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El infierno de Juan

«No hay mayor dolor en el infortunio que recordar el tiempo feliz»

La Divina Comedia, Dante Alghieri.

***

La aldea estaba en cenizas cuando llegaron los soldados. Nunca habían estado allí, hasta ese día, aquel lugar no existía para ellos. Ante sus ojos se abrieron los escombros como una pesadilla: en el suelo, regados por el camino, habían decenas de cuerpos putrefactos de hombres, mujeres y niños, los perros arrancaban trozos de carne de los cadáveres y el humo se elevaba al corazón de las nubes como un hilo macabro.

Juan comprendió que la guerra había llegado a su fin porque ya no había nada más que destruir. Miró con horror el cuerpo de lo que antes había sido un hombre, porque cuando la muerte impúdica arrebata lo humano del cuerpo, solo se puede ver con horror los despojos que deja. Los párpados de aquel hombre habían desaparecido con las llamas y los ojos pelados se salieron de su rostro; los labios se redujeron, dando la impresión de habérsele agrandado los dientes en una sonrisa monstruosa y las manos engarrotadas intentaban —inútilmente— protegerle del asesino fuego. Frente a la puerta de una casa ya destruida, o frente al recuerdo de una casa, había un perro devorando la pierna de un niño. Arrancaba con los dientes los trozos de carne chamuscada y gruñía con los tejidos duros y los huesos blandos que ya no terminarían de formarse. Sin pensarlo, Juan tomó su fusil y disparó al perro que murió con un corto chirrido que enmascaró el eco de la explosión del arma.

Era la hora nona, el sol brillaba con su esplendor tropical y el atardecer parecía aún lejano. El Capitán, hombre sabio en las artes de la guerra, detuvo su bestia y vio que Juan bajaba su fusil. Hasta ese momento habían pasado desapercibidos por aquellas montañas malditas y temía que las tropas enemigas los descubrieran al escuchar el disparo. Por eso, amenazó a Juan con fusilarlo si volvía a disparar el arma sin su permiso.

Los soldados, aún conmovidos por la escena de la aldea arrasada, porque los hombres guardan en algún rincón del pecho la capacidad de conmoverse con los horrores que ellos mismos crean, escucharon un sonido ahogado en el monte y como impulsados por un reflejo se pusieron en posición de ataque.

El Capitán, pensando que su temor se había hecho realidad, sacó su pistola del cinto y avanzó con la mula: «¿Quién vive!» —gritó, confiando en Dios que no fueran las tropas oficiales.

Juan estaba a pocos metros del Capitán apuntando hacia el monte con su fusil, esta vez sí tenía permiso de disparar. Pero del monte salieron una veintena de ojos asustados, no los soldados que el Capitán esperaba, sino los habitantes tristes de aquella aldea, ahora inexistente, que llamaban Jerusalén.

El silencio fue absoluto, ni los animales hacían ruido. El viento se detuvo para observar con terror —si el viento es capaz de cualidades tan humanas— aquellos mugrientos despojos de miradas fijas en el alma de los fusiles.

Los soldados bajaron sus armas y respiraron con alivio. Casi se echaron a llorar al ver a los aldeanos llegar; por poco corren a abrazarles y darle gracias al cielo que eran ellos y no los otros, los enemigos. Algunos de los soldados comprendían que la muerte les iba a llegar en la siguiente batalla y agradecían las horas de más que la suerte les daba. Las guerras se pasan así, buscando el enfrentamiento y huyéndole.

El Capitán guardó su pistola en el cinto y miró a su alrededor, como buscando alguna señal que le indicara si había más gente escondida. Se bajó de su mula, vio el humo que se perdía en un fino hilo en el corazón del cielo. Le preguntó al anciano qué había pasado en la aldea, pero el viejo no respondió. Sus ojos, secos ya de lágrimas, parecían ver aún las imágenes de la masacre. Intentó explicarle al anciano que debían irse lejos, que ese no era un lugar seguro para ellos, le dijo que los ejércitos estaban agrupando fuerzas para lo que sería la batalla final de la guerra, pero el anciano no entendía, rogaba seguir con las tropas, rogaba no les dejaran solos, que irían a dónde fueran, decía, que allí no había ya nada para ellos. Tenía miedo.

