LA ESCALA

La torre de marfil tentó mi anhelo; quise encerrarme dentro de mí mismo, y tuve hambre de espacio y sed de cielo desde las sombras de mi propio abismo. Ruben Darío El Poeta tenía que escribir, se lo repitieron tantas veces los coroneles y ministros que le visitaban: “El señor presidente está esperando un poema suyo”, le dijeron, recordándole luego, con esa sutil manera que tienen los lacayos de decir las cosas, que debía estarle...
ALG19 agosto, 2016

La torre de marfil tentó mi anhelo;

quise encerrarme dentro de mí mismo,

y tuve hambre de espacio y sed de cielo

desde las sombras de mi propio abismo.

Ruben Darío

El Poeta tenía que escribir, se lo repitieron tantas veces los coroneles y ministros que le visitaban: “El señor presidente está esperando un poema suyo”, le dijeron, recordándole luego, con esa sutil manera que tienen los lacayos de decir las cosas, que debía estarle agradecido al Benemérito por el favor de hospedarle. Y le estaba agradecido, disfrutar por última vez la miel de la gloria, alejarlo de aquella ciudad de metal ignorante de las letras castellanas —en donde se vio morir en la más absoluta soledad— hospedarlo a su altura en el hotel más fino de Centroamérica, acercarlo siquiera un poquito a su pueblo natal, tierra de cementerios con cruces. ¿Cómo no estarle agradecido, si su beneplácito era la balsa para cruzar el Aqueronte? Él quería escribir, intentaba hacerlo, pero sentía que lo que le pedían era demasiado: un poema para el presidente, cuyo nombre era el octosílabo más horroroso de la tierra, celebrar en sus versos Las Minervas, ignorar la traición, la muerte y el exilio de quienes criticaban la prolongada administración del déspota, la esclavitud de los indios, el miedo. ¿Cómo ver de frente su propio rostro en el espejo, si su verso era tarifado por el mismo Metatrón? Reconoció las arrugas tristes de su gorda cara y con neoplatónica sabiduría comprendió que se estaba muriendo, que tenía años de estar en agonía. Se recostó en su cama viendo el techo gris de la habitación y aferrado a su crucifijo de marfil, con el horror de quien ve la cara de la desnarigada junto a su lecho, supo que se terminaba su tiempo. Las fiebres, el dolor abdominal y los escalofríos de la cirrosis lo mantenían muy débil, las náuseas y los vómitos lo aislaban en las paredes oscuras del hotel. Sus amigos contaron que regularmente lo encontraban como muerto en su habitación, salvo “las raras veces en que el alcohol lograba galvanizarlo”; entonces era bello, resplandeciente. “Pobre poeta —decían los amigos—, no quisiera la gloria a ese terrible precio que la paga: vela prendida por los dos cabos, ha alumbrado pero se ha consumido”.

Él sabía que sus versos, antes poseedores de la fuerza de la primavera, que hicieron bailar a las ninfas y a los centauros en reinos mágicos y palacios de diamantes, carecían ya de fuerza, los sentía flojos y descuidados. La musa que le acompañó por los jardines que poblaban el triunfo de los pavos reales lo había abandonado, llevándose consigo a los cisnes, elefantes y lagos azules, dejando en su lugar árboles y piedras insensibles.

Cuando el presidente supo, en una comunicación interceptada que iba para el gobernante de Nicaragua, que el poeta se encontraba en Nueva York en un delicado estado de salud, vio la oportunidad que había estado buscando. En su locura, él sabía que la poesía sobrevive la frágil frontera de la carne y buscó patrocinar portaliras que escribieran sobre él sonetos, que las generaciones futuras recitarían en memoria del gran Benemérito de la patria. Quería ser Pericles. Constituyó las Fiestas Minervas, diosa de la sabiduría, para celebrar a las escuelas y los maestros —en un país en donde el analfabetismo superaba el 90% de la población—; hizo el Partenón a escala real, o dijo hacerlo y como mucho en su administración quedó en la primera piedra; se declaró Educador de los Pueblos y Protector de la Juventud Estudiosa, a la vez que constituyó el natalicio de su madre como día de fiesta nacional, en agradecimiento por haber engendrado un hijo tan admirable y prodigioso para los destinos de Guatemala. Pero la verdadera ambición del presidente, era obtener un soneto de la altura de Oh Captain! my Captain! de Walt Whitman, escrito para él; después de todo era el hombre más poderoso de Centroamérica: ¡un semidiós contemporáneo!

