EL RÍO, LA CUERDA Y EL ODIO

Hasta ese momento no había visto a un muerto, sabía que la gente moría, había escuchado de ancianos que enfermaban y luego eran enterrados en el cementerio a los límites de la ciudad y hasta recuerdo algún velorio en el barrio, adornado con flores en corona y llantos explosivos; pero conocer la muerte como la conocí esa vez, nunca. Fue en febrero de 1985, en las semanas previas al año escolar, cuando los niños raspábamos...
ALG23 diciembre, 2016

Hasta ese momento no había visto a un muerto, sabía que la gente moría, había escuchado de ancianos que enfermaban y luego eran enterrados en el cementerio a los límites de la ciudad y hasta recuerdo algún velorio en el barrio, adornado con flores en corona y llantos explosivos; pero conocer la muerte como la conocí esa vez, nunca.

Fue en febrero de 1985, en las semanas previas al año escolar, cuando los niños raspábamos las rodillas en las aceras del barrio y las niñas levantaban polvo saltando a la cuerda. Yo tenía 11 años, en ese tiempo los días eran más claros, el sol alumbraba reventando de calor las láminas nuevas del techo de mi casa y los colores tenían cierta inocencia primaveral.

Vivíamos en un barrio cerca de la quebrada del Sapo, a pocas cuadras del mercado San Isidro, en las faldas de un cerro de tierra melcochoza de color rojo, que en los días secos se metía en los agujeros de la nariz y formaba collares de tierra en los pescuezos de los cipotes. Era una de esas urbanizaciones accidentadas que con el tiempo se volvieron permanentes, de cerros puntiagudos con frágiles casas como bombas de jabón, desde donde pueden verse las calles y avenidas de la rivera del río Choluteca.

Marlon y yo atravesamos los callejones estrechos rumbo al río, entre pequeñas casas de cartón, de cocinas de madera pintadas de negro por el tile de los fogones de leña y patios con gallinas que raspaban el suelo y cacareaban asustadas al sentirnos pasar, hasta que llegamos a un cerco custodiado por un perro. Bajamos a la quebrada bordeando el cerco, esquivando llantas viejas y bolsas de basura que los vecinos arrojaban y los perros desgarraban buscando cualquier desperdicio comestible.  Llegamos a orilla de una posa oscura y mal oliente, en donde una delgada niña sacaba agua en una cubeta de plástico rojo, que luego subía a su cabeza para escalar por el cerro hasta su casa.

—Aquí no creo que haya pescados —le dije a Marlon, viendo las aguas sucias de la quebrada.

—Pero sí hay, ya vas a ver. —Respondió, mientras se quitaba los zapatos y el pantalón para meterse en calzoncillos, con la bolsa plástica en sus manos, que luego metió al agua moviéndola bajo la superficie.

En ese momento el silencio se irguió sobre el barrio. Era como si el viendo desviara su trayectoria dejándonos en un total abandono. Un trozo de lodo se desprendió del cerro, como cuando un glacial se rompe en el polo, arrastrando una melcocha roja del tamaño de una cabeza humana; y sonó el grito, un grito agudo y corto, de mujer, un monosílabo comprimido.

Nos miramos brevemente, seguramente Marlon reconoció el miedo en mis ojos. Sin decir palabra avanzó, yo lo seguí, en la esquina un trozo rojo de cerro aún caía sobre la quebrada: allí los vimos.

Mi primer pensamiento fue que estaban jugando, con Marlon habíamos ido varias veces al río a ver a las parejas besarse y los habíamos visto juguetear; era frecuente que los besos se extendieran al desnudo y más de alguna ocasión nos insultaron al descubrirnos espiando. «Cipotes pícaros ya los vamos a agarrar a pija» —nos gritaban.

Pero esa vez era distinto. Ella era una chica como de 17 años, con uniforme del colegio y él un hombre algo mayor, como de 30. La chica intentaba soltarse del hombre y éste la sostenía con fuerza. Vi cómo con una mano el hombre levantó la falda con intención de penetrarla mientras con la otra tapaba la boca de la chica para silenciar sus gritos, mientras ella pataleaba.