Pero el Capitán era un buen oficial de montaña, duro e implacable, e ignoró los ruegos del anciano, pasó la vista por su tropa que descansaba y pensó  que era hora de levantar el campamento, sacó de su bolsa un mapa viejo y arrugado y revisó su ubicación mientras comía una tortilla dura con las pocas muelas que aún le quedaban.

A lo lejos, el cerro pelado, el humo espeso de la aldea tocando el corazón del cielo y el aura negra de los zopilotes llegados quién sabe de dónde, que se zambullían entre las cenizas como flechas en un pantano.

Juan, contrario a todo sentido de la jerarquía, se acercó al Capitán y llamó su atención. Se sentía quizás en confianza después de tantas batallas juntos. El Capitán levantó la vista y vio aquel hombre pequeño que le hablaba titubeando con el sombrero en la mano. Los demás soldados descansaban tirados por el suelo, el anciano y a las mujeres con sus niños comenzaban a alejarse por el monte. Pero Juan fue firme en sus palabras, tan firme como puede ser un soldado con un Capitán. Le recordó del peligro que existía en esa zona, de las tropas enemigas y de los salteadores de caminos que deambulaban como chacales, de lo frágil que era un grupo de mujeres y niños en la montaña, de la revolución.

Al escuchar las razones del soldado Juan, el Capitán se levantó del suelo, se metió a la boca el último pedazo de tortilla que tragó sin masticar, su estatura era más alta que Juan casi por una cabeza, levantó la vista y vio la delgada columna de humo negro que se alzaba oscureciendo aún más la tarde y escupió. Llamó al Sargento dos veces. El hombre roncaba con el sombrero sobre el rostro y no escuchó la primera. Finalmente, la segunda vez, el Sargento se levantó como picado por una avispa y corriendo se presentó al palo de ciruelo a donde ocurría la conversación entre Juan y el Capitán.

Sus órdenes fueron claras: «asigne dos hombres para que acompañen a esta gente hasta un lugar seguro». Si al Sargento le costó comprender, no era por un afán de cuestionar la autoridad del Capitán, como pudo haber parecido, sino por una preocupación legítima del Sargento de debilitar aún más la columna, que bien claro tenía, pronto ocuparía muchos hombres para morir y matar por la Patria.

Luego de dar las órdenes, el Capitán volvió a sentarse bajo el árbol de ciruelo, se acomodó el cinturón con el revólver para que no le estorbara en la espalda y levantó la vista hacia Juan que aún estaba allí, estrujando su sombrero. Sin mayor protocolo, ascendió a Juan al grado de Cabo y le ordenó que se pusiera al frente de la misión. Juan no sabía que esa iba a ser su última misión, dichoso él que no tenía forma de saber su futuro. El Capitán se cubrió el rostro con su sombrero y se quedó dormido.

Aún no anochecía cuando llegaron al inicio de un bosque oscuro y espinoso. Juan observó el grupo de mujeres y niños que le seguían: una triste y decadente procesión. Una de las mujeres llevaba una bolsa llena de ropa que atesoraba de forma obstinada mientras tiraba de la mano de un púber pasmado que babeaba y balbuceaba palabras sin sentido. En algún momento, el joven quiso orinar y Juan observó como la madre bajaba el pantalón del muchacho sosteniéndole el pene mientras el lelo descargaba. «Un misterio es el amor que se guarda a un hijo idiota», pensó Juan, luego vio el bosque espeso y se sorprendió de reconocerlo aún virgen de la guerra que casi lo destruía todo.

Una nube de mosquitos los atacó —en esa parte del mundo los mosquitos son una pared molesta—. Zumbaban como motores pequeños ensartando sus afiladas trompas en la piel de todos. Incluso los soldados, acostumbrados como estaban a la dura vida del frente de batalla, se golpeaban los brazos y el rostro desesperados, espantando la molesta nube.

Entre los soldados que acompañaban a Juan iba Trescuartos. Éste era un indígena nativo de Intibucá. Hombre recio, apodado así por su estatura, campesino de treinta años de edad que había conocido al General Tosta, cuando llegó a inicios de la guerra a reclutar hombres para el ejército revolucionario.

También iba Quincho, el más joven de la columna, con apenas diecinueve años de edad. Tenía dieciseis años cuando se sumó al ejército para escapar de la justicia, luego de asesinar a un hombre en una pelea de gallos. Su plan era desertar en cuanto le fuera posible, pero habían pasado tres años sin lograr hacerlo.

