Misoginia, política y la violencia contra las mujeres

El término misoginia tiene su origen en el concepto griego que significa: odio hacia las mujeres. Este concepto fue retomado por el movimiento feminista a nivel mundial para designar el desprecio hacia todo lo femenino. La misoginia puede expresarse en diversas formas de violencias hacia las mujeres que van desde conductas como la omisión o la discriminación hacia todo lo que hacen las mujeres. Estos comportamientos pueden crecer hasta llegar a grados altos de violencia...
Redacciónjunio 2, 2016

El término misoginia tiene su origen en el concepto griego que significa: odio hacia las mujeres. Este concepto fue retomado por el movimiento feminista a nivel mundial para designar el desprecio hacia todo lo femenino. La misoginia puede expresarse en diversas formas de violencias hacia las mujeres que van desde conductas como la omisión o la discriminación hacia todo lo que hacen las mujeres. Estos comportamientos pueden crecer hasta llegar a grados altos de violencia física y sexual, que culmina en muchos casos con el asesinato de las mujeres por razones de género, llamado en términos políticos «femicidio».  La misoginia es reconocida en el mundo entero y no solo por mujeres como Marcela Lagarde, Jill Radford, Ana Carcedo, María Elena Méndez o Mirta Kennedy por mencionar algunas.  Jack Holland afirma que la misoginia es uno de los prejuicios más antiguos de la sociedad, encontrándose presente en la mayoría de religiones del mundo.

Para ejemplificar la misoginia diremos que en Honduras son asesinadas diariamente un promedio de dos mujeres y ostentamos un nada honroso título de ser uno de los países con más altas tasas de femicidio a nivel mundial, con elevados índices de violencia hacia las mujeres entre los que se encuentra la violencia sexual que muchas veces desemboca en embarazos adolescentes o la muerte de las víctimas cuando son niñas o se encuentran en edades tempranas.

Dando una rápida mirada a los periódicos nacionales solo en los últimos 15 días, encontramos que una madre fue quemada viva con sus hijos dentro de su casa de habitación por su pareja en represalia por haberlo dejado, un padre abusaba sexualmente de sus hijas de 11, 18 y 20 años y supuestamente asesinó a su hijo cuando este último intentaba defender a sus hermanas, mientras que una menor de 13 años se encuentra embarazada y su agresor ante la denuncia de violación, expresa que no se puede alegar este delito sexual, porque la menor «ya convivía con él». El año pasado, un hombre que mutiló a su pareja cortándole las piernas se atrevió a decir que «¡solo le había hecho unos toquecitos!».  No hace falta ser genio para observar como todas estas expresiones tienden a minimizar la condición de las mujeres y la gravedad de la violencia de género en el país, de tal manera que lo que le pasa a las mujeres es normalizado, justificado e incluso criminalizado. Existe desde hace algunos años, una tendencia destinada a enfatizar este último aspecto, sin embargo, esa será materia de otro artículo.

En este contexto, nos queremos referir a la misoginia en la política partidaria diciendo que hace poco se realizaron ataques verbales de Salvador Nasralla,  presentador de televisión y ahora líder del Partido Anti Corrupción, contra una conocida diputada joven, entre los que se mencionaba que ella podía acceder a ciertos requerimientos de otro partido político, debido a «…su juventud y por ser mujer…» «…fírmeme aquí mamita que usted tiene una gran carrera por delante»«…a la muchachita la llevan a comer para acostarse con ella….».

Ante la respuesta de la Comisión de Equidad de Género del Congreso Nacional y organizaciones de sociedad civil y feministas, el comunicador enunció por un medio digital el día de hoy que no se explicaba este ataque en su contra, porque «en ningún momento ha provocado violencia política contra las mujeres». Acto seguido se refirió a la presidenta de la Comisión de Género de la siguiente forma: «nació en la televisión cuando tenía 17 años con Salvador Nasralla (aludiendo a sí mismo) si no se hubiera quedado en el colegio. Yo he promovido muchas mujeres».

Para no quedarnos solo en este ejemplo, podemos mencionar el caso de Esdras Amado López, político y comunicador que se refirió a las capacidades de su compañera diputada indicando: «tiene más piernas que cerebro» o el caso de David Romero Ellner, otro comunicador y político, que violó a su hija, y luego salió diciendo que «ya pagó su culpa» y arremetió por medio de su programa con comentarios discriminadores contra otras mujeres. Recientemente el expresidente Manuel Zelaya Rosales, coordinador del partido Libertad y Refundación, expresó al periodista Esdras Amado Lopez, que la exigencia de la paridad y la alternancia en la participación política de las mujeres «era una cuestión de faldas», ignorando con ello que las mujeres formamos parte de la política desde antes del inicio de la vida democrática y participamos en diversos espacios con vestimentas variadas y responsabilidades múltiples.

