Juguemos en Gracias: los niños crean, imaginan y sueñan

Por Albany Flores Ernesto es un duende. Su pequeño cuerpecito no parece el de un niño del octavo grado con trece años de edad. Su tez morena y sus cabellos puntiagudos revelan la ascendencia milenaria de los pueblos indígenas que habitaron la región occidental durante siglos. Es un chico callado de mejillas regordetas y ojos saltones. Es un hábil jugador de fútbol y se sabe popular en la Escuela «Ramón Rosa» y en todo el...
EGO28 abril, 2017

Por Albany Flores


Ernesto es un duende. Su pequeño cuerpecito no parece el de un niño del octavo grado con trece años de edad. Su tez morena y sus cabellos puntiagudos revelan la ascendencia milenaria de los pueblos indígenas que habitaron la región occidental durante siglos. Es un chico callado de mejillas regordetas y ojos saltones. Es un hábil jugador de fútbol y se sabe popular en la Escuela «Ramón Rosa» y en todo el pueblo de San Rafael, departamento de Lempira. Tiene en solo brazo (el izquierdo), y un par de chocoyos que le cubren el rostro cuando ríe.

Ese día, en el fuerte San Cristóbal de la ciudad de la ciudad de Gracias, conversamos unos veinte minutos cerca de la entrada principal del lugar. Era el último día de  marzo y era más caluroso que la mayoría de los días de marzo que haya vivido en los últimos años, pero la sola presencia de un centenar de niños y niñas, venidos de más de 18 comunidades del departamento de Lempira, llenó de alegría y vitalidad el ambiente.

Los niños corrían por todos lados con energía y sonrisas, mientras algunos preparaban todos los elementos para su debut de esa misma mañana ante el público más exigente: otros niños, que como ellos estaban allí para eso, para celebrar el Tercer Festival de Teatro Infantil «Juguemos al teatro», en el que una vez más se representarían alrededor de 18 obras teatrales escritas, actuadas y dirigidas por niños de entre 5 y 14 años, gracias al proyecto cultural promovido por Plan Internacional y la visión de sus líderes.

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A las 10 de la mañana comenzaron los eventos. Hubo un breve protocolo de presentación de autoridades y el jurado. Acto seguido aparecieron dos grandes biombos hechos de tubos plásticos y telones; decorados manualmente con paisajes infantiles representando montañas, nubes, árboles y niños. Era parte de la escenografía del grupo teatral «Alacranes en cultura» de la biblioteca del centro de educación básica «Espíritu Graciano», de San Manuel Colohete, cuyo último ensayo de su obra Sueños y realidades en recreo habíamos presenciado la tarde anterior con los maestros del teatro nacional Rafael Murillo-Selva, Edilberto Borjas Guzmán y Hermes Zelaya.

Desde entonces esperábamos volver a verla la obra. Nos había impresionado la calidad de su texto, la ágil mordacidad de sus entrelíneas, y la habilidad natural de sus actores; particularmente del más pequeño de todos que interpretaba su papel de abuelo con una naturalidad, un histrionismo y una presencia escénica que hizo exclamar de felicidad al maestro Murillo-Selva, la máxima autoridad del teatro hondureño.

Una línea de su texto —y la forma en que la ha dicho viendo fijo a su público— que hace referencia al sufrimiento de su joven nieto alcohólico, nos ha calado a todos: «¿Qué culpa tiene la inocencia de emborracharse y caer como hoja al suelo».

Al instante me sonrojo. Me sorprendo. El maestro Borjas —uno de nuestros grandes autores— saca su pluma y anota  no sé qué cosa, pero presiento que es el mismo parlamento que yo he retenido y que también he apuntado.

Al terminar la obra, el maestro Murillo-Selva lo llama y le pregunta qué le gusta del teatro y cómo lo hace tan bien.

—. Porque lo hago con el corazón—, responde, y el público vuelve a entregarle el aplauso. A fin de cuentas, el teatro es eso, un espectáculo de aplauso efímero. Nos dice que le gusta leer, y que en la biblioteca que Plan Internacional les ha instalado en la escuela ha aprendido a pensar, y que además en los libros ha prendido a no tener miedo ante el público.

