/LA CERVEZA EN LA ESPALDA, LA LLUVIA Y LA 17 DEL MOTAGUA

LA CERVEZA EN LA ESPALDA, LA LLUVIA Y LA 17 DEL MOTAGUA

El domingo Motagua se erigió como bicampeón de la Liga Nacional del fútbol hondureño ganándole al Olimpia la Gran Final. Motagua logró su copa número 17, Olimpia sigue sin ganar la 31 y la lluvia de ese día recordó aquella final del 25 de octubre de 1998, cuando con un gol de tiro libre de Reinaldo Clavasquin y bajo una intensa lluvia Motagua, otra vez le quitó el título al Olimpia. Aquella lluvia no pararía sino cinco días después y sería recordado en la historia como el huracán Mitch, que dejó más de 5 mil muertos,  8 mil desaparecidos y más de dos millones de evacuados. Ese huracán logró que lo poco que se había logrado en desarrollo retrocediera casi una década, y casi 20 años después Honduras aún sangra cuando se conjugan las palabras huracán Mitch. Extraño, porque el Motagua es el ciclón azul y otra vez en otra final con lluvia le volvió a quitar el título al Olimpia.

La seguridad del domingo era casi increíble, la gente caminaba con cierta libertad (o la que permite andar con una camisa del Motagua o del Olimpia), los controles de seguridad comenzaban desde la calle que sube al Estadio Nacional. Aspirantes a policías del Instituto Técnico Policial revisaban a los que hacían fila esperando pasar ese primer control, más adelante a unos cinco metros un policía con una computadora revisaba en alguna base de datos a alguien que había sido considerado sospechoso. El color de la tarde era perfecto para un partido: cielo despejado, color verde en la maleza y algunos árboles con flores amarillas, las sonrisas de la gente, los gritos, estaban a horas de celebrar el triunfo de algún equipo.

Llegando al Estadio, el mundo se modifica en azul profundo, otro azul más relajado combinado con rojo y blanco, aficionados de los dos equipos buscan el portón para llegar a la gradería que prefieren. En el mercado negro los boletos se venden entre 500 y 700 Lempiras, algunos revendedores los compran por 400 Lempiras.

Foto: Fernando Destéphen

Este ambiente es muy distinto a uno deportivo: ventas de comida callejera, baleadas, carne asada, que a veces es frita, chuleta frita, papas, yuca, todo lo que pueda ser frito y consumido, se frie y se vende, el olor es una mezcla grandiosa de aceite quemado, burbujas del aceite hirviendo, los condimentos, los baldes con jugos naturales, horchatas y pozol. El cocinero también cobra, la señora que sonríe para la foto, las papas y yuca frita reposando en el exceso de aceite, la ensalada de repollo, el encurtido de cebolla, rodeados al frente y atrás por muchas personas comprando y bebiendo cerveza, refrescos. Es un paso obligatorio, algunos compran comida, otros no, otros solo la ven, tal vez ese momento no es para comer.

Se vive una incierta paz, la que en estos días permite un partido importante como este, tras varios días de protestas de los gremios de médico y docente exigiendo la derogación de un par de decretos ejecutivo (los PCM) que según ellos buscan privatizar la salud y la educación. Este estadio también estaría a punto de ser concecionado al Olimpia y al Motagua, pero a nadie parece interesarle, hoy lo que importa es que el Olimpia logre una nueva copa y que el Motagua la pierda, o al revés, la pasión que se vive es indescriptible, una acumulación de seres, sentimientos, en el que el sol golpea sin guante y todos se ríen, celebran que ya faltan (solo) 3 horas para que comience el partido.


Después de comprar la gente busca su lugar en este estadio en el que la temperatura es de 28º con una sensación térmica de 30. Al final eso no importa, algunos hasta se quitan la camisa para quemarse y poder contar que vieron al Olimpia ganar esa copa, estando en el lado de los olimpistas.

-Fresco, la birria, la birria- grita un hombre… Luego una mujer con una voz más delicada, luego un niño ofrece agua… Nadie compra en este momento, nadie quiere agua, todos necesitan cerveza.

