¿Podemos creerle a Alexander Ardón, el hombre del Chapo Guzman?

Para 2010 en Honduras, todos sabíamos que en El Paraíso, Copán había un alcalde narco, sus excentricidades y excesos eran parte del folklore local. Bastaba con entrar al pequeño casco rural del municipio de menos de 20,000 habitantes, ver el palacio municipal inspirado en la casa presidencial de Honduras (con su propio helipuerto en el techo) y las muchas cámaras y hombres armados en la zona, para sentir que uno había llegado a un lugar...

Para 2010 en Honduras, todos sabíamos que en El Paraíso, Copán había un alcalde narco, sus excentricidades y excesos eran parte del folklore local. Bastaba con entrar al pequeño casco rural del municipio de menos de 20,000 habitantes, ver el palacio municipal inspirado en la casa presidencial de Honduras (con su propio helipuerto en el techo) y las muchas cámaras y hombres armados en la zona, para sentir que uno había llegado a un lugar peligroso, que si no existe una razón de peso para estar allí, es mejor salir lo antes posible.

Nadie visita El Paraíso si no hay razón para hacerlo, es uno de los lugares más marginados y pobres de Honduras, entre las montañas de cafetales, alejado del mundo. Si algún atractivo tiene ese lugar, es la frontera con Guatemala. Nada más.

Todos sabíamos también que la policía hondureña colaboraba con el narcotráfico, que miles de toneladas de coca pasaban por el país con rumbo a Estados Unidos; sabíamos de las avionetas que venían de Venezuela y caían en Colón, Gracias a Dios y Olancho, de los cargamentos de cocaína que llegaban por mar a Palacios, Brus Laguna o Caratasca, y bajaban por tierra pasando por Tocoa, Tela, San Pedro Sula, hasta encontrar su salida a Guatemala por Santa Bárbara o Copán. Sabíamos que habían agentes de la policía que les custodiaban los cargamentos de la droga, que les servía de sicarios o informantes de operaciones de otras ramas de la policía o la DEA, que alteraban y entorpecían las investigaciones que podían llevar al arresto de los poderosos señores de la droga, que estábamos en medio de una guerra entre carteles.

Para 2010 los narcotraficantes deambulaban por todo el país con la más absoluta impunidad, mostrando armas y opulencia sin vergüenza alguna. Llegaban a los restaurantes y se apoderaban de ellos, para que los señores de la droga pudieran fingirse cierta normalidad mundana. Se robaban a las muchachas en los pueblos y las hacían sus amantes, y muchas veces, cuando ya no las querían, las mataban. Los mirábamos en el tráfico en San Pedro Sula, Santa Rosa de Copán, La Ceiba, Tocoa, Choluteca, Catacamas y Tegucigalpa, siempre circulando con carros escoltas, con hombres armados alrededor de ellos. Tenían el país secuestrado, todo el poder que el dinero podía darles y lo mostraban sin vergüenza alguna.

Los señores de la droga comprendieron desde hace mucho tiempo, que su mejor disfraz es el poder. Intentaron disfrazarse, ocultarse tras la fachada de empresarios agroindustriales o políticos, para evitar llamar la atención de las autoridades norteamericanas. Tenían empresas como fachadas que hacían negocios con empresas legítimas (que no están vinculadas al narcotráfico); hacían reuniones políticas con líderes y bases (que no estaban metidos en el narcotráfico). Todos sabíamos que estaban disfrazados, pero nadie decía nada, porque no nos convenía.

Ellos intentaron siempre en mantener esa doble vida, de hombres exitosos en los negocios o la política y de criminales despiadados, y si los empresarios, los políticos locales, los policías, la prensa o alguien de la población en general nos oponíamos, decíamos algo o reclamábamos por sus excesos, lo mataban sin remordimiento: cerca de 70,000 muertes (más de 100 comunicadores) en la última década lo confirman. Plata o plomo, fue el mantra de Pablo Escobar y es la esencia de la relación del narcotráfico con la sociedad que secuestran, una vez que el disfraz no funciona.