Una joven pasó frente a Quincho siguiendo la pequeña fila de mujeres. Lupe se llamaba, y conservaba esa belleza etérea que ofrece la vida dura del campo. Ella cargaba en sus brazos a una bebé que con los ojos abiertos miraba las copas de los árboles como quien mira el techo de una cueva.

Quincho le hablo a la joven, de la forma que hablan los soldados a las mujeres en el frente enemigo. La joven respondió bajando la vista para no ver al rostro del soldado que sonreía malicioso. El soldado acomodó su pene en los pantalones derruidos, puso su fusil al hombro y sonrió, viendo como la joven apresuraba su paso para alejarse de él y colocarse en medio del grupo de mujeres. Varias veces durante esas horas intentaría hablarle, todas ellas con el mismo resultado esquivo de la chica.

Caminaron durante horas a paso de hormiga. La oscuridad era total. Pesaba en el aire un aroma a muerte que ponía los pelos de punta. Juan, que caminaba enfrente del grupo junto al anciano, que a esas alturas ya sabía se llamaba Virgilio, miraba las ramas de los árboles que apenas dejaban ver el cielo sin estrellas.

Una de las mujeres reclamó que los niños necesitaban descansar. Reclamo acertado, pues incluso en el campo los niños resisten menos distancias que los adultos. Así, se dispuso a  armar allí el campamento.

Hasta ese momento nadie, con excepción del viejo Virgilio, sabía el rumbo que llevaban, pero cuando este explicó al grupo que se dirigían a lo que llamaban La Finca del Llanto, un aire de pánico recorrió los rostros de las mujeres.

Los soldados, que en sus vidas habían escuchado del lugar, como no habían escuchado de la aldea Jerusalén, o de aquel bosque oscuro, o de aquellos aldeanos salidos de la nada, no comprendían el horror que el anciano provocaba en las mujeres al mencionar La Finca del Llanto. Preguntaron y cuando les dijeron que era un lugar maldito, que era la casa del diablo, que cosas horribles habían pasado allí antes, no supieron sino despreciar el miedo como supersticiones de gente simple.

Arriba, el viento sopló sobre las copas de los árboles y pasó sin tocar el interior del bosque. A lo mejor el viento no quería entrar en aquel rincón macabro, ocupado como estaba barriendo el olor a pólvora que al otro lado del cerro comenzaba a acumular la última batalla de la guerra civil.

Juan sintió un sudor frío que le corría la espalda. «Aquí los únicos demonios somos nosotros, los hombres de esta guerra» —pensó y mandó a todos a callar para descansar y reponer fuerzas. Al día siguiente debían volver con las tropas.

La noche transcurrió implacable entre las sombras, como los ríos que viajan al mar; o los años a la muerte. Lola tomó su bolso de ropa y lo puso de almohada, acostó junto a ella al joven retrasado que se durmió como un bebé. Alrededor de la medianoche, el grito de doña Chona despertó a todos con el corazón en la garganta. En la oscuridad, vieron los ojos rojos de un animal que gruñía. Las mujeres estaban seguras que era el diablo. Trescuartos, tomó el fusil y sin pensarlo dos veces disparó apuntando entre los ojos brillantes del animal que escapó chillando, perdiéndose en la oscuridad.

En ese instante, activado por el disparo, el joven idiota comenzó a gritar palabras incomprensibles, mientras tapaba sus oídos con las manos y su madre buscaba calmarlo susurrándole que todo estaba bien, que ya se había ido el diablo.

Los soldados, de pie alrededor del grupo de mujeres, observaban estáticos al nudo humano que apenas se distinguía en la tiniebla.  Quincho, desesperado, se acercó a ellos intentando callar al cipote, pero el joven no se silenciaba. Intentó nuevamente, advirtiéndole que las tropas enemigas andaban cerca. Pero el joven no se callaba. Desesperado, Quincho se acercó a ellos y trató de tomarlo del brazo, el niño aumentó sus gritos. Ordenó, esta vez con más fuerza, dándole un certero golpe en la cara del muchacho, que se calló de inmediato dejando lamentos ahogados.

«Así está mejor» —pensó Juan.

Quincho, complacido de haber silenciado al retrasado, se acomodó los pantalones, como a esta altura lo hemos visto hacer regularmente y volvió a acostarse junto a la fogata ya extinta.

