JOSÉ PAZ

Un cuento de Ludwing Varela*. «Nada de sentimentalismos camarada… la guerra es la guerra. El único ser humano bueno es el que ha muerto». George Orwell. Soy José Paz, y no hay mejor forma de amar la vida si no desde la muerte. Uno debe ser así, sencillo, levantar la mano para saludar o para golpear el mal que se empoza en el pecho del hombre, de aniquilar la sombra que se acumula en sus...
EGO23 diciembre, 2016

Un cuento de Ludwing Varela*.

«Nada de sentimentalismos camarada… la guerra es la guerra. El único ser humano bueno es el que ha muerto».

George Orwell.

Soy José Paz, y no hay mejor forma de amar la vida si no desde la muerte. Uno debe ser así, sencillo, levantar la mano para saludar o para golpear el mal que se empoza en el pecho del hombre, de aniquilar la sombra que se acumula en sus ojos para que vea más claro, para que él sea más claro. Cuando niño, siempre me decían que tenía la mansedumbre de las palomas, yo sonreía mientras me acariciaban la cabeza quienes me increpaban esa cosas, pero no era ciego, y miraba como ellos mismo venían alegres por las mañanas o por las tardes con un saco lleno de pequeñas aves blancas que me recordaban el símbolo de la paz, pero muertas y listas para ser quemadas y devoradas por las mandíbulas hambrientas de esos que me comparaban con sus presas.

Entonces me di cuenta que si esa mansedumbre me guiaría de la mano, mis huesos terminarían triturados y mi vuelo de mansa paloma nunca llegaría a concretarse. Un día los niños jugaban en la plaza su diario juego de pelota. Me hablaron para acompañarlos. Les dije que no. Me insistieron. Les repetí que no quería jugar, ya que los juegos de los niños se vuelven las guerras de los hombres y les conté parte de la guerra del 69 con El Salvador, y que mi padre, quien había luchado en ella, me la contó hace algún tiempo. Me vieron con esa mirada torva e inquieta con que se mira a un tipo raro y nunca me invitaron de nuevo.

Luego, al ir creciendo, veía absorto que unos tipos que se agrupaban en la esquina de la cuadra en dónde vivíamos, y ellos sin necesidad de trabajar, de esforzarse como toda persona honrada, tenían siempre ropas bonitas, comida, bebidas, mujeres hermosas acariciando sus cabezas rapadas, y mi inocencia no me dejaba ver de dónde recogían el dinero con el que se sustentaban, hasta que un día mi madre entró llorando a la casa, sin la comida que tanto esperábamos, sin su sonrisa que era como una cobija ante la frialdad de nuestra pobreza.  Al salir a la cuadra miré a los mismos hombres con sus chicas sobre sus piernas riéndose a carcajadas, e ignorándome como si no estuviera frente a ellos, con mis puños cerrados y con la mirada afilada que los apuñalaba a cada parpadeo. Fue así como seguí mí duro camino, que me conduciría a ser el tipo que soy.

Ya en mi juventud, me encontré con un amigo que me inició en el camino del bien, y nos íbamos por las calles a reparar problemas, a tratar que la maldad se escondiera en otras calles por las cuales nosotros nos conducíamos, y entonces salíamos armados, nos quedábamos en las estaciones, esperábamos a que los ladrones hicieran sus atracos, luego los seguíamos, los agarrábamos desprevenidos y como buenos cristianos, les dábamos el tiempo necesario para que arreglaran sus cuentas con Dios. Antes de actuar, les explicábamos que nuestro interés era limpiarlos, que no era su culpa  que el mal hubiese construido un templo sobre sus huesos, pero cuando una casa estaba sucia había que limpiarla y  les dábamos otras explicaciones que casi nunca escuchaban por interrumpirnos con sus disculpas y sus lamentos, hasta que terminábamos dejándoles los ojos blancos, entonces sonreíamos y seguíamos con nuestro buen oficio.

