Luis Zelaya no es un «outsider»

Por Albany Flores Luis Zelaya no es un outsider, es un líder hasta hace poco desconocido, y rescatado en el “nuevo” proyecto político emprendido desde el Partido Liberal, a la sazón la más vieja estructura política del país. No es forastero político como sí lo fueron muchos de los más importantes representantes de éste concepto, Antanas Mockus o Beppe Grillo, por ejemplo. Luis Zelaya es un militante con experiencia y trayectoria en el Partido Liberal,...
EGO28 marzo, 2017

Por Albany Flores


Luis Zelaya no es un outsider, es un líder hasta hace poco desconocido, y rescatado en el “nuevo” proyecto político emprendido desde el Partido Liberal, a la sazón la más vieja estructura política del país. No es forastero político como sí lo fueron muchos de los más importantes representantes de éste concepto, Antanas Mockus o Beppe Grillo, por ejemplo. Luis Zelaya es un militante con experiencia y trayectoria en el Partido Liberal, su inexperiencia es como candidato, no como político.

¿Cómo se explica entonces que el Partido Liberal —que vive todavía una de las peores crisis de su historia— lo haya seleccionado e impulsado como su candidato presidencial en las próximas Elecciones Generales de noviembre?, ¿por qué un partido con la historia, desafíos y antecedentes de poder como el Partido Liberal elegiría un académico de oficina e inexperto político para reestructurarse y retomar el poder de la nación frente a un adversario poderoso como el Partido Nacional?

Zelaya es un académico con militancia política, pero eso no lo convierte en un “no político”, sino en un académico que entiende como parte de su labor la continua observancia de las acciones del poder.

Su aparecimiento repentino en la escena política nacional no lo convierte en un outsider, en el entendido que el outsider, tal como lo refiere el término, es un “extranjero” o un “forastero” de la política y las estructuras tradicionales del poder, que incursiona en las actividades proselitistas de un país desde la propia iniciativa partidaria, la estrategia no corporativa y generalmente desde la crítica hacia los gobiernos. Por ello, Salvador Nasrralla sí es un outsider, o por lo menos lo fue, porque su participación activa en los procesos políticos del país no obedeció en un principio a estrategias partidarias tradicionalmente ligadas al poder, sino desde la beligerancia, la inconformidad, la permanente crítica a las acciones del gobierno, y desde una estructura partidaria alternativa nacida del desencanto político de gran parte de una ciudadanía hastiada de una clase política corrupta, criminal y desacreditada.

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En nuestro artículo Nasralla: la situación del outsider[1], expusimos las similitudes que compartía el “Señor de la televisión” con el cómico italiano devenido en outsider de la política itálica, Beppe Grillo, fundador del Movimento 5 Stelle; un movimiento político nacido desde las redes sociales de Grillo, y al que se sumaron una enorme cantidad de italianos inconformes (sobre todo los más jóvenes) con los últimos gobiernos —gobiernos no electos por el pueblo sino por la Asamblea— de Silvio Berlusconi, Giorgio Napolitano, Mario Monti y Matteo Renzi. El movimiento liderado por Grillo, ha logrado una gran cuota de poder, pero su máximo líder no participa de ningún cargo público.

Luis Zelaya no comparte características con ninguno de éstos; su figura no representa una propuesta radicalmente nueva, lo nuevo en él es solamente retórico. Es, como sabe decirse, vino nuevo en odres viejos.

No debe olvidarse que al contrario de la retórica gastada y cansina en la que penosamente ha desembocado aquella retórica reivindicativa, aleccionadora y “revolucionaria” de la que hizo gala la izquierda latinoamericana durante todo el siglo XX, el discurso e imagen de las derechas latinoamericanas sí se renovó rápidamente en lo que va del nuevo siglo (si se quiere un cambio de forma de pero no de contenido) debido al gran auge que tuvieron los proyectos socialistas ligados al Socialismo del siglo XX, y a la propia marginación de las derechas, relegadas por primera vez a la oposición de sus gobiernos.

Las izquierdas sudamericanas de Venezuela, Brasil, Argentina, Ecuador y Bolivia, han sumido al tradicionalismo conservador representados por las derechas a un papel antagónico, contrario al papel oficialista que éstas han ejercido en América toda desde tiempos coloniales. Ante tal situación —como es el caso del Partido Liberal—, esas derechas van en busca de su modernización conservadora, consistente en presentarse ante el electorado como nuevas derechas, centro derechas u humanismo cristiano, a la vez que han renovado su discurso conservacionista, cambiándolo por uno más ágil y flexible que puede confundirse con el discurso popular de las izquierdas.

«[…] la derecha en América Latina ha replanteado sus estrategias de acción política para contrarrestar los triunfos de electorales de la izquierda en la región. Estas estrategias se pueden resumir en: mecanismos de acción no electorales, opciones electorales no partidarias, y formación de nuevos partidos políticos…son derechas ubicadas en la oposición, ejerciendo cualquiera de las tres estrategias de acción política…En el caso de Honduras esto no está ligado a las derechas que buscan construir una “democracia dialoguista”, y producen estrategias que buscan pacificar procesos o movimientos sociales que amenacen o alteren su proyecto de modernización conservadora[2]».

