Una mirada sobre la cultura en Honduras desde los silencios y las cicatrices

…por Josefina Dobinger – Álvarez Quioto …Estar vivo y ser de este país y de estas gentes no es alegre ni triste, sino necesario. Ser fiel a las raíces, seguir creyendo en la posibilidad de la esperanza, es el único modo de sobrevivir a la miseria de este tiempo. De este país y de estas gentes María Eugenia Ramos (1989) En Honduras, al igual que otros países latinoamericanos, se ha vuelto recurrente el uso de...
Invitadojulio 8, 2016

…por Josefina Dobinger – Álvarez Quioto

…Estar vivo

y ser de este país y de estas gentes

no es alegre ni triste, sino necesario.

Ser fiel a las raíces,

seguir creyendo en la posibilidad de la esperanza,

es el único modo de sobrevivir

a la miseria de este tiempo.

De este país y de estas gentes

María Eugenia Ramos (1989)

En Honduras, al igual que otros países latinoamericanos, se ha vuelto recurrente el uso de la palabra cultura acompañada de adjetivos que la califican o la determinan. Por ejemplo; la cultura de paz, supone un esfuerzo generalizado para modificar mentalidades y actitudes con ánimo de promover la paz, transformar o prevenir los conflictos que puedan engendrar violencia, restaurar la paz y la confianza en poblaciones que emergen de la guerra, según la  Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO por sus siglas en inglés). La cultura ciudadana, se ha desarrollado fundamentalmente, en acuerdo con el Banco Interamericano de desarrollo (BID), como iniciativa de gestión pública que propicia la corresponsabilidad desde la capacidad que tiene cada cultura de regular, interpretar y justificar o no ciertos comportamientos, que ofrecen claves vitales para comprender y hacer frente a los problemas que confluyen en la actual crisis de seguridad ciudadana en América Latina. La cultura política, por su parte, se entiende como el conjunto de creencias y valores compartidos, referentes a la vida en sociedad y al rol de las actividades políticas en la conservación y la orientación de la cohesión social.

Es posible observar que los adjetivos que se añaden a la palabra cultura expresan un pensamiento dirigido a modificarla, regularla, interpretarla, justificarla, conservarla y orientarla. La cultura como tal no se define, desaparece en el discurso. Se invisibiliza así, ese reclamo perpetuo respecto a la cultura del cual nos habló la escritora Leticia de Oyuela, de exigir de todos nuestros paisanos la elaboración de un pensamiento propio, que surja de las mismas perspectivas de la historia de Honduras, impulsando la necesaria parábola que se acople a nuestra forma de ser, en el sentimiento de una claridad sobre nuestra identidad y en la visión individualizada de nuestro ser.

De ahí que se vuelve necesario advertir el peligro sobre el uso generalizado de la expresión cohesión social como sinónimo de cultura, que se define como el grado de consenso de los miembros —entendido como relaciones justas, acordadas y dialogadas— de un grupo social sobre la percepción de pertenencia a un proyecto o situación común, que nace, idealmente, de similitudes segmentadas, relacionadas con el territorio, las tradiciones y los usos grupales. En acuerdo a lo anterior surge la interrogante ¿Qué se entiende por cultura en Honduras desde un marco socio-histórico en el que predominan los silencios y las cicatrices de una ausencia estatal que no la reconoce y se proclama tras la búsqueda por alcanzar una cohesión social?

En acuerdo a lo antes escrito, la actual reflexión surge de una necesidad sentida de narrar las vivencias respecto a la cultura desde una lectura de los vínculos afectivos, a pesar que las noticias presentadas en los medios de comunicación respecto a Honduras y su contexto socio-cultural actual, dan cuenta mayoritariamente sobre el sufrimiento injusto y la ausencia de diálogos. Dolencias que despiertan los miedos y duelos negados más profundos, soterrados en nuestro imaginario y que en la mayoría de los casos pueden conducir peligrosamente al silenciamiento. Al respecto, han venido recuerdos a mi memoria sobre algunos relatos fragmentados, aislados y con un cierto ocultamiento de datos que dan cuenta sobre una historia de país que describe las demandas o protestas ante las injusticias sociales como “fracasos” anulando el entramado de las vivencias colectivas, esa cotidianidad que necesitamos recuperar como experiencias, ya que es el espacio donde día a día millones de mujeres y hombres en Honduras construyen la realidad social.