Lo intentó con el poeta Arenales de Colombia, El señor de los topacios que resultó ser un irredento homosexual declarado y escandaloso, anarquista subversivo que casi corrompe a los hijos de buena familia, sensibles a la lírica y débiles a los placeres del mundo.

Lo logró de alguna manera, con el cronista arrogante de ojos verdes que desde la diáspora escribió en defensa del Benemérito Prócer Vivo: “Por sus avances, la ciudad merece el nombre envidiable de Atenas del Nuevo Mundo” —dijo el cronista, bello y cínico, que burlándose del dictador inventaba duelos de “mentirillas” en defensa del honor del benemérito y le enviaba luego recortes de diarios franceses, estando él asignado como cónsul en Hamburgo, donde contaba la crónica de sus duelos y aventuras.

—Este cronista es un gígolo que me explota como si yo fuera una vieja millonaria —dijo el presidente y mandó telecomunicación al cronista preguntando: “¿En dónde se publican esos periódicos de los que usted me envía recortes? Son desconocidos para la generalidad; ninguno de ellos representa dignamente a la prensa gala; y además, entiéndalo bien, yo lo he mandado a representarme en Hamburgo y no a batirse por mí en París”.

Es fácil comprender por qué el presidente no iba a dejar pasar la oportunidad de que el poeta escribiera para él. Después de todo, el poeta era un ave de canto hermoso y él, el presidente, era el dueño de todas las aves.

El Poeta era robusto, fornido, pero débil en extremo. Había malgastado su cuerpo durante tantos años, como él mismo decía, saturándolo de excesos, llenándolo de sensaciones fugaces —pagos “al contado” del paraíso en esta tierra—, para olvidar la tortura de ser hombre, paliar el sufrimiento de pensar en su pobre y mortal existencia.

Viendo desde su ventana las calles empedradas de la ciudad, el poeta recordó aquella primera vez que llegó al país, cuando el golpe de Estado en El Salvador lo obligó a dejar a su  Stella y fundó un periódico. Distinto era el poeta en esos días, con sus veintiseis años de edad, su carrera en ascenso, su esplendor, lleno de vida, cuando París no pasaba del margen de las páginas de sus libros y era por lo tanto infinita.

Fue en esa ocasión que conoció al cronista de ojos verdes, entonces de apenas diecisiete años, ya inquieto y arrogante.

—Se nota que para usted el mundo exterior no existe. —Le dijo el cronista en un texto—. Sus visiones, como sus armonías, son interiores, son cerebrales o psíquicas. Sus ojos no son de pintor (…) Sus decoraciones y sus visiones, las lleva en su mente (…) su musa es más amiga de evocar que de pintar.

La musa, esa hada encantadora, ese cisne blanco de fino cuello. El poeta conoció a la musa desde pequeño, el niño prodigio le decían. Con ella sonaba en su cabeza melodías y palabras que caían, una junto a la otra, en una suerte de tormenta de granizo. Publicó sus primeros versos a los trece años y aprendió a cantar a las garzas y a las gaviotas. Con su lira viajó por todo el mundo —si alguna vez pensó su suerte sería mejor—. Conoció los palacios perdidos de los Sultanes de Granada, los callejones oscuros de los barrios junto al río de la plata; besó los labios rojos de duquesas y campesinas, y sus palabras sonaron en los salones y lupanares de Barcelona y Tegucigalpa. Cualquiera hubiera sido feliz, cualquiera habría cantado a la vida espantando las desgracias; pero no el poeta, él traía bajo su piel el barro rojo de su tierra que le perseguiría a donde fuera, con calaveras y ataúdes, con pestes y guerras.

—¿Terminó el trabajito poeta? —le preguntaban.

—Ya casi —decía, buscando entre sus notas viejas algunas líneas que pudiera reciclar.

—Hágalo usted, amigo —suplicaba el poeta a los jóvenes literatos que le visitaban a diario—, hágame usted un poema para el presidente.

Pero los jóvenes huían de tal faena. ¿Quién, sino Heracles, podrá llevar a cabo las doce tareas del rey de Micenas?

Una tarde tocaron a la puerta de su habitación.

—El señor presidente lo espera —dijo en el umbral un hombre recio, con esa cara de bruto que tienen los mensajeros de Hades: espalda de ataúd, voz de terremoto.

Cuando escuchó esas palabras el poeta se sintió desmayar, sus rodillas temblaron y su garganta se secó; buscó con la vista la botella de Jerez junto al manuscrito amarillento de la novela que nunca terminaría sobre su viaje a la isla de Mallorca.

