/LA ESQUINA OSCURA DE LA NOCHE, POSTALES DE LA TEGUCIGALPA TRANS

LA ESQUINA OSCURA DE LA NOCHE, POSTALES DE LA TEGUCIGALPA TRANS

Cae la noche en Tegucigalpa.

En las esquinas oscuras del centro histórico aparecen decenas de jóvenes vestidas para ir una fiesta a la que nunca llegan. Sus piernas largas resaltan en las aceras. Giran sus cuerpos mostrando sus traseros a la luz de los faroles de los carros que pasan como en un escaparate decadente. Ríen y hablan, siempre pendientes de quien se acerca a ellas.

Yo busco a Lorna, una joven que conozco desde hace mucho tiempo y he visto casi a diario caminando por estas calles y dondequiera que me ve me pide dinero.   

—¡Hey vos, dame 20 pesos! —suele decirme casi siempre que me reconoce.

Lorna es delgada, trigueña, casi mulata, de nariz puntiaguda y mechones de cabello azabache que le caen en la nuca y que peina con gelatina fijadora barata, como ocultando la caída prematura del cabello. Mide alrededor de 1.67, camina casi siempre de vaqueros y una blusa que calza a la medida del cuerpo. A veces me pide hasta 50 lempira, pero siempre se conforma con lo que le ofrezco.

En El Pulso me encomendaron hacer una nota sobre la prostitución en Tegucigalpa y para eso busco a la única persona que puede hablarme con franqueza. Asumo, que por conocernos desde hace algún tiempo, Lorna me hablará sin miedo y me contará lo que pasa en las noches en Tegucigalpa, cuando la mayoría duerme y las calles se llenan de criaturas oscuras y peligrosas.

Lorna lleva en el rostro la cicatriz de una herida con arma blanca que le divide una mejilla. Le pregunté por ella y se negó a contarme qué le pasó. El sentido común, la ciencia forense y la psicología han sabido explicar por qué las heridas y golpes a la cara son considerados «personales», es decir —según criminólogos— que las agresiones al rostro se hacen como señal de extremo odio hacia el enemigo. Quien agredió a Lorna, pienso, quiso dejarle un recuerdo que deberá cargar hasta el día que muera, cuando se levante y se mire al espejo, cuando se lave la cara y cada gota recorra el surco en su rostro.

—Al cliente no le interesa la herida —asegura Lorna cuando le pregunto—, sólo quiere «dar y que le den».

Es dificil que Lorna tome confianza con alguien, como para platicar con soltura. Yo quiero saber cómo se metió al oficio o quién la invitó a que caminara las calles por las noches, pero ella no quiere hablar sobre eso.

—Hay cosas que no se cuentan —insiste.

Sólo me dice que llegó al oficio por indicación de otra compañera de trabajo, desde que la corrieron de la casa cuando se enteraron de que era gay no le quedó sino la calle.

—Y desde entonces he tenido que vivir «esta vida de puta» —dice. Luego me reclama que pregunto demasiado.

Le pido que caminemos hasta una gasolinera para comprar cigarrillos, en el camino pienso que quizás debí haberla llevado a un hotel y pagar su tiempo para que hablara.

Abajo en la calle hay una patrulla detrás de un carro Nissan Frontier blanco con neblineras. Nunca supe quiénes iban adentro. Tampoco me iba a atrever acercarme más de lo necesario. En tiempos de violencia, es mejor mantener  cierta distancias. Le comento a Lorna lo del carro y ella me dice que ya se acostumbró a ver carros que circulan sin placas.   

Lorna camina unos pasos más y se mete a un lugar oscuro a donde hay un árbol y un muro, y de pronto se baja el pantalón y me muestra sin pudor su ropa interior. Yo me incomodo con el espectáculo y Lorna ríe como una cipota. La vi un par de segundos y volteé a ver a los vigilantes de la gasolinera que están en plena plática. Me echo a reír y me sonrojo.     

—Es para que veás que yo tengo lo mío y por eso me buscan mis clientes  —me dice.

Ya más en confianza comienza a narrarme de un cliente que la llevó al hotel Marriot:

—Me levantó allá abajo a donde hace unos años había una pollera —me dice, señalando hacia una oscurana en al inicio de la avenida Gutenberg—. Y cuando vamos llegando al hotel no ves que no me quieren dejar pasar. No sé por qué, pero él estaba pagando la habitación y no sé qué hizo para que me dejaran pasar. Ahí me penetró y lo penetré y me pagó lo que me había prometido y me regresé.

