Las hermanas Mirabal y el día contra la violencia contra la mujer

Por Susana Dillon, del libro Brujas, Locas y Rebeldes. Ediciones Letra Buena, Buenos Aires, 1994. El Caribe es para América, lo que el Mediterráneo es para Europa. Su génesis. Allí ocurrió el descubrimiento; desembarcando la codicia y la violencia se fraguó y consumó la conquista, con todos sus excesos, se aposentó la colonia avalando la esclavitud. Ese fue el escenario de las primeras y sangrientas guerras entre los invasores y los invadidos. Bandoleros de toda laya...
OEstrada26 noviembre, 2018

Por Susana Dillon, del libro Brujas, Locas y Rebeldes. Ediciones Letra Buena, Buenos Aires, 1994.

El Caribe es para América, lo que el Mediterráneo es para Europa. Su génesis.

Allí ocurrió el descubrimiento; desembarcando la codicia y la violencia se fraguó y consumó la conquista, con todos sus excesos, se aposentó la colonia avalando la esclavitud. Ese fue el escenario de las primeras y sangrientas guerras entre los invasores y los invadidos. Bandoleros de toda laya formaron sus pandillas, tuvieron sus escondrijos, repartieron sus botines. No hubo entre tanta gente venida de los siete mares quien no tuviera sangre de aventureros, ya fuese peón o patrón, plebeyo o caballero, rey o vasallo, fraile o escribano. Todos: desde los Colones hasta los Pinzones, desde los Pizarros hasta los Cortés, pasando por Hawkins, Drake o Raleigh hasta llegar a Cervantes y Shakespeare, todos están envueltos en la aventura, los que las viven y los que las escriben. (…)

En 1697, España, por el tratado de Riswick, cedió a Francia una parte de Santo Domingo, lo que es Haití. Así se comenzaba a desmembrar el imperio, desde el ojo de los huracanes. Los esclavos traídos del Africa, cansados de esperar con mansedumbre un cambio de suerte, se sublevaron en varias oportunidades. Hubo fugaces independencias y largas tiranías, luego de la desastrosa administración de los Colones, padre, hijo y hermanos.

Llegaron los tiempos del Napoleón negro (Toussaint-Louverture): guerras y matanzas. Santo Domingo pasó otra vez a manos españolas. Hombres ambiciosos, tan aventureros como los anteriores, dividieron definitivamente la isla: por un lado Haití en la superficie de un tercio, los otros dos tercios para Santo Domingo. Desde esos entonces la sucesión de gobernantes ha sido un caos: de golpe en revolución, se llega a la era de los Trujillo, su pequeño “imperio” de balcón, en 1930 con el patriarca: Rafael. Siempre los Estados Unidos tuvieron mucho que ver con este desfile de dictadorzuelos que se arrodillaban ante el gran demócrata del Norte, sumiendo en la pobreza y desesperanza al pueblo que era en definitiva el que ponía el lomo y los muertos. (…)

En el curso de la dictadura del último Trujillo (Héctor, hermano del anterior) es que ocurre un hecho paradigmático en la historia de la América sufriente.

Es en esta época de profundas conmociones políticas y sociales, de brutal represión, pero también de airada respuesta de los oprimidos, en que surge el ejemplo de tres mujeres dominicanas: las hermanas Mirabal. Patria, Minerva y María Teresa. Ellas encarnan el eco que vibra por todo el continente retomando las voces de Bartolomé de Las Casas y Montesinos. Es el martirologio de estas tres alegres, sanas y valerosas jóvenes que simbolizan la lucha de los oprimidos y explotados. El 25 de noviembre de 1960 caen víctimas de la violencia ciega de Héctor Trujillo, cuya familia sumió al país en el atraso, la ignorancia y el desorden, bajo el visto bueno del gigante del Norte.

El clima en que se produjo este triple asesinato estaba dado en luchas callejeras, en protestas desatadas por el descontento provocado por una explotación alevosa. En este estado de cosas la dictadura apretaba su puño con dureza para acallar aquellas voces: detenciones, torturas, violaciones y muertes, eran sus métodos represivos. Crecieron desmesuradamente las cárceles y desapareció la educación y el cuidado de la salud pública.

Las tres hermanas habían nacido en Ojo de Agua, provincia de Salcedo. Las condiciones de vida de esta región, como consecuencia del régimen dictatorial, determinaron la participación activa de las tres jóvenes y sus núcleos familiares. Tal conducta las colocó en el blanco de la represión. Trujillo, el oscuro y corrupto personaje, tenía claro quiénes eran los que no aceptaban el ultraje a sus libertades y derechos conculcados. Las había declarado sus enemigas, como también a la iglesia que abogaba por la justicia y el cese de tantos horrores.

Aquel fatídico 25 de noviembre, las tres hermanas viajaron a visitar a los esposos de Minerva y María Teresa, que estaban prisioneros en la cárcel. El camino era tortuoso de por sí. Al llegar a un lugar solitario, fueron detenidas por un “grupo de tareas”, de ésos que han golpeado por todos los caminos de América, con los mismos métodos. El espeso cañaveral aportó el siniestro escenario y allí, de acuerdo con la obediencia que se deben los represores, las tres hermanas sufrieron toda clase de torturas y vejaciones antes del acto final del asesinato. Colocaron sus cadáveres nuevamente en el vehículo en que viajaban, que fue arrojado a la profundidad de un barranco. La obediencia debida quedó así satisfecha.

Como una corriente eléctrica sacudió al país este acto alevoso. El dolor y la indignación hicieron despertar a los cómodos y a los indiferentes. La civilidad se conmovió hasta la médula. Se fortaleció el espíritu patriótico. Los militantes por la libertad tuvieron su siembra sangrienta para de allí cosechar los frutos del cambio añorado. (…)

Los Trujillo como todos los dictadorzuelos de turno, vestidos con sus uniformes de opereta, sus espadas de lata y sus pechos rutilantes de condecoraciones jamás otorgadas en el campo de batalla ni del honor, han perseguido sistemáticamente a este tipo de mujeres. Ellas sí, fueron condecoradas por la memoria de los pueblos por los que entregaron sus afanes y sus vidas.

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