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No puedo evitar sentirme conmovido. Me recuerdo a mí mismo como el niño de ocho años que descubrió sus sueños en una biblioteca, justo en día en que mi profesora del tercer grado, Wendy Pavón, nos llevó a la biblioteca con la maestra Ninfa Cabrera de Murillo, quien me adentró sin saberlo en un mundo de ensueño producido por los libros. Ese día, después de escuchar con los ojos cerrados la espléndida narración de El gato con botas y el “marqués de carabás” en la voz y elocuencia de la profesora Ninfa, descubrí que los libros estaban allí para hacernos soñar, para no tener miedo.

—. La verdad —me dijo el maestro Edilberto—, es que estos niños son felices, lo supe desde ayer que llegamos a su biblioteca en San Manuel y salieron corriendo a recibirnos llenos de alegría.

No lo dudé ni un instante. Lo veía en sus ojos, en ellos.

—. No de una forma idílica, quizá —siguió diciendo Edilberto— porque nadie lo es de esa forma, pero sí son felices, y eso ya es una gran noticia.

Un momento después todos salimos en direcciones distintas para ver el resto de las presentaciones que se realizarían simultáneamente en toda la ciudad. Como eran más de 18 no podíamos verlas todas, así que nos dividimos.

Presencié por lo menos 7 presentaciones. Todas eran obras de gran contenido social, como suelen ser las visiones de los niños, que siempre tiene las preguntas más directas e importantes. Las temáticas giran alrededor de la familia y los grandes problemas sociales del país: la separación  y la fragmentación familiar, la migración, la violencia, la discriminación, el Bullyng, el abuso a las niñas, el embarazo adolescente, pobreza; además, por supuesto, de una renovada conversación con las tradiciones, la oralidad y la superstición de sus antepasados.

Los niños se esmeran en el escenario. Visten ropas adecuadas, manejan el escenario, cuidan la escenografía, entienden sin saberlo el concepto polisémico del teatro, proyectan la voz, y sí, tienen más de una carencia en su formación, pero son niños, y el fin último de sus presentaciones e inquietudes lo sabemos todos: es jugar, es divertirse, es aprender jugando, y lo han hecho, lo hacen.

En muchos de los casos la organización se mueve. El horario de las obras pasa de una hora a otra. No es culpa de los niños ni de los organizadores: en Gracias —la cuna del actual Presidente de la República—la energía eléctrica falla por lo menos un par de veces por semana, y al parecer el equipo de Plan aún no cuenta con propias herramientas de prevención para estos inconvenientes: la luz ha fallado más de una vez en pleno espectáculo, por lo que el maestro Hermes Zelaya no duda en exponerle al director de Plan, Edgardo Cruz, la necesidad de adquirir un equipo logístico más amplio, que incluya también algunas plantas eléctricas para evitar los atrasos y poder llevar el espectáculo a cualquier lugar.

La propuesta nos parece pertinente. Edgardo, un hombre prudente, entiende que sí, y promete encontrar una salida ante ello. En realidad, dice, hay otras muchas carencias dentro del programa, pero es parte de aprender y crecer juntos. Lo más importante hasta ahora es «hemos aprendido a respetar la imaginación y los sueños de los niños, y que ello ha sido fundamental para el desarrollo intelectual, cultural y humano no solo de ellos, sino de nosotros y las comunidades», dice.

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Cuando la tarde del día siguiente llegó, el gran responsable de esa efervescencia cultural de Lempira, el poeta Salvador Madrid, nos llevó hasta la casa del mítico Mito Galeano, un hombre alto y silencioso fumado de puros, en cuya mente descansa una gran parte de la oralidad y la tradición graciana. Habíamos vivido una larga jornada de dos días de teatro hecho por los niños.

