Editorial: El dilema de la oposición

Se está cumpliendo lo que se veía venir y coloca a toda la oposición en un dilema que no permite ninguna interpretación: ¿Podrán unificarse los liderazgos tan ríspidos, diametralmente opuestos y altaneros para hacer frente a la desgastada pero poderosa maquinaria nacionalista para echarlos del poder tras casi 12 años de gobierno? Para llegar a resolver esa incógnita, es necesario navegar por las personalidades de quienes dirigen los partidos contrarios al oficialismo, la experiencia de...
BFlores16 marzo, 2021

Se está cumpliendo lo que se veía venir y coloca a toda la oposición en un dilema que no permite ninguna interpretación: ¿Podrán unificarse los liderazgos tan ríspidos, diametralmente opuestos y altaneros para hacer frente a la desgastada pero poderosa maquinaria nacionalista para echarlos del poder tras casi 12 años de gobierno?

Para llegar a resolver esa incógnita, es necesario navegar por las personalidades de quienes dirigen los partidos contrarios al oficialismo, la experiencia de 2017 que pudo tener resultados inéditos y la poca capacidad de respuesta para defender los resultados de aquella contienda cuando no supo administrar un creciente caudal político que estuvo a punto de cambiar la correlación de fuerzas.

Dejemos por un lado lo que ocurrió en las elecciones del domingo (aparte de ser las peores organizadas de la historia) y miremos las perspectivas al corto, mediano y largo plazo del papel que podría (y debería) asumir la oposición al actual mandato en cuanto a convencer a los que no fueron a las urnas el 14 de marzo frente al virtual candidato azul que, sin necesidad de aliarse con nadie, podría volverse el próximo presidente de Honduras, hasta dónde podrán ceder los liderazgos críticos a Hernández y cómo sus decisiones pueden consolidar o hundir un proyecto que busca -más allá de las promesas- es netamente tomar Casa de Gobierno y repartir los cargos a sus aliados. A fin de cuentas, ese es el juego de la partidocracia.

Conocidos los antecedentes, todo apunta que no habrá una sola coalición con un candidato que haga frente a Asfura, pues en el liberalismo está dividido y todo indica que no habrá unidad; Luis Zelaya -reconocido por su terquedad y arrogancia- no quiere tener relación con Yani Rosenthal (que ha tenido que domar su personalidad) a quien califica de lavador de dinero.

En cambio, el empresario que cumplió una pena en EE.UU. insiste en unificar su partido y luego a la oposición para sacar del gobierno al actual mandatario.

De hecho, Zelaya dijo una y otra vez que hará alianza con los buenos, entre líneas, manda a decir que no desea mantener componendas con su adversario y archirrival político y heredero del liderazgo que mantuvo su padre Jaime Rosenthal dentro del aparato rojiblanco.

¿Por qué el Partido Liberal se convirtió en ese metal codiciado para Libre, Salvador Nasralla y los que rechazan a JOH? Saben que ninguno de los dos (Yani y Luis) podrán tener una relación amistosa por una rivalidad más que política y también comprenden que acceder a ese caudal de votos les dará armas para hacerle frente a la aplanadora que -según recuentos independientes- favorecerá a Nasry Asfura.

Lo que no miden, ya sea por supina ignorancia o una despiadada complicidad, es que un liberalismo dividido no les permitirá desalojar al oficialismo del palacio José Cecilio del Valle y logrará que Papi a la orden gane las generales sin sudar apenas la camisa.

Una unidad pasaría -obligatoriamente- porque Zelaya y Rosenthal hagan las paces aunque no se toleren, Salvador Nasralla controle su lengua y sus asesores le dominen su conducta dubitativa y voluble y Mel se vea obligado a ceder por segunda ocasión la candidatura de su esposa.

En el fondo, se ven con extremo recelo porque no quieren perder el control de su masa crítica de seguidores y un paso en falso supondría caducidad en su poder de convencimiento.

La experiencia de 2017, cuando Luis dijo no a la alianza entre el popular presentador de televisión y el coordinador general de Libre porque quería ser cabeza y no cola, las contradicciones de Nasralla y el papel de apagafuegos de los desmanes del histriónico señor de la televisión que asumió el expresidente 2006-2009, podrían volver a repetirse, con la variante de que el empresario y banquero sampedrano viene de cumplir una condena por actividades ilícitas, lo que haría que el número uno de Salvador de Honduras y el aún presidente de la autoridad liberal se vayan por su lado.

¿Qué permitirá que se cumpla ese escenario de que Asfura pueda prevalecer ante una inminente división opositora? Que el Partido Nacional lleve 16 años gobernando de manera continua, aunque desgastada, lo que impediría que avancen las denuncias de corrupción que apuntan directamente contra altos dirigentes que pudieron recibir dinero del saqueo de las arcas públicas.

También implicaría una protección hasta extraordinaria a favor del presidente Juan Orlando Hernández, quien se ha visto asediado en los últimos días por fuertes señalamientos de fiscales norteamericanos por supuestos vínculos con el narcotráfico y un movimiento inteligente de la institucionalidad lo blindaría por mucho tiempo a cualquier requerimiento del Departamento de Justicia de EE.UU.

De concretarse esa hipótesis, sería el tercer gobernante en América que viviría inmune a acusaciones en su contra. El expresidente de Surinam, Desiré Bouterse (condenado in absentia por los Países Bajos) y el fallecido dictador haitiano Jean-Claude Duvalier gozaron de privilegios, a excepción del último que decidió por su voluntad someterse a las autoridades porque sabía que su avanzada edad le permitiría ir a casa.

Una de las cualidades de los dirigentes opositores es su doblez en el discurso… No extrañaría que Rosenthal pudiera incorporarse a la alianza política, pues la meta de ellos es sacarlo de Casa de Gobierno y Nasralla ya abrió tal posibilidad. Será cosa de tiempo para que termine siendo aceptado -a regañadientes- para confrontar al nacionalismo.

Para muestra un botón: El fundador del venido a menos Partido Anticorrupción (Pac) dijo que podría aceptar una posible incorporación del hombre fuerte del yanismo a la alianza “pero de manera discreta”. Él comprende en su desordenada cabeza que los votos de Yani pueden favorecerlo si fuera ungido como el abanderado de una coalición multicolor.

Por ahora, el universo conspira para que Papi a la orden suceda en la silla presidencial a Hernández, ante los recelos de Yani y Luis, quienes buscan retener el control del Partido Liberal, organización que, para bien de unos y mal de otros, es el aliado ideal para los propósitos de la coalición.

Si no se concretara, triunfará el Partido Nacional y vendría un periodo de declive para la oposición, un obligatorio relevo generacional de cuadros como Zelaya (aunque quede simbólicamente como el máximo dirigente de libre), un Luis y leales en el ostracismo político y Rosenthal que ya carga con el estigma de haber pisado la cárcel.

Esto sería aprovechado por los cuadros y críticos a estos liderazgos y tomarían control de esas organizaciones, ya sea para rescatarlas y modernizar sus visiones políticas e ideológicas o ser netamente una forma de realizar negocios con quien dirija el país, todo en aras de la gobernabilidad.

Una alianza Nasralla-Luis y Yani-Xiomara es contraproducente para el bando opositor, emularía lo suscitado en 2017 y aquí podría aplicarse un refrán popular: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”.

Las cartas están sobre la mesa y un error de cálculo o estratégico y provocará secuelas que durarán muchos años en beneficio del nacionalismo y el actual gobernante, quien sería el gran ganador. Rosenthal y Luis, ambos archirrivales, tienen la respuesta.

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