Con la intención de mostrar la existencia de formas diversas de pensamiento, de realidades, maneras de afrontar la realidad, obstáculos, posturas éticas, morales, también afectivas y psicológicas, invito a transitar por una mirada y una lectura particular sobre los anhelos colectivos desde la experiencia de la organización Mujeres en las Artes Leticia de Oyuela (MUA). Un viaje que va más allá de una reflexión sobre el trabajo y sus aportes como organización educativa-artística-cultural que muchos conocemos, sino desde un sentido de comunidad cultural que resiste los avatares de un país que busca arrebatarnos el derecho a los sueños y las utopías. Una lucha a la que nos enfrentamos todas las hondureñas y todos los hondureños, sea de manera consciente o inconsciente.

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Foto de Javier Maradiaga Melara

La vida que se recuerda

Las palabras sólo sirven para encubrir los objetos, no para designarlos, nos advierte Octavio Paz. Por consiguiente los discursos públicos tal y como se pudo observar en las diversas maneras de calificar a la cultura, se han convertido, en palabras de la socióloga Silvia Rivera Cusicanqui, en formas de no decir. En otras palabras, un universo de significados y nociones no dichas, centradas en creencias de una jerarquía racial, a la que sumaríamos jerarquías marcadas también por el género, sexo, etaria y de clase, entre otras. Jerarquías que al ser ejercidas sobre otros como forma de dominación y control, estallan de manera irracional afectando nuestros estados psico-sociales. «Desnudan las formas escondidas, soterradas, de los conflictos culturales que acarreamos, y que no podemos racionalizar. Incluso, no podemos conversar sobre ellos» (Rivera, 2010).

Existe una tendencia generalizada en Honduras como en otras sociedades, de identificar lo racial, en la mayoría de los casos, con poblaciones que son descritas de manera paradigmática. En el caso de nuestro país se vincula a las comunidades indígenas, garífunas y a los negros ingleses —calificados en su gran mayoría como pobres en su sentido peyorativo, incultas, haraganas y necesitadas de desarrollo y civilización—. No obstante se ha colocado en el olvido las poderosas implicaciones que históricamente ha tenido y aún posee el mestizaje —el ladino de ascendencia indígena y negra que reproduce una mentalidad occidental— en la configuración de la identidad cultural del país. Que igualmente ha sufrido y a su vez ejerce la dominación al creer que sus maneras de conocer y mirar el mundo son las «verdaderas», anulando así, las experiencias de otros sectores, invisibilizándolas y descartándolas con desprecio.

Se vuelve necesario apuntar que la cultura, en acuerdo con Álvaro Quezada (1996)  no es un hecho gratuito o inocente, y por lo tanto no es un fenómeno que existe de por sí —como los árboles o las piedras, o como una piel que todos vestimos al nacer y debemos conservar puesta para ser lo que somos. Al respecto, es posible imaginarnos la dimensión de la cultura al recordar la gran riqueza que poseen las comunidades indígenas, garífunas y negras, respecto al sentido de los valores y sus implicaciones en el modo de vivir y enfrentar los cambios. Un acercamiento hacia la comprensión sobre la cultura desde lo común, entendido en palabras de Silvia Rivera, desde la búsqueda de un arraigo que permita superar las fronteras de la nación. Un reconocernos como individuos sintientes que es posible de recuperar como una memoria colectiva a través de los siguientes tres ejemplos que narran diversas maneras de mirar el mundo.

