Conociendo mundos posibles.

El fomento y la promoción de la lectura debe despojarse de su carga utilitaria. Leer es un placer y eso es lo que se tiene que transmitir. William Ospina «Las personas no leen» se oye a menudo como queja de parte de quienes educan y de quienes sí se jactan de practicarlo. También se ha extendido la idea de una disminución de los lectores en este siglo XXI, lo cual debe verse desde otra perspectiva:...
Redacciónjunio 8, 2016

El fomento y la promoción de la lectura debe despojarse

de su carga utilitaria.

Leer es un placer y eso es lo que se tiene que transmitir.

William Ospina

«Las personas no leen» se oye a menudo como queja de parte de quienes educan y de quienes sí se jactan de practicarlo. También se ha extendido la idea de una disminución de los lectores en este siglo XXI, lo cual debe verse desde otra perspectiva: nunca se ha leído tanto ahora como en tiempos anteriores. Tal replanteamiento entonces nos exige una respuesta: ¿se lee más que antes? En efecto, se lee más, pero se lee en pequeñas dosis. El Internet nos provee de tanta información y a su vez de tantas distracciones. Leemos por breves periodos y nos distraemos con facilidad por algún enlace o hipervínculo que nos hace dar clic en otras entradas referentes al tema sin siquiera haber terminado de asimilar y comprender la página que primero visitamos. Leemos más porque, acostumbrados a la oralidad como medio de comunicación, hemos evolucionado a leer la mayoría de nuestra comunicación: mensajes de textos a través de celulares y redes sociales como Facebook y Twitter. Y por esta razón también escribimos más que antes. Entonces el problema no está si leemos menos o más que antes, sino en determinar nuestra escogencia de lecturas y que esta sean literarias. Pienso entonces en el cansancio al que nos sometemos leyendo constantemente durante todo el día, el que no nos permitirá acercarnos a un libro. A este hecho habría que agregar, también, cuáles son los temas de los libros que nos imponen leer. ¿Qué tipo de literatura se nos obliga? ¿Lo que nos enseñan va de acuerdo a nuestros gustos? Entonces oímos decir una y otra vez a los adultos que debemos leer, ¿pero ellos también leen? Y contestamos que no nos gusta leer lo que ellos nos ofrecen. La literatura, específicamente la poesía, el cuento, relato y novela, deben proporcionarnos un placer estético; para que un libro sea debidamente aprovechado primero debe estimular el gusto natural de la persona; con el tiempo, con el ejercicio, la persona seguirá buscando en el manantial de la literatura otros temas y estilos literarios y otros enfoques sobre la vida tal cual la conocemos, experimentará, entonces, curiosidad, su curiosidad lo llevará a refinar y modificar su gusto, y a este gusto podrá llamársele «gusto aprendido». Una persona solo es capaz de recomendar a otra persona algo que le guste o le haya estimulado imaginación, intelecto y placer. Al igual como en la gastronomía o en la música o en el cine, cuando una persona prueba una nueva comida y bebida u oye una canción que lo hace experimentar distintos tipos de emociones o ve una película donde encuentra escenas que reflejan su interior o que provocan en él un estado de melancolía o euforia, habla de ella a sus amigos y comparte la experiencia vivida: La literatura debe ser igual, una experiencia placentera y de reconocimiento. Por tal razón muchas veces hemos oído o leído que los libros son los mejores amigos que podemos tener: pueden aconsejarnos, guiarnos, aventurarnos en experiencias que jamás imaginamos vivir o revelarnos mundos que jamás hubiéramos imaginado ni en sueños.

Volviendo al tema de la lectura, los índices que se manejan según la CERLALC y el Informe de Pisa para los latinoamericanos promedia de 2 a 5 libros leídos por persona al año. Un investigador hondureño había llegado a la conclusión que el promedio de lectura de un hondureño al año era de medio a un libro por persona, todavía muy por debajo de la media latinoamericana. Asimismo, para sorpresa nuestra, es España el país que posee el índice de lectura más bajo de Europa.