Me siento frente al área de la portería que da al cerro Juana Laínez, recuerdo a Danny Turcios, fue él quien al fin pudo marcar el gol el 8 de octubre de 2000 en aquel sufrido partido contra Jamaica, esa vez la pelota no quería entrar, un, remate, dos, tres, cuatro, las gargantas se secaban, los suspiros se acababan, los gritos de 39 mil personas eran insuficientes: Jairo Martínez se desmarcó por la banda derecha, se llevó a cuatro jugadores pateó el balón en un centro, Carlos Pavón aguardó a que el pequeño Tysón Núñez saltara para buscar la pelota y anotara el gol, Tyson no lo logró, Pavón la buscó y remató, la pelota golpeó a un defensa de Jamaica y salió del área, el suspiro de 39 mil personas sonó a una alma, la pelota corrió 3, 4 metros, sola, huérfana en esa área, la que algunos aseguran fue embrujada por los jamaiquinos, hasta que de la nada, una figura pequeña con un uniforme que le quedaba grande corrió dejando todo en la grama, pateó la pelota con un golpe tan fuerte que se estrelló en tubo derecho, rebotó y entro por el lado izquierdo, ese pequeño fue Danny, el que corrió a celebrarlo, mientras Salvador Nasralla gritaba: golazo, golazo, golaaaazo y ese grito de 39 mil personas se escuchó en casi toda Tegucigalpa.

Desde el palco presidencial Carlos Flores, presidente en aquel momento, tuvo tal vez la expresión más emotiva de todo su gobierno, celebrar ese gol abrazando a una joven Marcia Villeda.

A veces lo único que podemos celebrar como país, es un gol. El futbol es la excusa para purgar frustraciones.

«Hoy si nos vamos a quemar» dice una mujer, «no importa» le contesta el hombre a su lado, al que lo que le importa es ver al Olimpia ganar otro campeonato.

Es ya la 1:33, casi dos horas y minutos para que inicie el partido programado para las 4 en punto. El sol golpea, una mujer ofrece papas y tajaditas.

Dos gradas abajo, dos personas se burlan de las estadísticas que en cada partido ofrece Salvador Nasralla, cuántas veces cabe el puente Bailey en el Estadio Nacional o cuántas veces cabe el Estadio Nacional en en Cerro Juana Lainez. Siguen en su fraterna salida mientras esperan el comienzo del juego. El comercio es fluido, ofrecen, venden, algunos compran. Sonríen, bromean, esperan el partido de la Gran Final. La que debería ser una, no dos.

Comienzan los cantos, aplauden y dicen que quieren la copa, René Gonzáles le guarda lugar a sus compañeros, no se podía perder la final.

«Volveremos, volveremos a ser campeones» -canta René- nacionales otra vez…

Del lado el lado motagüense

Tal vez la camisa blanca que ando no sea el mejor color para este lugar, en este lado los colores rojos, blancos y azules son diminutos como las excepciones a todas las reglas, pero esta parte también gritan y agitan globos, beben cerveza, anhelan ser campeones, también sufren.

“Volveremos, volveremos, a ser campeones nacionales otra vez”… Los cánticos no son exclusivos, pero si excluyentes, ambos lados cantan para su equipo a veces los mismos cantos,  los vendedores también son los mismos. En la pista del Estadio pasa un desfile de policías con traje de gala de protesta y represión, les espera una lluvia de bolsas de agua, vasos de cartón vacios, el repudio de todos los aficionados. Sin importar ser Olimpia o Motagua todos se unen para gritarles a los policías y cadetes el Fuera JOH con la misma voz, pareciera que nadie quiere al presidente y que lo que une a toda esta gente es ese Fuera JOH que aún no les pueden quitar.

“Sale ciclón, sale, sale sale campeón…» Motagua es el ciclón azul.