A él no lo habíamos reconocido, pero a ella sí.

—Es Katie —murmuré, petrificado.

No sabía si gritar o correr. El hombre seguía forcejeando con la chica que se defendía con valentía; en algún momento ella mordió la mejilla del hombre y este gritó enfurecido, golpeándole en la cara con la frente. La chica relajó su cuerpo de inmediato, el hombre vio su propia mano llena de la sangre y como una fiera comenzó a golpear el rostro de la joven que ya no respondía.

La primera piedra pegó en la espalda del hombre y me sorprendió. El sujeto se detuvo y nos volteó a ver. Marlon se había incorporado y arrojaba más piedras sobre el atacante de Katie, cuando éste intentó acercarse a nosotros, Marlon le pegó en una pierna. De inmediato procedí a ayudarle y comencé también a tirar piedras. Eran tantas, que él apenas podía esquivarlas. Enfurecido se acercó a nosotros que salimos corriendo.

—¡Los voy a matar hijos de puta! –nos gritó.

Corrimos tan rápido como pudimos, yo iba envuelto en lodo y sudor, Marlon andaba descalzo y en calzoncillos. Cuando llegamos a una distancia que creímos segura nos detuvimos. Yo me agaché buscando recuperar fuerzas y Marlon se quedó de pie con el rostro descompuesto por el miedo. Vi sus pies que sangraban.

—Es el Pacha —dijo Marlon.

—¿Quién? —pregunté con la respiración cortada.

—Pacha, el viejo que vive por la pulpería.

Yo asentí con la cabeza aunque nunca lo había visto.

—Vámonos —dijo Marlon.

Cuando intenté reiniciar el camino, sentí cómo una fuerza me tomaba de la camisa arrojándome al suelo. Era el Pacha que nos había alcanzado, iba mojado y su rostro sangraba por la mordida en la mejilla; con la mano arrojó a Marlon contra la pared, este intentó correr, pero el pacha le puso una zancadilla haciéndolo caer de bruces.

Yo aproveché para levantarme y salí corriendo. Me detuve a unos 20 metros y vi como el Pacha tenía a Marlon contra la pared y le hablaba tomándolo del cuello. Luego de un rato lo soltó y Marlon avanzó despacio hacia mí, venía cojeando con un pie lastimado. El Pacha me miró y sonrió amenazante. Luego se fue rumbo al río.

—¿Qué te dijo? —pregunté a Marlon cuando llegó.

—Vámonos —ordenó Marlon, sin detenerse.

—¿Pero qué te dijo? —insistí.

—Que si decimos algo nos mata —respondió, llorando.

Y nos llevamos el silencio a casa.

***

No salí de casa por varios días. Escuché por mi madre la noticia que Katie había desaparecido y supe que los vecinos la buscaban. Yo tuve miedo, no dije nada. Marlon tampoco habló, pero la culpa nos comía por dentro. Sabíamos en donde estaba Katie y no poder decirlo me había hecho perder el apetito y el sueño. Mi madre interpretó mi cambio anímico como parte del estrés que a todos en el barrio cubría.

Katie era una joven de 17 años.. Estaba en su último año de secundaria. Iba a ser la primera en su familia en terminar el colegio y lo haría a tiempo completo. Yo la conocía, la miraba llegar cada tarde, siempre sonriente, como quien conoce el lugar donde se guarda un tesoro.

Cuando llegó la madre de Katie del cementerio en donde trabajaba vendiendo flores, descubrió que su hija no había regresado del colegio. Se preocupó, como cualquier madre lo haría. Llamó al novio de su hija, llamó a sus amigos y amigas, a los profesores del colegio y nadie daba razón de la jovencita.

Hasta que un día alguien la encontró. Era un domingo de aire fresco. Un vecino vio la nube de zopilotes formando una aureola negra en la quebrada y dio la alarma.
Todos salieron de su casa y se fueron rumbo al río. Yo salí y me senté en la puerta, esperando que fuera otra la persona que encontraron.

—Encontraron a Katie —dijo Marlon, que al verme salió de su casa.

—Sí —respondí, avergonzado.

