HONDURAS: CON MIRAS AL BICENTENARIO.

  El 28 de septiembre del 2016, se celebró, con el más tímido civismo, la llegada de los Pliegos de la Independencia a Honduras, en un momento en que el país, como el resto de Centroamérica, se prepara para la proclamación de los doscientos años de la Independencia del Imperio español a celebrarse en septiembre del 2021. A cinco años de las celebraciones del Bicentenario, los Estados centroamericanos conservan todavía una alta cantidad de rescoldos...
EGO1 octubre, 2016

 

El 28 de septiembre del 2016, se celebró, con el más tímido civismo, la llegada de los Pliegos de la Independencia a Honduras, en un momento en que el país, como el resto de Centroamérica, se prepara para la proclamación de los doscientos años de la Independencia del Imperio español a celebrarse en septiembre del 2021. A cinco años de las celebraciones del Bicentenario, los Estados centroamericanos conservan todavía una alta cantidad de rescoldos coloniales, y sus contextos políticos y sociales contemporáneos presentan enormes similitudes con los hechos históricos que rodearon la conmemoración del Centenario en 1921.

Las anticipadas celebraciones del Bicentenario de la Independencia en América Latina comenzaron desde el 2010, cuando la nación mexicana conmemoró sus dos siglos de la libertad proclamada en 1810 con el famoso Grito de Dolores. Al mismo tiempo, muchos de los países sudamericanos también celebraron su Bicentenario en 2010 y 2011.

A doscientos años de vida independiente en Honduras, los conceptos de “libertad” e “independencia” en el país siguen siendo puestos a severas discusiones, pues la nación, institucionalmente debilitada, política y socialmente fragmentada, devorada por la corrupción y la criminalidad, parece no haber comprendido a cabalidad lo que aquella Independencia conseguida en 1821 significa.

dt-common-streams-streamserverJosé Cecilio del Valle, redactor de Acta de Independencia de Centroamérica.

Como se ha escrito en múltiples ocasiones, la Independencia centroamericana no se conquistó a través de las armas (como sí ocurrió en el resto del continente), sino más bien, por medio del consenso de la clase criolla que gobernaba la Provincia; misma que propugnó por una Independencia de escritorio antes de ver una guerra.

Desde su emancipación, el territorio hondureño ha estado ligado a una serie de nuevas dominaciones. Una vez independizado de la Corona española, el Estado se adhirió el Imperio mejicano de Agustín Iturbide I que no duró mucho; se aglomeró luego bajo la bandera de la República Federal de Centroamérica, y con la disolución de la Federación, se amparó, de cierta forma, en la “protección” de la Corona británica a través de los cónsules Frederick Chatfield y Frederick Stanfield; hasta la suplantación de éstos por el poder estadounidense llegado a Honduras a finales del siglo XIX, de cuyo seno proteccionista aun no logramos salir. Una cosa es segura: la Independencia patria del Imperio español es un hecho consumado.

Para comprender los grandes panoramas de un siglo XXI que comienza, y que nos ha traído consigo las vísperas del Bicentenario, es muy necesario comprender algunas situaciones históricas experimentadas durante estos doscientos años de la vida nacional, particularmente los cien años que comprende el lapso de tiempo transcurrido entre las manifestaciones cívicas del Centenario de 1921 y el presente movedizo que nos anuncia el Bicentenario de 2021.

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CONTEXTO GENERAL DEL CENTENARIO EN HONDURAS, 1921.

En el marco de las celebraciones patrias por el centenario de la Independencia de Centroamérica, en la administración de Rafael López Gutiérrez, el mundo occidental se encontraba en pleno intento de recuperación por los múltiples estragos que había producido la Gran Guerra. En Honduras, dos acontecimientos bélicos rodearon los eventos: las guerras civiles de 1919 y 1924 (Soriano, 2009).