Ya después la vida nos recompensaría, nos encontramos con unos tipos que estaban armando una fuerza especial para hacer limpieza en las sucias calles de la ciudad, yo no dudé en apuntarme a tan buena labor y como los tipos me pagaban por mi trabajo, entonces lo hacía con más fervor, quien no trabaja que no coma, dice la escritura. A los meses de trabajar los muchachos solo me llamaban por mi apellido “Paz” pues decían que  mi trabajo era dar paz a este enfermo y maligno mundo lleno de hombres que manejados por el mal se conducían en maneras que uno tenía simplemente que corregir. Pero había noches, en que las pesadillas me jugaban la vuelta y al verme al espejo, miraba mis ojos con ese negro que yo siempre he tratado de blanquear, y en mis manos ensangrentadas se leían los nombres de las víctimas que como gusanos se movían de un lado a otro.

Y escuchaba que siempre tocaban la puerta, hombres fuertemente armados, y el temor se apoderaba de mis piernas y no podía escapar, y entonces al verme al espejo de nuevo, podía ver también que ese hombre lleno de culpas y de maldades no era más que el hombre que la sociedad había formado, y no era que el mal me hubiese agarrado al alzar para cometer los sucios crímenes que había cometido. Al despertar, la sabana estaba empapada de sudor, y me repetía que esas pesadillas eran una artimaña del mal para que yo flaqueara en mi trabajo, para poder detener el bien que estábamos cometiendo. Una noche, en la que habíamos emboscado a ciertos tipos que habían asaltado un puesto de comidas, uno de ellos, que estaba escondido en la oscuridad más densa, me tomó por detrás, y con su puñal en mi cuello me condujo a un solar baldío, me quitó mi arma y me hizo hincarme frente a él.

A esa hora, sus compinches estaban muertos y él con sus ojos oscurecidos de pronto me vio con ternura. Yo no entendía por qué las cosas tenían que ser así, no entendía ni lo entendería aunque me hubiese graduado de la universidad a la que nunca fui. Él me seguía viendo, y de pronto me llamó por mi nombre:

—. José.

—. ¿Cómo sabes quién soy? ¿Qué pensás hacerme?— Le pregunté.

—. Soy Rolando, ¿no me reconoces?, soy tu hermano.

La infancia me vino de golpe, las imágenes corrían a velocidades que me dejaban perplejo, y miré el maltrato  que tuvimos por la mano de mi padre, el hambre que permanecía en nuestros platos, la miseria vistiendo nuestras carnes, la indiferencia como nuestra única amiga y a mi padre, el militar que me decía que había que matar a quienes el mal los utilizaba para sus cometidos. Mis ojos se llenaron de lágrimas, el llanto se apoderó de mí y lloré como un niño que recuerda con trágica nostalgia el pasado. Al verme así, se arrodillo junto a mí, botó el frio puñal al suelo y me dijo que la culpa no era mía, si no del viejo hijo de puta aquel que me había metido esas mierdas en la cabeza, lo miré y lo abracé como nunca lo había hecho, él lloraba, y parecía que quería decirme algo, pero el llanto no se lo permitía, entonces lo vi fijamente, sus ojos, sus oscuros ojos que poco a poco iban perdiendo el brillo y  ese tono negro, hasta que el mal se escapó de ellos.

Y lo tendí en la grama, y al verlo yerto, me alegré de haber liberado a mi hermano de la atadura del mal, y así, pagarle un poco lo que mi padre nunca pudo darle de pequeño. Y me llevé el puñal que él había abandonado y con el cual a la vez me había salvado. Aunque estoy seguro que en mi próxima pesadilla, el nombre que veré en mi mano será el de mi hermano, y tengo la impresión que de tanto temor, de tantos nervios, moriré ahogado en mi propio sudor y entonces ya no habrá más paz.

 

* Ludwing Varela es poeta y escritor, Honduras, 1984.

 

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