Llegado a este punto comenzamos a cuestionarnos la razón por la cual el hondureño lee poco o no lee. Conjeturamos lo siguiente: debido a la falta de costumbre, al poco poco tiempo que nos queda después de nuestras responsabilidades diarias de trabajo o estudio, a nuestra condición de habitantes de un país tradicionalmente rural, al bajo ingreso pér capita por persona, un libro tiene casi el valor de la décima parte de un salario mínimo, equivalente al sustento familiar de una semana, y al tipo de literatura que nos enseñan dentro del sistema educativo -escuelas, colegios y universidades-, para el caso de los jóvenes: desactualizadas y poco relacionadas al siglo en el que vivimos. La presente sección deriva de un proyecto de antología como solución a la mayoría de los factores antes mencionados, que desfavorecían y desanimaban a los potenciales lectores.

La idea de elaborar una antología -física o virtual- que reuniera a escritores clásicos y a otros que sobresalieron quizás sólo por un texto nació en el 2010, en respuesta a la actitud reacia de los jóvenes a leer libros por considerarlos aburridos y no vinculantes con su realidad inmediata. Los textos que nos obligaban a leer en nuestra época colegial eran sumamente aburridos y se empeñaban en temas relaciones a folclore e historia: la idea de la literatura correspondía a exigencias extra literarias y no al valor intrínseco de un texto. Así, se comenzó a ofrecer a los jóvenes un menú que no apetecían. Por aquella época, hace aproximadamente medio siglo, con el nacimiento de la antropología y la implementación de las teorías sociopolíticas como condición para entender nuestra identidad nacional, cultural y espiritual, se marginó de la enseñanza aquellos textos que algunas personas que dirigían las políticas educativas consideraban que no contribuían a la formación del imaginario nacional o a las raíces de nuestra espiritualidad. Se pensó que lo nacional era más importante que lo universal y que nuestras «raíces» eran una prioridad antes que el descubrimiento de las mismas preocupaciones universales del hombre que han prevalecido durante siglos en la historia de todas las civilizaciones que existieron. La imaginación y el humor entonces se consideraron irrrelevantes por no aportar hechos históricos acerca de nuestros antepasados, a pesar de haber sido el humor una de las dos motivaciones básicas que dieron origen a la literatura. Olvidaban, por supuesto, que mucho de lo que nosotros consideramos nuestro folclore provino de otros países y que la cultura es eminentemente cambiante. El mundo en el que ahora vivimos, siglo XXI, era de la posmodernidad, de la informática y la tecnología, la era visual, donde nuestra condición de homos sapiens ha sido replanteada por filósofos en conceptos como el de «homo videns» (hombre imagen), en un mundo donde imperan las imágenes, la televisión, el cine y las redes sociales.

Hace aproximadamente 60 años dos escritores, George Orwell y Adolf Huxley, visualizaron una sociedad distinta. Orwell, en «1984», nos hablaba de una sociedad donde cada individuo es vigilado a través de un sistema de redes, anticipándonos de alguna manera la idea del Internet y la interconexión globalizada en la actualidad, la cual, según revelaciones recientes por E. Snowden, dejó de ser ciencia ficción. Huxley, por su parte, en «Un Mundo feliz», plantea el surgimiento de una sociedad utópica donde la humanidad es saludable y las guerras y la pobreza ha sido erradicada. En la actualidad la aparición de muchas enfermedades mentales ha llevado a la ciencia a elaborar todo tipo de muletas «síquicas» para combatir depresiones y trastornos mentales. Todo ello producto de la imaginación y de la visión de escritores, quienes también gustaban de la ciencia. En otras disciplinas artísticas, recuérdese también los dibujos que Leonardo Davinci elaboró y en los cuales habían borradores de helicópteros y de otro aparatos que pudieran volar. Rene Magritte, pintor francés surrealista, en 1953 pintaba un cuadro llamado «La golconda», donde una serie de personajes vestidos de traje negro flotan en el espacio como si llovieran. 50 años después el cine reproduciría esta misma imagen en alta definición en «Matrix», una película de ciencia ficción que trata del mundo interconectado en el que vivimos y la lucha contra las máquinas que buscan exterminar la raza humana. El científico estadounidense y escritor de ciencia ficción, Isaac Asimov, de igual manera profetizaba en los años 60, en una entrevista por el The New York Times, el aparecimiento del cine 3D. Y así podemos seguir encontrando conexiones entre arte y sociedad. La imaginación en la literatura es un poderoso componente. Todo cuando imagines, puedes crearlo.

