PRISIONERO DE LA HISTORIA

[De la colección El dios de Víctor y otra herejías] Al principio las cosas eran diferentes. Marcábamos una meta clara y el cielo estaba al alcance de las manos, nuestras manos. Pintamos el mundo de dos colores y marchamos al ritmo de la internacional, el himno de todos, y vimos segura la Victoria de la clase obrera. Porque si algo nos impulsó a seguir fue la clara convicción de la Victoria. Pensamos en la derrota, porque en...
ALG3 marzo, 2017

[De la colección El dios de Víctor y otra herejías]

Al principio las cosas eran diferentes. Marcábamos una meta clara y el cielo estaba al alcance de las manos, nuestras manos. Pintamos el mundo de dos colores y marchamos al ritmo de la internacional, el himno de todos, y vimos segura la Victoria de la clase obrera. Porque si algo nos impulsó a seguir fue la clara convicción de la Victoria. Pensamos en la derrota, porque en cada batalla la derrota es la mitad posible. Imaginamos escenarios de retiradas, repliegues estratégicos o, en el peor de los casos, negociaciones de paz, amnistías de vergüenza y la transformación de la lucha en terrenos socialdemócratas.

Lo pensamos, claro, lo habíamos visto ya en otros lugares, en otras luchas y revoluciones y sabíamos que nosotros no éramos más que instrumentos de la historia, herramientas o armas de la lucha del pueblo. Lo imaginamos, sí, pero nunca imaginamos que el enemigo llegara y entrara en nuestras almas para dejarnos el virus de la amnesia.

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Cada mañana y por el tiempo de una hora, los prisioneros salen a caminar en un círculo y en una misma dirección. Los cuerpos rayados de los más temidos antisociales giran como satélites de pena sobre su propio eje colectivo. Yo lo he visto entre el grupo, solo, porque siempre ha estado solo. Él no camina, se sienta en una pequeña banca en una esquina del patio y ve al cielo. Eso es todo lo que hace, ver al cielo. Los demás prisioneros dicen que espera la muerte, otros que en su cabeza recita El Capital, letra por letra, o El Libro Rojo de Mao Tse Tung; otros piensan que escribe un libro sobre la Lucha de Clases o sus Memorias de la Revolución. Yo no sé. Yo creo nomás que ve al azul del cielo. Al terminar la hora regresa con el resto del grupo que en línea recta son devueltos a sus agujeros y él se pierde otra vez entre los gritos de penas y calabozos de cadena perpetua.

Nos equivocamos en tantas cosas, pensamos que el pueblo, ese ente amorfo que unifica todo lo no burgués, saldría de sus casas y se sumaría en masa a la batalla final de la revolución; que el capitalismo colapsaría, que moriría víctima de un suicidio histórico y las clases oprimidas tomarían el control de los estados y estos serían populares, comunistas, que trabajarían en la revolución permanente para lograr la desaparición final de todas las estructuras del poder de clase; que los años del fin de la pobreza venían con nuestra revolución. Creímos en el foco, en la Guerra Popular Prolongada, en la dictadura del proletariado. Pensamos que en nuestras manos estaba la semilla de un mañana victorioso, una sociedad nueva, sin el hombre explotador del hombre, donde todos tienen lo que necesitan, donde no hay hambre ni frío. ¡Nos equivocamos en tantas cosas!

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Una vez pude ver su celda ubicada al este del edificio, en el tercer nivel, donde se guardan las fieras y los condenados a muerte. No tiene ventanas, para él la luz está prohibida. El espacio es húmedo y frío, una pequeña habitación de dos metros cuadrados, una cama y una lata que usa para tirar su propio excremento. Cuando entré a su celda, vi que escribía. Marcaba con el dedo sobre el concreto frío que luego borraba con la palma de la mano. Quise leerlo, pero inmediatamente cerró el cuaderno imaginario y juntos salimos al pasillo. Caminaba adelante, sus cadenas y grilletes sonaban como patéticas campanas navideñas. Pude ver que renqueaba, que había envejecido en los últimos dos años. No dije nada, quise preguntar muchas cosas pero no dije nada. Es mejor que él tampoco lo sepa.

Caminamos durante horas para escapar del ejército. Por la noche alguien hacía guardia en el campamento. Estaba oscuro, ni una vela, ni un fósforo. El cansancio era profundo y amenazaba con cerrar los ojos de todos, que nuestro sueño traicionero lograra a la derrota definitiva. Nos habían estado siguiendo durante días, sabíamos que cerraban el círculo y sólo queríamos escapar del cerco, pasar al otro lado de la montaña y reagruparnos para continuar la lucha. Nunca pensamos en rendirnos. Las provisiones se habían terminado hacía días y el hambre era general, pero nadie se quejaba. En nuestros corazones pensamos que lo lograríamos salir. Yo sabía que no, pero no les dije nada.

