EL DESCONOCIDO CAROTA

Carota era un niño de casi quince años, tenía cuatro años más que yo y estaba en mi mismo grado. Vivía con su abuela en una casa a la orilla del río, era el menor de varios hermanos y había repetido muchas veces el quinto grado. Se sentaba atrás de la clase, dónde controlaba los movimientos de todos. Juan «Tajaditas» le dijeron por un tiempo, porque cada mañana llegaba a la escuela con una ristra...
ALG16 diciembre, 2016

Carota era un niño de casi quince años, tenía cuatro años más que yo y estaba en mi mismo grado. Vivía con su abuela en una casa a la orilla del río, era el menor de varios hermanos y había repetido muchas veces el quinto grado. Se sentaba atrás de la clase, dónde controlaba los movimientos de todos. Juan «Tajaditas» le dijeron por un tiempo, porque cada mañana llegaba a la escuela con una ristra de tajadas de plátano que debía vender para su familia, pero Carota fue al final el apodo que guardó toda su vida, porque era el nombre que mejor le quedaba: por feo.

Carota era además medio bruto, nunca entendía lo más elemental de la clase y creía todo lo que los demás niños le decían, incluyendo aquellos que le aseguraban haber visto a Mazinger Z pasearse por los cielos de Comayagüela.  Pero nunca se equivocaba en el vuelto, tenía una técnica infalible que desesperaba a todos de contar usando los dedos de las manos como ábaco, de 10 en 10.

Yo lo odiaba, me parecía un ser detestable. Pero estaba seguro de que si no me metía con él, él no se metería conmigo.

Un día la suerte quiso que yo pasara por el patio trasero, al mismo momento que Carota y sus amigos tomaban un bote de chile picante que usaba para vender tajaditas y bañaban con él los genitales de otro niño.

Yo me quedé quieto, viendo como el pequeño se retorcía de dolor y Carota se reía a carcajadas, para luego golpearle en el pecho haciéndole caer al suelo con las manos en su entrepierna.

—¡Maricón! —le gritó Carota antes de retirarse en dirección mía.

Yo temblaba de miedo cuando lo vi venir y más temblé cuando se detuvo frente a mí para preguntarme:

—¿Y vos que ves, se te perdió algo?

—No nada —dije, odiando mi sumisión al bajar mi rostro.

—¿Que haces aquí entonces? —Preguntó, agresivo.

—Yo iba pasando nomás —comenté, viendo al niño llorar al fondo del patio.

—¿Y qué viste? —preguntó Carota.

—Nada —dije, con miedo.

—Andate de acá mejor sino querés que te pase algo peor a vos —ordenó y yo obedecí inmediatamente.

Con los días el incidente se supo en la dirección y Carota fue expulsado de la escuela por dos semanas, las cuales transcurrieron como un oasis de paz o más bien, como el ojo del huracán que crea la ilusión de que el peligro se ha ido. Porque Carota volvió y como en una película de horror había jurado vengarse de quien lo había denunciado, que alguien le había dicho, era yo.

No recuerdo realmente si fui yo o no quien puso la queja. En todo caso, de poco servían mis explicaciones, porque lo que sí recuerdo es que desde ese día Carota descargó en mí toda su maldad, hostigándome cada minuto, cada día, cada semana de clases.

Yo temía sufrir la suerte de aquel niño de los genitales enchilados y la escuela se convirtió en una tortura.

—Podés pagarle algo para que no te moleste -me dijo un compañero.

—¿Cuánto le pagás vos? —pregunté.

—Veinte lempiras.

Evalué la posibilidad de pagar la extorsión, pero el monto estaba lejos de mi presupuesto.

—Es mucho dinero —pensé, y esperé a que Carota me olvidara.

Pero no me olvidó. Su agresión siguió y a él sumaba todos los niños de la clase en una especie de macabro coro griego.

Cuando pasaba delante de mí, Carota me miraba y sonreía perversamente mientras cerraba sus puños amenazantes.