Una vez en casa de Mito tomamos un café y charlamos. Salvador, Salva, como lo llamamos con cariño, nos reveló el gran proyecto cultural que se gestiona en Gracias, y aunque todos lo culpamos a él por ese hecho, él sólo se silencia y apenas sonríe. Nos cuenta que en los últimos tres años, el proyecto cultural enfocado en los niños del departamento de Lempira —10 municipios hasta ahora— ha logrado inaugurar alrededor de 20 bibliotecas, y que gracias a los resultados positivos de las actividades realizadas alrededor de éstas (poesía, cuento, teatro cine, “mochila viajera” para llevar libros a niños de otras comunidades, dibujos, dramaturgia, títeres, etc.) los auspiciadores han decidido financiar un total de 20 nuevas bibliotecas, que beneficiarán a una importante cantidad de niños.

Cuando nos encontramos con Gumercinda, una niña lectora de 12 años que ha leído casi trecientos cuentos —pero hay quienes han leído más de 500—me dijo que sólo «quiere que todas las niñas sean comprendidas, respetadas y protegidas». Además, me dijo que conoce las barreras y los problemas que existen, pero que sabe que su futuro será provechoso. Las bibliotecas están dotadas con autores y libros para todos los gustos y etapas lectoras, y cuentan —además de una importante variedad de libros infantiles— con un amplio fondo que puede ser consultado por toda la comunidad: Bordiue, Proust, Hawking, Keyness, Kant, Dickens, Rimbaud, Freud, Barthes, Rousseau, Einstein, etc.

A las 7: 00 pm del primero de abril llegamos un par de minutos tarde al patio frontal de la Iglesia La Merced de Gracias, donde se realizarían los actos de cierre del festival. Al llegar nos sentamos. El pequeño Ernesto nos veía desde la segunda fila. Los maestros estaban más repuestos después de descansar un rato del ajetreo de las actividades de los días previos. El músico Tomás Fajardo interpretó la Suite N°1 para Viola Sola en Sol Mayor, del compositor J. S Bach. A ello le siguió la presentación de “Fumarolas en Los Confines”, la nueva propuesta del músico y poeta hondureño Marvin Valladares.

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Los actos culminaron con la puesta en escena de la obra Qué pasará mañana, de los niños y niñas del teatro TIESTO de Tejeras, Lepaera. Casi al final de obra, el hilo secuencial de la historia se rompió de súbito, y los niños se colocaron máscaras casi como simulando a Zombis, quedando petrificados y perdidos en un limbo de que eran “rescatados” por un ser extraño. Aquello era una alegoría dolorosa a la propia situación de un país cuyos niños mueren, matan, migran y desaparecen. El público enmudeció. Nadie tenía palabras. ¿Qué pasará mañana?, quizá sigan muriendo miles de niños como ahora, quizá sigan huyendo miles de niños como hasta ahora. ¿Qué pasará?, no lo sabemos. Pero sabemos que no puede ser igual, que los niños nos lo reclaman.

La obra terminó y llegaron los aplausos. Todo cansancio se había esfumado. A la hora de hablar sobre la obra, el maestro Murillo- Selva me dijo que no lo haría, y que lo mejor sería que me pronunciara yo, que él estaba muy conmovido. No acepté. Sería una falta de respeto. Él insistió pero seguí declinando, hasta que desde el escenario lo llamaron y no tuvo más que subir y referirse al público de forma muy escueta:

—. No voy a decir demasiado porque ustedes ya lo han visto, pero puede confesar que estoy profundamente conmovido con lo que he visto. Pero a la vez estoy contento, feliz, porque hace muchos años no veía teatro en Honduras, y hoy lo he visto aquí. Toda la obra, pero los últimos diez minutos han sido en verdad poderosos; ha sido un teatro natural —como la vida misma— y todas las teorías sobre el rompimiento de la Cuarta Pared han caído por la borda. Aquí hubo teatro auténtico, y por eso me voy muy contento.

Lo noté conmovido, con un quiebre en la voz. No lo culpé, todos estábamos igual. Al despedirnos quise hablar con los chicos, pero no puede sino saludarlos porque debían regresar esa misma noche hasta su aldea. Lo comprendí y los abracé, pero antes de irse les pedí por favor que siguieran soñando sin importar nada más, porque la vida es ahora, es un sueño, y porque con sueños se escribe la vida.

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