La audacia de la esperanza

(Por: José Carlos Cardona) De entre las llamadas de año nuevo que recibí, un amigo sociólogo me dijo: “este será el año más difícil en la historia del país.” La sentencia me dejó pensando en la historia de Honduras y en la innumerable cantidad de momentos en nuestro pasado, que hemos tenido que enfrentar adversidades como sociedad, sin el apoyo de nadie más que nosotros mismos. Sandra Bullock protagonizó en 2015 una interesante película titulada...
Jonathan Jared3 enero, 2022

(Por: José Carlos Cardona)

De entre las llamadas de año nuevo que recibí, un amigo sociólogo me dijo: “este será el año más difícil en la historia del país.” La sentencia me dejó pensando en la historia de Honduras y en la innumerable cantidad de momentos en nuestro pasado, que hemos tenido que enfrentar adversidades como sociedad, sin el apoyo de nadie más que nosotros mismos.

Sandra Bullock protagonizó en 2015 una interesante película titulada “Our Brand is Crisis” (Nuestra Marca es Crisis), basada en un documental de 2005 que cuenta cómo los candidatos liberales y conservadores de Bolivia (un país que desde sus orígenes se encontraba en un caos social, político y económico constante), utilizaban la crisis de país como catapulta política para poder conquistar a los votantes, hasta que un dirigente cocalero e indígena llamado Evo Morales llegó para acabar con el país del caos y convertir a Bolivia en una democracia con Estado de derecho e instituciones fuertes y una economía progresista pujante en el seno de los países sudamericanos. En la película, el candidato presidencial le dice al personaje de Bullock, una asesora de campañas, “no podremos siempre gobernar con crisis, un día la gente se cansará de nosotros”.

Los paralelismos entre la Honduras que termina en 2021 son similares a la Bolivia antes de la llegada de Evo Morales del poder de ese país. No tenemos Estado de derecho, somos el hazmerreír o el objeto de lástima del mundo por todo el caos de los gobiernos del Partido Nacional y encima, la ciencia política ha acuñado el término “narcodictadura”, usándonos como ejemplo, algo similar a lo que se hizo hace 100 años cuando nos pusieron “república bananera”, por situaciones similares. Ese eterno bucle de la historia de este país había sido imposible de romper, con un intercambio perfecto del poder entre dos partidos decimonónicos, una élite política mediocre con valores decadentes y un Estado diseñado para beneficiar a los sectores oligárquicos, dejando fuera a millones de ciudadanos despojados de toda dignidad y obligados a emigrar para que envíen remesas que se gastarán en bienes de consumo sin beneficio directo para sus familiares aquí, en el infierno tropical con nombre de precipicio que somos.

Al igual que Bolivia en 2005, la sociedad hondureña despertó y le dijo adiós a la marca de crisis constante con que nos han gobernado las élites desde 1823, quizás el verdadero año de nuestro inicio como nación. Los cambios gestados en la elección del 28 de noviembre de 2021 todavía no se empiezan a gestar en tanto Xiomara Castro no se sienta en la silla presidencial todavía, pero hay algo que ha ido sintiéndose distinto. Los estadounidenses, expertos en utilizar vericuetos metafísicos para referirse a cuestiones metafóricas sociales, han acuñado el de “alma de la nación”, para referirse al comportamiento de los imaginarios colectivos.

¿Podemos afirmar que el alma de la nación hondureña está cambiando tras la elección de Xiomara Castro? Ciertamente, hay muchos elementos que se deben analizar en el optimismo excesivo y el derroche de esperanza que embarga al país. En todos los rincones del país, la gente se prepara para un cambio. Va mucho más allá de las promesas de campaña, esgrimidas en un valiente y honesto plan de gobierno que se difundió más que ningún otro en la historia. Hay un sentir generalizado de paz. “Los cachurecos ya se van”, dice la gente, con mucha satisfacción. Una frase que resume el calvario de un país que vio esfumarse 3 PIB a paraísos fiscales; que soportó la arrogancia, desprecio y descuido del Estado neoliberal nacionalista; que vio la quiebra de su seguridad social, el colapso del sistema de salud; que vio la huida de un millón de personas en 10 años; cuyo presidente vio a su hermano ser encarcelado por narcotraficante en un juicio en el extranjero cuyo eco tuvo resonancia mundial; que se convirtió en 12 años en el peor país para envejecer, ser niño, mujer, ambientalista, periodista, un largo etcétera. En resumen, un país que hizo honor literal a su nombre, en un frenesí hacia el abismo que no parecía detenerse.