Cuando Alexander Ardón, ex alcalde de El Paraíso se entregó a las autoridades norteamericanas en marzo de 2019 y confesó sus muchos crímenes, todos en Honduras conocíamos ya lo que había hecho: nada de lo que dijo sorprendió a los habitantes de El Paraíso ni a los de toda Honduras. Ni las muertes de 56 personas ni las reuniones con El Chapo Guzman, ni la asistencia que recibía de la policía ni su relación con los políticos en Tegucigalpa. Convivimos con los capos de la droga, aun sabiendo que eran criminales y lo hicimos por miedo o por conveniencia.

Cuando la defensa de Hernández le preguntó a Ardón si su madre sabía del negocio en el que él estaba metido, Ardón respondió con un tono relajado: «mi madre sabía que yo traficaba droga, lo supo en cuanto vio que traía mucho dinero», dijo.

El testimonio de Alexander Ardón en el proceso que se sigue en contra del hermano del presidente de la República, Tony Hernandez, acusado de narcotráfico y otros delitos conexos, es vital para la estrategia de la fiscalía. Al ser un líder importante del Partido Nacional en el departamento de Copán, y haber trabajado muy de cerca en la campaña del presidente Hernández, Ardón es el vínculo directo entre los gobiernos de Pepe Lobo, Juan Orlando Hernández y el crimen organizado.

Pero lo que Ardón dijo ya lo sabíamos. Dio nombres de otros narcotraficantes que ya conocíamos, reconoció asesinatos (56) que ya lloramos, dijo que tenía una relación con la policía de la zona que siempre vimos, que El Chapo Guzman le visitó en varias ocasiones en Copán, que trabajaba con Tony Hernández moviendo droga en helicópteros desde la frontera con Nicaragua a Copán, que los camiones de Televisa que capturaron en Nicaragua eran del Chapo y pasaron por Honduras con su asistencia y la de la policía, que él suministraba la droga que esos camiones transportaban a México, que pagó por protección a Pepe Lobo y Juan Orlando Hernández, por lo menos 2 millones de dólares que usaron en sus campañas políticas, con el entendido que de ganar la contienda electoral le protegerían de investigaciones criminales.

Dejó claro que el dinero del narcotráfico jugó un papel importante en los procesos electorales, según sus palabras de 2005, 2009, 2013 y 2017.

¿Pero cómo llegó Alexander Ardón a convertirse en una pieza tan importante en el narcotráfico en Honduras, a punto de hacer caer al gobierno de Hernández?

Alexander Ardón proviene de una familia de agricultores de El Paraíso, Copán. Como dijimos antes, en la zona más marginal y pobre del país. Llegó hasta el quinto grado. Quien lo conoció o lo escuchó hablar alguna vez reconoce en él al hombre de campo. Comenzó en el negocio de la droga al inicio del siglo, siendo apenas un muchacho, como colaborador de narcos locales. Su conocimiento de la frontera con Guatemala, de otros criminales de la zona y su sangre fría, le hizo escalar en las estructuras del crimen organizado hasta convertirse en colaborador del Chapo Guzmán y el cartel de Sinaloa.

A sus treinta años, Ardón Soriano acumulaba ya millones de dólares de ganancias por su participación en el negocio del narcotráfico. Pero no tenía el poder que quería. En el fondo los narcotraficantes construyen su imagen del poder que han visto, de terratenientes, empresarios y político rurales. Él sentía, que para garantizar su negocio y alcanzar el prestigio que siempre buscó, debía acceder al poder político, usar, además del disfraz de empresario, el de político rural y nadie en un pueblo tan pequeño como El Paraíso, tiene más poder y prestigio que el Alcalde.