—¿Quién era? —pregunté.

—Nunca vas a saber quién fue —comentó riendo—. Lo que sé, es que es un tipo de alta sociedad y que es gran culero, pero se lo callan porque saben que al ser descubiertos se les caerá la máscara de «hombres».

—¿El hecho de que uno se acueste con un hombre te hace culero? —le pregunto.

Ella ríe estridentemente.

—Aunque sea una sola vez, ya sea para metérsela vos. Si te acostás con un hombre, sos culero, te guste o no te guste —dice.

Llegamos a la gasolinera después del puente del Guancaste. Lorna prefiere quedarse en el estacionamiento y esperar a que yo salga del centro de conveniencia.  Afuera está un vigilante y una dependienta que platica con él. La cara de la dependienta es fina, bonita y voluptuosa, de unos 28 a 30 años. Voy pensando en qué dirán de mí, seguramente porque estoy con un transexual, han de suponer que vengo (o voy) a acostarme con ella. Los ignoro y ellos me ignoran. Lorna está desesperada por irse.

—Ya me voy —repite varias veces.

Le pido 20 minutos más para hablar y me dice que sí.

El celador está al pendiente de ver si la chica trans y yo hacemos algo inapropiado para corrernos del espacio que le pertenece a la gasolinera. «Para eso fue contratado» —pienso.

Al fondo, en una esquina, está parada otra chica trans fumando un cigarro. Está sola. Usa zapatos de tacón, una minifalda muy pequeña y cartera blanca en juego con toda la ropa. Ya rato espera cliente. Los carros y patrullas pasan y pasan y ella es ignorada. Es atractiva, de tez trigueña, casi colindando con negro y el maquillaje que contrasta con su tono de piel.     

—A esa que quedás viendo —me dice Lorna, cuando cruzamos la calle rumbo a la gasolinera—, esa es muda.

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***

—Nosotras venimos a las seis y comenzamos a conseguir clientes —cuenta «Paleta», sentada sobre un muro que rodea el histórico Arbolito, ícono del viejísimo barrio La Plazuela.

—¿Con cuántas se llevan acá? —pregunto.

—Somos tres las que estamos acá ahorita —me dice y observo a mi alrededor a dos chicas más.

Una de ellas es delgada, de 1.80 de estatura. Anda falta corta, una blusa blanca con rayas negras y el cabello alisado con plancha. Es delgada de nariz aguileña. Desde que llegué me observa retadora, como si estuviera lista para «rifarse» a los golpes con el primero que le «bufe».

«Bombón», la otra chica, anda con un vestido corto, es rellenita, tiene una cerveza a la mano y se ríe ante cada tapudez de su compañera, la palancona, que sigue con el muchacho. Paleta, toma cerveza y fuma con Bombón. Desde que me acerqué a ellas ha habido cierta tensión.

—No jodás —grita emocionada la palancona señalando a la esquina de la calle— si ése es de la DPI. Son los más pisones y los más culeros.

De inmediato veo hacia donde señala la chica y veo a un sujeto de gorra y apariencia de agente de investigación que maneja una Toyota 4Runner verde y vidrios polarizados que antes de llegar al redondel bajó la velocidad más de lo necesario   

—Tirale un piropo para ver si se va con vos —recomienda Paleta.

—Ya se fue ese culero —dice Bombón, decepcionada.

Las chicas me ven con recelo y me dicen una y otra vez en los diez minutos que estuve en ese redondel que me van a hacer un «cateo». Me río para bajar el ambiente. Se relajan y siguen tomando cerveza. La transexual alta procura ignorarme para seguir en plática con el muchacho. Yo llegué preparado mentalmente para cualquier escenario, incluso, si había problemas, para huir. Ya tenía un plan B listo en caso que las cervezas y el estrés de la calle las hiciera hostiles.

—Casaca, loco. Seguí hablando —me dijo Paleta sin verme a la cara.

La palancona sigue en plática con el misterioso acompañante que viste de jeans algo desteñidos, camiseta roja y una gorra para pasar desapercibido.

