Los clavos en el ataúd del Partido Nacional

(Por: José Carlos Cardona) El 13 de octubre a las 12:50 del mediodía, en un hotel capitalino, Salvador Nasralla y Xiomara Castro firmaron una alianza sorpresiva en el ya impredecible ecosistema político hondureño. Hay una frase que dijo que dejó electrizada a la audiencia de la conferencia de prensa ese día: «Aquí vengo Xiomara, a devolverte lo que me diste hace 4 años, la candidatura para convertirte en presidenta de Honduras». En una campaña aburrida...
BFlores18 octubre, 2021

(Por: José Carlos Cardona) El 13 de octubre a las 12:50 del mediodía, en un hotel capitalino, Salvador Nasralla y Xiomara Castro firmaron una alianza sorpresiva en el ya impredecible ecosistema político hondureño. Hay una frase que dijo que dejó electrizada a la audiencia de la conferencia de prensa ese día: «Aquí vengo Xiomara, a devolverte lo que me diste hace 4 años, la candidatura para convertirte en presidenta de Honduras».

En una campaña aburrida y llena de acusaciones entre candidatos y partidos, con un Partido Nacional incapaz de sostener narrativas y una clase media indiferente, que las dos fuerzas de oposición que ganaron las elecciones en 2017 se vuelvan a unir fue una sorpresa, aunque pareciera que no. ¿Por qué? Durante los últimos tres años, Salvador Nasralla navegó de manera tormentosa en aguas conflictivas con las contradicciones de su discurso y su incapacidad de trabajar en equipo. Una cosa sí tenía clara: tenía que alejarse de su amistad con el partido Libertad y Refundación y con la familia Zelaya y así lo hizo, por instrucciones -según sus propias palabras- de Estados Unidos.

«Los gringos no me dejaron gobernar porque iba aliado con LIBRE», dijo en varias ocasiones. Esta hostilidad pública fue acompañada de un segundo acto: darle la tarea de construir un nuevo partido a Julio Larios, una especie de Rasputín, un hombre con un discurso ultraconservador y con un pasado ligado al Partido Nacional. El tercer acto del que fue electo como presidente de los hondureños en 2017 fue sembrar una narrativa en el sector despolitizado y las clases medias: le dijo al país, semana a semana, declaración tras declaración, que al bipartidismo se había sumado un tercer aliado, el partido LIBRE. El que él denominó como «tripartidismo» era -según sus palabras- un pacto entre los partidos Nacional, Liberal y LIBRE y cuyo fin es «repartirse el Estado».

Luego de la lucha de la plataforma de la salud y la educación y la aparición de nuevos actores y liderazgos políticos en dicha coyuntura (2019), la clase media y los gremios del país volvían, como en 2015 con las Antorchas, a decir «presente» en la discusión de los asuntos nacionales. Casi la totalidad de los cuadros de la Plataforma se sumaron al partido de Nasralla y esto le convenció de fundar su propio instituto político, el segundo, para ser exactos.

En el Partido Liberal de Honduras, la institución política más antigua del país, las cosas no iban bien. Luis Zelaya fue cada vez más acorralado por unas bases que no tenían la adscripción ideológica (neoconservadurismo) de su coordinador. Un recién salido de la cárcel en EE. UU. vino y se inscribió como competidor a elecciones primarias. El partido le recibió dividido: por un lado los neoconservadores o el círculo de Luis, moralistas y con un discurso anticorrupción (aunque muchos de ellos, golpistas); segundo, el llamado «lado oscuro» (un corolario de corruptos, un expresidente magnificado como «cerebro» de la derecha en el país, más otras hierbas, malignas hay que decirlo) y tercero, las bases liberales, olvidadas desde el golpe de Estado. Éstas últimas vieron en Yani Rosenthal una oportunidad para rescatar su partido y él -un liberal metido en política desde antes de nacer- hizo lo que tenía que hacer, ir a todo el país a pedir el voto, mientras Luis leía biografías de demócratas gringos y se vestía con gorras de los yanquis, para mantener esa conexión con la elitista clase media del país. No le funcionó.