En 2005 Ardón Soriano lanzó su candidatura a la alcaldía de El Paraíso por el Partido Nacional, cargo que ganó sin oposición gracias a la fama que había construido y el poder que el dinero del cartel de Sinaloa le daba. Hombre violento, reconoció haber matado o mandado a matar a 56 personas, no dudó en eliminar cualquier amenaza a sus objetivos.

El ascenso al poder de Alexander Ardón al poder en El Paraíso no es casual, coincide con un fenómeno regional que se generó luego de iniciada la Iniciativa Mérida en México. El chapo  Guzman lo puso allí, porque necesitaba ese punto para su negocio, ante el recrudecimiento de la guerra contra la droga en su país.

En diciembre de 2006, Felipe Calderón (2006-2012) asumió la presidencia de México y decidió combatir a los cárteles del narcotráfico que habían ganado poder en el sexenio de Vicente Fox (2000-2006). Calderón decidió aplicar una campaña de militarización similar a la implementada en Colombia durante el gobierno de Álvaro Uribe. Alrededor de 50,000 efectivos militares se distribuyeron en algunas regiones del país en el periodo de Calderón destinados al combate al narcotráfico.

El Presidente de los EE.UU. George W. Bush acordó en 2007 apoyar la campaña del presidente Felipe Calderón y creó el equivalente al Plan Colombia para combatir al narcotráfico, lo llamaron La Iniciativa Mérida.

Los carteles mexicanos entonces se movieron a Centro América.

Las cifras de homicidios en Honduras venía incrementándose de manera constante desde el 2000, pero es a partir de ese año y relacionado con el re-acomodo de los carteles del narcotráfico que comienza el ascenso de los homicidios, que no parará sino hasta el 2014, cuando inician a bajar las estadísticas y se comienzan a desmantelar los carteles.

Para 2006, año que Ardón se convierte en Alcalde de El Paraíso, los homicidios habían alcanzado 3,018 víctimas, significando un promedio de 46.2% por cada 100,000 habitantes, el incremento de 602 homicidios representó ese año (2005-2006) un 24.9% más en comparación con el año anterior. Los departamentos con las mayores tasas de homicidios hasta ese momento eran Cortés, Atlántida y Copán, con cifras de 77.2, 76.4 y 73.8 por 100,000 respectivamente. En tres años, entre 2005 y 2007, el número de homicidios en Honduras había aumentado en 2,000 personas. Los carteles mexicanos, efectivamente, habían trasladado su centro de operaciones a Centro América y Alexander Ardón, junto con los Valle, los Cachiros, el tío Arnulfo, los Pinto, los Merrem, El sentado, Winter Blanco y el negro Lobo, estaban al centro de todo.

La gran capacidad operativa del narcotráfico con la falta de estrategia política para hacerle frente, generó el ambiente ideal para que prosperara el narcotráfico en Honduras. Entre 2006 y 2010, durante la administración de Manuel Zelaya Rosales, el narcotráfico estableció su red que luego prosperaría con la crisis del golpe de Estado de 2009.

La demanda ciudadana de reducir la criminalidad y la improvisación del gobierno de Zelaya Rosales llevó a la contratación de policías sin revisión de antecedentes y con apenas tres meses de entrenamiento, muchos de ellos aparecerían luego activando con el crimen organizado.  Muchos de los policías que colaboraron con los carteles de la droga, fueron agentes que salieron de esas promociones express del gobierno de Manuel Zelaya Rosales.

Entre 2010 y 2014, la impunidad con que funcionaban los criminales en el país, muchos operando desde la misma policía, el vacío político del gobierno de Pepe Lobo incapaz de dar ninguna solución a los problemas del país, más interesado en aplastar la resistencia en contra del golpe de Estado, la crisis económica del 2008 que afectaba seriamente a las élites en su capacidad de acumular capital, la corrupción aplastante de esa administración y la falta de una estrategia clara por parte del gobierno de Estados, que no definiría la extradición como estrategia sino hasta 2012, permitió que Ardón (y todos los otros carteles que antes mencionamos) existieran.

