Señora de rojo sobre fondo gris

Fue a comienzos de abril del 2008. Mi amiga Mariana Espíndola, una graciosa y culta mejicana aficionada a la literatura española del siglo XX me hizo una llamada telefónica para anunciar que estaría en Tegucigalpa por algunos días, y que era de importancia que nos viéramos, pues «me traía una joya de la narrativa española que no podía dejar de leer». Los primeros días de abril se habían apresurado en llegar, y el resto de...
EGO3 marzo, 2017

Fue a comienzos de abril del 2008. Mi amiga Mariana Espíndola, una graciosa y culta mejicana aficionada a la literatura española del siglo XX me hizo una llamada telefónica para anunciar que estaría en Tegucigalpa por algunos días, y que era de importancia que nos viéramos, pues «me traía una joya de la narrativa española que no podía dejar de leer».

Los primeros días de abril se habían apresurado en llegar, y el resto de sus días se habían sucedido tan velozmente, que más pronto que tarde, el viejo teléfono de disco de mi casa volvió a sonar con la voz risueña de Mariana del otro lado del auricular. Me avisaba que había llegado a la ciudad desde hacía dos días, pero que por cuestiones de trabajo no le había sido posible comunicarse conmigo. Me dio gusto escucharla, no sólo por el hecho de volver  verla después de un par de años o por el hecho de saber que con ella venía el prometido libro de un genial autor hasta entonces desconocido totalmente por mí.

Nos encontramos una noche cálida en el antiguo local de Cinefilia en la colonia Palmira, a solo unas cuantas calles de mi antigua casa. Nos estrechamos en abrazos y nos tomamos no sé cuántas botellas de cerveza. Hablamos de nosotros, de México, de Honduras, y de la increíble obra que Rafael Heliodoro Valle había construido en su país para el nuestro y para el mundo.

Casi a punto de decirnos adiós, sabiendo que quizá pasarían otros años sin vernos, ella sacó de su gran bolso un pequeño libro de apariencia sencilla, con una pasta amarilla intacta y de un grosor no tan espeso. Me lo dio con cariño y no dijo más nada. Unos minutos después ella partió hasta su hotel en un taxi particular, y yo regresé a casa.

Al día siguiente desperté con el libro a un costado de mi cama. Su título me gustó de inmediato, aunque no sabía si la historia me causaría la misma impresión. Se llamaba Señora de rojo sobre fondo gris, y era una novela breve de Miguel Delibes.

Me tomé el tiempo de leerla un par de días después en una visita a San Juancito. La leí de un tirón —lo que casi nunca hago— y no pude olvidarla.

El argumento es la historia de un reconocido pintor español que ha perdido inspiración y se encuentra en la peor crisis creativa de su vida, a la vez que él mismo va contando a su hija cómo ocurrieron los hechos de su vida. La novela se centra en «la detención de dos de sus hijos por motivos políticos y, fundamentalmente, la enfermedad y muerte de su mujer, Ana, a los cuarenta y ocho años. Ana contagiaba una sensación de belleza y plenitud que cobró su verdadero alcance sobre el fondo gris de lo cotidiano y los sinsabores de la enfermedad».

Señora de rojo sobre fondo gris es una novela maestra de la narrativa breve, ambientada en los tiempos amargos de una España convulsa, donde Miguel Delibes ha hecho una formidable introspección en la vida política de su país de un modo sutil, pero a la vez hace entrar al lector en su parte más íntima, humana y amorosa.

Esta brevísima crónica no es por tanto un reseña sobre la obra de Delibes, sino una decidida invitación a leer su novela y su obra.

 

 

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