El baile de Ana: Sarah Bernhardt y Ron Jeremy

Nada se miraba desde las aulas de mi colegio. Un edificio cuadrado de tres niveles, sin ventanas con vista a la calle, de pasillos largos frente a las aulas, desde donde apenas se divisaba sobre el tejado de asbesto del gimnasio, la bóveda de la iglesia frente al parque La Libertad. Ni siquiera el parque se miraba, que divertida resulta la vida frente a la banca del poeta Molina, rodeado de putas y bolos; ni...
ALG13 enero, 2017

Nada se miraba desde las aulas de mi colegio. Un edificio cuadrado de tres niveles, sin ventanas con vista a la calle, de pasillos largos frente a las aulas, desde donde apenas se divisaba sobre el tejado de asbesto del gimnasio, la bóveda de la iglesia frente al parque La Libertad. Ni siquiera el parque se miraba, que divertida resulta la vida frente a la banca del poeta Molina, rodeado de putas y bolos; ni siquiera la iglesia completa, que como monumento de más de 200 años nos recuerda la levedad del ser; sólo la bóveda, la vieja y carcomida bóveda bañada con un gris metálico de caca de palomas.

Mi colegio era el templo al aburrimiento, una catedral estéril, en donde maestras petulantes repetían hasta el hastío los libros de textos y amenazaban con castigo a quien incluyera un color distinto al azul sombrío del uniforme; de autoridades soberbias que disfrutaban caminar extendiendo el silencio a sus pasos, como quien irradia un luto mortuorio y mis compañeros, un grupo de jóvenes ignaros que disfrutaban despreciar cualquier indicio de diversidad en una conversación, me hastiaban.

Buscaba siempre formas de escapar del colegio, inventaba actividades alternas a las clases que me hicieran la vida más soportable, pero no pensaba en retirarme, la alternativa al colegio era trabajar para mi padrastro o quemar las horas en casa, en donde el régimen dictatorial que imperaba me cortaba la respiración.

Una tarde, al bajar las gradas al primer piso del colegio, escuché música, era Fiesta en América de Chayanne que sonaba desde el gimnasio. Pausaban el tema y rebobinaban el caset volviendo al punto primero (…) Oye amigo (decía la música) ven a bailar conmigo; el destino, nos abrirá el camino; el destino, no lo podemos evitar (…) Habían voces como de instrucciones y pasos como de brincos sobre el cemento de la cancha. Impulsado por la curiosidad decidí acercarme.

Siempre me gustó bailar, me miraba a mí mismo como un bailarín. De niño imitaba los pasos de mi padrastro en Aquellos diciembres donde se emborrachaba y apretaba las nalgas de las vecinas al ritmo del merengue. Me gustaban las películas de baile, como Flash Dance o Baile caliente, podía recitar a Baby Houseman cuando le dijo a Johny que le daba miedo todo: «tengo miedo de salir de este cuarto y no volver a sentir en toda mi vida lo que siento estando contigo»…

Al bajar esa tarde al gimnasio y ver al grupo de jóvenes practicar, me quedé fascinado… Un-dos-tres y caían sobre el suelo, levantándose luego, todos al mismo tiempo. ¡Era bello!

Durante varios días, en los recesos, iba al gimnasio y me sentaba a verlos, estudiaba sus movimientos de baile que luego intentaba repetir en mi casa.

—¿Qué estas haciendo muchacho? —me dijo mi abuela al verme revolcar en la sala, con la música de H.C. Hammer a todo volumen y las sillas apiladas en una esquina.

—Bailo abuela —le dije.

—Eso no es bailar, parece más bien un ataque de epilepsia —comentó, riendo.

—Usted no sabe nada de baile —reproché a mi abuela, indignado.

Con los días me decidí a entrar al grupo de baile.

—Quiero bailar con ustedes —dije.

Me hicieron algunas pruebas bastante básicas, luego me asignaron a una chica para que me enseñara los pasos de la rutina y sin más trámite me incorporé al grupo.

Al principio ensayábamos en el gimnasio del colegio, pero las autoridades académicas comenzaron a reclamar la música alta y pasamos los ensayos a casa de uno de los compañeros del grupo, en una galera pobre sobre la terraza de una casa de tres pisos, desde donde una tarde vimos una tormenta que inundó las calles adoquinadas del barrio Lempira.

