Sihuatán: antología de cuentistas hondureñas

A nadie sorprende que la creación literaria de las mujeres se ignorara en las antologías de cuentos hondureños del siglo XX. No sorprende que ninguna mujer fuera «digna» para los antologistas que privaron como filtro un criterio más que estético, patriarcal. ¿Por qué asombrarnos que tuvieron que transcurrir cien años para que las escritoras hondureñas comenzaran a hacer su aparición en las antologías de cuentos? ¿Acaso no sabemos ya que cualquier posición que la mujer...

A nadie sorprende que la creación literaria de las mujeres se ignorara en las antologías de cuentos hondureños del siglo XX. No sorprende que ninguna mujer fuera «digna» para los antologistas que privaron como filtro un criterio más que estético, patriarcal. ¿Por qué asombrarnos que tuvieron que transcurrir cien años para que las escritoras hondureñas comenzaran a hacer su aparición en las antologías de cuentos? ¿Acaso no sabemos ya que cualquier posición que la mujer alcance en el mundo de la literatura es a través de una lucha sumamente desigual?

«En literatura, ciencia o en arte —escribe Helen Umaña en su libro Narradoras hondureñas (1990)— el analista solo debe poner los ojos en los resultados. Se sabrá si la gestión literaria, científica o artística fue fértil o estéril a la luz de los grandes parámetros que marcan el momento histórico…». En ese sentido, ¿cuál debe ser el juicio que recae sobre Óscar Acosta, Roberto Sosa, Miguel Navarro, Jorge Luis Oviedo y Manuel Salinas de Pagoada, pues en su lógica, una novela o un poema son o no son obra de arte independientemente del sexo de su autor?

El oficio de escribir, para las mujeres hondureñas, es nadar contracorriente. Eso lo sabe Anarella Vélez Osejo, que nos presenta el libro Sihuatán: antología de cuentistas hondureñas, en la que recoge la obra de once autoras de contextos sociales e históricos muy distintos, pero que desde sus narrativas logran crear ese imaginario que es la mujer catracha. 

El libro sigue un orden cronológico, sin apego a las técnicas narrativas, aborda la realidad de las mujeres hondureñas a partir de su valoración de la misma. La antología funciona muy bien, nos permite apreciar ese reclamo que las mujeres escritoras proyectaron en sus obras, y que a través de las décadas sigue siendo el mismo.

Inicia con las narradoras de principio del siglo XX, con autoras que  escribieron desde el contexto de la lucha sufragista: Lucila Gamero de Medina (1873-1964), la primera novelista hondureña, a quien tocó romper los muros de silencio en que su condición de mujer colocaba; Paca Navas de Miralda (1900-1971), con una visión social desde el caribe; Clementina Suárez (1902-1991), la gran poeta; Emma Sarmiento de Moya Posas (1910-1991), que proyecta en su obra una visión rural del país; Argentina Díaz Lozano (1894-1999) y su hija Mimí Díaz Lozano (1928), con una visión social crítica de la desigualdad de clase. Luego, en el contexto contemporáneo de la lucha feminista: María Eugenia Ramos (1959); Waldina Mejía Medina (1963); Rocío Tábora (1964); Lety Elvir (1966) y Jessica Sánchez (1974), con quienes complementan esta antología.

«¿Tienen corazón los hombres?», nos pregunta Lucila Gamero de Medina en el cuento «Alda», y el destino trágico de Rosario, el personaje del cuento «Mar de fondo», de Paca Navas, parece responderle que «no», que los hombres no tienen corazón. «El corazón de los hombres es un tesoro imposible», dirá Sarmientos Moya en su cuento «Ñor Guzman»; «un diamante lleno de mísero carbón», añadirá más adelante Clementina Suárez. Porque, como dice «La Niña Prisca» en el cuento de Argentina Díaz Lozano, «los hombres temen a las mujeres libres».

Dos cuentos hacen de transición en esta antología, «La trascendencia de un momento», de Mimí Díaz Lozano, que retrata la burla que recibe Berta por sus zapatos derruidos y «La partida», de María Eugenia Ramos, quien parece responder al hastío de la pequeña Berta, destruyéndolo todo en «una explosión que hizo rodar los últimos trozos de ladrillo» de la sociedad. Esa que poco a poco las mujeres escritoras también comienzan a romper.

Waldina Mejía, y su cuento «Dora Corazón», parece regresar a la vieja discusión de «Alda»en donde la tía discursa que «por muy complaciente que sea un marido, una mujer honrada e inteligente debe vivir sujeta a él». Pero le da un giro moderno, cuando las dos mujeres se disponen a destruir a la rival y vengarse de los maridos «tirando una cana al aire». En «(D)e una mujer a quien le gusta dormir», de Rocío Tábora, descubrimos que del sueño de la mujer nacen las madreselvas que crecen en el bosque; y nuevamente Alicia reafirma, después de cien años de historia machista y a través del «reclutamiento vaginal» en el «País de los tucanes» de Lety Elvir, que sí, todos los hombres son iguales. Ya casi al final, la mujer descubre su cuerpo. La antología termina con el cuento «Punto G» de Jessica Sánchez, quien en primera persona «sostiene entre sus manos las reservas inagotables, cotidianas del placer»; y nadie nos dice, pero suponemos, que era el mismo espejo desde donde se vio Alda, cien años atrás. 

Parece ser que el tiempo ha dado la razón a las ancestras de la literatura hondureña. Pues vemos en las obras que se están produciendo y, en esta antología, que su trabajo fue terreno fértil para las milpas literarias.

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