—Ya voy —dijo y luego de un trago, salió.

El palacio del señor presidente era soberbio, como el de un rey burgués, con verdes jardines poblados de flores y preciosas aves entre estanques y estatuas de mármol. Afuera del portón de entrada, hecho con el hierro fundido de mil cadenas coloniales, se apilaban menesterosos, mendigos y oligarcas caídos en desgracia, todos suplicando un minuto con el Benemérito, Hijo Predilecto de la Patria, Prócer Vivo.

Un indio silencioso abrió la puerta del carro mostrándole el camino, el poeta siguió la línea rígida de la mano de aquel hombre oscuro e imaginó que esa misma mano había cortado la cabeza de cientos de hombres en quién sabe qué guerra civil. Sintió que avanzaba rumbo al patíbulo, seguido por un triste verdugo, entre pasillos iluminados con el resplandor del jardín. Ensayó las razones que daría para su dilatado proceso creativo, buscó en su memoria las melodías desechadas de versos viejos, quizá un poema descartado de alguna colección que se preste a la dolorosa trasmutación; pero el canto de las aves rebotaba en los pisos de mármol del palacio; si acaso, en el fondo, supo el poeta distinguir la dulce voz de un pavo real.

—Espere acá —le dijo el indio y el poeta se sentó en el pasillo, estrujando en sus manos el sombrero de fieltro negro, viendo el brillo de sus zapatos. Por un momento se sintió niño, esperando entrar a la oficina del rector del colegio de los jesuitas.

Difícil decir cuánto esperó el poeta. Con el tiempo, todos los siglos caben en un segundo. Podemos suponer que sintió frío, quizá pensó tener fiebre y le dolió el abdomen abultado, a lo mejor tuvo sed, esa urgencia que lo estaba matando.

Al rato salieron dos hombres, iban hablando entre sí, susurrando quién sabe qué cosa, el poeta no se sentía con ánimo para descubrir conspiraciones. Los hombres lo vieron y sin reconocerlo se alejaron, como quien huye de un asesinato.

—Pase poeta —mandó el presidente desde la puerta, extendiendo fraternamente su mano.

El poeta se levantó y saludó con humildad a su mecenas.

—Presidente —le dijo, estrechando su mano.

El salón era de paredes finamente adornadas con arte exquisito, una copia del pasaje Las Hilanderas de Velázquez en la pared central, estatuas de Minerva y Pericles en pedestales, cortinas de terciopelo que suavizaban el sol        resplandeciente, una mesa de caoba oscura rodeada por trece sillas Luis XIV.

—Usted me disculpará, poeta —comentó el presidente—, con tantas obligaciones no he tenido tiempo de ingerir mis alimentos. ¿Se le antoja algo?

—Agua solamente —respondió el poeta. No sentía que era apropiado pedir un trago de brandy.

Dos viejas indígenas entraron al salón, una llevando una bandeja con un guisado de puerco y arroz para el presidente, la otra un vaso de agua que al poeta pareció de una limpieza virginal.

—¿Está cómodo en su hotel, poeta? —preguntó el dignatario con el bocado de cerdo en la boca.

—Sí, señor presidente, estoy muy cómodo, gracias a usted.

—Me alegra. Todo lo que tenga que hacer, para que El Príncipe de las Letras Castellanas esté cómodo. Y dígame poeta, ¿ha trabajado en el encargo que le hice?

—Pues —titubeo el poeta—, he estado un poco enfermo y…

—Sí, sí yo sé —interrumpió el presidente. —Sabe poeta —prosiguió, señalando con el tenedor a la estatua de la esquina—: siempre me ha fascinado Minerva. De todos los dioses romanos y griegos, ella es la más bella y tenebrosa. Es el alma de los poetas, como usted mi buen amigo, y es la lanza que destroza el corazón del abyecto. Minerva, la diosa de las ciencias y de las artes, es la diosa de la guerra, la que inventó el arte de hilar y bordar y enseñó a los hombres a usar el carro de guerra. Me fascina la historia cuando Neptuno quiso nombrar la ciudad Cecrops con su nombre, pero Minerva, celosa y destructora como la peor de las amantes, se opuso y compitió con él, para ver quién traía lo más útil para el hombre. Neptuno trajo el caballo, hermoso caballo de crines brillantes, Minerva trajo el árbol del olivo; un árbol, un simple árbol que sirve igual para la cocina como para el baño. Finalmente ella ganó y puso su nombre a la ciudad, la gran Atenas. Eso poeta, es lo que yo quiero dejar como legado: el árbol de olivo. Quiero que esta ciudad sea la Atenas del nuevo mundo. ¿Usted me entiende verdad?, Latinoamérica está creciendo y necesita inspiración y su poesía, poeta, su poesía es el alma de este proyecto.