Varias semanas después, cuando nos preparábamos para la competencia regional de baile, llegué al ensayo y supe que había sido cancelado porque la madre de nuestro anfitrión había sido asesinada frente a su casa el día anterior al volver del trabajo. Su cuerpo quedó tendido en los adoquines, las cosas de su cartera desparramadas a donde antes vimos correr el agua sucia de las alcantarillas. Pensamos en ir al velorio y acompañar a nuestro amigo, pero la idea no nos era particularmente agradable, así que dispusimos hacer un mejor uso del día libre: nos fuimos de fiesta.

Ana tenía 25 años y vivía sola. Era hermana o prima de uno de mis compañeros de grupo. Sus padres se habían ido a los Estados Unidos y le habían dejado con la casa. Recuerdo el olor de su piel con sumo detalle. Recuerdo la suavidad de su cabello pintado de rubio y el brillo de su piel. Era hermosa. Culona y tetuda, su cuerpo redondete que se resaltaba por la ropa apretada al estilo Debbie Gibson y alardeaba, con toda razón, de cogerse a quién ella quisiera.

—Eso es fácil cuando se tiene 25 años —le dije, irónico—, pero cuando estés vieja te será más difícil y tendrás que conformarte con coger sólo los fines de semana con tu marido, cuando él llegue bolo y decepcionado por no haber podido levantarse nada mejor que vos.

Ana me miró molesta. Mis compañeros me miraron molestos.

—Este cipote se cree muy inteligente —dijo, viéndome seria.

—Pendejo es que es —dijo uno de mis compañeros, viéndome con reproche.

Ana me vio y yo le sostuve la mirada. Estaba dispuesto a derrotarla en ese juego que había iniciado con ella. Por un momento pensé que me echaría de su casa, pero luego fue cambiando su expresión hasta formar una sonrisa que hizo brillar más su rostro.

Ana no era el tipo de mujer que a mi me gustaba, aunque a los 15 años yo no tenía muy desarrollado el sentido del gusto. Pero cuando ella me vio, recostada desde el sillón marrón de su sala, su rostro me pareció el retrato de Sarah Bernhardt pintado por Georges Clairin. Se levantó del sillón y me extendió su mano.

—Vení —me dijo, tomándome de la mano—, voy a mostrarte que aún soy joven.

La seguí ante la mirada sorprendida de mis compañeros de grupo. No se si era algo frecuente en ella, o era la primera vez que se dejaba llevar por esos impulsos, pero cuando subía las gradas tomado de la mano de aquella mujer de 25 años, yo de 15, mientras caminaba frente a mí con sus nalgas a la altura de mi pecho y me decía que iba a cogerme, yo me sentía Clark Gable.

«Frankly, my dear, I don’t give a damn»…

Meses antes había intentado tener sexo, una tarde que llegó a mis manos un pastilla de yombina y como quien tiene la llave de la impunidad seleccioné con alevosía a mi víctima.

—¿Y ya la probaste para ver si es de verdad? —me preguntó Edwin, mi vecino y cómplice.

—Sí —le dije, con una amplia sonrisa—, la raspé en una caja de fósforos y sacó chispas.

—¿Con quien la vamos a usar?

—No se, con cualquiera supongo.

—No maje —me dijo Edwin—, eso nos puede meter a problemas.

—¿A sí? —pregunté, honestamente no miraba cómo.

—Creo que sí —dijo.

Y pensamos en doña Regina, una vecina de 35 años que vivía sola con sus cinco hijas desde que su marido se fue mojado a los Estados Unidos. Regina era famosa entre los jóvenes del barrio porque —aseguraban— siempre quería coger. Era casi guapa, a mi nunca me hizo caso, por mas que me lucía como un primate frente a ella. Aceptaba sí a varios de mis amigos adolescentes que entraban a su casa —cuando sus hijas no estaban—, y luego salían hablando de las habilidades sexuales de la doña.

—¿Y como funcionará realmente la yombina? —pregunté.

—No se, dicen que se debe dar en un refresco. Nunca en coca cola, porque la cola corta el efecto. Eso es lo que dicen.

Vi el alcaloide del tamaño de una moneda de cinco centavos.

—Si excita a la vacas imaginate lo que hará con una mujer —dijo Edwin.

