Francisco, el navegante

(Por: José Carlos Cardona Erazo) El 26 de septiembre de 2017, Francisco Herrera asumió la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, con el mandato primordial de realizar elecciones estudiantiles y devolver la gobernabilidad a la institución, luego de la mayor crisis entre el Estado y los movimientos sociales en décadas. El Movimiento Estudiantil Universitario (MEU) le había ganado el pulso a Julieta Castellanos en una guerra de 3 años, a costa de expulsiones,...
BFlores11 octubre, 2021

(Por: José Carlos Cardona Erazo) El 26 de septiembre de 2017, Francisco Herrera asumió la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, con el mandato primordial de realizar elecciones estudiantiles y devolver la gobernabilidad a la institución, luego de la mayor crisis entre el Estado y los movimientos sociales en décadas. El Movimiento Estudiantil Universitario (MEU) le había ganado el pulso a Julieta Castellanos en una guerra de 3 años, a costa de expulsiones, judicializaciones y persecución contra estudiantes, sin precedentes en la historia del país. Con total impunidad, Castellanos abandonó la silla dejando una universidad en shock y una burocracia administrativa empoderada, en detrimento del abandono del quehacer académico y el silencio (¿e indiferencia?) del sector docente.

La absurda actitud de las autoridades anteriores provocó una crisis institucional que terminó en una IV Reforma incompleta, la formación de un movimiento estudiantil con una fuerza considerable en el ecosistema sociopolítico del país y una agenda rectoral fragmentada y dirigida hacia el soporte de una institucionalidad del Estado bastante alejada de la realidad hondureña. La impronta de la rectoría de Castellanos fue todo menos social, con unas prácticas políticas autoritarias y propias de una burocracia propia de la guerra fría. Con una imagen por los suelos, se despidió del cargo dejando una frágil idea de sustentabilidad del régimen y una pesada herencia institucional basada en la primacía de lo administrativo y la tecnocracia, por encima de la labor académica y científica. La IV Reforma quedó en papel mojado: la creación de carreras sin insumos académicos, sin acreditación de la educación superior en niveles mínimamente aceptables y el alarde imponente de instalaciones físicas para sostener a la masa burocrática creada en los 8 años de lo que los opositores han dado en llamar “julietismo”. Todo ello acompañado de una política de terror y persecución laboral sin precedentes. En 8 años, la UNAH enfrentó la mayor cantidad de demandas laborales de su historia, control de horarios a docentes, pauperización laboral a través de contratos temporales, pérdida de su autonomía financiera y administrativa a través del control macro de los procesos por parte del Estado (cuyas secuelas hoy asfixian a la institución) y un discurso de divorcio entre la labor académica y la administrativa.

A los pocos meses del gobierno de Herrera, las cosas empezaron a cambiar. Vimos con asombro la salida de Leticia Salomón, quien durante años fue vista como una candidata eterna a la rectoría, igual que Rutilia Calderón, la arquitecta real de la IV Reforma. Los “halcones” de la era julietista bajaron el perfil y el conflicto con el Movimiento Estudiantil Universitario se dispersó, en parte por la fragmentación y caos interno de dicho espacio, que no logró articular una fuerza política más allá de la grafía dibujada en el imaginario, ni sostenerse sin su antagonista natural. El MEU sigue existiendo como espacio simbólico en los medios, en el discurso cotidiano y en la atmósfera universitaria, pero de forma subyacente lo que hay es una complicada red de comunidades políticas radicalizadas y/o apegadas al diálogo y al sostenimiento del gran proyecto ejecutado por Herrera, la causa principal de su interinato: las elecciones estudiantiles.

En América Latina, dice Ernesto Laclau, nada es más político que las universidades, y la UNAH lleva 4 décadas sumida en un régimen conservador inherente a su carácter de espacio reflector de la realidad nacional. ¿De qué otro modo explicaríamos que todo experimento llevado a cabo en la UNAH -desde la reelección hasta las crisis- ha sido reproducido a cabalidad en todo el país y viceversa?

Herrera sabe muy bien que esa dinámica no debe trastocarse y sobre esa lógica ha sabido navegar formando un rectorado constructor de un proyecto de gobernanza y estabilidad que de vez en cuando se ha visto amenazado, más por el resurgimiento de los fantasmas del julietismo y las injerencias externas de un gobierno que en pandemia ha menospreciado a la UNAH, que por sus propios errores.

Los elementos básicos del gobierno de Herrera han sido, al menos, tres:

Primero, el suyo es un rectorado silencioso, que se basa en el sostenimiento funcional del orden institucional y administrativo heredado, así como un acercamiento tímido pero eficaz con los actores que se habían divorciado de la administración ejecutiva de la UNAH. “Herrera resuelve”, son las palabras de los coordinadores de unidades académicas y actores que logran acceder al rector. También, Herrera ha participado en la inauguración de varios proyectos que fueron comenzados por Castellanos y ha puesto en marcha otros que estaban planificados. La agenda informativa del rector es limitada, haciendo ver a una autoridad presente pero no protagónica. No le gustan los medios y contrario a su antecesora en el cargo, que solía opinar en foros sobre temas alejadísimos de su cargo, al rector actual la pandemia le puso en el foco de los medios por su condición de médico y ha sabido manejar la institución de forma destacada en la peor crisis sanitaria en la historia.