La tradición garífuna a través de sus relatos musicales nos hablan de la línea familiar, de la espiritualidad, de la lucha de un pueblo en camino a lo desconocido, del culto a los ancestros, la fuerza de la unión, el intercambio de conocimientos, el entusiasmo y el deseo de vivir. Es decir, las experiencias colectivas respaldan, orientan y sobre todo fortalecen los grupos y comunidades, y abren espacios para la solidaridad.

Foto de Javier Maradiaga Melara
Foto de Javier Maradiaga Melara

La tradición lenca, custodios del territorio, del agua y los rituales de adoración al maíz y la fertilidad de la  tierra han evidenciado a partir de una lucha por sus territorios, igual que lo han hecho otras comunidades en Honduras y el mundo, que la batalla cultural se dirige a una lucha por el alimento y la dignidad. Una realidad tan dolorosa que ha conllevado el asesinato de sus líderes, entre ellos Berta Cáceres. Los Tahwahkas aprendieron de los antepasados que todos los fenómenos en el mundo tienen dueño, lo que significa que es una obligación religiosa para el pueblo, recobrar y reaprender las costumbres y la práctica ritual de pedir permiso a los dueños de los peces, de los animales, de la selva, de los cerros y del bosque. Se vuelve necesario no olvidar que necesitamos, como advierten los ancestros y ancianos,  pedirles prestado a la naturaleza para darle sustento a la comunidad. Lo antes dicho hace referencia a una memoria presente, que no solo se preocupa, sino se ocupa hoy por salvaguardar la existencia humana al proteger la madre tierra.

Históricamente el Estado de Honduras no ha brindado la importancia requerida a la cultura, limitando muy en sus inicios reformistas, acciones dirigidas a la educación básica como política de homogenización y exclusión, así como a la protección del patrimonio cultural de la nación, enfocado mayoritariamente y de manera reduccionista al estudio e investigación arqueológica —mayanización de la cultura hondureña—. Un enfoque un tanto contradictorio, en tanto, estas acciones no han sido antojadizas ya que ocultan diferencias y jerarquías, que recuerdan una racionalidad, en acuerdo con Boavntura de Sousa, centrada en la transformación de lo real pero no en su comprensión.  Es así que la fragmentación cultural afecta también a las mentalidades que se remontan al pasado histórico que se nos representa con igual fuerza en el presente, ante todo cuando se recuerda el  papel jugado por las clases dominantes. De acuerdo con lo que plantea Leticia de Oyuela, durante el salto entre el período de tránsito hacia la reforma y posreforma, las clases dominantes no asumieron su papel histórico, demostrando con claridad «un interés centrado únicamente en el disfrute de un poder, que tiende a ser ‘mandonismo’ local, como forma de autoritarismo».

«Para que el capital extranjero venga a radicarse en este país desértico, inculto y anárquico [—enfatiza el 10 presidente de Honduras Luis Bográn—], debe ser halagado con la esperanza de pingües ganancias».

Luis Bográn (1849-1895) Presidente de Honduras. 1885-1891

Me gusta citar al expresidente Bográn porque devela una forma de pensamiento que no es ajena al ethos cultural que domina hoy en día a la dirigencia política y económica del país. Describe una forma de hegemonía cultural que mira a la población hondureña en general como ignorante, residual, inferior e improductiva. Lo paradójico es la internalización de estructuras colonialistas de pensamiento ya que los actuales discursos que acompañan a la cultura con sus respectivos adjetivos, como seguridad ciudadana, convivencia ciudadana y prevención de violencia expresan más una intervención de represión y expulsión de la población y por tanto, niega una acción participativa de los grupos a nivel de las ideas y de intervención directa. Aspectos que urgen ser transformados para que puedan generar espacios vitales que conlleven a la participación social y la resolución de conflictos que afectan directamente a grupos e individuos.