Al terminar marzo de 2021, el país veía conmocionado cómo un exconvicto era el candidato del Partido Liberal, el Partido Nacional le había hecho un fraude monumental a Mauricio Oliva y el ambiente político del país iniciaba la carrera a elecciones generales totalmente convulsionado, con un recién nacido Partido Salvador de Honduras (PSH). Hay que agregar a un cuarto actor: Milton Benítez, una especie de Juan el Bautista que a diario, desde una inexpugnable audiencia en redes sociales, se ha dedicado a atacar con una verborrea virulenta y eficaz a las élites del país, legitimado por una sociedad enferma y cansada de tanta desigualdad.

En el partido LIBRE la incontestable candidatura de Xiomara Castro inició su carrera enviando un mensaje de unidad que fue desoído y al que sólo acudió Yani Rosenthal. Así las cosas, el país ha vivido una campaña electoral bastante anodina y con un porcentaje de indecisión en el electorado que llega a la cuarta parte de los votantes según encuestas. Entonces, ¿cómo llegamos a la alianza? Primero, hay que entender el surgimiento y consolidación de un movimiento de la que llamaremos a partir de aquí “la nueva derecha” en el país.

Un grupo de empresarios de San Pedro Sula y Tegucigalpa, con fuertes desencuentros con el gobierno del Partido Nacional, decidió acuerpar a la candidatura de Salvador Nasralla. Para ello tenían que deshacerse del incómodo coordinador Julio Larios, que había conformado estructuras en todo el país con dirigentes (resentidos o no) del Partido Nacional. El empresario Pedro Barquero fue seleccionado como el nuevo coordinador del PSH y a pesar de ser un notable acierto, llegó tarde.

Los grupos descontentos con Larios y con los desvaríos discursivos de Nasralla se habían convertido en un lastre y las «dirigencias disidentes» intentaron incluso quitarle el partido a su propio fundador (algo al parecer repetitivo en el historial político del señor Nasralla). Los valores y discursos de esta propuesta de la nueva derecha fueron puestos en los foros matutinos todos los días en los últimos meses y fueron en 3 sentidos: Primero, que LIBRE no puede gobernar porque EE. UU. no lo permitirá; segundo, que el PSH es el centro y lo más conveniente (el cansino “ni izquierda ni derecha” tan común ahora en América Latina) y tercero, el ya mencionado “tripartidismo” y su pacto de gobernabilidad. Los seguidores del PSH, sin formación política ni ideológica, son un caleidoscopio de creencias entre libertarias y fascistas, algunos odiosos furibundos de la corrupción del Partido Nacional y otros, de la izquierda y de LIBRE.

En el Partido Nacional las cosas han caído vertiginosamente. Luego de cerrarle puertas a Mauricio Oliva y su formación, la campaña se ha desarrollado sin sus liderazgos moderados y una facción de cuadros con discursos fascistas y rayanos en la psicopatía se han apoderado del partido de Juan Manuel Gálvez. La estrella solitaria ya no tiene conexión orgánica con una militancia a la que han condenado a la mendicidad y al clientelismo, que gracias a la pandemia mutó a una modalidad domiciliaria. El Partido Nacional ya no hace grandes concentraciones ni caravanas, sino que entrega sus bonos, bolsas solidarias y otros productos a su red clientelar en las casas, confiados de que esa gente, a la que tienen bien mapeada y registrada, les asegurará el millón de votos que creen tener.

Esta subestimación del hartazgo de sus bases con sus malos gobiernos, más la actitud errática y díscola de su candidato presidencial, una especie de performance paródico que no sabe hablar en público y se rasca los genitales en las concentraciones (pero muy bueno guardando dinero en paraísos fiscales, según los Pandora Papers), aseguran un descenso en la intención de voto del que no podrán recuperarse.

El PSH conformó junto al PINU -luego de varios intentos con varios líderes de otros partidos y coyunturas de lucha reciente- la Unión Nacional Opositora de Honduras (UNOH), pero no logró levantar vuelo debido a que cometieron varios errores comunicacionales y sumaron a sus filas a personajes asociados a las ZEDES (tema altamente sensible en el país en este momento), más el poco aporte de unos candidatos a diputados que no han hecho suficiente trabajo de base porque no han tenido el tiempo y porque desconocen la idiosincrasia política del país.