Por la mañana despertaron con los primeros rayos del sol, si acaso entró algo de sol entre las ramas tupidas del bosque, si acaso lograron dormir, porque pasaron en vela escuchando los ruidos, más que descansando.

Al incorporarse Trescuartos, vio el rastro claro e inconfundible de sangre que dejó el animal y se sintió feliz, una vez más demostraba que su puntería era infalible. Pidió permiso para ir en busca del animal, pero le fue negado. No había tiempo para eso, era urgente llevar a la gente hasta la finca y luego volver con el pelotón. No muy satisfecho, Trescuartos aceptó la negativa y comenzó a avanzar junto al grupo, pero antes buscó algún punto de referencia que le permitiera encontrar, al regreso, el rastro de su presa.

Como todos los bosques, al final del bosque oscuro había un río. Al final de todo bosque existe siempre un río. Llegaron a él y vieron que sus aguas empujaban una corriente violenta, las piedras golpeaban como castañuelas en manos de gitana. Juan miró al grupo de mujeres y sus niños, y supo que sería difícil cruzar.

Sin embargo lograron cruzar, fue mucho el esfuerzo de todos, el río implacable parecía dispuesto a hacerlos caer en las aguas. Cuando Lola cruzaba el río, llevaba su bolsa con ropa que salvó de la quema. La bolsa cayó al río y ella intentó, inútilmente, rescatarla. Los soldados le dijeron que era más valiosa su vida, pero ella no estaba segura de eso.

Lupe y su bebé quedaron hasta el final. La chica tenía miedo de cruzar el río. Juan, ignorando sus súplicas, la obligó a entrar en las aguas. Lupe temblaba y se aferraba a su pequeño, avanzaba insegura entre las piedras que el agua golpeaba con fuerza. Dio dos pasos y cayó. Por suerte se aferró a una piedra. Lupe se esforzaba para levantarse sin soltar al bebé que lloraba con todos sus pulmones.

Sin dudarlo, Juan avanzó hasta donde estaba Lupe que permanecía sumergida en el agua.

«Venga le ayudo» —le dijo, tomándola por la cintura. Y la joven se agarró al pecho del soldado con una mano, mientras con la otra sostenía al bebé que lloraba. Comenzaron a avanzar, despacio, peleando cada paso con la corriente perpetua, hasta que llegaron a la otra orilla.

Las mujeres dieron gracias al cielo porque el soldado sacó a Lupe del río. Juan, agotado, contempló orgulloso su hazaña.

Nadie sabía por cuánto tiempo había estado abandonada la finca, en algún momento próspera, a juzgar por el amplio pórtico de la casona, ahora en ruinas. En donde antes hubo huerto, era ya pasto seco y maleza, y el abrevadero de las bestias estaba lleno de un lodo verde con olor a podredumbre. Algunos decían que el General Guardiola la regaló a José María Medina durante su malograda presidencia, y que después éste le pagó mandándolo a matar. Otros aseguraban que Medinón la usó como cuartel general en la guerra contra Cinchonero y por eso los disparos en las paredes del adobe centenario.

Juan vio las paredes de la casa cruzadas por pequeños huecos de bala, de donde el pasto brotaba como archipiélago vertical en un mar seco. Entró, empujando la puerta que cayó por completo. El techo de teja estaba regado por el suelo de las habitaciones, varios muebles de madera podridos en las esquinas y los arbustos de espinas crecían en la sala. Había en una pared un viejo letrero pintado con lo que parecía ser sangre seca y decía: «LA ESPERANZA SE QUEDÓ AFUERA».

Juan sacó su machete y cortó algunos de los arbustos en el suelo. Invitó a los aldeanos a pasar, pero nadie entró. El anciano permaneció en el umbral de la puerta, solemne y parco. «Este lugar está maldito» —dijo y concluyó que si tenían que refugiarse en esa finca, preferían quedarse afuera.

A Juan le costaba entender las supersticiones de la gente simple, pero no insistió, él también sentía la extraña energía en aquel lugar. Miró las paredes sucias y distinguió a un extremo la pintura de un hombre vestido de general. Se acercó curioso a contemplar los detalles del viejo retrato donde un hombre tenía una cinta cruzada por el pecho, su mano derecha apoyada sobre el mango de un sable y la izquierda sobre lo que podría ser una mesa de madera; el pecho estaba cubierto de medallas de cruces y flores de distintos tamaños; usaba dos hombreras, que Juan adivinó habrían sido doradas; su rostro era serio, como de quien teme a su propio poder, los ojos viendo hacia algún punto en la derecha y su boca cubierta por un fino bigote y una barbilla que caía por el mentón. En la esquina derecha se leía la firma: SMIT, 1869. En el marco del cuadro habían varios agujeros y según se podía adivinar eran de pequeñas piedras preciosas ahora ausentes.