Todos los carteles de la droga en Honduras han accedido a información de inteligencia de la policía, la Naval, el ejército y la DEA, porque de eso dependía su sobre vivencia. Todos los carteles de la droga en Honduras han buscado influir en los procesos electorales porque necesitaban el control del Estado para protegerse. Y los partidos políticos los adoptaron, porque necesitaban ese dinero para campañas.

Cuando Alexander Ardón habla de haber «sobornado a los diputados de Copán para que votaran por Juan Orlando Hernández en la elección de presidente del Congreso Nacional en 2010», lo hace desde una lógica partidaria, siguiendo una práctica centenaria que indica que quien controla a los diputados es el capital de campaña. Es importante, sin embargo, reconocer que todos los carteles del narcotráfico en Honduras han tenido vínculos con los partidos políticos: muchos alcaldes, algunos diputados, varios ministros y todos los presidentes de las últimas dos décadas, han tenido algún  tipo de vinculo con el narcotráfico, aunque lo nieguen, aunque digan que es mentiras. Eso también en Honduras, todos lo sabemos. Nos queda claro que Alexander Ardón solo fue posible gracias al apoyo de altos ejecutivos de los gobiernos de Manuel Zelaya Rosales, Roberto Micheletti Baín, Pepe Lobo y Juan Orlando Hernández. Oficiales policiales y políticos que hicieron uso del dinero del narcotráfico para consolidar su poder, en medio de un momento de confusión y crisis.

Pero luego de dos días de interrogatorios, Ardón no presentó ninguna prueba. Él, como El Rojo, presentaron su testimonio, —que la defensa busca descalificar—. No entregó su teléfono que podría probar la comunicación con Tony Hernández, no entregó sus libretas contables (dijo haberlas quemado) que podrían demostrar pagos hechos por la droga que afirma compró hasta el 2010 a Tony Hernández, o los alquileres de helicópteros que usó hasta el 2019 que pagaba a Tony Hernández, ni recibos de los pagos de sobornos a políticos, ni fotografías, ni videos, ni mensajes o algo (cualquier cosa) que indicara que lo que dice es cierto.

Ardón, el jefe de un poderoso cartel que asesinó a 56 personas, aceptó en su interrogatorio que ocultó información a la fiscalía de Estados Unidos al momento de entregarse. «No fui honesto», dijo, al momento de su arresto, aún sabiendo que mientras más ofreciera de información, mejores eran sus oportunidades para lograr una condena más baja. No habló nada de Tony Hernández en marzo de 2019 ni de Juan Orlando Hernández, porque tenía miedo de ellos. Habló después, cuando «decidió ser un hombre honesto».

Ardón necesita que el fiscal que lleva el caso de Hernández (que es el mismo fiscal que lleva el caso en su contra), presente una carta al juez que podría otorgarle una reducción sustancial en su pena y esa necesidad pone en duda su testimonio.

La Fiscalía presenta como prueba a las afirmaciones de Alexalder Ardón, que vincula su actividad criminal con las estructuras políticas del Partido Nacional, su cargo como alcalde de El Paraíso, el puesto de su hermano, Hugo Ardón en el Fondo Vial y la ausencia de investigación alguna en su contra, por su activar de narcotraficante o por ninguno de los 56 asesinatos que confesó haber cometido. Eso, es irrefutable.

Ahora está todo en poder de Mario José Cálix (primo del acusado Tony Hernandez, hermano de la Zarina contra las drogas Soraya Cálix y primo del diputado Jorge Cálix) y del oficial de policía Mauricio Hernández Pineda, primo de Tony Hernández, por confirmar si todo lo que hasta hoy se ha dicho es cierto, o no. Ellos tienen en su poder, condenar a Tony Hernández y hacer caer al presidente Juan Orlando Hernández, a cambio, quizás, de una reducción de su pena.

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