CAPÍTULO V: LA MASACRE

«No matarás» *** «La guerra está por todas partes». —Pensó Víctor, cuando escuchó de los combates en la lejana Europa. Y aunque la guerra le parecía horrorosa, sabía que era parte de esta vida. —Abrahán peleó para rescatar a Lot, prisionero en Sodoma, enfrentándose por la noche a la espada de hoz y Josué conquistó Jericó tocando el cuerno por siete días, matando finalmente, a todo hombre, mujer o niño, en nombre del Señor nuestro Dios....
ALG6 julio, 2016

«No matarás»

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«La guerra está por todas partes». —Pensó Víctor, cuando escuchó de los combates en la lejana Europa. Y aunque la guerra le parecía horrorosa, sabía que era parte de esta vida. —Abrahán peleó para rescatar a Lot, prisionero en Sodoma, enfrentándose por la noche a la espada de hoz y Josué conquistó Jericó tocando el cuerno por siete días, matando finalmente, a todo hombre, mujer o niño, en nombre del Señor nuestro Dios.

Víctor supo de las maniobras de los soldados gringos en la costa norte. Escuchó de las expropiaciones que el gobierno hizo a las propiedades de los alemanes residentes en el país y de los judíos desesperados, que huyendo de los campos de concentración, pagaron en efectivo refugio al gobierno hondureño, y luego éste, después de tomar el dinero, les cerró la frontera.

«Maldito el país que se burla de los más necesitados» —pensó Víctor y como muchos, no dijo nada.

Con los años el Cariato se resquebrajaba. Resurgieron las revueltas liberales, aplastadas en un inicio con el puño firme de la dictadura; el General Bertrand Anduray se alzó en armas y cayó en combate; los comunistas, sindicalistas, campesinos, obreros, comerciantes del país se declararon en huelga y fueron perseguidos sin descanso… pero todo era lejano para Víctor, nada tenía que ver con él.

En 1944, Víctor era ya un hombre y trabajaba vendiendo frutas en la avenida El Comercio, cerca del mercado de San Pedro Sula. Era miembro activo de la iglesia adventista y no le interesaba la política de los hombres. No le gustaba el gobierno de Carías, pero entendía que si no se metía con él, él no se metería con su vida.

Una tarde una joven se plantó frente a él y lo vio con curiosidad.

—¿Víctor? —Dijo la joven, viéndole con los ojos vidriosos en su puesto de frutas en la avenida.

—¡Sí! —respondió Víctor, sorprendido de aquella joven.

—Soy Ana, tu hermana.

Y ambos se saludaron alegres.

—¿Aquí trabajas? —Preguntó ella, viendo el puesto de frutas en la calle.

—Normalmente sí, a veces voy a vender al parque central pero acá me va mejor.

—Yo vine con mi esposo a una manifestación. Me casé, te cuento.

—¡No sabía! Felicidades.

—¿Y ahora vivís acá en San Pedro?

—No, vivo en Cuyamel —respondió Víctor.

—¿Y desde allá venís todos los días?

Víctor asintió con la cabeza y luego vio al hombre que a lo lejos llamaba a la joven.

—Debo irme ya —dijo Ana, viendo a su marido que hacía señales con los brazos—. Ése es mi esposo. Otro día te lo presento. Quizá debés ir al parque a vender, habrá mucha gente y te puede ir bien.

—Voy a pasar más tarde —afirmó Víctor y se despidió de su hermana con un abrazo.

Movido por la curiosidad, Víctor decidió trasladarse con sus frutas al parque central. Se instaló a unos metros del estrado en donde un hombre daba un saludo al aniversario de la independencia de los Estados Unidos.

—Las naciones civilizadas definen su destino por las urnas —decía el hombre en el estrado—, los hermanos de Guatemala y El Salvador han decidido retomar el camino a la Democracia y nosotros, hoy acá reunidos, le exigimos al Doctor Carías, en nombre del pueblo hondureño, en nombre de los pueblos de Centroamérica, que renuncie a la presidencia de este país y convoque a elecciones.

Los aplausos fueron extensos, había alegría y optimismo en el ambiente, a pesar de la estricta vigilancia policial.

—Tome —dijo un hombre, extendiendo un panfleto político a Víctor, en donde se pedía formalmente la renuncia de Carías.

—¡No, gracias! —respondió Víctor, ignorando el panfleto, prestando más atención a su venta que a los discursos.

—Debemos advertir al Presidente que si no renuncia para el catorce de julio los obreros de la compañía iremos a una huelga de brazos caídos en todo el país. —Gritó otro hombre desde el estrado. Tenía un sombrero ancho y un extenso bigote que le cubría la boca. Alzaba su mano con la palma hacia su rostro, como golpeando el aire con el dorso para darle más fuerza a sus ideas.

Y los aplausos, nuevamente, fueron extensos.

Víctor vio el poco producto que le quedaba en el troco y decidió volver a casa, su anciana madrina lo esperaba para la cena. Esa noche habló con ella del malestar en la espalda de la señora, que rondaba los setenta años e ignoraba que estaba cerca de la muerte; de la venta de frutas en San Pedro Sula y de las noticias de la guerra en Europa. Evitó mencionar la manifestación en el Parque Central y no dijo nada sobre el encuentro con su hermana Ana.

Dos días después, el jueves, Víctor salió de su casa, guardó su producto en un enorme saco de mezcal y lo echó al troco de madera, trasladándose a vuelta de rueda hasta el centro de la ciudad, donde pensaba vender todo lo que tenía.

«A río revuelto, ganancia de pescadores» —se dijo.

Al llegar al centro vio con curiosidad que los negocios estaban cerrados; pero no le dio importancia y se instaló con su venta donde siempre lo había hecho: sobre la calle del comercio.

