LA DÉCADA PERDIDA

Un hecho curioso que se repite sistemáticamente en Honduras, al menos desde que tengo memoria, es el “Fenómeno de los años terminados en nueve”: 1969, el año de la guerra con El Salvador, que generó un sentimiento de unidad nacional que pocas veces había tenido el país; 1979 y el triunfo sandinista en Nicaragua que impulsó el inicio y la esperanza de la democracia para Honduras; 1989 y la caída del Muro de Berlin,el “Fin...
Invitadojunio 29, 2019

Un hecho curioso que se repite sistemáticamente en Honduras, al menos desde que tengo memoria, es el “Fenómeno de los años terminados en nueve”:

1969, el año de la guerra con El Salvador, que generó un sentimiento de unidad nacional que pocas veces había tenido el país; 1979 y el triunfo sandinista en Nicaragua que impulsó el inicio y la esperanza de la democracia para Honduras; 1989 y la caída del Muro de Berlin,el “Fin de la historia” con su augurio de paz y concordia; 1999 las secuelas del huracán Mitch y por supuesto, el fatídico 2009 con su golpe de estado y el inicio del declive social.

Por lo demás, los años terminados en “9”, marcan el final de una década y diez años parece un tiempo suficiente para que una sociedad despegue y se sienten las bases del desarróllo socioeconómico de un país.

El inicio del siglo XXI, por ejemplo, encontró al Perú en el paroxismo de una dictadura corrupta, una guerrilla incontrolable y una crisis social cada vez mas aguda. Para el 2010, sin embargo, las cosas habían cambiado de tal forma, que ya la nación andina contaba con una de las democracias mas estables y prósperas de la región, un crecimiento económico boyante y una población mejor situada en términos sociales.

En una década un país puede perfectamente reorganizar sus instancias públicas y privadas, forjar liderazgos conscientes y efectivos, estructurar su base social y económica, de modo que los factores productivos, las instituciones jurídicas y la infraestructura, trabajen de manera eficiente y ordenada, generen crecimiento económico, bienes públicos de calidad y sobre todo, incentivos a la cohesión.

Pero diez años es también, tiempo suficiente para acabar con cualquier construcción social y llevar un país a la catástrofe. Grecia y Portugal en la primera década de este siglo, pasaron del promisorio insentivo que les dio la entrada a la Zona Euro, a la destrucción de sus economías y el crujir de sus aparatos de protección social.

Diez años son entonces, tiempo suficiente para construir riqueza y bienestar o para terminar de hundir a una sociedad en la miseria. Esto último precisamente nos dejó la hecatombe que, hace exactamente una década provocó la insensatez e irresponsabilidad del grupúsculo de políticos que mantiene secuestrado el país por dos siglos.

Una caída en el crecimiento económico que pasó de un promedio de 4.1% en la década anterior, a 3.7% en la actual -con periodo de recesión incluida-, una deuda pública multiplicada por tres entre 2009 y 2019, servicios públicos de electricidad, agua potable y transporte en franco deterioro.

Una percepción de seguridad jurídica y ciudadana que disuade cualquier esfuerzo por atraer inversión privada, la deshonra de habernos configurado como narcoestado y la calificación de país mas violento del mundo. He ahí el resumen del infausto legado del golpe de estado de 2009.

Y el problema es que no se ve cómo se puede salir de este atolladero. Pese a algún tímido esfuerzo de recontrucción luego de la debacle, la evidencia muestra que la lección, lejos de aprenderse de forma adecuada, solo incrementó el afán extractivo y abyecto de la hostigadora elite política y empresarial del país.

Nada en la década que culmina este año, ha dado muestras de que existe voluntad para el cambio. Todo: las leyes promulgadas, las actitudes y sobre todo las acciones, solo muestran el desbordamiento de una ambición que solo puede encaminarnos a la africanización, a la miseria.

Pero no debemos renunciar a la esperanza. Nunca es tarde para iniciar la construcción de la prosperidad y el bien común. Toda coyuntura crítica comienza con una rebelión y la que hemos visto en los últimos meses por parte de maestros y médicos, por la juventud que marcha en esas calles exigiendo la conducta consecuente de los gobernantes, puede y debe ser el revolvente que nos lleve al cambio que desde hace tanto tiempo merece esta sociedad.

Ojalá y cuando alguien haga el conteo de lo sucedido en la década del 20, pueda consignar con optimismo que lo sucedido en este 2019 aciago, provocó por fin el cambio tan deseado. Tal vez dentro de diez años podamos recordar esta década perdida, con la nostalgia de un periodo que no queremos volver a vivir. Amén.

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