En 1919 se desató la primera guerra civil importante de Honduras, cuando, por motivos de disputa del poder, Rafael López Gutiérrez se enfrentó a las fuerzas de Francisco Bertrand, quien pretendía perpetuarse en el poder (imponiendo a su cuñado Nazario Soriano). Sin embargo, ésta guerra, como la posterior guerra de 1924, fueron la continuación de una etapa de conflictos políticos que habían tenido su génesis en las guerras policarpistas, disputadas entre los ejércitos de Policarpo Bonilla y Domingo Vásquez.

En 1923 se realizaron elecciones para elegir gobernante del país que sucedería a López Gutiérrez. En los comicios participaron Juan A. Arias, Policarpo Bonilla y Tiburcio Carías. Este último resultó con más votos a favor, pero al no haber alcanzado la “mayoría absoluta” (100,000 votos) se declaró la elección como desierta. Al sentirse robado, y al no encontrar convenio con sus contrincantes, sobre todo con Juan A. Arias, el 30 de enero de 1924 el General Carías le declaró la guerra a los aristas, lo que desembocó en el conflicto.

la-brutalidad-de-la-matanzaTropas civiles al mando del General Vicente Tosta, durante la guerra civil de 1924.

La guerra se libró en Tegucigalpa, y dejó miles de muertos, convirtiéndose en la guerra civil más cruenta de la historia nacional.

Por otro lado, la región centroamericana había intentado un nuevo proceso de unificación a través de un pacto que intentaba restablecer un Consejo Federal y una Asamblea Centroamericana, pero no hubo coordinación ni cohesión entre los Estados que se habían unido: Honduras, El Salvador y Guatemala, y el proyecto fracasó de nuevo (Enciclopedia de Honduras, 2006, p. 365).

En materia económica, el control de las compañías bananeras había alcanzado su mayor auge productivo y comercial en 1919, además del enorme control político que los dueños de dichas empresas transnacionales ejercían en los partidos políticos y en los hombres de gobierno, financiando a unos y a otros (liberales y nacionalistas), con la clara finalidad de gozar de las prebendas y excepciones fiscales del Estado hondureño (Mario Argueta. Historia de Honduras, 1980).

Ése mismo año (1921) se fundó la Federación Obrera Hondureña, dirigida por líderes obreros influenciados por la Revolución rusa de 1917; lo que produjo la extensión de la huelga de obreros azucareros en casi todo el país.

Fuera de todo, hubo celebraciones y desfiles cívicos a lo largo y ancho del país, se desplegaron banderas, cantos, danzas folclóricas, se recitaron poemas, se cantaron canciones alusivas a la libertad y la esclavitud de los 300 años de dominación; se construyeron monumentos en honor a la República Libre (como el obelisco de Comayagüela), etc.

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El Obelisco de Comayagüela fue inaugurado en 1921 como un homenaje al Centenario de la Independencia centroamericana.

El CENTENARIO EN MÉXICO, 1910.

La celebración de las fiestas por el Centenario de la Independencia de México en 1910 fue, en palabras de la historiadora mejicana María Eugenia Ponce (2009, p.3), «un año de sinsabores», y el tiempo en que se celebró fue «un mes de ensueño, de rehabilitación, de esperanza y de íntimo regocijo nacional.

Como fue característico de las primeras décadas del siglo XX, Latinoamérica se vio envuelta en una serie de contradicciones sociales que pusieron a la región en una situación de constante inestabilidad política que desembocó, en muchos de los casos, en guerras civiles cruentas. Dicho de este modo, el Centenario de la Independencia de México se dio durante la explosión del conflicto bélico más importante de ese país en su historia republicana: la Revolución mexicana (Arenas Guzmán, 1969).

seqierosFragmento del mural de Siqueiros sobre la Revolución mexicana de 1909.

Pese a los combates y el clima de distensión que creaban las trifulcas de las Revolución en 1909, los actos de conmemoración se llevaron a cabo en todo el país, y el Grito de Dolores, iniciado cien años antes por Miguel Hidalgo y sus milicias libertarias, se dejó escuchar en cada rincón de la República.

Ponce (p. 4) expone que: «Como era de esperarse, a la organización de recepciones se sumaron las fiestas campestres, bailes y banquetes, la cual dio oportunidad para que la élite porfirista pudiera hacer gala de ser y formar parte de una nación «civilizada» y próspera».

