SI YO PUDIERA VOTAR, NO ESTARÍA EN ESTE COMERCIAL.

Eran los años noventas, antes del Mitch, el centro de Tegucigalpa y Comayagüela mantenían esa modorra propia de principios de siglo, el gimnasio Rubén Callejas Valentine era el centro de eventos deportivos y culturales, y César Castellanos acababa de hacerse con la silla de la Alcaldía Municipal del Distrito Central, perfilándose como seguro candidato a la presidencia de la República para el año 2002 y hubiera ganado, seguramente, si la muerte no se hubiera atravesado...
ALG4 septiembre, 2017

Eran los años noventas, antes del Mitch, el centro de Tegucigalpa y Comayagüela mantenían esa modorra propia de principios de siglo, el gimnasio Rubén Callejas Valentine era el centro de eventos deportivos y culturales, y César Castellanos acababa de hacerse con la silla de la Alcaldía Municipal del Distrito Central, perfilándose como seguro candidato a la presidencia de la República para el año 2002 y hubiera ganado, seguramente, si la muerte no se hubiera atravesado en su trayecto aéreo. Aquellos que contamos con mayor edad, recordamos su pegajoso tema de campaña rodeado de niños cantando Si yo pudiera votar… Ese fue incluso el tema con que le enterraron en noviembre de 1998, ante las lágrimas de medio país que vio en la tragedia el reflejo de lo que en el país estaba pasando.

El uso de niños en campañas publicitarias de políticos, especialmente aquellos que dicen abogar por los más pobres y necesitados del país, no es nueva en nuestra historia ni un recurso exclusivo de los partidos tradicionales de nuestra patio y sus jefes de campaña. Ha estado siempre, en todos los partidos políticos.

Guadalupe Ruella, director de Casa Alianza, lo define como un manejo artificial y tendencioso de la imagen del niño y de la niña, alejado de lo que realmente sucede en política en donde se han olvidado de este sector vulnerabilizado.

“Se da la dicotomía: el niño sin el político, triste, gris y el niño abrazando al político, alegre, iluminado”, dice Ruella, explicando que el uso de esa imagen se hace para “conmover” al electorado.

“Pareciera que lo que se quiere enviar es la imagen de que el candidato es sensible, pero realmente se aprovechan de este sector históricamente vulnerabilizadado”, afirma Wilmer Vazquez, director de la red Coiproden.

En 1989 la campaña que llevó a Rafael Leonardo Callejas  a la presidencia lanzó el comercial “Callejas sí los mismos no”, con primeros planos de niños en concentraciones políticas (imagino andaban acompañando a sus padres).  Igualmente, en 2012, Xiomara Castro de Zelaya lanzó su anuncio “Muévete, libérate”, con el primer plano y la voz de una niña cantando un tema de reconciliación y paz.

Este tipo de anuncios, si bien efectivos a nivel publicitario porque apelan a los sentimientos de forma subliminal, constituyen en sí una expresión del abuso contra la niñez. La imagen del niño o la niña es usada, únicamente, con el propósito de manipular los sentimientos del electorado, pues ni el niño o la niña que aparecen en el anuncio tienen realmente la capacidad de comprender la dimensión histórica y política de la candidatura que aparece apoyando, ni vota.

La Ley Electoral y de las Organizaciones Políticas (LEOP), en el artículo 72 numeral 8 establece como prohibición a los partidos políticos, movimientos internos y sus alianzas: “Involucrar niños, niñas y adolescentes en la propaganda electoral y en las demás formas que contravengan las leyes y tratados internacionales sobre los derechos de la niñez, salvo cuando se trate de proyectar la imagen del grupo familiar de los candidatos.” La pena por infringir estas prohibiciones es una multa de 5 a 20 salarios mínimos. Lamentablemente,  la mayor parte de los candidatos sigue aprovechándose de la niñez hondureña para promocionar su marca personal.

Esta legislación se creó, precisamente para detener los abusos que los políticos han hecho al usar a niños para promover un discurso político. Pero los políticos, de todos los partidos, parecen ignorarlo adrede.

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El uso de niños como instrumentos publicitarios busca que el mensaje tenga el máximo de atención, recurre a un “signo” cuyo efecto emocional es muy fuerte y con el cual la mayoría de la población se siente identificada. ¿Quién no comprende el mensaje de un niño cantando sobre paz y hablando de su futuro? ¿Acaso puede ser malo el político que habla desde la voz de los más pequeños?

Los comerciales con niños son terriblemente eficaces, ya lo dijimos, porque apelan a nuestro lado más sensible, más emotivo y, consecuentemente, menos racional. Al recurrir a este tipo de técnicas de persuasión e inducción ponen a flote una pregunta esencial: ¿el fin justifica los medios?

