Mario Ordóñez, el héroe cruzrojista que combate el coronavirus

(Por Brayan Flores*) Mario Eugenio Ordóñez ya perdió la cuenta de cuántos pacientes positivos de coronavirus ha trasladado desde los triajes a los centros hospitalarios durante su turno de fin de semana. Solo sabe que su misión es llevarlos a toda prisa para que no se compliquen en el camino y fallezcan en una camilla sin la compañía de nadie. Este técnico en urgencias médicas, con más de 35 años de servicio ininterrumpido en la...
BFlores6 marzo, 2021

(Por Brayan Flores*) Mario Eugenio Ordóñez ya perdió la cuenta de cuántos pacientes positivos de coronavirus ha trasladado desde los triajes a los centros hospitalarios durante su turno de fin de semana. Solo sabe que su misión es llevarlos a toda prisa para que no se compliquen en el camino y fallezcan en una camilla sin la compañía de nadie.

Este técnico en urgencias médicas, con más de 35 años de servicio ininterrumpido en la Cruz Roja, comprende que el mínimo error al manipular a un afectado le puede pasar una horrible factura que tendrá que pagar con su vida. Pudo perfectamente inventarse alguna enfermedad para no estar en la primera línea de combate a la pandemia, desde ser un diabético o hipertenso, hasta alegar un temor racional de contagiarse y transmitirlo a su familia.

Cualquiera en su lugar lo haría y se marcharía a casa. Para ellos. a veces es mejor pasar una que otra penuria a tener que sufrir los síntomas de la enfermedad. Se necesita ser muy humanista para hacer lo que Mario realiza, mucho coraje para tocar y dar un aliento y reconfortar a quien necesita ser auxiliado, sin importar el rechazo y la ignorancia de mucha gente que cree que jamás serán candidatos a portar el coronavirus.

Su escudo, aparte de los tradicionales insumos, es su convicción inquebrantable de salvar vidas a costa de la suya y la pericia que le deja el oficio de ser paramédico, que le permite subirse a la ambulancia junto a su conductor Rommel y desplazarse donde se le indique.

A casi un año de la declaración de emergencia sanitaria, ha tenido la suerte de no salir positivo al covid-19. Ya sea golpe de suerte, prudencia, pericia o una especie de bendición, este personaje sigue dando negativo a cada prueba que se le somete.

Mario mide alrededor de 1.58, es de contextura gruesa, bigote recortado, de apariencia conservadora y hogareña, reservado en el trato y de temperamento fuerte. Tiene buena mano para la cocina y cuando está en total confianza deja de ser ese sujeto ceñudo y se torna bromista. Tomé a bien no sacar mi grabadora para dialogar con él, aunque fuera mi obligación hacerlo por mero formalismo, decidí escucharlo detenidamente cómo le ha tocado vivir estos meses que han sido mucho más intensos que las décadas que lleva atendiendo todo tipo de pacientes, desde atropellados a balaceados, pasando por parturientas hasta ebrios que se orinaron y defecaron cuando eran llevados al hospital.

Mario Ordóñez tiene unos 35 años de laborar como paramédico en la Cruz Roja y en la actualidad está en la primera línea de combate al covid-19. (Foto: Brayan Flores),

Es sábado y la central de emergencias de la Cruz Roja -más conocida por sus miembros como base 2- yace solitaria, apenas está el personal permanente. Los voluntarios tienen prohibición expresa de atender casos confirmados de coronavirus. Solo pueden acudir a hechos comunes como accidentes, tiroteos, partos y otros, claro, siguiendo todas las medidas de bioseguridad para no verse contagiados. Ahí está Mario, cerca de la ambulancia para escuchar el radio y estar pendiente de cualquier eventualidad que surja. «Gracias a Dios no me he contagiado», me cuenta.

Esa frase es similar cuando uno aprieta el gatillo del revólver al jugar a la ruleta rusa, pues uno no sabe si el siguiente será la bala que le atraviese el cráneo y le vuele los sesos en cuestión de segundos. Uno nunca sabe si vivirá para contarlo. Ahí están en la tumba un puñado de médicos, enfermeras, técnicos de laboratorio y auxiliares que echaron toda la carne al asador. Perdieron la batalla y hoy hacen mucha falta.

A Mario lo conozco desde hace un poco más de 20 años. Trabajé con él durante muchos fines de semana durante una década (de 1999 a 2009). Sé lo que se siente subirse a la ambulancia; no es esa adrenalina como dicen muchos que les cruza por el cuerpo para salir a rescatar al necesitado y convertirse en el héroe que necesita la sociedad.