EL CENTENARIO EN AMÉRICA DEL SUR.

En América del Sur, las celebraciones del Centenario de Independencia se dieron en un momento de «americanidad», pero «sin rencores ya contra la madre patria, España». En este sentido, en el caso particular de Argentina, Chile, Colombia y Perú, países todos de gran representación para la Corona española en el periodo colonial, la celebración del Centenario se presentó como la oportunidad de confraternizar, y no de disentir con la España resquebrajada de la primera década del siglo XX; que en épocas anteriores había dado vida y forma a las naciones del sur del continente americano.

732_001Imagen representativa del Centenario en Colombia.

María Pazos y Raquel Santos escriben: «La celebración del Centenario se dio como un punto de quiebre entre las relaciones con España, por la erradicación de los viejos rencores, y como una oportunidad para manifestar estos sentimientos cordiales hacia España…» (Pazos y Santos, 1996, p. 11).

Al parecer, todos estos intentos de las naciones del sur de congraciarse con España tenían como principales condicionantes dos puntos centrales; por un lado el deseos de los países americanos de reencontrarse con su cultura, su procedencia étnica y social ligadas a España, más el deseo de encontrar y unir todos los puntos que ambos lados tenían en común. Por otro lado estaba el fundado temor que suponía la amenaza del imperialismo norteamericano. Pese a todo, las celebraciones se dieron con júbilo y esperanza en todas las naciones sudamericanas.

EL CENTENARIO EN ESPAÑA.

alfonso-xiiiAlfonso XIII, Rey de España al momento de la celebraciones por el Centenario de la Independencia en América Latina.

En 1921, año en que se celebraban los cien años de la emancipación política de los pueblos hispanoparlantes del continente americano, la situación política de España era totalmente distinta de lo que había sido en los días cuando el Imperio español era todopoderoso.

La nación española se  encontraba en un claro deterioro por los múltiples daños de la Primera Guerra, la larga y desgastante guerra de “pacificación” sostenida con Marruecos, los serios problemas políticos internos que ponían en riesgo a la Corona, la amenaza de la Segunda República Española, las constantes protestas de los trabajadores y obreros, entre otros.

Sin embargo, el país, a través de los representantes del rey Alfonso XIII y el pueblo español, mostró un gran interés por las celebraciones del evento que por supuesto competía a ambos territorios divididos por el Atlántico, tanto a Hispanoamérica como a España (Pazos y Santos, p. 13).

ifni-vigila-playa-644x375Soldados españoles durante la «Pacificación de Marruecos».

Así, «también España se unió a los festejos», de una forma mucha más moderada, pues la álgida situación de la dictadura de Primo de Rivera, que comenzaba, no permitía grandes celebraciones de ningún tipo.

PROYECCIONES DEL BICENTENARIO CENTROAMERICANO, 2021.

Entonces, ¿qué cambió y qué permanece en el imaginario social a cerca de la Independencia?, el contexto político-social, así como los imaginarios sociales de los hondureños ha sufrido diversos y considerables cambios que siguen siendo condicionados no sólo por su realidad interna, sino también por los procesos y las contradicciones sociales del mundo occidental en su conjunto.

Los conflictos sociales, políticos y económicos siguen estando —igual que el 1921— presentes en el desarrollo e imaginarios de la nación hondureña. Los niveles de corrupción en la administración pública, el alto sentido de “entreguismo”, así como la escasa noción de identidad, sentido de pertenencia y hondureñidad, siguen siendo todavía conceptos precarios en el imaginario de la sociedad nacional.

La víspera del Bicentenario de la Independencia de Honduras del Imperio español se presenta en condiciones desfavorables para el desempeño de la clase política —y de toda la nación— que a lo largo de doscientos años no ha sido capaz de gestionar un pequeño Estado con enormes posibilidades comerciales, abundante en recursos y con una población trabajadora y fuerte, que a través de estos dos siglos ha sabido resistir los grandes embates de la violencia, la injusticia, la desigualdad, la corrupción, la miseria y el miedo.

 

 

 

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