Los cuestionamientos a estos personajes, entre muchos otros que la memoria no  trae a colación se han hecho públicos por las redes sociales y las opiniones del público en general han sido abundantes y en la mayoría, muchos hombres y algunas mujeres comentan en todo nada amable que las que defendemos u opinamos sobre estos casos llamándolos por su nombre, somos representantes del Partido de Gobierno con una estrategia maquiavélica empeñada en desacreditar a los candidatos presidenciables o de cualquier índole, mujeres malas que se meten donde no les importa, que exacerban los hechos, total esas cosas pasan todos los días en nuestro país y nadie se asusta. Adjetivos como brujas, putas, chismosas, vendidas, entre otras son los que pueden recoger en las redes. No estamos defendiendo derechos, de acuerdo a los que opinan si no que en este escenario de polarizaciones, seguro representamos a ciertos intereses, a algún partido, a algún político. No se visualiza el escenario donde nos salvamos a nosotras mismas, donde contrario al prejuicio que siempre se nos adjudica y reza «las mujeres son las peores enemigas de otra mujer» nos defendemos, cuestionamos al sistema y no somos culpables de ninguna manera de los ataques misóginos y violentos.

La memoria colectiva suele ser frágil. Esto se demuestra en cerrar la mente y los ojos ante lo obvio, así que opinamos frugalmente demostrando nuestro apoyo a los caudillos y evadiendo esta realidad, así como lo hacemos ante la brutalidad de los asesinatos de mujeres y jóvenes, ante la violencia sexual, ante los embarazos adolescentes.  Parafraseando al Doctor Hannibal Lecter, personaje inolvidable de la película El silencio de los inocentes, estamos en una época de barbarie, en la cualquier el crimen, incluso el más atroz, es justificado por política, por placer, por necesidad. Hay que cuestionar a la víctima, no al victimario. Y es así como un vuelco que causaría la envidia del mismísimo Kafka, el agresor se convierte en agredido, en un decir nada se transforma en la víctima en un cuarto lleno de arpías furiosas que luchan por alcanzarlo. Las mujeres, las atropelladas, salen sobrando. Las defensoras de estas otras mujeres, solo tienen un objetivo: destruir al caudillo, a esa especie de semidioses que construimos y a las que estamos acostumbrados. 

Afortunadamente unas pocas personas, hombres y mujeres (la mayoría mujeres) ha respondido con lazos de apoyo, con aquello que llamamos la «sororidad política», el pacto de hermandad entre mujeres, que es posible y en estos días se ha concretado de la mejor forma posible ante estos ataques tan desafortunados: mujeres de diferentes edades, de diversas clases sociales y políticas, de organizaciones múltiples han logrado hacer juntarse y hacer un frente común para «acuerparnos» como diría Lorena Cabnal, feminista indígena guatemalteca.  Acuerparnos significa juntar los cuerpos, las voces, las voluntades y las memorias, en un solo cuerpo político común.

Nada es perfecto y puede ser que estemos lejos del ideal de la unidad soñada como puede ser que la fuerza de nuestra unidad se encuentre precisamente en ser diversas. Necesitamos ante los recientes acontecimientos, analizar y apoyar la propuesta de una Ley de violencia y acoso político hacia las mujeres. Necesitamos como sociedad, reconocer que este problema existe y que no es simplemente una cuestión de que las mujeres que se involucran en política deben aguantar. Estamos hablando de una violencia específica, focalizada que recibimos por ser mujeres entendida como los señalamientos o implicaciones sexuales en relación a nuestro género. Creo que nadie, a manera de ejemplo, menoscabaría la actitud de un político diciendo que acepta cenas de una mujer (o un hombre) a cambio de favores políticos o sexuales. Nadie cuestiona la multiplicidad de parejas que tiene un político, pero si, las de una política. A las mujeres se nos expone como seres incompletos, incapaces, que solo podemos tener un valor político si pasa por la compra-venta de  nuestra sexualidad aunque sea como rumor. La vida privada de los políticos se respeta y se cuida, la de las políticas se expone y queda sujeta a vilipendiarse. No es una cuestión de justicia e igualdad que se nos trate de forma tan distinta, dando privilegios a unos para quitárselos a otras.

Quien sabe que nos depare el futuro en esta sociedad que de no cambiar cultura y comportamiento con sus mujeres y jóvenes se percibe aciago. Sin embargo de una cosa podemos estar seguras: nuestras voces seguirán presentes, denunciando, exponiendo y cuestionando los macro y micro-machismos, los patriarcas de izquierda y de derecha, los agresores. La propuesta de las mujeres es la vida misma, nuestras vidas, desde las que aspiramos a construir un canto colectivo de paz, un canto de palabras que nos alcance y nos trascienda.

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