Ese cliché es una falacia. Vivir dentro de una ambulancia -ya sea por placer propio o por satisfacer una necesidad económica- es responsabilidad que uno asume al colocarse un chaleco con el emblema de la Cruz Roja, la gente espera que uno les alivie el sufrimiento de haberse fracturado, piden que los llevemos al hospital con total rapidez y muchas veces uno recibe insultos, mentadas de madre y en el peor de los casos a uno le ponen la pistola o tirotean la ambulancia. En mi caso, estuve a punto de quedar paralítico una noche de noviembre de 2002 porque alguien decidió disparar desde un lujoso Mercedes-Benz sin saber que lo único que hacíamos era salvar vidas. Me salvé por un pelo.

Sobran las anécdotas para contar en esta historia. Eso será en otra ocasión. Mario merece que le demos este espacio para poner en relieve el altruismo del personal de primera línea que lucha para evitar que esas almas vayan al Hades, el sacrificio que ellos hacen aunque casi siempre no es valorado por aquellos que todavía se atreven a ir por la calle sin mascarilla pensando que la pandemia desapareció.

– ¿Te cambió la vida la pandemia del coronavirus?, le pregunto.

– Me la cambió como vos no tenés idea. Ya nada es igual para mí, me responde Mario.

Y lo entiendo. Ahora debe plegarse a un rígido protocolo ideado por el cuerpo de socorro, por lo que tiene apenas 10 minutos para quitarse su uniforme de trabajo diario y colocarse un overol blanco, un par de mascarillas quirúrgicas, gafas gruesas y unos cuatro pares de guantes de látex. Deja en su casillero el teléfono móvil y su billetera para ir liviano al encuentro con el paciente… y tiene otros 10 minutos para quitarse las prendas contaminadas, someterse a un proceso de desinfección y volver a colocarse la ropa de trabajo.

Los pocos voluntarios que quedan en el turno no pueden atender pacientes con covid-19, solo pueden atender emergencias cotidianas con la salvedad que deben utilizar gafas y mascarilla por si trataran a alguien que portara el coronavirus. (Foto: Brayan Flores).

Hay dos ambulancias destinadas única y exclusivamente a trasladar pacientes con covid-19: Un Land Cruiser y un Ford. Mario utiliza el todoterreno (con registro 032) por su versatilidad y velocidad; el Ford tiene registro 030 y suele aparecer en los afiches oficiales de la Cruz Roja. En su interior va un cilindro de oxígeno conectado a una cánula que deberá colocar en la nariz del paciente mientras lo traslada a un hospital coronavirus. También carga un botiquín que no deberá ser bajado de la unidad y debe ser revisado cada vez que hay cambio de turno para verificar si hubo gasto de insumos médicos quirúrgicos.

¡Ah! Acá nada es improvisado. Sinager estableció un esquema -algo tedioso y complicado- para poder llevar a un positivo a un centro hospitalario: (en el turno que cubrí para El Pulso) el despachador y paramédico Francisco Elvir lo llama unos 20 minutos antes de realizarse la transferencia del afectado. Mario debe invertir 10 para colocarse el equipo de protección personal y el motorista hace lo suyo. Salen de base 2 rumbo al triaje a recibir al paciente y lo colocan en una camilla con el respectivo cilindro. En la parte de atrás va apenas un familiar y el conductor tiene que activar la sirena para avanzar a la mayor velocidad posible.

«El problema es que el paciente se puede morir en cualquier instante. Vos sabés que la saturación de oxígeno va cayendo y pueden quedar inconscientes. Sinager ya nos dice a qué hospital lo vamos a llevar y nos da el nombre del doctor que lo recibirá», dice el paramédico. Mientras avanza la noche, crece la expectativa que Francisco, o Chico como le conocemos, lo llamará a su teléfono o al walkie-talkie para avisarle que tiene que moverse. Hay una sensación de alivio cuando el servicio programado se suspende, pero eso es pasajero. Acá, nunca se sabe cuándo habrá un traslado de un paciente covid-19 y hay que estar listos a cualquier llamado.

Son las dos de la mañana de un día de 2020 y llaman a Mario para que transporte de inmediato a un afectado desde un centro de clasificación de pacientes al Instituto Nacional Cardiopulmonar. Las calles están vacías y eso le facilitó a Rommel para desplazarse a paso rápido y seguro. Llegan al centro asistencial, localizan al médico que debía recibirles y les informa que lo deben llevar al último pabellón.

Eso significa que deben cruzar todo el complejo para encaminar al individuo que llegó con serias complicaciones al triaje o triage y dejarlo en una sala cuyos pasillos permanecen levemente iluminados. Se asemeja a los hospitales abandonados que aparecen en películas de terror.

– ¿Sentiste miedo?, le pregunto.