Después de apoyar en armar el campamento de los aldeanos en el patio de la casa, Trescuartos pidió permiso para ir en busca del animal herido en la víspera. Juan vio a las mujeres y sus niños sentados a pocos metros de la entrada y lamentó que no fueran capaces de buscar ni una sombra. Ordenó revisar el lugar y preparar un fuego para la cocina; pero nadie quería entrar en la casa. Finalmente, Lupe, que por ser la más joven era la menos cautelosa, decidió ir. Se puso de pie, dejando a su hijo al cuidado de doña Chona; y Quincho, que había permanecido al margen de todo, sin quitar nunca la mirada de la joven, vio que Lupe atravesaba el umbral de la puerta y sonrió, como sonríe un demonio cuando gana un alma. Cuidó que nadie lo notara al escabullirse tras de Lupe.

La joven entró con miedo a la casa, le parecía que las paredes se movían y el arrastrar de sus pasos rebotaba por las tejas regadas como cadáveres anaranjados sobre el suelo. Avanzó hasta la puerta del fondo buscando la cocina y tuvo que ahogar un grito cuando vio una lagartija del tamaño de su mano que se ocultaba detrás de unos palos viejos. Pasó el cuadro del General y evitó verlo de frente. Llegó hasta la puerta y la empujó intentando abrirla. Pero no pudo. Empujó y haló con fuerza, usando ambas manos, pero la puerta no se abría.

«Sos bien bonita vos» —dijo Quincho a unos pasos de Lupe que saltó al escuchar al hombre. Giró y vio sus ojos endemoniados frente a ella. «Hace meses que no pruebo mujer» —continuó el soldado, avanzando sigiloso, como una pantera.

Quincho puso su fusil a un lado —ese fue quizás su error— y comenzó a desatarse el nudo de la cuerda que ataba sus pantalones de manta.

La mujer vio las paredes, como un conejo que busca un agujero por donde escapar del predador y comprendió que estaba atrapada. Giró desesperada, e intentó abrir la puerta que apenas se movió unos centímetros.

Quincho la tomó del codo y la arrojó al suelo, hambriento de mujer. «Sé buena conmigo mamita…» —le dijo cuando le tapó con su mano la cara para evitar que gritara.

Su boca odiosa babeaba extasiado, como un lobo ante un pedazo de carne, pero fue sorprendido por el disparo seco que pasó a unos centímetros de él.

«¡Dejá a la cipota en paz mal nacido!» —Gritó doña Chona que sostenía en sus manos el fusil de Quincho.

El soldado se sentó en el suelo viendo con horror el cañón del arma. Y Lupe se colocó a salvo detrás de la vieja. Juan, que desde el patio reaccionó ante el disparo, entró corriendo a la casa. Llegó hasta donde estaban Quincho y las mujeres y apenas unos segundos tardó en comprender lo que estaba pasando. Apuntó con su fusil a la señora y le ordenó que soltara el arma —después de todo, Quincho era su compañero de filas— pero la mujer se negó. Ella no confiaba en los soldados. Juan intentó convencerla de que era mejor bajar el arma, pero la vieja respondió con otro disparo que pasó a pocos centímetros de Quincho, cuando éste quizo sorprenderla para quitarle el fusil.

Juan miró a la mujer que no dejaba de apuntarle. La joven detrás de la vieja. El soldado tirado en el suelo insultado a las mujeres. El anciano Virgilio y doña Lola con los demás cipotes que miraban desde la puerta. Despacio, Juan levantó su fusil con una mano, alzando la otra a la altura de su cabeza y la bajó, rindiéndose ante aquella mujer persistente y enfurecida que al verse ganadora, ordenó a Lupe correr y agarrar el arma, para luego hacerlos abrir la puerta y encerrarlos.

Un chillido ácido desde las bisagras oxidadas soltó la puerta al abrirse y un golpe seco al cerrarse.