Sé que en cualquier rato me dirán que me largue. Quieren clientes que les deje buen dinero y yo allí les estoy estorbando. Bombón y Paleta me dicen que ya tienen un buen billete recolectado. Una de ellas dice que hasta ya recibió su «catorceavo». No sé si creerles, es lunes y ni las gallinas ponen, pero les tomo la palabra porque veo que ingieren cervezas y están relajadas, y no hay en ellas la mínima desesperación para conseguir plata.

Las patrullas de la Policía Militar pasan a cada rato por el redondel a donde estamos. Dos, tres, cuatro y cinco veces pasaron para ver si no habían «novedades». Ni siquiera reparan en pararse, preguntar qué estamos haciendo allí a esa hora.

—A vos, YO te voy a hacer un cateo —me advierte Bombón, resaltando el YO en la oración.

Siento que el ambiente se ha puesto tenso y decido irme. Mientras me voy, las chicas ríen estridentemente.

—Vení para acá vos que te voy a hacer un cateo —me vuelve a decir Bombón mientras me alejo.

Todas las demás se ríen con ella.

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***

A Estefany la conozco desde el colegio. Trabaja en la tienda de conveniencia en donde estuve con Lorna. Al verme entrar, me saluda, amable. Le compro refresco y maní, habla conmigo. Ella tiene un par de amigas transexuales y cuando tiene turno llegan a visitarla para comprar cigarros, cervezas o confites para refrescar el aliento. Entre compra y compra, Estefany asume el papel de confidente para las chicas trans.

—Venía corriendo con los zapatos de tacón en la mano —me cuenta Estefany, hablando de la salvaje golpiza que le dieron hace poco a una chica trans—.  No había policías, ni carros, ni nadie para ayudarla. La chica venía gritando que la querían matar, pidiendo que la ayudaran. Al llega a la esquina de la gasolinera le comenzaron a fallar las piernas. El hombre furioso la alcanzó y comenzó a patearla .

—¡Hija de puta! Dame lo que me robaste o te mato —le gritaba.

—Ya no me golpeés, perro, que yo no te he robado nada, más bien me querías joder y lo estás haciendo.

—Conmigo déjate de pajas y mejor devolveme lo que me robaste o si no te voy a joder.

—¡No te he robado nada!

—Si supiera usted cómo la golpearon —me dice Estefany, atrás de la caja registradora—. Me sentí mal por lo que le hicieron.

Estefany cerró la caja registradora y señaló con el dedo índice a un lugar al otro lado del estacionamiento, a dónde fue el ataque.

***

Al salir de la tienda, luego de mi conversación con Estefany, veo que Lorna se ha ido y se escabulle por las solitarias y oscuras calles de Palmira. La chica muda sigue junto al poste esperando que alguien se le acerque. También tiene el pelo musuco con extensiones que lo hacen más frondoso. Camina para un lado y para otro.

—Me da pesar que sea muda, cuando puedo la ayudo y si ando dinero le doy un par de cigarros para que aguante la noche —me dijo Lorna antes de que yo entrara a la tienda.

—¿Cómo hace para conseguir clientes?  —le pregunté.

—No sé, creo que tiene sus formas de llamar la atención —contestó de manera lacónica.

Veo para todos lados, para no ser sorprendido por cualquier requintero que ande por ahí queriendo obtener algo a punta de pistola y me doy a la tarea de darle seguimiento a  Lorna sin que se entere de que la vigilo. Ella va con un semblante triste, un poco deprimida quizás, porque en la hora que estuvo en aquel poste conmigo no consiguió nada.

—¿Ni siquiera una mamada? —me dijo, ofreciendo sus servicios.

Lorna llegó a la esquina y se unió a un pequeño pelotón de chicas en el redondel del arbolito. Allí están Bombón y Paleta siempre tomando cervezas, sin pensar que podría pasar un pistolero loco dispuesto a matarlas o joderles la vida. Le dan una cervezas a Lorna, esta la toma y se aleja por la avenida Paz Barahona.

Yo me acerco a conversar con las chicas.

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***

—La hermana de Rihanna también es trans y fue perseguida para matarla —me contó Lorna en la esquina de la gasolinera—. Era testigo protegido de un asesinato y la buscaban día y noche para matarla a cualquier costo. No ocurrió. Un silbato que cargaba en la cartera asustó a sus captores que no se atrevieron a llevársela.

—¿Y vos cargas un silbato? —pregunto.

Lorna sonríe y me pide que me apresure a entrar a la gasolinera, porque ya se quiere ir.

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