Segundo, Herrera ha primado una visión de la institución por encima de los cargos, algo que no se vio en la figura de Castellanos, protagonista omnipresente de la agenda mediática política, una especie de fetiche de los foros televisivos (como ya dijimos) y una figura forzada de los espacios de convergencia nacional. Eso cambió con la crisis del MEU y luego de la caída en picada de la opinión pública hacia ella, Herrera tuvo que ceder el ritmo, algo que también tiene que ver con su carácter, más personalista y apegado al diálogo. No obstante, la enorme burocracia y las redes de clientelismo de la UNAH mantienen un cerco férreo alrededor del cargo, algo que fue perjudicial para la antecesora. La miopía política de la exrectora se basaba, en muchos sentidos, en su aislamiento de la comunidad universitaria, un error que Herrera ha sabido corregir. La opinión pública ha vuelto a decir “la UNAH”, retornando a esa imagen clásica y respetuosa hacia la máxima casa de estudios.

Tercero, el rector ha sostenido un gobierno de contención de daños. Las patologías institucionales siguen vigentes: la IV Reforma, desviada y corrompida hacia su extremo más autoritario, es imposible de encauzar hacia sus principios originales. Siguen manifestándose las actitudes de rechazo hacia los cargos medios intransigentes, siguen parados o a medio vapor algunos de los grandes proyectos planteados durante el julietismo (como el relevo docente) y las satrapías de varios directores regionales y decanos que gozan de una impopularidad que rompe récords siguen incólumes. La pandemia ha evidenciado muchas taras de esos aprendices autoritarios de una rectoría intolerante que duró 8 años y cuyo legado no ha sido fácil de cambiar.

El gran proyecto del rectorado de Herrera, las elecciones estudiantiles, ha avanzado a pesar de las contradicciones. La fragmentación del MEU luego de las crisis y tomas prolongadas de Ciudad Universitaria y replicadas en casi todos los campus a nivel nacional durante 2015, 2016 y 2017, ha creado una larga lista de grupos y espacios pequeños, células de componentes ideológicos heterogéneos y sin militancia ni construcción sistémica de sus agendas de lucha. El grupo original que llevó la iniciativa ciudadana de ley al Congreso Nacional en 2017 logró concluir el reglamento estudiantil y su proceso de socialización a nivel nacional ha sido exitoso, aunque lleno de momentos de dudas, en los que grupos tradicionales (frentes estudiantiles) se alejaron de la construcción final del mismo, con miras a generar conflictos a futuro, cuando las elecciones se realicen. Esto ha sido evidente en pandemia, cuando el proceso electoral se detuvo. La convocatoria a elecciones en modalidad virtual ha sido criticada por sectores radicales del estudiantado que se niegan a aceptar que ha llegado el momento de asumir el control de la tercera parte de los cargos de autoridad en la institución. La idea persistente y romántica de que el movimiento estudiantil es un actor contestatario, pero no ejecutor del poder es la razón por la cual la izquierda perdió el control de la UNAH en 1980 y desde entonces, la miopía e inmadurez de esos grupos (minoritarios) sigue siendo una traba a superar para que los estudiantes recuperen sus puestos en el gobierno universitario.

El fantasma de la crisis

En cada momento de tensión en la UNAH, ha habido una delgada línea entre la percepción de los medios, las acciones de los estudiantes en protesta y la respuesta de la autoridad. La primera gran prueba que enfrentó el rector Herrera, la paralización de toda la actividad judicial en contra de los estudiantes criminalizados fue aprobada con un éxito tímido. No se podía hacer alarde de esta ni tampoco minimizarla, puesto que el MEU y la autoridad eran enemigos acérrimos de años. Esta primera distensión de hostilidades contribuyó a que funcionara la mesa de construcción del reglamento electoral y cesaran las tomas de facultades y centros regionales, a través de un agotador proceso de diálogo entre la rectoría y decenas de grupos estudiantiles llenos de peticiones y demandas históricas que el gobierno universitario anterior ignoró olímpicamente.

Los otros momentos han sido provocados por coyunturas externas. El MEU rescató miles de conciencias y agendas de lucha propias de todo movimiento social y en ese sentido, ha sido un espacio de denuncia de los problemas nacionales y una escuela de formación de liderazgos juveniles que han marcado una impronta en los movimientos sociales, las organizaciones de sociedad civil, partidos políticos y la misma Universidad. Esta “tradición” beligerante y mediática ha sido incómoda para una autoridad acostumbrada a ignorar la realidad nacional desde la acción política viable. Herrera de nuevo se alejó de la visión antecedente y salió a responder en varias coyunturas, como en la crisis del transporte de 2019, los terribles actos de corrupción y mal manejo de la pandemia de la COVID-19 y el proyecto entreguista de las ZEDE, en el que por primera vez en 40 años, la UNAH se ha enfrentado judicialmente al Estado de Honduras por un tema constitucional, con la consecuente incomodidad y respuesta hostil del gobierno a través de la retención de fondos del presupuesto que, irónicamente, le corresponden a la UNAH por la vía de la Constitución que el Estado está violentando.