Hubo un momento de silencio. Vi el cielo gris como en una noche de luna llena. Marlon se sentó junto a mí.

—Está muerta —dijo.

Yo asentí con la cabeza sin bajar la vista y vi las nubes que explotaban en esponjosos cúmulos verticales, formando un cerbero blanco de 3 cabezas trepando por la torre de un castillo, el monstruo parecía disgregarse en alas que luego se reagruparon en tres horrorosas ancianas con un ojo oscuro al centro del cielo.

—¿Qué querés de regalo para navidad? —Preguntó Marlon con una paz que me aterrorizó.

—¿Navidad? Pero si apenas estamos en Febrero —respondí.

—¿Qué querés para navidad? —Volvió a preguntar.

—No se…

Estuvimos allí un buen rato, yo mirando al cielo, el mirando al suelo. Nuestros vecinos comenzaban a regresar de la quebrada con la noticia del hallazgo de la joven y nosotros no hablábamos, temíamos que nuestras voz delatara el dolor que nos comía.

—Debo irme —comentó Marlon al levantarse.

—¿A dónde vas? —quise saber.

Marlon no respondió, me vio, como viendo a través de mí piel y luego sacó de su bolsillo sus carros de juguete. Los estudió por un momento y me los extendió.

—Tené —me dijo mientras me los pasaba.

—¿Y esto para qué? —pregunté.

Él no dijo nada, simplemente encogió los hombros, arrugó la boca y luego se fue.

Yo me quede viendo los carros, eran de un metal frágil de color verde, con la base de un plástico negro que decía Made in China; adentro los asientos eran blancos y cuando metía el dedo podía mover el pequeño timón.

Por un momento olvidé todo y me sentí adentro de aquel juguete, paseando por una ciudad grande y extraña, de edificios altos y cuadrados con calles grises, repletas de gente vestida de negro. Hasta que oí los gritos de la madre de Marlon.

Yo me levanté y sentí el extraño movimiento de todos en el barrio que comenzaron a salir de sus casa preguntándose qué pasaba. Mi madre, que había vuelto de la quebrada y estaba en la cocina, saltó sobre mí como un caballo alado. La vi pasar y salí corriendo tras ella. Entré en la casa de Marlon sin que nadie pensara siquiera en detenerme y pasé hasta el baño, en donde los mirones se concentraban envueltos en llanto e impotencia. Los que no estaban en la quebrada cuidando el cuerpo de Katie, entraban a la casa de Marlon y luego salían llorando.

Todos corrían frente a mi, iban y venían sin notarme. Lloraban, gritaban, maldecían sin entender .

Mi madre sostenía a Marlon de los pies mientras gritaba que le llevaran un cuchillo para cortar la pequeña cuerda y bajarlo.

Marlon tenía los labios color violeta y los ojos abiertos.

Mi padrastro había encendido su carro y lo tenía listo para llevarlo al hospital.

Cargaron a mi amigo en brazos ante el llanto de todos y lo subieron a la paila del carro. Yo vi en la camisa de mi madre una mariposa roja, luego se fueron.

Llovió toda la noche, parecía que el cielo lloraba sin parar. Yo no quería ir al velorio de mi amigo, pero todos estaban allí y sentí que debía hacerlo. Entré a la pequeña casa impregnada con el olor a llanto y flores frescas. Vi el cajón al fondo como un mueble macabro, oscuro y frío. Di la vuelta y salí. Sentía que aquel lugar me asfixiaba.

Afuera, Pacha estaba fingiendo llorar. Se había juntado con un círculo de vecinos que comentaban el horror de esa semana.

—Dos desgracias en una semana, señor —decía, cínicamente.

El pacha me vio cuando salí de la casa y se puso rígido, sus ojos abiertos como platos y sus labios que en una mueca grotesca intentaban forzar una sonrisa, en un cachete tenía una pequeña venda que cubría la mordida que le hiciera Katie y su barba estaba crecida de varios días, olía a alcohol y sudor viejo, olía a muerte.

Yo dí la vuelta y volví a casa, por primera vez sentía lo que era el odio.

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