Masas

(Por: Víctor Meza) Ese era uno de los términos más comunes en los discursos políticos de las izquierdas en la segunda mitad del siglo pasado. Servía para muchas cosas : denominar a las multitudes, calificar a los grupos populares y, de paso, sustituir la palabra pueblo, un tanto ya gastada por el uso y abuso que se hacía (se sigue haciendo) de ella. En mis años de estudiante, una de las formas seguras de enterarnos...
BFlores11 enero, 2022

(Por: Víctor Meza) Ese era uno de los términos más comunes en los discursos políticos de las izquierdas en la segunda mitad del siglo pasado. Servía para muchas cosas : denominar a las multitudes, calificar a los grupos populares y, de paso, sustituir la palabra pueblo, un tanto ya gastada por el uso y abuso que se hacía (se sigue haciendo) de ella.

En mis años de estudiante, una de las formas seguras de enterarnos sobre la llegada de algún dirigente comunista hondureño a Moscú, era la inevitable aparición de un artículo de opinión en la prensa soviética sobre la situación política de Honduras, texto que irremediablemente comenzaba con el conocido encabezado: “ante el evidente avance de las masas en Honduras…” Y así, con ese estilo tronitronante, la nota periodística nos advertía sobre el supuesto avance de las ideas socialistas en nuestro lejano país, creando en las mentes menos acuciosas la ingenua idea de un triunfo cercano de la revolución. Ejemplo vivo del “pensamiento ilusorio”.

Los soviéticos, duchos en estos menesteres de la información y la desinformación, no se creían el cuento, por supuesto, pero lo toleraban y hasta estimulaban a veces. Engaño consentido. Y así, los lectores soviéticos, acostumbrados a descubrir las mentiras entrelíneas en sus propios medios de comunicación, leían, con discreto disimulo y alguna que otra risita desconfiada, los sesudos análisis de nuestros compatriotas que llegaban desde tan lejos.

Después, con el paso de los años, la vida me ha permitido el relativo privilegio de comprobar la volatilidad de esas masas que hoy juran lealtad y mañana dan la vuelta y se convierten en tus más feroces críticos. “No te vas, te quedás”, le gritaban miles de enfervorizados “partidarios” al derrotado Somoza, cuando ya casi era un hecho su apresurada partida. Luego, en la euforia de la plaza, seguramente muchos de esos fanáticos coreaban su lealtad a los nuevos dirigentes sandinistas gritando “Dirección Nacional: ¡ordene!”. La masa suele ser gelatinosa, volátil, pendular y de fácil bamboleo, utilizando para ello el resabido truco del doble discurso y de la lealtad fingida. No siempre es así, debo reconocerlo, pero cada vez sucede con mayor frecuencia.

Se me ocurren estas reflexiones justo ahora cuando nos aprestamos a iniciar una nueva fase en la accidentada historia contemporánea de nuestro país. Ya no me sorprende el entusiasmo juvenil de algunos y su confianza ciega en lo que suelen llamar “la sabiduría de las masas”. Esa fe desmedida que concede a la masa, sin concesión crítica alguna, sapiencia mágica y acertado olfato, que ve en el reciente resultado electoral la prueba indubitable del acierto popular y el refinado instinto de la masa. La historia muestra sus numerosos ejemplos, a favor y en contra, mientras aconseja cautela y prudencia.

En la medida que las demandas sociales acumuladas en las llamadas “mesas de concertación” siguen llegando y conforman pirámides de imposible solución, en esa misma medida las expectativas crecen y se vuelven exigencias desmedidas. La paciencia de la masa se empieza a agotar y su mansedumbre inicial se va transformando en impaciencia latente.

Se requiere una gran habilidad política, perseverancia cautelosa, mucha paciencia y destreza negociadora para canalizar el reclamo de la masa y convertirlo en acuerdo viable. Nada de engaños, nada de zancadillas bajo la mesa ni negociaciones paralelas. La franqueza y la verdad son armas políticas que, bien utilizadas, pueden dar excelentes resultados.

La demanda social es legítima y comprensible. Víctima de una visión patrimonial del Estado, la masa siente que ganó el premio mayor y que ha llegado la hora del reparto del botín. Cada quien quiere su parte y cada sector quisiera el pastel entero. Pero no se puede, como suele decirse, “son muchos los demonios y escasa el agua bendita”.

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