Trescuartos era un cazador con experiencia. Aprendió el arte de su padre y éste del suyo extendiendo la cadena al inicio de los tiempos, cuando los hombres hacían de la caza un estilo de vida y él sabía, al encontrar el rastro de sangre sobre las hojas muertas del bosque, que la presa no se le iba a escapar. Sintió la textura cristalizada de la sangre seca entre la yema de sus dedos, y abrió los sentidos frente a una línea marrón que por ratos se volvía fina pero persistente. Iba a ser fácil, lo sabía, a juzgar por la cantidad de sangre vertida. Seguramente la bestia estaría cerca, mal herida, esperando la muerte que él llevaba en el filo de su cuchilla.

Mientras avanzaba despacio sobre las ramas muertas, el indio recordó la primera vez que fue de caza con su padre. Fue una noche fría en las montañas de occidente, él era apenas un niño, la oscuridad de la madrugada era completa.

«Hay que callar». —Le dijo su padre y él obedeció sumando su silencio al del bosque que parecía muerto.

Luego de varias horas, el niño tenía las manos entumecidas por el frío. El padre, a su lado, tenía los ojos puestos en la cortina oscura de la noche. La luna nueva dibujaba una línea en el cielo y el golfo de las sombras de los árboles dominaban esa parte del mundo. Cuando lo vio llegar: era un venado macho, grande como un caballo pequeño, que avanzaba despacio alzando soberbio la nariz al cielo.

El padre sacó una flecha del carcaj y alzó su arco tensando la cuerda. Él hizo lo mismo, apuntando a la sombra que se movía despacio, rumbo al río. Nunca antes se sintió tan solo. Nunca después se sentiría tan vivo. Era él y su respiración que parecía retumbar por la bóveda de los árboles. Percibió el olor del animal que se mezclaba con el suyo golpeándole la nariz y a pesar del frío, una gota de sudor corrió despacio por su frente cayendo en su rodilla.

Tensó la cuerda tanto como pudo, viendo al venado moverse, mientras su corazón brincaba en el pecho. El padre disparó primero, la flecha zumbó sobre la espalda del animal ensartándose en un árbol. El venado alzó la cabeza y vio en dirección de Trescuartos. El niño sintió su mirada, los ojos abiertos que parecía brillar, y antes que pudiera saltar en busca de un lugar seguro, disparó su flecha partiendo la noche en línea recta hacia el cuello del animal…

El rastro parecía detenerse en ese punto. Un charco aún fresco de sangre humedecía las hojas. Trescuartos buscó con la mirada al herido animal, seguro de que estaba muy cerca, cuando escuchó el primer grito de hombre.

Su instinto fue agacharse, acerrojar su fusil —después de todo estaban en guerra y lo más seguro era encontrarse con las fuerzas oficiales en esas montañas—. Avanzó despacio. Conforme se acercaba pudo distinguir voces y risas de hombres, luego otro grito.

Eran cinco hombres pobremente vestidos, podían ser soldados, a lo mejor bandoleros o salteadores. Cuatro de ellos estaban de pie y reían obscenamente, el quinto, de rodillas, estaba atado de manos y suplicaba.

Trescuartos se acercó a ellos para mejor escuchar lo que decían. Sigiloso, se escondió y comprendió que los cuatro hombres golpeaban al quinto, porque ese había perdido algo que lo demás querían. El jefe del grupo dio la orden y uno de sus hombres levantó en la mano una varilla, pegó un golpe en la espalda del prisionero que cayó retorciéndose de dolor. Volvió a preguntar, con la parsimonia que guarda el verdugo en el patíbulo y el prisionero, casi llorando, hecho un nudo sobre el suelo, repitió que no sabía. Otro de los hombres se abalanzó contra él y le dio una patada en el estómago.

Trescuartos comprendió que nada tenía que ver él en la pelea y decidió retirarse sin hacer ruido. Por un momento pensó en disparar y liberar al prisionero, pero su viejo rifle de una denotación lo ponía en desventaja. Retrocedió despacio, con la atención puesta en los hombres, cuando sintió que algo ladraba con furia y le mordía la pierna. Viró patidifuso, vio al suelo y encontró a la presa que había estado buscando. Era un perro de monte, flaco y gris, que gruñía furioso desde el umbral de la muerte sobre un charco de su propia sangre; sus dientes blancos y afilados intentaban alcanzarlo, pero sus fuerzas eran ya limitadas.