Se percibe un olor familiar, picante, asfixiante… Gas lacrimógeno, la cara arde, una muchacha tiene un colapso respiratorio, se ahoga, la reacción de la gente alrededor es acumularse a verla, quitándole aire, su acompañante se quita la camisa se la da, le dan agua, nada le devuelve la respiración, del otro lado la Ultra Fiel canta, levantan las manos, más arriba todos siguen esperando el partido. El comercio de Honduras es una necesidad que se acomoda a todo, el vinagre aplaca un poco el gas lacrimógeno, ahora venden bolsitas de vinagre, alguien lo regala para la muchacha, lo ponen en la camisa, lo huele, comienza la calma, a su lado alguien que no entiende lo que pasa le pone todo el vinagre en la cabeza, se vale, se vale porque estamos en un lugar donde las ficciones cuentan.

Alguien pregunta la hora, faltan 5 minutos para las 4, el sol golpea un poco menos, el olor a marihuana perfuma el contexto. “Sale ciclon, sale ciclón” las nubes comienzan a verse oscuras.

Entra el Olimpia, de este lado todos gritan: Uleros, Uleros. Cantan para que salga el ciclón, pero el ciclón no sale. Arriba un joven aplaude intentando tocar el cielo, su cara mira hacia arriba cuando grita pidiendo que salga el ciclón, su pasión es envidiable, sus brazos se mueven en una repetición automática de un aplauso sonoro y una separación extensa, su acompañante aún sigue afectada, el se puso la camisa que huele a vinagre.

Foto: Fernando Destéphen

«Pongan huevos, los perros tienen miedo». Los perros son los olimpistas, los cutes los motagüenses.

Diego Vasquez, técnico del Motagua, al solo entrar a la cancha comienza una pelea antes del partido. Las cámaras parecen zompopos, se meten a la cancha, la gente se agita, se quejan del comportamiento del técnico, dicen que molesta mucho, claro, en un lenguaje de estadios, “en todos los partidos es lo mismo” dice alguien, y Diego sigue poniéndole huevos, el juego no comienza, la escolta de Diego es enorme.

«empiecen hijos de…” grita alguien y se libera, gritar es una catarsis, complementar cualquier oración con un insulto es una parte de la cultura del fútbol que no se desaprovecha.

«Ese Diego no se sienta»

4:24 al fin comienza el partido.

Hoy se juegan dos partidos. La gran Final del Fútbol de la Liga Nacional y una especie de circo: Diego Vásques molesto porque no le permitieron la entrada a sus hijos a la zona de la banca porque no estaban acreditados, un, digamos, descuido de alguien, pero algo que se solventaba sentándolos en otro lado y permitiendo su entrada al final, para los festejos, es lo que pasa con personas con escasos conocimientos de algo que no sea fútbol o como el inmenso ridículo de pelear por un choque entre dos jugadores en un deporte de contacto. A veces eso parece un reality show. A veces parece miedo manifiesto a perder. La exageración de todo.

Gol del Motagua, a los 16 minutos, Roberto Moreira, con su gol levantó a una parte del estadio a gritos, saltos, algunos de la emoción tiraron la cerveza lejos, llega a las primeras gradas. Muchos esperamos que no sea orina la que nos cae en la espalda, una lluvia fugaz, mientras se aplaca la gloria de la celebración; del otro lado los gritos y los cantos cesan, La Revo, la barra del Motagua celebra, despliega una manta enorme “Pase lo que pase siempre estamos. La Revo”.

El olor a marihuana empacha. Un relámpago se ve atrás de los reflectores, la discretas gotas crecen en tamaño e intensidad, comienza la lluvia, unos cuantos bajan a refugiarse cerca de los baños y de las casetas de venta de cerveza y agua, esos unos cuantos se convierten en cientos que se mezclan junto a los aspirantes a policía del Instituto Técnico Policial (ITP). Una línea imaginaria separa a los aspirantes del resto de civiles, a pesar de la acumulación no se tocan, no interactúan, están de pie mientras la lluvia se escurre por las grietas de las gradas. Por un momento parecen regaderas, arriba la gente limpia su sudor, abajo cae el agua sucia, un charco por aquí, otro por allá, bolsas vacías y arrugadas, vasos arrugados, a nadie le importa el ambiente. Del otro lado, en una casetas de madera, otro grupo de personas se acomodaron a ver el partido en un televisor que sufre del efecto Moiré, estática por ratos, claridad durante segundos, eso aumenta la tensión, atrás de ellos más comida, fritanga, baleadas, más atrás los baños, la lluvia lava el mal olor.