–  Un poco. Ya eran como las 2:30 de la mañana cuando venía de vuelta por el último pabellón. Oía al fondo los quejidos de los pacientes. Algunos se lamentaban y otros gritaban. Creo que era por el grado de dificultad respiratoria que presentan, me contesta Ordóñez.

Aunque este héroe sin capa se hizo algo inmune al dolor tras ver morir en sus manos a incuantificables cantidades de personas por cualquier dolencia o trauma, escuchar esos quejidos le reafirmaron la importancia de andar vestido con overol, botas y guantes desechables y gafas.

El temor ha hecho mella en este hombre que ya supera los 50 años. Ya no utiliza el transporte público y prefiere gastar un poco más en taxi cuando va al turno de fin de semana. Prefiere esperar la ambulancia que sale a dejar personal el lunes a las 4:30 de la mañana para poder llegar de manera segura a casa y olvidarse por un rato de la pandemia y las secuelas que ha dejado en el mundo.

A este momento que escribo esta historia, hay 115 millones de infectados, 65 millones recuperados y alrededor de dos millones y medio de fallecidos, incluyendo a Karen Tábora (32) quien duró pocas horas en terapia intensiva. Todo apunta que una brutal neumonía le quitó los sueños de cumplir el juramento de Hipócrates de servir a los demás. Mario deberá escuchar todos los días las cifras de fallecidos y positivos al patógeno.

En la nueva normalidad que vive el técnico en urgencias médicas, entrar a casa requiere todo un ritual que debe hacerlo durante una hora, aproximadamente. «Llego al porche y me toca desvestirme para bañarme con agua caliente. Coloco el uniforme en una solución liquida y queda ahí durante varios días y de inmediato me pongo una camiseta y una calzoneta. Luego paso al baño y me ducho por buen rato; mi esposa me coloca otra camiseta y un buzo y al terminar de bañarme procedo a secarme con toalla y me visto. Espero un rato para entrar a la sala y en ese proceso me hago entre 45 minutos y una hora», narra.

Ese procedimiento que hace Mario también lo realiza Rommel, quien cumplirá 21 años de ser conductor de ambulancia. En sus días libres se dedica a transportar alumnos de escuelas y colegios, pero la crisis sanitaria le vino a truncar esa entrada de dinero; procura tener otros ingresos para mantener a su familia. Al puñado de paramédicos y choferes fueron capacitados por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para trasladar de un lugar a otro a pacientes con coronavirus. Esa formación les permite permanecer sanos y salvos.

Cada vez que vienen de dejar un afectado por la pandemia, el personal de ambulancia debe someterse a un estricto proceso de desinfección -o sanitización, concepto que no acepta la RAE. La ambulancia ingresa a un hangar donde hay una persona lista con soluciones preparadas previamente y comienza a fumigar cada sitio del automotor. Nada se pasa por alto. El fumigador llega hasta el último rincón con el químico y luego se echa agua como última etapa de la limpieza de la ambulancia y el personal de emergencias tiene que hacer otro ritual para desinfectarse y volverse a colocar el uniforme de trabajo. Los insumos que utilizaron van a un depósito especial… Y esa historia se repetirá una y otra vez, al menos, mientras dura la emergencia.

Voluntarios o permanentes se verán expuestos al covid-19 cada vez que salgan a la calle y todos los saben a la perfección, incluyendo a Alex, de las nuevas generaciones de paramédicos que tiene la Cruz Roja. Ha hecho el mismo trabajo que Mario, pero con menor intensidad. Hasta el cierre de esta crónica, no ha salido positivo al SARS-CoV-2 y comprende que vivir cada día con el asedio que el virus le podría llegar y pasarle la factura.

Las ambulancias entran y salen durante el turno y se me vienen vastos recuerdos a la mente, desde la primera vez que me subí a una burra (término coloquial que reciben los Land Cruiser por los cruzrojistas) allá por 2000 cuando me tocó presenciar la muerte de un peatón que fue aplastado por una volqueta. Lo atendió Carlos, hermano de Alex. En ese momento hacía el mismo papel que realiza el asistente del galeno que opera a un paciente: le pasaba gasas, esparadrapos, vendas, venoclisis, suero y un sinfín de insumos y el resultado fue en vano.

Con él aprendí muchas cosas como intubar pacientes. Nunca lo llegué a practicar porque es una técnica muy delicada que solo expertos pueden hacerlo.

Cada ambulancia que viene de atender pacientes con coronavirus, tienen que ser fumigados como medida de bioseguridad, mientras que los paramédicos y motoristas hacen un ritual que llega a durar unos 20 minutos. (Foto: Brayan Flores).