Otro ejemplo:

El candidato a diputado de Libertad y Refundación Jorge Cálix subió un video a sus redes sociales en donde él y su equipo de campaña han instalado una casa inflable para que los niños jueguen en un barrio pobre de Tegucigalpa. “Continuamos #LlevandoAlegría”, dice el título del video. En la narración, hecha por el mismo candidato, él afirma que el propósito de la acción es llevar alegría a los niños del barrio Las Crucitas “estamos nosotros aquí, llevando alegría, sin distingos de colores políticos”, afirma el candidato, mientras en imagen se ven los niños brincando en el inflable.

Belinda Portillo, de Plan Internacional-Honduras, afirma que es “inaceptable cuando se utiliza al niño para conmover”, como es lo que Calix, mal asesorado quizás, busca hacer en su campaña.

¿Cuándo es apropiado usar niños en campaña?

Felipe López Veneroni, Profesor e investigador de la FCP y S de la UNAM señala en su artículo «El uso de niños en campañas sociales y políticas», publicado por la Revista Mexicana de Comunicación un caso que sirve para ilustrar el por qué los niños no se deben usar en campañas comerciales (y por ende políticas).

López Veneroni responde a esa pregunta haciendo un análisis de la niñez en los anuncios y campañas publicitarias: «Hace décadas hubo un anuncio estupendo de la Secretaría de Salud en el que aparecía en primer plano el rostro de un niño que emocionado seguía una “cascarita” de futbol. La cámara se aleja y panea a los jugadores corriendo, pasando la pelota, etc. Una voz fuera de cuadro nos recuerda que hay que llevar a vacunar a nuestros hijos contra la poliomielitis… La cámara regresa al protagonista que suponemos en la banca esperando su turno. La voz fuera de cuadro insiste: “Si a ti se te olvida, a él nunca se le olvidará” justo cuando la cámara finalmente capta al niño en la banca de cuerpo entero y advertimos que está en muletas y no puede jugar».

Continúa López Veneroni en su análisis: «¿Efectivo (el anuncio)? Digamos que hoy en México la poliomielitis está prácticamente erradicada. ¿Ético? Sí, porque no se trata de una condición subjetiva y abstracta, sino de lo que en ese momento era una realidad objetiva y concreta: una enfermedad prevenible que afectaba a un porcentaje de la población infantil. El emisor, a su vez, era la Secretaría de Salud, es decir una instancia no sólo calificada sino obligada a dispensar los tratamientos médicos adecuados, de manera pública y gratuita. Es decir, una instancia socialmente legitimada para llamar la atención sobre un problema de salud pública».

En su conclusión, López Veneroni pregunta: «¿Habría sido diferente si este mismo anuncio lo hubiera hecho una empresa de seguros o un hospital? No en cuanto a la efectividad, pero sí en cuanto a la ética porque aun cuando se pueda alegar que se trata de crear conciencia sobre un problema de salud pública, su fin último era promover una marca que opera, lógicamente, a partir de una lógica pecuniaria: obtener ganancia. En este caso el fin (la venta de un servicio, la promoción de una marca, etc.) habría subsumido los medios —el uso de los niños como factor emocional— desvirtuando el problema real —la poliomielitis como problema de salud pública— en función del interés privado».

Lo que el autor nos indica en su ejemplo, de forma bastante específica, es que hay momentos en donde el uso de niños sí se justifica. ¿Cómo diferenciarlo?

De forma general, podemos decir que cuando el interés privado, que parte de un interés esencialmente pecuniario y especula con la ganancia (ser diputado o presidente es un interés individual) se quiere hacer pasar por interés público, es decir, abarcar esos asuntos que están formalmente más allá del mercado y la libre venta de bienes y servicios y, sobre todo, Recurre a técnicas de persuasión o discursivas orientadas a la emoción, el drama y la exageración utilizando precisamente a quienes no tienen aún ni personalidad jurídica propia ni capacidad de racionalizar o cuestionar aquello que están “promocionando”: los niños y las niñas.

El arzobispo Onísimo Gordoncillo de Capiz, Filipinas, ha sido contundente en rechazar el uso que los anuncios de campaña política que en aquel país hacen con niños, y lo califica como una forma de explotación, afirma además que eso no tienen nada que ver con la naturaleza misma de la infancia. «Eso es contra sus derechos. Debemos respetar a los niños. Que crezcan según los derechos humanos».

El actual presidente de Filipinas Rodrigo Duterte, acusado de llevar una de las campañas más sanguinarias contra vendedores y consumidores de droga que suma ya más de 3,000 ejecuciones sumarias, fundamentó su campaña de política en la imagen de niños y niñas, anunciando que lo que haría (masacres, ejecuciones extrajudiciales) lo haría por la niñez “el futuro de la patria”.

Unicef afirma en un documento orientado a comunicadores con respecto al uso de los niños y niñas en cualquier forma de publicidad:

«No permita que los niños participen en ningún proceso mediático que pueda explotar su credulidad, falta de experiencia o sentido natural de lealtad. Esto incluye la explotación del entusiasmo de un niño…»

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