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Al igual que esas derechas sudamericanas, parece que el Partido Liberal ha emprendido su reestructuración dentro de esa tónica de modernización conservadora, una modernización que incluye, incluso, una renovación de sus cuadros políticos, su figura como partido, su discurso y sus líderes; suplantado aquella clase política de raíces liberal-capitalista que dirigió el partido con cierto éxito desde el fin de los gobiernos militares hasta el golpe de Estado de 2009.

No quiere decir que la “nueva” clase política del liberalismo (noeliberalistas) no defienda los mismo valores que sus predecesores, pero lo hacen de un modo más cauto y menos radical, de manera que el electorado más incauto puede llegar a confundir ese “nuevo liberalismo” con otra cosa que no sea lo que realmente es: la continuidad de aquel liberalismo entreguista que —junto al PN— comprometió la economía, las formas de gobierno y la soberanía nacional desde finales del siglo XIX.

El Partido Liberal no estaba en crisis al momento de la ruptura democrática del 2009, es más, no lo había estado en casi toda la etapa de la vieja democracia[3] iniciada en 1982. De hecho, en el transcurso de la democracia del 1982 hasta el golpe de Estado del 2009, el Partido Liberal ocupó 5 de los 7 gobiernos transcurridos, y el Partido Nacional se mantuvo relegado al segundo puesto, con sólo dos gobiernos: Rafael Leonardo Callejas (1990-1994) y Ricardo Maduro (2002-2006). Por otro lado, su vieja clase política parecía haber terminado con la candidatura de Rafael Pineda Ponce, quien perdió su batalla por la Presidencia contra Ricardo Maduro en 2001.

Después de ello, el partido entró una crisis de líderes, pero no de militancia. Eso abrió la posibilidad al hacendado y terrateniente olanchano Manuel Zelaya Rosales de presentarse como candidato del partido para las Elecciones Generales del 2005, donde venció a un tibio e impopular candidato nacionalista Porfirio Lobo Sosa. Pero su Presidencia no fue una muestra de renovación institucional, sino de la crisis de liderazgo que vivía la clase política nacional en todos sus niveles.

La evidencia de la necesidad de renovación que enfrentaba el PL se reveló con la pujante candidatura del joven ingeniero Elvin Santos, quien antes del golpe de Estado se perfilaba como virtual ganador de las elecciones que se celebrarían en noviembre de ese año y que otorgarían un segundo gobierno consecutivo al PL —como había sido la norma desde 1982—, hasta que el golpe de Estado dividió profundamente al partido, y abrió la posibilidad de volver el poder al Partido Nacional.

Entonces, ¿qué representa Luis Zelaya?, desde esta perspectiva, representa la necesidad de su partido por regenerarse, pero no es necesariamente el representante de una nueva política hondureña como pretende hacer creer su campaña, al contrario: Luis Zelaya representa a la maquinaria política más vieja y tradicional del país.

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Aun no siendo un outsider, el caso de Luis Zelaya es muy parecido al del matemático y filósofo colombiano Antanas Mockus, el exRector de la Universidad Nacional de Colombia cuyo discurso renovador desde el Partido Verde no lo amparó a la hora de los comicios ni en 2006 ni en 2010, las dos ocasiones que se presentó como candidato a la Presidencia. Mockus —quizá también un poco como Nelson Ávila en LIBRE— orientó toda su campaña en un discurso reconstruccionista del Estado desde la Academia, haciendo ver que sus conocimientos académicos y sus estrecha relación con los sistemas educativos ayudarían a eficientar el Estado y la administración pública.

La diferencia entre ambos parece estribar en que la estructura del Partido Liberal, a pesar de sus crisis y rupturas históricas, es la estructura madre de las instituciones políticas en Honduras, mientras que el Partido Verde de Mockus no ostenta tales antecedentes. Honduras es un país pensado liberalmente, y esa parece ser una de las razones principales para la no desaparición del PL durante más de un siglo.

Hace aproximadamente un año Luis Zelaya era un académico exitoso y un político desconocido por el pueblo. Hoy por hoy, luego de los resultados de las Elecciones Primarias que lo dieron como el candidato del Partido Liberal para enfrentar en noviembre al candidato de la Alianza Opositora —suponiendo que lo/la haya— y al reeleccionista Juan Orlando Hernández, Zelaya se prepara para saber si en verdad su institución se robustece , o si, por el contrario, los resultados obtenidos por el partido en los comicios internos no fue sino un espejismo de la realidad o resultado del declive de su principal adversario, el Partido LIBRE.

Citas al pie. 

[1] Nasralla: la situación del outsider”, www.elpuslo.hn, edición del 16 de octubre del 2016.

[2] Castellanos, Asís. “Para estudiar las derechas en Honduras”, revista El Zángano Tuerto, Año II, N°2, pp. 7-11.

[3] Particularmente considero al periodo post-golpe de Estado del 2009 como un periodo que puede ser descrito como “nueva democracia”, o la “democracia novísima”, pues representa un nuevo intento por reiniciar el proceso democrático roro en 2009. Aquella democracia de 1982 murió con el golpe de Estado.

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