Al descubrirlo, los delincuentes comenzaron a correr tras él. Trescuartos vio por última vez al perro agonizando y comenzó su repliegue rumbo al río.

Le costó cruzar, la corriente era fuerte y la prisa mucha. Cuando iba por la mitad del río los hombres le dispararon, uno de los disparos pegó en la pierna del indio que no se detuvo. Los demás disparos pegaron en las piedras y rebotaron, se perdieron con el eco y el crujir de las aguas.

Cuando llegó a la otra orilla, Trescuartos se escondió en la rivera vigilando los movimientos de los hombres que discutían si cruzar o no. Aún no le dolía la pierna, pero pronto la adrenalina bajaría de su cuerpo.

«En cuanto estén a mi alcance les dispararé —pensó Trescuartos—, a esta distancia es imposible fallar».

El jefe de los bandoleros, que llegaba en ese momento con el prisionero a rastras, vio el río como buscando un cruce, buscó algo que le indicara qué había al otro lado, revisó a la distancia la textura de las aguas y los posos que se formaban a la orilla del río, vio las piedras lisas y encontró una bolsa de ropa medio sumergida que arrastraba las aguas, sacó su revólver del cinturón y sin decir más le disparó en la frente al prisionero.

Trescuarto vio todo desde el otro lado del río.

El jefe vio cuando Trescuartos salió de su escondite y cojeando se fue en dirección de la finca.

La habitación era oscura, sin ventanas, cargada del olor seco del encierro. El techo, que a diferencia del resto de la casa estaba en su lugar, filtraba líneas de sol que caían en pequeños círculos claros sobre el suelo polvoso. Juan revisó la puerta con la palma de las manos, buscando una forma de abrirla, pero la puerta era sólida. Buscó, con los límites que la ausencia de luz otorgaba a la mirada, una herramienta que le permitiera salir del cautiverio.

Era inútil forzar la puerta. Los aldeanos no confiaban en los soldados y por más que Quincho los llamaba no los dejarían salir. Si una salida había, era el techo, que a pesar de los muchos años de abandono parecía fuerte.

Quincho, junto a la puerta, sentía a Juan circular por la habitación. Le reprochaba haber querido ayudar a los aldeanos, le dijo que la gente nunca era agradecida y siempre muerden la mano del que les da de comer. Juan, por su parte, estaba seguro que el problema era Quincho.

Juan siguió con la mirada un rayo de luz que caía del derruido techo: pequeñas partículas de polvo se abrían en el extremo inferior suavizando las líneas de lo que, por un momento, Juan pensó era una piedra. Se acercó y con el pie tocó el bulto que giró desvelando una dentadura opaca en la penumbra. Se agachó y tomó lo que comprendió era un cráneo humano.

Quincho se acercó hasta llegar a donde estaba Juan, abriéndose paso en la penumbra con la punta de los pies. Siguiendo sus indicaciones, buscó el resto del esqueleto, pero en su lugar encontró más cráneos, muchos.

«¿Qué es este lugar?» —Preguntó Quincho, paseando su mirada por las sombras de la habitación.

«Nada bueno —dijo Juan— nada bueno».

Trescuartos llegó sangrando a la finca. Esperaba encontrar a sus compañeros y advertirles de la banda que le persiguió desde el bosque, pero se encontró con un grupo de mujeres que le apuntaban con fusiles. El indio vio el fusil en manos de la doña, las otras mujeres observaban desde lejos, los niños refugiados tras las faldas amplias de sus madres. El anciano se acercó a Trescuartos y tomó su fusil, el indio lo entregó sin reclamo.

«¡Camine!» —Ordenó luego Doña Chona, llevando al indio hasta la puerta de la habitación que funcionaba como prisión para los soldados. Ordenó a Trescuartos que la abriera y sin escuchar sus reclamos cerró la puerta tras de sí.

Al entrar en la habitación, lo primero que Trescuartos pudo distinguir fue a sus compañeros parados, uno sobre el otro, tratando de llegar hasta las vigas del techo. Al sentirlo entrar, Juan saltó de los hombros de Quincho y se acercó a recibirlo. Por un momento creyó que iban a sacarlos, pero rápidamente se dio cuenta de su error, al sentir que la pesada puerta se cerraba.