Vivimos en una sociedad de constantes intercambios culturales, somos seres transculturales. Oímos música rock proveniente de Inglaterra, pero también nos nutrimos del Jazz y blues estadounidense, así como de la música caribeña salsa, cumbia, entre otras; en gastronomía tenemos acceso a comida proveniente de distintas regiones del mundo; mediante el Internet ahora podemos saber qué pasa en cada parte del globo terráqueo, ver las mismas películas que se estrenan en otros países, conocer lugares que jamás antes esperamos ver: leer funciona igual: leer es viajar, es conocer, es imaginar, es descubrir mundos, pasión y vida.

Esta sección de El Pulsohn pretende una cosa: darles semanalmente a nuestros lectores jóvenes y no tan jóvenes una muestra del extenso menú de lectura que existe a través de la historia del hombre que cubra una variedad de gustos y preferencias: variedad de épocas, estilos y autores, para que elijan su camino y estimulen su curiosidad, para encontrarse, y reencontrarse, en esta sociedad, en este mundo.

Esta sección literaria es un desafío contra el aburrimiento.

Henri Michaux

Henri Michaux nació en 1899, en Bélgica, y murió en 1984, Francia. Pertenece a esa extraña raza de creadores incapaces de acoplarse a formatos prestablecidos. Su búsqueda, desde el inicio, fue claramente espiritual. Su obra desborda un denso y personal universo, autosuficiente, en una inagotable búsqueda de sí mismo. Publicó libros de viajes imaginarios y expuso cuadros. Incursionó en el cine. En su ejercicio creativo la forma está en constante transformación. Uno de los más brillantes artistas que ha dado este siglo.

En 1930 publicó «Plume» (personaje chaplinesco), alter ego de Michaux. Este antihéroe se enfrenta constantemente al mundo cuyas aventuras se convierten en tragicomedias. El humor misterioso y alucinado están presentes en su obra. «Aunque ese agujero es profundo, carece totalmente de forma», dice en un poema, refiriéndose al vacío e impotencia experimentados.

«Plume» es una obra maestra. Resulta interesante comparar y contrastar lo que se escribía en Honduras por esa década de los treintas. Recuerdo haberlo visto en un vídeo en una conferencia que daría Jorge Luis Borges, siendo ya, cada uno, quien era.

Décadas después aparecería otro artista también atrapado en su vacío interior y experimentaría hasta el paroxismo su vida fusionada a su obra: Artaud. Esas «raras avis» en constante replanteamiento de su obra.

UN HOMBRE APACIBLE

Extendiendo las manos fuera del lecho, Pluma se sorprendió al no encontrar la pared. «Vaya, pensó, se la habrán comido las hormigas…», y se durmió de nuevo. Poco después, su mujer lo agarró y lo sacudió: «Mira, dijo, ¡holgazán!, mientras te dedicabas a dormir nos han robado la casa». En efecto, un cielo intacto se extendía por todas partes. «¡Bah!, el mal ya está hecho», pensó. Poco después, comenzó a oírse un ruido. Era un tren que se les echaba encima a toda velocidad. “Parece tener prisa, pensó, llegará antes que nosotros», y se durmió de nuevo. En seguida, el frío lo despertó. Estaba todo empapado en sangre. Varios pedazos de su mujer yacían a su lado. «Con la sangre, pensó, siempre surgen cantidad de cosas desagradables; si ese tren pudiera no haber pasado, yo sería muy feliz. Pero como ya pasó…», y se durmió de nuevo.

«Veamos, decía el juez, cómo explica usted que su mujer se haya herido a tal punto que la han encontrado repartida en ocho pedazos, sin que usted, que estaba a su lado, haya podido hacer un gesto para impedírselo, sin haberse siquiera dado cuenta. Ése es el misterio. Todo el asunto está ahí dentro». «Por ese camino no puedo ayudarlo», pensó Pluma, y se durmió de nuevo. «La ejecución tendrá lugar mañana. Acusado, ¿tiene algo que añadir?» «Excúseme, dijo, no he seguido el asunto”. Y se durmió de nuevo.

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