Llegué a tener pesadillas con Carota, en las cuales él me obligaba a caminar desnudo en cuatro patas por toda la escuela y los demás niños reían a carcajadas.

Yo me sentía sólo, en mi forma de ver las cosas, todos estaban de acuerdo con las agresiones de Carota, a quien le celebraban los chistes que hacía a costa mía.

—Se ríen de mi, todos se ríen de mí —pensaba y eso me hacía odiarlos.

Una mañana me harté y escribí una nota que pasé a todos mis compañeros: «Hoy, a la salida de la escuela, voy a pelear con todos» decía la nota, citándolos para asistir al patio trasero.

Al principio fue la risa de la clase, luego comprendieron que hablaba en serio y poco a poco se fue silenciando el salón.

—Oscar peleará con todos —decían, en una mezcla de sorpresa y burla.

—¿Estás seguro que querés hacer esto? —me preguntó un compañero cuando faltaban cinco minutos para las doce.

—Sí —le dije con los nervios de punta—, voy a terminar con todo.

—¿Pero pelear? —volvió a preguntar incrédulo—. Vos nunca has peleado.

—Yo se —dije con la vista en el suelo.

—Yo creo que a veces es mejor ser cobarde un minuto, que muerto el resto de la vida —comentó con seguridad mi compañero. Me dio ganas de golpearle la cara, pues en el fondo sentía que tenías razón.

—Lo voy a hacer —dije decidido, antes de levantarme de la silla y salir del aula rumbo a lo que yo entendía como un asunto de vida o muerte.

Yo tenía miedo. ¿Cómo no tenerlo? Cuando salí del aula sentí el sol del medio día y vi el cielo azul y sin nubes. Caminé en silencio, como un penitente que avanza al patíbulo, hasta llegar al pestilente patio trasero.

Allí estaban todos, habían hecho una rueda y dejaban el centro para mí. En mi mente recordaba las lecciones de karate que había recibido por parte de Bruce Lee en la Operación Dragón, recordaba lo que había dicho mi padrastro sobre cómo cuadrarse para pelear y sentía aun más miedo, pues sabía no tenía la más mínima idea de cómo actuar en una pelea. Finalmente me coloqué en el centro del deforme círculo preparándome para morir cual gladiador romano.

—Uno por uno —les dije, esperando darle más tiempo a mi agonía.

—Uno por uno —repitió Carota, quitándose la camisa blanca del uniforme escolar.

Me gustaría contar que gané la pelea, que hice el movimiento garza de Karate Kid, o que me levanté con la furia de un huracán destrozando la cara de todos mis contrincantes, como un Steven Seagal preadolescente. Pero Carota pegó el primer golpe en el estómago, ese me dobló, y el segundo en la cara, ese me botó al suelo.

Todos los niños se reían. Yo me levanté del suelo aun atorado por los golpes y grité por el que sigue.

Siguió Napo, que no era tan grande como Carota pero que igual era enorme.

A Napo logré pegarle un golpe que imagino no fue muy fuete porque apenas reaccionó, él dio cuatro.

Yo tenía el rostro cubierto de sangre, me habían roto arriba de la ceja y el labio estaba hinchado. Nuevamente me levanté del suelo y pedí por el siguiente.

—¡Voy a pelear con todos! —grité, enfurecido.

Y las risas se silenciaron poco a poco.

—Edwin, vas vos —dijo Carota imperativo.

Yo me cuadré nuevamente dispuesto a recibir otra paliza.

—Yo no voy a pelear con él —dijo Edwin, tomando sus cuadernos y yéndose del grupo.

—Carlos, te toca. —Dijo Carota después de recuperarse de la sorpresa que le produjo la insubordinación de mi compañero.

—¿Y yo porqué? —preguntó Carlos.

—Porque te toca a vos —remarcó Carota, esperando la orden se explicara por sí misma.

Carlos también tomó sus cuadernos y se retiró por la misma ruta que tomara Edwin.

