentaba, declaró los detalles de sus negocios: rutas, nombres de colaboradores, propiedades. Dio toda la información con la que contaba esperando reducir un poco la condena. Era inútil, si se hubiera entregado y dado información clave como hicieron los Cachiros en 2015 podría haber logrado una condena menor, pero ya todo estaba servido. Se declaró culpable de tráfico de drogas y del asesinato de (por lo menos) 18 personas. Pero no mencionó en esas primeras declaraciones a Tony Hernández, ni la marca de TH que le compraba desde 2008, ni la información de inteligencia que le daba desde 2004, ni el dinero que entregó en las elecciones de 2005 y 2009 «porque tenía miedo del poder que tienen los Hernández».

No desconozco que El Rojo tenga razones para sentir miedo. El miedo es parte del negocio del narcotraficante. Por miedo mató a Carlos Toledo y Marlon Resinos, suscolaboradores cercanos, quienes en algún momento les parecieron ya no eran de confianza y mandó a matarlos. Por miedo a Don H huyó a Colombia cuando estalló la guerra que él inició y por miedo se fue a Guatemala, cuando el atentado contra los agentes de la DEA en San Pedro Sula lo puso en el radar de las autoridades hondureñas y norteamericanas.

No desconozco tampoco que El Rojo tenga razones para odiar a Juan Orlando Hernández y su familia: enfrenta una sentencia mínima de 40 años en una cárcel de máxima seguridad en Estados Unidos y todas las propiedades que dice tener (una casa a nombre de su hija y una finca en Honduras) están ahora en control de las autoridades de la OABI. Del hombre todo poderoso que fue, hoy solo queda un triste reflejo.

Pero hay que dejar claro también, que después de haber mentido a las autoridades federales luego de su arresto, reservándose información clave de sus operaciones de narcotráfico en Honduras, El Rojo tampoco cuenta con mucha credibilidad, porque como el miedo, la mentira también es parte del negocio del narcotraficante.

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