A Trescuartos no le costó mucho comprender lo que había pasado, él sabía que los hombres son débiles a los impulsos de la carne y los soldados aún más, pues la muerte y el sexo se liberan cuando el horror los cubre; y si hubiera estado menos preocupado por salir, quizá habría golpeado a Quincho, que tenía varios días de venirlo observando y ganas no le faltaban.

Luego de contarles sobre los hombres del bosque y su retirada, Trescuartos se colocó de espaldas a la pared con las rodillas dobladas, preparándose para que los demás subieran sobre él. No dijo nada sobre su pierna. Nadie vio la cara de dolor que puso cuando, primero Quincho y después Juan, se pararon en su pierna herida para subir al techo.

Juan subió con esfuerzo. Era el último de los tres, el que tocaba el techo. Se agarró de la viga y con los puños golpeó las tejas que cedieron sin problemas, abriendo un bocado, dejando entrar la luz a la habitación. Miró hacia abajo y distinguió las calaveras que había sentido en la víspera. Eran muchas, decenas, quizá cientos, apiladas en un extremo de la habitación. Con los puños siguió golpeando las tejas hasta que logró salir. Arriba, sobre el techo de la casona, vio la montaña verde que ocultaba los últimos rayos del ocaso.

No le costó mucho a Juan avanzar sobre las tejas frágiles del techo hasta caer al centro del salón de la casona. Lo primero que hizo fue abrir la puerta del cuarto y liberar a sus compañeros. El día estaba llegando a su fin y las sombras se extendían largas sobre el suelo.

«¡Tomemos nuestros fusiles y nos vamos de aquí!» —Dijo Juan a sus compañeros, suplicándoles que no lastimaran a la gente de la aldea.

Como tamagases los soldados se deslizaron por la sala hasta llegar al patio de la finca. Afuera el fuego de la hoguera recién encendida iluminaba con un resplandor amarillo. Lola calmaba a su hijo idiota arrullándolo en sus brazos. Chona y Lupe conversaban sobre qué hacer con los prisioneros mientras el viejo colocaba madera sobre el fuego.

Juan indicó a Quincho que tomara por sorpresa el arma que tenía Lola, mientras él se acercaba a Chona para desarmarla. «Nada malo debe pasar» —pensó. Pero los soldados en una guerra son maquinas de la muerte y poco comprenden de tácticas sin bajas. Quincho tomó el fusil de Lola antes de que ésta pudiera reaccionar y sin dudarlo disparó al pecho de la mujer.

Chona, al ver lo que estaba pasando, tomó su fusil y disparó a Quincho, al tiempo que éste también hacía un disparo que pegó a Lupe en la cabeza.

Trescuartos gritó, intentando calmar los disparos, pero Chona le disparó en el cuello.

El hijo de Lola comenzó a gritar desesperado mientras Juan, finalmente, reaccionó tomando el fusil de Chona que tenía los ojos abiertos por el horror.

El anciano Virgilio corrió tan rápido como pudo, buscando tomar el fusil que aún estaba en el cuerpo de Quincho y Juan le disparó por la espalda. Luego miró a Chona que temblaba.

«¡Sólo queríamos ayudar!» —le dijo, y disparó sobre el pecho de la vieja.

El hijo idiota de Lola gritaba. Los demás niños lloraban con miedo viendo los cuerpos muertos de sus madres. Juan sentía los gritos del niño que le explotaba en la cabeza, corrió hasta él y le ordenó que se callara.

«¡Callate ya!» —le gritó.

Pero el idiota seguía gritando, como han de gritar las almas en el infierno. Juan tomó su fusil y le disparó en la cabeza, logrando la paz que necesitaba para pensar. Vio a los niños que lloraban, intentando levantar los cuerpos muertos de sus madres, vio los cuerpos de sus compañeros, hasta ese momento pudo reconocer la herida en la pierna de Trescuartos, y vio al anciano Virgilio que yacía con la cara enterrada en el abrevadero y el culo levantado. Vio al niño idiota sobre su madre y a Lupe con los ojos abiertos que parecía mirarlo desde el otro mundo.

«¡Sólo queríamos ayudar!» —repitió.

Tomó su fusil, lo colocó al interior de su boca y pensó en los ojos claros de  su mujer —que en ese momento paría su último hijo, el pequeño Víctor que jamás conocería a su padre— y disparó, silenciando, de una vez por todas, el llanto de aquellos niños que tanto le dolían.

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.