—Esto está muy aburrido —dijo Edwin al retirarse.

A él le siguieron los demás.

Yo me quedé allí, con los puños en alto y la sangre en el rostro, viendo como poco a poco los niños se iban, hasta dejarme solo con el Carota que me vio por un momento.

—¿Todavía querés pelear? —preguntó.

Yo seguía cuadrado, dispuesto a todo.

Carota tomó sus cuadernos, la caja de cartón que usaba para vender y sin decir una palabra se retiró.

Segundos después, pude bajar los puños.

***

Pasaron cinco años y no volví a saber del Carota. Él era de esas personas que sólo se recuerdan cuando se tienen enfrente. Había dejado la escuela poco después de nuestra “pelea” y desde entonces se dedicó a trabajar de cualquier cosa. Cuando volví a saber de él, fue para darme cuenta que si antes él sentía por mí cierto rechazo, ahora me odiaba.

En 1989 se formó en el barrio una pandilla de adolescentes que se llamaron los SolTra: Sólo Trabados. Eran unos 30 jóvenes de los barrios cercanos, liderados por un chico que le decían «Tunante» (por su talento para enamorar a las adolescentes, hijo de un boxeador, él mismo, un peleador excelente).

Yo me había hecho de un pequeño grupo de seis amigos, vecinos de la cuadra, con los que salíamos de vez en cuando. A nosotros nos llamaban «fresas» por estar estudiando. Para los Soltra, nosotros éramos su Némesis, la contra cara de la fortuna que debía ser castigada para lograr el equilibrio que gobierna la pobreza.

Entre los Soltras el más temido era El Carota, que para ese tiempo tenía casi 20 años y seguía siendo muy feo. Él era una especie de mito del terror, un Hades urbano, un perro de tres cabezas que iba siempre de primero en las peleas, grande y fuerte, con brazos gruesos de ayudante de albañil.

Moncho, mi vecino, era el niño con mas juguetes de la cuadra, de adolescente siempre fue el primero en tener los zapatos de marca, era bonito y las chicas siempre lo miraban, usaba perfumes y el pelo cargado de gelatina.

Una tarde supe que El Tunante había sentenciado a Moncho porque éste le robó a su novia y como toda sentencia que hace un comandante, los soldados deben hacer de verdugos.

—¿Cómo se roba una novia? —pregunté a Edwin cuando éste me contó de la sentencia del Tunante.

—Pues, no sé —dijo Edwin—, la chava andaba con el Tunante y ahora anda con Moncho. El Tunante ha dicho que en cuanto lo vea lo va a mascar a pija.

Por varias semanas estuvimos huyendo de la pelea. Hubo una ocasión incluso que debimos meternos en el baúl de un carro para salir de la cuadra sin que los Soltra nos vieran. Pero no se puede huir toda la vida. La navidad de 1989, estimulados por el alcohol y la mariguana, los SolTra decidieron tomar acción en la contienda de honor del Tunante y armados de palos y cadenas salieron de su cantón en dirección de nuestra cuadra. Nosotros estábamos en una pequeña banca de concreto en medio de los bloques de casas, hablábamos del último video musical de Poison, de ropa o de chicas, cuando reconocimos al grupo de jóvenes que iban en dirección nuestra.

—Ya nos llevó la gran puta —dijo Edwin viendo a los SolTra subir las gradas que daban a nuestro patio.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Moncho, nervioso.

Huir ya no era una opción. Venían con tanta determinación que salir corriendo hubiera sido darles una victoria parcial, que no era más que prolongar la agonía, pues tarde o temprano tendríamos que confrontarlos.

—Pelear —dije, no muy convencido.

Y en todos comenzaron a correr hormigas por la sangre.

Cuando los Soltra llegaron a donde nosotros estábamos, ellos tenían más o menos definido quien pelearía con quién. El Tunante buscó de inmediato a Moncho y comenzó a golpearle la cara sin mediar palabra, otros pandilleros buscaron a otros del grupo dejándonos siempre en desventaja numérica y el Carota me buscó a mí.

