ALIMENTO, de Jorge Oquelí

Todos dicen que hacer arte en Honduras es difícil y tienen razón. No hay apoyo institucional, no hay financiamiento, no hay formación, no hay apreciación del público en general. Pero también hay que decir que en Honduras nos hemos acostumbrado a hacer arte para los artistas y conocedores, amigos cercanos, familiares y demás personas de espacios seguros. Siempre son los mismos quienes van a las exhibiciones, exposiciones, presentaciones y proyecciones. Esos mismos que temen a...
ALG22 junio, 2016

Todos dicen que hacer arte en Honduras es difícil y tienen razón. No hay apoyo institucional, no hay financiamiento, no hay formación, no hay apreciación del público en general.

Pero también hay que decir que en Honduras nos hemos acostumbrado a hacer arte para los artistas y conocedores, amigos cercanos, familiares y demás personas de espacios seguros. Siempre son los mismos quienes van a las exhibiciones, exposiciones, presentaciones y proyecciones. Esos mismos que temen a la crítica y ven las obras desde el vidrio de una viñeta que nos impide  alimentar nuestra labor creativa con la cotidianidad de la vida.

Allí surgen los artistas performáticos, en ese ambiente hostíl y permisivo en el que vivimos en Honduras. Busca romper con las paredes de la galería y llevar el arte a las calles y plazas, enfrentándose a una ciudad que compite por su atención y muchas veces, como en la obra Alimento de Jorge Oquelí, registrada en video en 2011, la fusionan con la vida.

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El arte performático es bastante reciente en Honduras, si bien su historia se extiende a finales de los sesenta y setenta en otras partes del mundo, en nuestro país ha sido hasta hace poco que aparece. Un arte que puede ocurrir en cualquier lugar y en cualquier momento. Es económico, improvisado (en su acción, más no en su concepto) y sorprende al público que busca interpretar los símbolos y la estética desde una visión más convencional. Elimina, en gran medida, las fronteras que dividen lo artístico y lo cotidiano.

De este registro de la pieza de Oquelí, más que la pieza en sí, que cargada de elementos oníricos como el vestido blanco, el pescado dorado pintado desde el entrepiernas en evidente alusión erótica, el caracol azul, las manos que pinta el artista de oro y el cuchillo de obsidiana que crea un ambiente que libera al espectador en su interpretación propia y hace claro que cada cabeza es un mundo. Lo que me llamó la atención es el universo desde donde se hace.

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—Dejame ir a prepararme y comenzamos. —Me dijo Oquelí cuando llegué al parque central de Tegucigalpa un sábado por la tarde.

—Está bien. —Le dije, y comencé a grabar el ambiente previo a la obra con la intención de tener un referente para el registro. E inmediatamente la magia comenzó.

Primero llegó el hombre que camina sobre vidrio llamando a los transeúntes y desocupados que mataban el tiempo en la plaza. El hombre comenzó a bailar cumbia sobre los vidrios, luego se acostó y pidió a uno de los malabaristas que se subiera sobre su espalda y después sobre su pecho mostrando luego la ausencia de heridas en su piel.

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El espacio del hombre que caminaba sobre vidrio era constantemente peleado por los jóvenes «resistoleros» que vieron en el final del acto la oportunidad de llamar la atención y obtener un poco de dinero, pero ante la ausencia de algo mejor preparado improvisaron una arena en la plaza y comenzaron a darse de golpes frente a un público que les gritaba eufórico dónde pegar y con qué fuerza.

Oquelí salió después de anunciado el ganador. Llamó con su caracol azul e hizo su pieza, que para el público era una pieza más del espectáculo general de ese día.

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Cuando Oquelí terminó entró Cesar Manzanares con su obra Memento Mori, en la cual camina entre la gente junto con una pequeña niña finamente vestida que lleva una corona de flores en la cabeza. En la mano de Manzanares una calavera humana en donde la niña metía una paellera para hacer bombas de jabón lanzándolas al público diciendo «memento mori», recuerda que morirás.

Al salir Oquelí dejó el pescado dorado de unas siete u ocho libras en el suelo. El joven huele pega que hizo de réferi en la pelea se le acerca y comienza a disputárselo con una mujer desdentada que vende lotería para finalmente hacerse con él e irse del círculo terminando el happening.

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—Hay que poner plantas de tratamiento de agua en todas las colonias para mandar las aguar residuales limpias al río. Me dijo un hombre a la cámara buscando explicar la obra.

Oquelí, mi cámara y Tegucigalpa se fusionaron esa tarde  de 2011 para dar vida a esta obra llena de magia.

Bien por los artistas en Honduras, que nos demuestran que hacer arte es difícil, pero se puede y más importante aun, se debe.

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