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¿Quiénes realmente fomentan la cultura en Honduras?

«El gran botín de los amos no son las plusvalías, el gran botín de los amos es la cultura, son los significados de las palabras, los sueños pendientes de ser soñados, las inocencias pendientes de ser ejercidas y eso es lo que nos recuerda la poesía desde que es poesía».

Walter Benjamin

Hace una semana vi en redes sociales la noticia del lanzamiento de la Orquesta Filarmónica Juvenil de Honduras. Las personas comentaban, indignadas, sobre el mal pago, los malos tratos y cuestionaban las formas irregulares y sospechosas en las que fue aprobado este proyecto, entonces recordé cuando en 2004 se ordenó el cierre definitivo de la Orquesta Nacional Sinfónica de Honduras bajo los argumentos de la carencia de presupuesto para su mantenimiento.

Crecí asistiendo a los conciertos de la Sinfónica, incluso de pequeña, mientras recibía mi formación musical. Soñaba con el día en que pudiera formar parte de esta orquesta, sin embargo, fui espectadora de su muerte. Tengo presentes los recuerdos de los múltiples esfuerzos que realizaron los músicos para evitar su cierre, aún los veo tocando en el Parque Central de Tegucigalpa, en los bajos del Congreso Nacional y en cada espacio en el que tenían la oportunidad de luchar y pedir apoyo para evitar su clausura. La decisión ya estaba tomada y no había intención de discutir el caso.

Continué mis estudios musicales orientados al piano clásico y poco a poco me sumergí en este mundo artístico y cultural en el que he tenido la oportunidad de compartir con personas talentosas y comprometidas que dedican su vida a la creación y a la proliferación del arte en Honduras.

Hacia el año 2003 la vida me hizo coincidir con el poeta Rubén Izaguirre, con quien tuve la oportunidad de construir una hermosa amistad basada en el respeto, el cariño y el deseo de compartir música, poesía y literatura. Rubén creó y promovió el proyecto «La poesía andante», que tenía como propósito llegar a las zonas populares, incluso en riesgo social, y realizar lecturas de poesía, cuentos e intervenciones musicales. Este proyecto lograba reunir a poetas, músicos, intelectuales y a todas las personas interesadas en compartir y ser partícipes de esta forma innovadora de llevar el arte a lugares comunes, accesibles y también no accesibles para la población. Esta iniciativa nunca tuvo financiación e interés por parte de las entidades del gobierno y todo fue ejecutado y logrado con fondos personales.

En 2013 recibí con gran alegría la noticia de que el poeta y gestor cultural Salvador Madrid, después de un arduo proceso de gestión, producción y planificación, fundó el festival «Gracias Convoca», cuya primera y segunda edición estuvieron a su cargo. Desconozco por qué —y lo lamento profundamente—, en los años siguientes, este evento pasó a manos que poco a poco han ido mutando sus ideas primigenias, las cuales consistían en crear un espacio inclusivo y libre para el arte y la cultura hondureña y generar un acercamiento entre los artistas y la comunidad de Gracias, Lempira, entre otras cosas.

Para el asombro y la indignación de muchos, en 2016, durante la cuarta edición de este festival, ocurrió la nefasta escena en la que fue condecorado el excapitán y fundador del escuadrón 3-16, Billy Joya Améndola, personaje señalado como responsable de torturas, asesinatos y desapariciones en la década de 1980, una persona contraria y alejada del escenario cultural y artístico del país. En la actualidad, el Gracias Convoca cuenta con organizadores que son empleados del gobierno y que poco a poco han ido cambiando el formato y los propósitos con los que este festival se gestó en sus inicios.

No puedo cerrar sin mencionar que hace unas semanas me sorprendió la noticia de que el Congreso Nacional había aprobado la Ley de cinematografía en Honduras, y que este es un proyecto en el que Juan Orlando Hernández, presidente ilegal del país, tiene un especial interés; muestra de ello es que fue el mismo Poder Ejecutivo quien realizó la propuesta. Lamento y me atrevo a sospechar que algo se teje detrás de esto. En el mes de junio del año pasado se estrenó en Netflix la serie Expedientes criminales, al saber que se trataba de una producción hondureña quise verla a la brevedad y descubrí que era uno más de esos trabajos empeñados en enfatizar y convencer a su público de los supuestos esfuerzos y el compromiso del gobierno de velar por la seguridad nacional. Por supuesto, esta fue una producción encargada y financiada por el actual gobierno. Se me hace difícil creer que estos sucesos sean pura casualidad y que no exista una conexión entre ellos. Ojalá esté equivocada.

El problema no radica en que sea el gobierno el que organice y apoye estos espacios —de hecho, la promoción del arte y la cultura de parte del Estado es un derecho constitucional que nos asiste a las hondureñas y hondureños—, sino en la apropiación de estos escenarios y utilizarlos para la ideologización o la politización que más le convenga al gobierno de turno. Somos conscientes del poder y la capacidad que tiene el arte de influir en el actuar y pensar de las sociedades y por eso nuestros gobiernos han intentado darle un giro en el que se vea disminuido a un simple espectáculo circense. Han intentado y continúan en el proceso de hacer ver al artista como un simple entretenedor y de llevarlo a la decadencia, e incluso, a su desprestigio.

Pese a estos hechos, aún tenemos gestores, artistas y personas que de verdad aprecian y hacen enormes esfuerzos por la preservación y la promoción de las manifestaciones artísticas y culturales en Honduras; personas que aún hacen resistencia en ceder estos espacios a seres sin ética y sin escrúpulos. Considero necesario reconocer la labor de gestores como Salvador Madrid, quien ahora, con un gran equipo de personas valiosas, han creado el festival de poesía «Los confines», que reúne a escritores, poetas, músicos, pintores e intelectuales nacionales e internacionales; o la poeta Mayra Oyuela, que desde la casa cultural Boca Loba organiza conversatorios, lecturas de poesía, conciertos, exposiciones de pinturas y un sinnúmero de actividades hermosas y dignas que dan voz a nuestros artistas; o la académica, poeta y gestora Anarella Vélez Osejo, con su enorme aporte a través el emblemático Café Paradiso, donde, desde hace décadas, abre sus puertas a toda manifestación artística y cultural; y a todas esas personas que, como un trabajo de hormiga, se reúnen, buscan y generan espacios para compartir sus creaciones, y las de otros y otras, de manera ética, comprometida, democrática y libre.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.