El poeta guardó silencio, no sentía energía para discutir y menos con el presidente. Vio sus manos finas y amarillas, aún bellas a pesar del tiempo y la mala vida que ha llevado.

—¿Y si no logro escribir el poema? —preguntó, temeroso.

—Oh no se preocupe poeta, usted lo escribirá. Las imágenes y ritmos de la poesía viven en su cabeza como las ninfas en el bosque.

El señor presidente metió otro bocado de cerdo en su boca. El poeta vio con asco cómo los bigotes del Primer Magistrado se llenaban de guiso y luego sus cachetes hinchados de comida se movían con sus quijadas mientras mascaba; sintió ganas de vomitar, pero logró controlar el impulso.

—Esos hombres que vio salir —dijo el presidente aún con la boca llena—, son fieles como perros amaestrados. Son capaces de matar a sus madres si se los pido. Me gusta la gente así, la lealtad es una virtud poco común. Vea cómo funciona la mente humana poeta, les dije a cada uno por aparte, que sospechaba que el otro estaba conspirando en contra de mi gobierno y necesitaba que le mantuviera vigilado muy de cerca.

El presidente metió un bocado más a su boca, sonrió complacido con la historia que contaba.

—Desde entonces son uña y carne, parecen hermanitos.

Sonrió el presidente.

—Pero sabe lo más divertido, que yo sé muy bien, que aquel que venga a delatar primero, será el verdadero conspirador, querrá desviar mi atención o culpar al otro de sus pecados. Su poema —prosiguió el presidente señalando al poeta con el tenedor—, debe ser la luz que ilumine estas tierras. Un canto de esperanza a un pueblo que lucha por crecer. La educación, poeta, es la piedra angular de mi legado. ¿Cuento con usted verdad?

—Sí, señor presidente —respondió el poeta.

—Bien. Porque necesito que me entregue esos versos en, digamos, ¿dos semanas? Tengo que mandarlo a imprenta para que se reproduzca y se lleve hasta el más lejano rincón del país. ¿Comprende?

—Dos semanas —repitió el poeta como quien repite una sentencia.

—Ahora, si me disculpa, poeta, tengo mucho trabajo y debo seguir —dijo, terminando su plato de guisado.

El poeta tardó unos segundos en comprender que el presidente lo estaba corriendo. Confundido se levantó de su silla y extendió su mano saludando al mandatario. La mano del presidente era gruesa, firme, como la del rey Josué cuando conquistó Jericó.

El poeta salió del palacio sintiendo que sus fuerzas se agotaban, pensó que el sopor que previene la muerte invadía sus músculos y tembló de miedo. Afuera del portón, una pequeña multitud desesperada bajo el sol de la tarde. El indio anunció que el presidente no recibiría más personas ese día, estaba muy ocupado. El poeta cerró sus ojos dejándose arrullar por el movimiento del carro y soñó: él era una caja de música, un grupo de damas hermosas lo hacían cantar tiernas melodías inspiradas en las flores de un jardín en primavera, varios caballeros de finas vestiduras reían entre copas de jerez y pipas de opio decoradas con tipografía oriental, un cisne blanco sacudió sus alas en una fuente con agua cristalina… Estaba en París, en la mesa de un bar en el barrio Latino, reconoció frente a él al poeta Baudelaire, ya cerca de la muerte. Sobre la mesa la calavera de un hombre. El poeta vio con atención cómo de la fosa del ojo izquierdo de la calavera salía una mariposa de alas frágiles.

Hypocrite lecteur —dijo Baudelaire—, mon semblable, —mon frère!

El poeta siguió con la vista a la mariposa que se posó en el hombro de una mujer que tejía frente a la pared. Avanzó hasta ella pensando en tomarla sin distraer a la hiladora, pero al acercarse la mariposa voló y se posó sobre la rueca. La mujer siguió girando la rueda con el pedal y la atrapó entre los hilos. El poeta intentó detenerla, ¡salvarla! Levantó la vista y vio que la mujer tenía en horizontal, cuatro ojos oscuros y dos quelíceros de tijera en forma de quelas peludas en lugar de boca.

—Minerva —dijo la mujer araña en un oscuro lamento— …Minerva.

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