Desde julio, Xiomara Castro empezó a despuntar como favorita en las encuestas. Si bien son muestras muy pequeñas, todos los números la han ido posicionando por encima de Nasry Asfura. Su plan de gobierno, elogiado por la derecha y los empresarios del país, ha sido una de las principales herramientas de campaña y una de las bazas para convencer al sector despolitizado de que LIBRE ya no es aquel partido inmaduro, visceral y ortodoxo que surgió del Frente Nacional de Resistencia Popular en 2011. Con la mayoría de los intelectuales y académicos de prestigio del país respaldándola, Xiomara Castro no ha dado paso en falso y ha logrado posicionar su imagen como una mujer empoderada de manera mucho más eficaz que en el ya lejano 2013. Su campaña, bastante modesta en gastos, se ha visto magnificada por la conexión que mantiene con la gente y la masificación de mitines y caravanas, una conexión que ella atribuye a una visión maternalista de un país que se encuentra huérfano y desprotegido ante la organización criminal que nos gobierna.

Ante la imposibilidad de desacreditarla personalmente, ha habido intentos por parte del Partido Nacional de sembrar narrativas tóxicas sobre la propuesta del partido, atribuyendo a LIBRE iniciativas propias de la izquierda internacional y agendas progresistas.

El hartazgo de la sociedad hondureña no sólo ha invalidado esas narrativas, sino que ha orillado a la nueva derecha, al proyecto de la Honduras Humana de Milton Benítez, a las bases del Partido Liberal, a Luis Zelaya y al propio Salvador Nasralla, a entender que sus números por sí solos no son suficientes, pero también a comprender que el proyecto de LIBRE no es otro que reiniciar la democracia hondureña y retornar al Estado de derecho, algo que ellos también piensan hacer.

A 40 días de las elecciones, el Partido Nacional sigue subestimando a la alianza recién formada y continúa con ataques defensivos demasiado débiles. La facción nacionalista que controla la campaña bien podría compararse a los nazis, dada la virulencia del discurso y la actitud sectaria de algunos de sus candidatos, con un David Chávez a la cabeza, amenazando y expulsando bilis cada vez que puede, ante el estupor de sus propios asesores y la decepción de unos mandos medios que ya no soportan la vergüenza de militar en una formación que es insostenible a nivel moral y ético.

Hay otros actores que no han expresado su adhesión a esta nueva alianza y están por hacerlo en la recta final. Las preguntas son muchas: ¿se construirá un gobierno de coalición con una agenda progresista? ¿están las élites hondureñas convencidas de que Xiomara Castro es quien gobernará el país y piensan apoyarla? ¿se reconciliarán las bases del Partido Salvador de Honduras con las de Libertad y Refundación? ¿podrá el Partido Nacional imponer un fraude? Y la más importante de todas: Si Estados Unidos se entromete opinando en favor de un candidato fuera de la voluntad popular, ¿estará el país lo suficientemente maduro como para reclamar en las calles su derecho a vivir en democracia?

Pareciera que todas las respuestas son «SÍ», salvo la del fraude. El futuro de la democracia hondureña dentro de 40 días descansará en los votos de 5 millones de personas que estamos obligadas a ir a votar masivamente contra la dictadura más mediocre que ha visto América Latina en su historia y que, bajo las amenazas de que LIBRE y su ahora alianza con la nueva derecha piensan convertirnos en Venezuela, ignoran que ellos nos convirtieron en Haití y que somos un país en venta a cuatro dólares el metro cuadrado, en ferias internacionales que dan por sentado que somos un Estado fallido.

Aunque gane las elecciones, limpiamente o por la vía del fraude: el Partido Nacional perderá. Lo saben. Han hecho los análisis. El desgaste ideológico, de maniobrabilidad, de gobierno, la destrucción del país y el robo sin límites de las arcas del Estado, vaticinan un futuro en el que ellos llevan todas las de perder.
Sin afán de convertir estos 40 días en profecía autocumplida, la historia, que más sobre el pasado analiza los hechos para entender el futuro, ya ha juzgado al peor gobierno en doscientos años de republicanismo. El 28 de noviembre, el país decidirá si sigue honrando su nombre de precipicio o decide sacarnos de una vez por todas de estas honduras.

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