El triunfalismo… otra vez

(Por Víctor Meza) «Vea, amigo, me dijo en tono condescendiente el viejo campesino guerrillero a inicios de 1970, la revolución no es más que un problema metalúrgico: plomo más plata. Si tenemos plomo, conseguimos plata, y si tenemos plata, conseguimos plomo… así de simple». Sorprendido por la lógica sencilla del compañero, apenas si alcancé a sugerir un pequeño agregado a la novedosa ecuación: hormonas y neuronas. Sin las primeras, las segundas sirven muy poco, y...
BFlores16 septiembre, 2021

(Por Víctor Meza) «Vea, amigo, me dijo en tono condescendiente el viejo campesino guerrillero a inicios de 1970, la revolución no es más que un problema metalúrgico: plomo más plata. Si tenemos plomo, conseguimos plata, y si tenemos plata, conseguimos plomo… así de simple». Sorprendido por la lógica sencilla del compañero, apenas si alcancé a sugerir un pequeño agregado a la novedosa ecuación: hormonas y neuronas.

Sin las primeras, las segundas sirven muy poco, y sin las segundas, las primeras no son suficientes. Compliqué las cosas y solo recibí a cambio la sonrisa piadosa de aquel probado guerrillero que estaba más que convencido de una pronta y total victoria militar. Sin embargo, pese a su comprensible triunfalismo político, todavía habían de pasar muchos años para que ese mismo campesino pudiera, por fin, desfilar triunfante por las calles del país vecino.

El triunfalismo, esa marcada propensión al optimismo desbordado y al exceso de seguridad en sí mismo y en el triunfo de una causa definida, suele ser una mala opción política. Mientras que por un lado tiene la virtud de contrarrestar el derrotismo y la alicaída desconfianza, por el otro tiende a generar excesiva certeza y demasiada certidumbre. Tiene una doble naturaleza, y los estrategas políticos, si no quieren fracasar, deben saber mirar ambos lados de la medalla.

El triunfalismo tiene la nociva facultad de provocar desmovilización creciente en la acción proselitista. El activista que lo padece o el estratega que lo promueve, convencidos de antemano de su inminente triunfo, suelen descuidar el trabajo político, bajar el ritmo y atenerse al cálculo optimista de la victoria anunciada. Pero no solo eso: el triunfalismo también propicia, involuntariamente, la división prematura en las filas partidarias al generar repartos adelantados de cuotas de poder y, sin quererlo, estimular de esa manera las ambiciones políticas y el apetito burocrático de los partidarios y simpatizantes. O sea que el triunfalismo resulta nocivo por partida doble: desmoviliza y divide.

En la actual campaña electoral abundan las manifestaciones de triunfalismo, algunas veces altanero y desafiante, mientras que en otras simplemente ingenuo. Sus promotores, convencidos o no, proclaman a los cuatro vientos su escandalosa certeza en un seguro triunfo electoral. Algunos hasta se atreven a anunciar con precisión y detalles lo que piensan hacer el mismo día de la imaginada toma de posesión.

Para reforzar su convicción triunfalista acostumbran utilizar cifras y porcentajes que, como sucede con los trajes mal hechos, les quedan grandes o les quedan cortos, todo depende de las generosas o escuálidas contribuciones que les dan a los manipuladores de las mal llamadas encuestas de opinión. Abundan esos sondeos que los presentadores de televisión insisten en llamar encuestas, ignorando o desechando la naturaleza científica y el rigor de la ciencia estadística que deben tener estas últimas.

Se cuenta la historia de uno de esos encuestadores que llegó a pedir un par de pasaportes diplomáticos para él y su pareja a cambio de un reacomodo apropiado de los porcentajes favorables y las opiniones positivas en los resultados finales. De todo hay, por lo visto, en la viña del Señor.

El que utiliza encuestas amañadas o sondeos disfrazados se engaña a sí mismo. Crea la falsa percepción de un triunfo electoral que todavía está envuelto en la nebulosa de las sanas utopías. Y, como escribió Cabrera Infante en alguna ocasión, hay utopías que, mal diseñadas y peor gestionadas, pueden terminar en Etiopías. Mucho cuidado, pues.

Los estrategas políticos de la oposición no deben caer en la fácil tentación del triunfalismo engañoso ni deben, tampoco, sucumbir a ese derrotismo fatalista que considera al fraude electoral como un hecho ya consumado, a la vez que exagera la fuerza movilizadora y las capacidades políticas del régimen continuista, que se debate en una lenta pero inevitable agonía. Triunfalismo y derrotismo son dos hermanos gemelos, perniciosos por igual. Como en la anécdota inicial, a ese binomio hay que agregar los componentes del optimismo racional y el cálculo inteligente. Hormonas y neuronas, señores de la oposición.

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