Unos 16 años después, precisamente, un 22 de diciembre de 2016, Carlos moría en la cama de su casa por un fallo cardiorrespiratorio. Si hoy estuviera vivo, estaría apoyando a Alex en la ambulancia o en alguna sala coronavirus atendiendo a los afectados, pues hace algunos años se había graduado de médico. Todavía me pongo a pensar del porqué este tipo de gente, abnegada, servicial, con convicciones humanistas muy fuertes se terminan yendo del mundo tan pronto, cuando se requieren de sus servicios para luchar por mantener viva a una persona conectada a un ventilador mecánico y cuyo tubo endotraqueal -que colocaba Charlie con una precisión quirúrgica a sus pacientes- le brinda el oxígeno necesario para vivir mientras sus pulmones están colapsados y con pocas posibilidades de volver a tener la energía que requiere su dueño para cumplir sus metas y llego a la conclusión de que somos tan frágiles que hoy estamos y mañana…quien sabe.

Decido no preguntarle a Alex qué habría pasado si su hermano estuviera ahí, junto a él, luchando contra el coronavirus. Es de lógica que me diría que las cosas serían más llevaderas. Más que parientes, eran amigos inseparables. Lo sé porque conviví con ellos por más de una década.

En el pasillo que conecta al comedor, una sala de estar con un improvisado gimnasio y a los dormitorios deambula Mario con un tablero debajo de su axila, Rommel está afanado viendo la televisión tras verse grabado por el cámara de un noticiero cuando atendían a un paciente que se accidentó a inmediaciones de la represa Los Laureles y me dice que hace rato atendieron esa emergencia.

A esta hora que estoy con ellos, hay cierta calma. Francisco Elvir no ha pedido salidas de ambulancia desde el 911 y Mario decide limpiar un poco la ambulancia 38 que está bajo su cargo. Consigue detergente, agua, aromatizante y una franela para sacar un poco de brillo a los barandales de la camilla y una férula que la conocemos entre los cruzrojistas como la cuchara para colocar pacientes con fracturas o compromiso en alguna parte de su cuerpo. Se toma su tiempo mientras espera esa llamada radio para pedirle que se prepara para mover un afectado por covid-19.

Sé que en sus pensamientos carga esa preocupación que algún día de estos pudiera contagiarse y no poder contarlo. Eso le cambió la vida. No se quita la mascarilla por ningún motivo. Sabe que las posibilidades de contagiarse se reducen al cinco por ciento, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Nadie de los que está en turno, mucho menos yo, nos quitamos ese incómodo accesorio que debemos portar si queremos salir vivos de esta… Mientras pasan las horas, el hambre hace mella pero ya es tarde. Ningún establecimiento está abierto donde poder comprar algo para cocinar.

Rommel Maradiaga lleva dos décadas trabajando para la Cruz Roja, es uno de los designados a conducir ambulancias con pacientes con covid-19. Se dedica en sus tiempos libres a transportar escolares aunque la emergencia sanitaria le cortó -por ahora- de tener un ingreso para pagar las cuentas de su casa. (Foto: Brayan Flores).

Se me viene a la mente que Mario es un buen cocinero. Aún recuerdo que los domingos al mediodía hacíamos la cooperacha entre Carlos, Luis Zelaya (quien vive en el Valle de Sula), Dennis el Chupurrunguis Ramos (asesinado por una bala perdida en 2015), Carlos Chandías y Paco Zelaya ajustábamos lo que anduviéramos en el bolsillo, no importaba si era uno o 500 lempiras. El asunto era que todos pudiéramos comer y contar chistes o burlarnos de alguien como forma de quitarnos el estrés tras atender algún balaceado, accidentado o un defecado en estado de ebriedad (a esos le decimos becas), no es nada fácil lidiar con el dolor del necesitado.

De pronto, se me ocurre ir por refrescos (es lo que hay a la medianoche en una pulpería cerca de base) y churros para paliar el hambre. A los minutos regresa Alex a base y lleva algo de comida y un muchacho, a quien pocas veces he visto, saca los platos de un horno que sirve como bodega de utensilios de cocina. Mario parte el pollo, Rommel distribuye los refrescos y en cuestión de minutos comemos algo, claro, poniéndonos y quitándonos las mascarillas.

No sé si ya les aplicaron la vacuna que el Ejecutivo trajo desde Israel. No sé si últimamente han salido negativos o positivos al covid-19. Lo que sé es que todos los días se juegan el pellejo tratando de salvar vidas aún a costa suya.

Cada sábado que llegue Mario a la Cruz Roja volverá a repetir ese tedioso proceso, pero entiende que es su barrera natural para evitar contagiarse del coronavirus. Ha perdido buenos amigos producto de la pandemia que afecta al mundo, ya perdió la cuenta de cuántas personas que trasladó en sus turnos lograron sobrevivir y cuántos fallecieron mientras estuvieron en terapia intensiva.

* Brayan Flores es jefe de redacción en el periódico El Pulso. 

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