Durante el medio tiempo, lo más bonito o cursi, depende del ángulo que se vea, fue cuando un joven se arrodilló y le pidió a su novia ser su esposa, ella aceptó, felices los dos continuaron viendo el partido esperando poder contarle la historia a sus nietos o en reuniones, que el día que ella dio el sí el Olimpia ganó su copa 31. Pero no será así, la historia será que en el Estadio Nacional, el día que Motagua ganó la copa número 17 y con más de 20 mil personas alrededor, él le pidió a ella ser su esposa y ella aceptó. El resultado del partido no será parte del relato.

La lluvia continua, estamos en el portón número 9, el que va hacia el Barrio Morazán. Las luces de los reflectores crean un ambiente perfecto, iluminan la lluvia, el agua cae natural pero llena de luz, los motagüenses están de pie, el partido está a punto de terminar, no vemos el juego, algunos se arriesgan y salen a la lluvia, deben estar ahí para gritar esa copa, en un momento la lluvia deja de importar, los zapatos mojados también, todo es perfecto porque el fútbol permite esas licencias, quitarse la camisa, empaparse sin preocupación, sentirse libre a pesar de estar rodeados de policías y aspirantes a policías.

Los noventa minutos reglamentarios se cumplen, Motagua sigue ganando, el cuarto arbitro levanta la pantalla led y anuncia que se jugaran 7 minutos extra, algunos ríen inconformes, piensan en la conspiración, la lluvia no se detiene.

Desde sombra sur algunos olimpistas encienden las bengalas que lograron pasar tras dos revisiones, parpadean las luces rojas, animan al león, pero el león no ocupa ánimos, ocupa goles, mientras el tiempo se encoge, más bengalas, humo blanco, no llegan los goles, el humo se extiende, llega a la cancha no se ve nada, apenas las siluetas de los jugadores, no se puede jugar así.

Foto: Fernando Destéphen

El partido termina, Motagua ganó en una cancha llena de humo y con lluvia, los jugadores entraron a la cancha corriendo sin aparente sentido, celebrando, dando gracias a Dios, arrodillados, ahí donde estaban cuando sonó el silbato, al profe, a los aficionados, a todos, por ser parte de ese logro, a todos los motagüenses que hoy fueron minoría pero llegaron, a los que no dejaron de creer y a pesar de no ser locales en este segundo partido se partieron la garganta cantándole al ciclón.

Al final entraron a la cancha como siempre, levantaron a Diego Vásquez y empapados celebraron, dieron la vuelta olímpica, les pusieron medallas, luego en medio de la cancha en una tarima levantaron esa copa, volvieron a gritar pero más relajados.

En las gradas algunos ya salían y se enfrentaban a los problemas reales de la ciudad: calles inundadas, corrientes de agua sucia, carros queriendo salir del parqueo casi al mismo tiempo y una cantidad de gente que fluía con la lluvia.

Adentro la barra Revo celebraba, afuera los policías nos decían que tuviéramos cuidado porque los olimpistas iban adelante, mientras ellos se quedaban abajo del puente a desnivel a un costado del Estadio Nacional, más abajo el río Choluteca con un caudal importante de agua arrastraba basura, el puente Bailey fue de dos vías, las primeras avenidas de Comayagüela eran un carnaval para los ganadores, un velorio para los perdedores que aún justificaban la derrota y gritaban que siguen teniendo 30 copas y en un extremo del puente un busto sin nariz del poeta Juan Ramón Molina sonríe.

La tarde terminó, la noche sabía a alegría o tristeza, la lluvia demostró una vez más la vulnerabilidad del Distrito Central, de algunos centros comerciales que se hunden, de los pasos a desnivel, el servicio de energía eléctrica, las calles, la poca importancia de los policías cuando la gente sale del estadio, en fin, la Gran Final del fútbol profesional de Honduras terminó y la configuración de la sociedad sigue igual, los Atala tienen un trofeo más en sus vitrinas y Rafael Ferrari no vio perder una copa más a su equipo .