En la reflexión Cartografías del alma: el cuerpo como archivos vivos de la memoria, expreso que dar forma a un cuerpo —personal como social— fragmentado refiere a la necesidad de encontrar respuestas ante las pérdidas, sean estas humanas, políticas o existenciales experimentadas por desacuerdos con las expresiones culturales de la nación y la territorialidad, en el sentido de las raíces. En el caso de nuestro país, debemos encontrar un vínculo entre los relatos del pasado y la intención de enfrentar el cautiverio que no solo ha querido mantener sometida a la mujer hondureña, impidiéndole expresarse, sino también a la sociedad en su conjunto. En este sentido evoco las palabras de Gabriel García Márquez; «La vida no es lo que uno vivió sino la que uno recuerda, y como la recuerda para contarla».

Foto de Javier Maradiaga Melara
Foto de Javier Maradiaga Melara

En el caso de MUA, recuerdo que desde sus inicios se ha visto confrontada desde su quehacer, a esas contradicciones y ha logrado sobrevivir por veintiún años a partir de su capacidad de resignificarse como comunidad.  Ha sido a través de tejer un entramado de experiencias diversas compartidas entre una población diversa, que ha logrado crear las bases para el desarrollo de diálogos diversos. Recordemos que los diálogos conllevan en sí, el intercambio de conocimientos, el entendimiento y respeto con relación al otro, tarea que ha sido posible, gracias a que MUA no forma parte del Estado, no comulga con un partido político, no se ha conformado por individuos aislados y sus dispositivos administrativos se han concentrado de lleno a la gestión cultural. Este apartado es de gran importancia ya que a la gran mayoría de artistas, además de desarrollar un trabajo de creación, se enfrentan a la gestión de todos los recursos que se requieren para la producción de sus obras. Tarea titánica tanto para MUA así como para los actores culturales y artísticos del país, que como ya se ha hecho mención a lo largo de esta reflexión, se debaten con una institucionalidad cultural que además de no apoyar, muchas veces dificulta el desarrollo de los procesos creativos.

En acuerdo a lo anterior se hace referencia a una comunidad que según Maritza Montero, se ha constituido lentamente por un conjunto de individuos que se encuentran constantemente en transformación, desarrollo y lucha permanente por la supervivencia cognitiva, en tanto motivaciones para actuar, y que además tienen una relación de pertenencia entre sí. En ese sentido, alude a sujetos que poseen una identidad social vinculada al accionar cultural-artístico.

Podría advertirse que se ha desarrollado  una consciencia de comunidad que hasta el momento no se había nombrado de manera directa, pero es evidente que se ha ido desarrollando con el pasar de los años.  A partir de no dejar de creer, de soñar que con pequeñas acciones se llena una parte de las grandes ausencias sociales, sobre todo las educativas. Igualmente se puede evidenciar que se han desarrollado expresiones concretas de preocupación por las miembras y los participantes ante las dificultades para la ejecución de las acciones programadas al interior de la organización y que forman parte de las intervenciones de los grupos, ya que los obstáculos y los retos a los que se enfrentan los sectores artísticos en la actualidad, son cada vez más intensos. Situación que afecta a todas las instancias culturales que no cuentan con apoyo Estatal, que es el llamado a crear las condiciones para que se puedan desarrollar espacios para la creación y para que la sociedad pueda formar parte de la vida cultural del país.