Mientras escribo estas palabras, la gente sigue tuiteando, posteando y hablando en lenguaje de esperanza. Esa audacia de lo porvenir no se había vivido nunca en los 32 años que tengo. Mi abuelo me contaba que su vida nunca había visto un momento tan brillante como los meses posteriores a la gran Huelga Bananera de 1954. Y analizando la evolución del “alma de la nación”, salvo el período morazánico y la Reforma Liberal, mi también optimista y sesgada opinión me hace pensar que no hemos tenido más momentos de optimismo como el que estamos viviendo.

¿Para qué sirve el optimismo? El reciente fallecido José Pablo Feinmann dijo una vez que “la esperanza es la vida de los pueblos y sólo los pueblos con esperanza pueden avanzar hacia la vida.” La historia está llena de ejemplos de pueblos que murieron, literalmente, por perder por completo las esperanzas.

Lo cierto es, que este optimismo del pueblo hondureño radica en acciones basadas en esperanza. Fue el pueblo que pedía una alianza a gritos para sacar al Partido Nacional del poder. También fue el pueblo quien empujó al ego de Salvador Nasralla en las redes, su dominio inexpugnable, a convencerse de que no ganaría solo. Y ese mismo pueblo aceptó 10 mil millones de lempiras de bonos y ayudas a última hora, sin comprometer su voto, ejerciendo el sufragio contra la imbecilidad absoluta del peor candidato a alcalde de la capital en la historia, ídem en San Pedro Sula y 10 ciudades más, contra un candidato presidencial cuya inteligencia emocional nunca dio brillos y contra la mayor estructura criminal en la historia del país. 1.7 millones de personas (se cree que en realidad fueron 2 millones, pero el intento de fraude minó el dato final un poco), alzaron su voz contra el narcoestado, la desesperanza y la podredumbre. Y decidieron que una mujer sería el cambio, el contraste de toda la miseria que les había dado el partido de las dictaduras y gobiernos militares.

Nos enfrentamos a lo ignoto. No sabemos con exactitud el nivel de daño que el Partido Nacional le hizo al Estado de Honduras. Desconocemos cuántos funcionarios nacionalistas se prestaron a actos de corrupción y están ahí, en sus puestos, miles de expertos en drenar fondos públicos. Las redes criminales del país siguen a sus anchas, lavando activos, traficando drogas, sin que nadie les diga nada. La deuda de la ENEE se acerca a los 100 mil millones de lempiras y la deuda externa se aproxima a los 20 mil millones de dólares. Hay más de 300 contratos estatales siendo pagados sin generar beneficio alguno para el pueblo. Las 150 instituciones del Estado funcionan como un aparato perfecto de paracaidismo y corrupción galopante, con gente que es capaz de cualquier cosa menos aquello para lo que deberían estar en sus puestos: servir al pueblo, atender a la gente, sacar adelante al país.

Hay muchas cosas más que no sabemos y casi todas son malas.

Pero, tampoco sabíamos que podíamos vencer al Partido Nacional y lo hicimos. Teníamos muchas dudas. Pero el pueblo decidió y lo supo.

¿Se sostendrá esta esperanza? ¿Por cuánto tiempo?

La conciencia del pueblo es clara y esa claridad evidencia un conocimiento empírico genuino de algo para lo que los hondureños siempre hemos sido buenos: resistir, persistir, sobrevivir. Lo hicimos en 200 años gobernados por hombres, luego de 18 conflictos armados, 7 dictaduras, huracanes, crisis económicas. El Estado, ciertamente, nunca estuvo ahí del todo, nunca fue cien por ciento cercano al pueblo.

La izquierda, por primera vez, ofrece algo distinto, de la mano de Xiomara Castro. La historia de países optimistas nos dice que los cambios llegaron cuando tomaron decisiones diferentes.

Dentro de 25 días, empieza el mayor cambio político e histórico en 200 años. Y eso ya es decir mucho para un país que hace dos meses estaba amenazado con dejar de existir mientras el gobierno nos vendía en pedazos.

Sólo tenemos la esperanza y la certeza de que, contra todo pronóstico, el alma de la nación hondureña es fuerte y se potencia en la adversidad.

Un expresidente hondureño, defenestrado por un golpe de Estado producto de haber insuflado al pueblo con esperanza, dijo una vez: “La vida es para llenarla de dignidad, para hacerla valer con actos de valentía y para que se sepa que pasamos por aquí y dejamos huella. La vida es la suma de todo el valor que podemos acumular, es la falta de miedo, porque sólo sin miedo podemos ser libres. Sólo los valientes somos libres.”

A 3 días de iniciado el año, debemos mantener la audacia del optimismo.

Debemos ser valientes y luchar por ser libres.

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