Después del medio día la gente comenzó a aglomerarse. Para las cuatro de la tarde la multitud habían llegado hasta él. Eran cientos, quizá miles de personas, hombres de todos los estratos sociales, mujeres, ancianos, niños y jóvenes que caminaban en silencio, como procesión del Jueves Santo.

La marcha estaba encabezada —principalmente— por mujeres. Víctor prestó atención a los rostros, estirando el cuello como tortuga, buscando a su hermana entre las manifestantes. Pero no logró dar con Ana. En sus adentros él sabía, que ella debía estar ahí, entre la multitud, pero resultaba difícil localizarla.

Un hombre vestido de saco llamó a gritos a los manifestantes. Era el mismo hombre del bigote y el sombrero ancho que hablara en el parque central dos días antes.

Víctor no logró escuchar con claridad lo que el hombre decía, pero pudo escuchar un «¡Viva Honduras!» que pareció partirle los oídos.

Al momento sonó un disparo seco, hondo, que vino del frente de la manifestación y que tomó a todos por sorpresa.

Luego comenzaron las metrallas, en un tartamudeo tenebroso que retumbó con eco en las paredes pálidas de la ciudad. El silencio se regó a nivel del suelo y los gritos cubrieron los cuerpos dispersos por la acera gris.

El primer impulso de Víctor fue recoger su producto, tomar su troco y alejarse, buscar un lugar seguro —después de todo, él no tenía nada que ver con la manifestación—. Pero no pudo. La gente corría desesperada para ponerse a salvo de los disparos que venían de todas partes.

En segundos la calle se convirtió en un río de gente espantada que tropezaba una con otra y caían… caían… caían…

La puerta de una farmacia se abrió y salió una joven que llamaba a gritos para que la gente se refugiara adentro del establecimiento. Víctor la conocía bien, ella solía comprarle naranjas al llegar al trabajo. Era linda, más o menos de su edad. Irene se llamaba, pero le decían La Reina, porque había sido reina de la Feria Juniana.

Víctor pensó en correr y meterse en la farmacia, sabía que La Reina le dejaría entrar. Pero vio como la joven cayó de bruces en el suelo abatida por una ráfaga de metralla que parecía venir de la terraza de la tienda Larach.

Un joven estudiante de secundaria cayó sobre la mesa llena de naranjas, botando las frutas que rodaban por la calle ensangrentada, formando bolas rojas por el pavimento. Víctor se arrojó al suelo para protegerse de las balas. Vio a un hombre —el microeléctrico le decían en el mercado, feo, pobre infeliz— que corrió hasta el cadáver fresco de la reina de belleza y la abrazó llorando.

—¡Mamita! —Gritaba el microeléctrico mientras lloraba de rabia, viéndose las manos ensangrentadas— ¡Mamita! —decía.

Luego más tiros y más cuerpos cayendo por todos lados.

De panza sobre el suelo, Víctor comenzó a moverse despacio, confundiéndose con los cuerpos de los hombres y mujeres que agonizaban, llorando y pidiendo ayuda, arrastrándose sobre la sangre que parecía manar desde el asfalto.

En una esquina había una mujer acurrucada cubriendo con su dorso el cuerpo de un niño de unos siete años. Víctor llegó hasta ellos, esperando ayudarles a salir de aquel infierno. La tomó del hombro moviendo su cabeza y vio los ojos de la mujer; su rostro tétrico cayó pesado sobre sus rodillas cuando Víctor la soltó espantado, y la cara muerta del pequeño le recordó a los niños que corrían entre las barracas de la compañía bananera.

—¡Dios! —Fue lo único que dijo Víctor, retrocediendo con horror, alejándose del cadáver de la señora que cayó nuevamente sobre el pequeño.

Casi arrastrándose llegó hasta la esquina, a pocos metros de él, le pareció haber visto a su hermana Ana que tenía el rostro cubierto de sangre y yacía en posición fetal sobre el suelo. Víctor pensó en ir a por ella y rescatarla, pero vio a los policías que venían por la calle rematando los cuerpos que aún estaban con vida.

Se incorporó y corrió tan rápido como pudo, tropezando entre los cuerpos ensangrentados y las vísceras humanas dispersas en el asfalto enrojecido.

Al llegar a Guamilito se lanzó sobre un terreno baldío, sumergiéndose entre el pasto crecido y el mozote. En el suelo, boca arriba, revisó su cuerpo, buscando alguna herida que explicara la sangre sobre la ropa.

Pensó en su hermana y lamentó no haber podido ayudarle a salir; pensó en los hombres que pistola en mano remataban a los sobrevivientes y se convenció que de haberse quedado, habría muerto.

«No era ella —se dijo—, era una mujer que se parecía mucho, pero no era ella.»

Y decidió que la joven que había visto morir en la calle era otra muchacha, no Ana, no su hermana. «El señor me ha salvado» —pensó…

Ya más calmado y en voz baja recitó el Salmo 23, mientras miraba las hojas de un almendro parchar de verde el azul claro del cielo. A lo lejos las volquetas de la municipalidad recogían los cadáveres para llevarlos al crematorio municipal y quemarlos.       

«El señor es mi pastor; nada me faltará. En verdes praderas me hace descansar, junto a tranquilas aguas me pastoreará. Restaura mi alma. Me guía por sendas de justicia por amor a su nombre. Aunque ande en el valle sobrío de la muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo. Tu vara y tu cayado me infunden aliento. Me preparás la mesa en presencia de mis angustiadores. Unges mi cabeza con aceite, mi copa está rebosando. La bondad y el amor me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa del señor viviré para siempre.»

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Capítulo V del cuento «El Dios de Víctor» que aparece en el libro El Dios de Víctor y otras herejías (Casasola Editores 2015)

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