Un tejer de esperanzas que sólo ha sido posible de imaginar a través de las fuerzas vitales que surgen del compartir de saberes y del establecimiento de diálogos intergeneracionales, intersectoriales e interculturales que han llevado un proceso lento para llegar a conformarse. Ha implicado un aprender a reconocernos, respetar las diferencias,  descubrir el lenguaje de los gestos, las miradas y las acciones de sus miembras, grupos, iniciativas, jóvenes, niñas, niños, artistas, voluntarias-voluntarios, creadoras, los públicos/actores que participan de talleres y eventos, por mencionar solo algunos. Relaciones que fortalecen la unidad y la interacción social, muchas veces por periodos cortos, pero que encuentran la posibilidad de retornar para crear nuevos vínculos. Sin dejar de lado, que posteriormente un gran sector construyo sus propios espacios, desarrollando así, dinámicas propias dirigidas al desarrollo y accionar artístico-cultural. Lo anterior ha implicado una cercanía y una empatía con el otro, alcanzando la sensación de formar parte de un todo desde un sentimiento de pertenencia que solo puede desarrollarse si existe una necesidad o una fe compartida.

Foto de Javier Maradiaga Melara
Foto de Javier Maradiaga Melara

Desde sus inicios, MUA ha materializado una diversidad de acciones de intervención educativa y cultural, pero es, sobre todo un espacio de los afectos, creado por mujeres y alimentado por la esperanza y los sueños que reconocen las expresiones artísticas como un derecho cultural. Por tanto, derecho a la libertad creadora de y para todas, todos los actores sociales, que no hace distinción de género, raza, etaria, clase, sexo y personas con discapacidad, entre otras. Las afinidades que ha logrado tejer en los últimos veintiún años a través de encuentros, talleres, exposiciones de artistas, presentaciones de obras de teatro y danza, conversatorios sobre diversas problemáticas, entre muchos otros eventos, le han permitido construir una red afectiva de voluntades y compromisos personales desde los cuales se experimentan y se vivencian resistencias creativas contra la exclusión social.

Si se parte de pensar en una comunidad que surge y desarrolla de manera particular, vinculada a cambios sociales violentos, MUA También se ha enfrentado, al igual que otros grupos e iniciativas sociales, a los ritmos cambiantes de modelos sociales y económicos que han afectado, desde mi lectura subjetiva, principalmente a la cultura como derecho. En consecuencia, podría pensarse que este ha sido uno de los principales factores para que se instaure este sentido comunitario y otorgue un significado más cercano sobre discursos como el de participación ciudadana.

La apuesta utópica y esperanzadora de MUA se conforma por la movilidad de diversas maneras de pensar y estar en el mundo, igualmente por la evidencia de rutas y caminos que se han ido tejiendo con la recuperación de la memoria histórica al rendir homenaje al carácter, el valor, la fuerza, la resistencia y el coraje que, como hálito vital, han sustentado el quehacer de generaciones de mujeres creadoras en Honduras. Desde sus inicios MUA se ha enfrentado, como acontece con los demás sectores artísticos y culturales del país, a un territorio renuente al respeto de todo aquello relativo a lo cultural.

Finalmente, es necesario recordar que  la cultura se vive y responde a derechos elementales como la educación, la salud, la vivienda y la alimentación. Es decir, que al situar las demandas sociales como fracasos sin intentar comprender los hechos que la han configurado, estamos anulando los referentes de identidad que configuran nuestras particularidades como hondureñas y hondureños. Por lo que las fracturas y los vacíos de los relatos colectivos, conllevan a sentimientos de extravío y por lo tanto de abandono.   

Quedan muchas tareas pendientes, entre ellas la indagación y socialización de saberes generados en diferentes espacios comunitarios, pero sobre todo es necesario comenzar por el reconocimiento de su valor en tanto fuerzas creativas, reconociendo sus resistencias resilientes, entendidas como los mecanismos creados por estos grupos para enfrentar experiencias dolorosas, y poder así, superarlas y transformarlas.

Bogotá, Colombia, 20 de junio de 2016

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Investigadora social hondureña, Mag.Sc. en Estudios de la Mujer por la Universidad de Costa Rica, Diplomado en Trabajo, educación y consejería por Instituto de desarrollo económico WIFI, Viena Austria, especialista en trata de personas, historiadora y cofundadora de Mujeres en las Artes (MUA).

chefydobingeralvarez@gmx.at

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