Por las noches lo escucho llorar, lo imagino acurrucarse en un nudo de dolor y soltar la pena de saberse terminado. Él, que comandaría al pueblo a la Victoria definitiva, él, que destruiría los templos de los mercaderes de la miseria, el hijo de los pobres, el padre de la historia. Me duele verlo llorar, ¿cómo no conmoverme si llora como un niño? Solo, siempre solo.

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Si hay algo que me molesta es no tener noticias, la desinformación del presente. Los días transcurren como una enorme página en blanco, nada pasa. Es como si nadie existiera o todos fuéramos ya fantasmas de nosotros mismos. ¿Qué será de todos?, ¿dónde los habrán metido? Trato de escuchar a ver si reconozco alguna voz familiar, alguien conocido, pero sólo llega el silencio. ¿Habrán muerto?, ¿creerán que los traicioné?, ¿sabrán que estoy aquí? Si tan sólo alguien me hablara…

Siempre está repitiendo las mismas cosas, la soledad lo está volviendo loco. La última vez que lo vi estaba delgado, esquelético y sus ojos profundos como lagos. Lo están matando poco a poco. Gran hazaña, matarlo como a un perro, arrancarle de la piel la dignidad de combatiente, el honor de revolucionario. Podría dar mi cuerpo a cambio del suyo con tal que no verlo sufrir, no soporto verlo así. No es justo. Traté de intervenir por él pero fue imposible. Debo cuidar de no ser tan evidente, debo voltear la mirada para esconder las lágrimas de furia, debo reír con los demás al escuchar sus gritos. Esconderme, sobrevivir, permanecer limpio en este mar de sangre. A lo mejor, es esto la justicia.

Éramos menos, siempre éramos menos. Ellos no se sienten seguros si no llegan en miles. Habíamos terminado las clases de alfabetización y esperábamos la instrucción. Al día siguiente nos reuniríamos con los compañeros del norte y teníamos todo preparado. No sé exactamente cuándo fue el primer disparo, nos agarró a todos por sorpresa. Recuerdo que corrimos a coger nuestras armas, a tomar nuestros machetes para resistir. Habíamos contemplado la posibilidad de un combate, sabíamos que ocurriría pero no tan pronto, no antes de juntarnos con los compañeros del norte. Cuando vimos nuestra desventaja numérica, nos dimos cuenta que lo único que podíamos hacer era resistir, tratar de extender los minutos mientras se presentaba la posibilidad de un escape. Uno siempre se aferra a la vida cuando la muerte asecha. En algún momento llegarían los refuerzos. Pero, ¿cuándo? Vi a los muchachos y les dije: ¡combatan!, ¡luchen! ¿Qué más podía decirles? En el fondo sabía no tendríamos escapatoria.

No sé cómo estará ahora que lo han metido en el hoyo, que lo han apartado de todos para terminar de matarlo. Me dijeron que está mejor de lo que se merece, que come, que duerme, que no es más que un gusano que vive como gusano, ¡hijos de puta que creen que con quemar la almohada queman el sueño!

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Defendíamos nuestras vidas, sólo queríamos lo que era nuestro, lo que nos fue dado al nacer por la vida misma, nuestro derecho a ser libres. Sólo queríamos vivir, pero vivir con dignidad, con orgullo. Si dicen que nos equivocamos, que nos pasamos de la línea, ¿por qué no resistieron ellos?, ¿por qué no fueron capaces de ver más allá de sus barrigas?… Perdieron el bosque tras los árboles, perdieron la razón del ser humano.

Ahora me toca a mí, ahora tomaré yo por esa muerte segura. He decidido dejar de escucharlos. He decidido dejar de temerles. Yo lo conozco, he estado junto a él, crecí con él, he sido él, que ahora me vengan con eso es el colmo, ¡que se joda toda esta mierda!

Era viernes. Creo que era viernes y estábamos cansados. Alguien dijo que vendrían los del norte, que el pueblo no dejaría solo a su ejército. Yo guardé silencio. Nadie llegó. Todo fue una mentira desde el principio, el último error de nuestra vida. Nos quedamos viendo mutuamente y sentimos como la sombra de la muerte cubría nuestras almas. Si tan solo pudiera tomar una taza de café, un pan… hace mucho que no como, no sé ni cuántos días. No veo el sol, la noche, el mundo es una noche vacía. ¡Ha triunfado la muerte!

[Febrero de 1997]

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