Esas incomodidades externas contra el rectorado de Herrera están generando anticuerpos que, desde afuera y adentro, buscan minar la estabilidad política de cara a unas elecciones en las que la derecha no tiene posibilidades de victoria alguna. Los dos grupos políticos de izquierda en contienda (PODÉS y GANE) acuerpan alrededor del 70% de los espacios académicos a nivel de representación y la derecha aglutinada en GUD (lo que solía ser el FUUD) y la FUR, no tienen fuelle ni suficiente presencia en todas las facultades y centros regionales como para ser lo suficientemente significativos en la conformación del próximo gobierno universitario.

La ya mencionada retención de fondos a la UNAH por parte del Estado es una grave invasión a la autonomía universitaria, un legado de Castellanos y su entrega total a los procesos administrativos centrales del gobierno del país. También responde a una lógica de retraso de todo el sistema de educación superior. Sin dinero, las instituciones públicas no están listas para regresar a presencialidad y se encuentran en desventaja ante un sistema privado que sí ha afilado el colmillo durante esta crisis sanitaria, cooptando oficialmente espacios que ya tenían invadidos de facto (el reciente convenio entre Unitec y el Hospital Escuela por ejemplo), así como también la complicidad de algunos halcones sobrevivientes del julietismo que insisten en mantener el orden neoliberal de la educación superior (congelación de cupos en la Carrera de Medicina, por ejemplo).

Ante todos esos escenarios complejos, Herrera ha logrado navegar procelosamente en acompañamiento de una Junta de Dirección Universitaria que ha trabajado como ninguna otra en la historia, sin descanso, así como un Consejo Universitario que a pesar de no tener representación estudiantil, ha sabido mantener la tónica del que algunos sectores llaman “herrerismo”: un gobierno pragmático en una especie de “stand by”, que busca en la realización de elecciones una oportunidad histórica de reimpulsar la Universidad hacia el futuro.

 

Los retos

La pandemia jubiló a Castellanos, pero el julietismo no ha muerto. Siempre habrá halcones dispuestos a retornar a esa escuela autoritaria de manejo de las relaciones laborales, académicas y burocráticas. El movimiento estudiantil, atomizado e inmaduro, se debate entre la toma del poder y la posición platónica de ser eternos interlocutores politicos, lo cual, como hemos visto en el pasado dentro y fuera de la UNAH, solo favorece a la derecha. A lo interno, el modelo cortesano de relaciones de poder sigue siendo una forma de hegemonizar el control de la institución. ¿Van a democratizar a la UNAH las elecciones estudiantiles? ¿O veremos una restauración conservadora desde el Consejo Universitario?

No hemos analizado aquí el papel y la relación entre los 3 órganos de gobierno universitario y su dinámica actual, tal vez es un estudio que se deba hacer para complementar esta breve lectura de un rectorado que todavía no termina y que tiene varias batallas que librar para dejar a la posteridad un legado de democratización en la institución educativa más importante del país.

El gobierno de Francisco Herrera seguirá navegando sobre las aguas turbulentas de una institucionalidad frágil y tiene la labor apremiante de construir un prestigio institucional legítimo, en el que todos los actores de la comunidad universitaria tengan cabida. A 4 años de su rectorado, ¿puede afirmarse que Herrera haya marcado una tónica para el futuro? Sus maniobras de contención de daños y reparación de estructuras y coyunturas políticas mientras establece sus propios mecanismos de construcción del poder e influencias internas y externas funciona, pero la UNAH necesita un replanteamiento total de su esencia como institución y su agenda como espacio de discusión y propuestas de soluciones a las problemáticas del país.

La pandemia y los azares del destino permitieron que la Universidad fuera gestionada por un rector médico que, rodeado de un equipo de profesionales de talla nacional e internacional, no cesaron de aconsejar a un gobierno deliberadamente sordo, que hizo caso omiso a la mayoría de las recomendaciones y en el que, como ya sabemos, se gestaron lamentables actos de corrupción. La gestión internacional de vacunas, el recurso contra las ZEDE, el hecho de que más de 70 mil estudiantes de 90 mil en total que tiene la UNAH sigan estudiando en virtualidad en el segundo país más pobre del hemisferio occidental, así como el manejo prudente de todo el sistema de educación superior y la excelente imagen institucional que tiene la institución en los foros internacionales de educación superior, la acreditación internacional y la mejora en posiciones de rankings, son sólo algunos de los logros de un interinato al que pocos auguraban éxito.

Francisco Herrera todavía tiene una misión impostergable: ¿logrará pasar a la historia como el rector que le devolvió la democracia a la UNAH en medio de la peor crisis en la historia de un país sin democracia que celebra 200 años como Estado-nación? Los 4 años de su gobierno hacen creer que sí lo logrará. Por el bien de la institución más antigua, prestigiosa y valiosa del país, esperamos que así sea.

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