Arbolario de una casa donde también se está

En los territorios de la poesía, chinesca es la sombra que nos delata el entreacto, el paso sigiloso por la filigrana, el paisaje. Esa curaduría de asumir mundos lejanos o posibles en el verso nos deja un deseo de reencontrarnos, de existir contra viento y marea. Así nos propone Albany Flores Garca estas parcelas; a manera de arbolario, de casa soñada, de espacio vital para desdibujar otras puertas, otros horizontes. El tiempo vuelve en estas...
Invitadomayo 30, 2019

En los territorios de la poesía, chinesca es la sombra que nos delata el entreacto, el paso sigiloso por la filigrana, el paisaje. Esa

curaduría de asumir mundos lejanos o posibles en el verso nos deja un deseo de reencontrarnos, de existir contra viento y marea. Así nos propone Albany Flores Garca estas parcelas; a manera de arbolario, de casa soñada, de espacio vital para desdibujar otras puertas, otros horizontes.

El tiempo vuelve en estas páginas a la raíz platónica y constantemente nos afianza la casa, la evocación del poeta, el amor supuesto. Cada árbol es un puente sobre otro árbol, y la figuración logra viajar en el tiempo y volver al tiempo recobrado: el árbol es el tiempo recobrado.

Esa magia se nos hace realidad cuando el escriba sabe de tales presunciones. Es necesario que alguien recobre la memoria, nos ilusione, nos convenza de que esta es su casa y no otra, que todo es posible en estos límites, que lo sustancial es soñar.

El poema es entonces la mejor casa para morar en estos tiempos: el poema se hace árbol para escapar del cansancio y juzgar así lo que acontece. El poeta se ha convertido en soñador del viaje que le queda, en un augur de esos horizontes.

La contraposición de un tiempo con otro, visto entre los textos que se sostienen sin título (sólo con una enumeración posible), es también una suerte de divertimento para alcanzar lo sagrado, lo que el poeta reconoce para continuar el camino.

Albany Flores Garca ha logrado, con una sabiduría milenaria, al estilo del autor de El Profeta —a quien cita a manera de pórtico—, enmendar ese paisaje para reconocerse como un soñador, como un ente dispuesto al oficio.

No se trata de un arbolario donde el escriba detalla en latín sus conocimientos sobre botánica. No se trata de un poemario más en el espectro de los li- bros que se publican por doquier. El árbol hace casa al soñador nos enjuicia la sed del amanuense, y nos reconstruye el horizonte a manera de casa posible, de sueño para el que edifica tantas verdades juntas.

Luis Manuel Pérez Boitel
(Premio Casa de las Américas)
Isla de Cuba, bajo el interminable verano de 2018

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