—¿Y si se vuelve loca la vieja? —pregunté, preocupado por las historias que había escuchado, de efectos secundarios que hacía luego a las mujeres padecer de ninfomanías.

—Esa vieja ya está loca —me dijo Edwin, riendo—. Si tanto te preocupa cortamos la pastilla y le damos sólo la mitad.

—No —dije, enfático—, echémosela toda.

Así lo hicimos. La pastilla se disolvió soltando pequeñas burbujas en el refresco de naranja mientras nosotros mirábamos con ansiedad el contenido amarillo. Luego esperamos.

—¿A qué crees que sepa esto? —pregunté, viendo el refresco.

—No se —me dijo Edwin—, podes probar un trago si querés.

—¡Jodás! —respondí. Y nos limitamos a esperar que llegara doña Regina.

Pasó un par de horas. Los vecinos comenzaron a llegar de sus trabajos saludándonos con cortesía al vernos sentados en las gradas del bloque de casas, mientras nosotros quemábamos nuestro tiempo hablando de videos musicales y chicas.

Al rato apareció nuestra víctima. Edwin bajó alegre con el refresco en la mano y se lo entregó a Regina.

—Muchas gracias, pero no tengo sed —dijo la señora.

Hasta ese punto no habíamos pensado cómo hacer entrega del refresco a doña Regina. Insistimos, regateamos, rogamos tomara el refresco y debimos haber sido patéticamente convincentes porque la mujer lo tomó y sin siquiera decir gracias se metió a su casa y no volvió a salir.

Nosotros imaginábamos que ella saldría caliente, buscando un hombre para descargar toda esa energía sexual estimulada por la pastilla; que nos miraría sentados frente a su casa y nos invitaría a entrar, quitándonos la ropa tan pronto pasáramos la puerta y cogiéndonos, uno a uno (o a los dos al mismo tiempo) y nosotros, dispuestos al sacrificio del dios Eros, le daríamos todo lo que teníamos, que a lo quince años creíamos que era bastante.

Pero dos horas después: Nada. No nos llamaba, no salía.

Al rato llegaron las hijas de doña Regina y se pusieron a conversar con nosotros, hasta que cayó la noche y decepcionados volvimos a casa.

—Me voy —dijo Edwin antes de irse—, mi mamá ha de estar buscándome.

—Nos vemos pues —respondí decepcionado, al comprender que ese no sería el día de mi desvirgue.

Pero con Ana era diferente, ella me llevaba de la mano por el pasillo estrecho del segundo piso de su casa. Me metió a su cuarto, me desvistió, yo de pié, ella sentada en la cama.

Yo había pensado mucho en cómo sería mi primera vez en el sexo, desde que a los 11 años lo entendí viendo una película pornográfica. Había imaginado posiciones, palabras para decir, todo para parecer un experto en la cama. Pero cuando Ana me dejó desnudo y comenzó a besarme, supe que nada de lo que había aprendido realmente funcionaba. La realidad a veces supera la ficción y al final es necesario improvisar cuando uno hace el amor.

—¿Te gusta así? —me preguntó Ana, besándome.

Yo asentía con la cabeza sin decir una palabra, disfrutando cada segundo. Miraba sus labios gruesos rodear mi verga y sus pechos bailar como gelatina ante las embestidas de mi pelvis, sus nalgas blancas paradas, su espalda sudada y su sexo castaño.

Al terminar ella se vistió, sonrió y salió del cuarto sin siquiera despedirse. Yo me quedé un rato contemplando el techo de la habitación, sintiéndome el «Hedgehog» Ron Jeremy. Me vestí y bajé a la sala esperando alguna reacción de mis compañeros, que para mi sorpresa seguían en su conversación como si nada hubiera pasado.

Busqué a Ana con la vista, como para verla una vez más y sentirme orgulloso de mi triunfo amoroso, pero ella no aparecía por ningún lado. Finalmente, incapaz de resistir más, pregunté por ella.

—Se fue —dijo el primo (o hermano) de Ana.

—¿Cómo se fue? —pregunté.

—Sí, eso. Se fue.

—¿Pero no vive acá pues?

—Sí, pero dijo que tenía algo que hacer. ¿Qué se yo? Se fue nomás.

Yo guardé silencio, disimulé que la partida de Ana me afectaba y luego de una hora me despedí.

Nunca más volví a ver a Ana pero no me importó.

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