Carota era ya un hombre, pero su rostro conservaba la redondez de la adolescencia a pesar de su bigote ancho que le hacía ver la boca más grande. Si le hubiera visto bien, quizá hubiera reconocido en él al niño que aún era, aquel que lo creía todo y contaba con los dedos el vuelto de las tajaditas de plátano. Pero yo no lo vi así, contrario aprecié sus puños cerrados y amenazantes.

—Hoy no te vas a salvar hijo de puta —me dijo, a manera de sentencia, mientras caminaba hacia mí.

Yo tenía en mi mano un vaso de vidrio en el que estaba bebiendo algún refresco. Pensé en correr, sabía que tenía desventaja en la pelea contra aquel animal, pero todos peleaban y no podía dejarlos solos. Así que hice lo único que podía hacer: tomé mi vaso aún con bebida y lo lancé al suelo tan duro como pude… vi el vaso caer en cámara lenta, salir despacio de mi mano en dirección del concreto, los fragmentos de vidrio esparcirse en círculo, las gotas de bebida que nos salpicaron la ropa y el sonido del clash que rompió el caos forzando un silencio sepulcral entre mi contrincante y yo, silencio que duró apenas unos segundos… Carota también vio el vaso caer, su mirada seguía con atención la dirección del proyectil esperando cayera sobre su persona (no lo lancé a la humanidad de Carota porque no se me ocurrió, que quizá hubiera sido un movimiento más práctico). Pero cuando lancé ese vaso al suelo y Carota desvió su atención a los fragmentos de vidrio y refresco, yo aproveché para irme contra él y golpear tan rápido y tan fuerte como pude.

No se cuantos golpes pegué, sólo se que me sangraban los nudillos de los puños de tanto golpear. Yo no dejaba respirar al Carota, recordé todo el miedo que le guardaba de niño, recordé las agresiones que recibí de su parte y eso me daba la fuerza para seguir golpeándolo.

Alrededor mío la batalla continuaba. Al escuchar el escándalo los padres y las madres salieron de las casas con escobas y cacerolas, cinturones, palos y tubos que usaron para confrontarse contra la pandilla, hasta que lograron hacerla retroceder.

Carota estaba en el suelo, yo lo pateaba con una rabia hasta entonces desconocida. Era un bulto bajo mis pies, un perro asqueroso que merecía ser desecho a patadas. Me dolían las piernas de tan duro que pegaba. El hombre sólo podía cubrirse el rostro con las manos, no intentaba siquiera levantarse, nomás se cubría, como quien protege algo bello y no el detestable rostro de aquel ser que yo tanto odiaba.

Cuando finalmente me detuve, Carota aprovechó para salir huyendo a tropezones. Yo caí de rodillas. Sentí como si un balde de agua fría me cayera sobre el cuerpo.

Durante varias semanas Carota me buscó para vengar la paliza. Yo sabía que la suerte raras veces se repite y preferí evitar darle la oportunidad de reivindicarse.

A los pocos meses el Carota murió. Tenía 20 años, había cursado hasta el cuarto grado de primaria, su abuela había muerto hacía muchos años y su casa no era ya la pequeña casa a la orilla del río Choluteca. Un policía le ordenó que se detuviera y él salió huyendo. Sin mediar palabra le dispararon por la espalda y lo mataron. Mis amigos y yo fuimos a verlo, no había llegado aún el equipo forense de la policía y Carota parecía dormir en la acera. Estaba sobre su costado con el rostro hundido en un charco de sangre, su brazo derecho torcido hacia un lado y los ojos abiertos. Pude acercarme a él, vi su rostro que sonreía.

Al revisarlo la policía encontró que Carota tenía en su bolsillo doscientos lempiras, una pistola 22 y nueve porros de mariguana.

—¿Lo conocen? —preguntó el agente de investigación.

—No —dije y volvimos a casa.

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