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Y LAS ESTRELLAS BRILLABAN

Un cuento inédito de Roberto Carlos Pérez

A la memoria de Lizandro Chávez Alfaro

Y las estrellas brillaban

E lucevan le stelle …
ed olezzava la terra
stridea l’uscio dell’orto …
e un passo sfiorava la rena …
Entrava ella fragrante,
mi cadea fra le braccia.

                               Tosca, Giacomo Puccini


Esta noche soy el Duque de Mantua. La sala está a desbordar. Pronto saldré al escenario vestido con jubón bordado de hilos de oro y beretta roja. Y aunque el único periódico que aún no hemos comprado diga que quienes vienen a verme son los empleados de mis padres, en el fondo sé que todos me aclaman. Me lanzan rosas amarillas, como a Enrico Caruso, porque saben que son mis favoritas. 

He calentado cuidadosamente la voz para que esta vez se escuche en todo el teatro y no digan que no sé cantar, como aseguró un crítico cuando hice el papel del atormentado pintor Cavaradossi, en Tosca. De ese crítico ya se encargó quien se tenía que encargar y dudo que venga a decir nada esta noche.

La brisa de lago de Managua llega hasta el teatro. La gente comienza a tomar asiento para ver la ópera Rigoletto, de la que también soy productor. Porque en este país uno tiene que hacerlo todo, y yo he decidido ser el lazarillo de la cultura. Por eso he hecho traer a ochenta cantantes italianos.

Mienten los que dicen que estoy despilfarrando el dinero del Estado para saciarme el ansia de ser un cantante de ópera. Los empleados del gobierno han comprado las entradas para cubrir los gastos y estoy seguro que no habrá ninguna protesta.    

Mamá se encuentra en primera fila, saludando a dignatarios y periodistas. Papá está sentado a su lado. Hace tiempo que anda taciturno. Apenas discute con ella sobre cómo conducir los destinos del país. Ella es la que gobierna. Gracias a sus diligencias han venido a verme religiosos y laicos porque dice que nuestro gobierno debe ser cristiano, solidario y socialista.

Hoy ha vuelto a las suyas. Se le ocurrió ponerse un vestido rayado, de lo más horrendo, y esos brazaletes y anillos de los que todo el mundo se burla. Pero que nadie se atreva a decir nada porque para defenderla está la Juventud Sandinista.

Papá también está desfachatado. Nada más lejos de su pensamiento que ponerse el smoking. Cómo hubiera deseado que al menos se vistiera con una camisa de cuello. Su bigote está pasado de moda y los lentes gruesos que no se quiere quitar lo envejecen.

Desde este camerino veo los árboles de la vida. ¿Cómo se le ocurrió a mamá plantar esas porquerías por todo el malecón y por el resto de la ciudad? Es tan estrafalaria… Ni tiene buen gusto para decorar la ciudad y ni para vestir, pero es mejor no decirle nada porque es capaz de quitarme las empresas y hasta la posibilidad de llegar a La Scala o ser presidente.

Ya me sudan las manos. En los ensayos el director, un rubio rechoncho que fue educado en Florencia, y que dicen que es experto en las óperas de Verdi, paró la orquesta varias veces para llamarme la atención porque decía que mi voz de pecho no estaba dando el la final de La donna e mobile.

Quiso levantarme la voz y le respondí que es un empleado más y que el jefe soy yo. Y cuando me dijo que mi pronunciación en italiano es terrible y que no marcaba contraste entre una frase y otra de la famosa aria, me sugirió escuchar a Pavarotti. ¡Qué equivocado está! He aprendido italiano con los mejores maestros y ya he escuchado a Pavarotti, y sé que me hubiera aplaudido.

No sé porque sudo tanto. Es que me distraen los problemas que hay por el canal interoceánico que mi padre quiere construir. Me quitan la concentración de los recitativos, o transiciones para separar las arias o algo así, como me explicó el gordo italiano en su horrible español.

Esos recitativos son importantes en esta ópera. Pero los reclamos de los campesinos no me dejaron dormir bien anoche. Me preocupa que cada día se amotinen más y que digan que les robamos las tierras, y también han empezado a decir que los asesinamos. Dormir es muy importante para un tenor de mi talla. No sé por qué me metí en lo del canal. Pero bueno… mamá me prometió encargarse del asunto. 

Sólo quiero lo mejor para este país. El canal traerá trabajos y además tendremos el dinero del empresario de Beijing. ¿Qué más da que el canal sea chino? Aquí, como dice papá, hay que movilizar la economía, aunque muchos digan que lo que estamos haciendo es una pantalla para apropiarnos de las tierras indígenas.

Hemos construido parques acuáticos, un malecón a orillas del lago y un estadio de beisbol. Y por si no fuera suficiente, también decoramos la ciudad, porque aunque los árboles de mi madre sean horrorosos, cuando se miran de lejos, con todas sus luces en la noche, son otra cosa. Es como estar en París durante la Navidad, y aquí en Managua estamos en Navidad todo el año. Se parece a estar drogado. Mis amigos me dicen que es una estimulación cerebral. A lo mejor es la santería.

¿Quién puede decir que una ciudad como la que estamos haciendo no tiene una gran economía? Desagradecidos. Si se les permite a esta pobre gente tomar decisiones estaríamos en manos de los Estados Unidos o, peor aún, de ellos mismos. Por eso tiene razón mi padre al decir que debemos estrechar los vínculos con Rusia. Y con Cuba. Venezuela ya no nos sirve.

Ahora las cosas se están poniendo mejor con las llamadas del presidente de Rusia; y se pondrán aún mejor si negociamos la base militar en Nicaragua. ¡Entonces sí que estaremos bañados en plata! ¡Imagínense lo que será tener a los rusos aquí! Para que vean nuestra buena voluntad, les hemos comprado cincuenta tanques de guerra. El único nubarrón, como siempre, son los Estados Unidos

Pero en este momento nada de eso importa. Sólo debo pensar en esta noche. Pude haber sido Rigoletto; sin embargo, no nací para jorobado y menos para bufón. Fui educado para mandar y para ser presidente. Y también para tener muchas mujeres. Por eso me salió tan bien Questa o quella, la aria en la que el duque habla de sus innumerables conquistas, aunque, desde luego, al gordo no le gustó mi actuación. No sé qué quiere. He decidido cambiarlo.

Gilda, la hija de Rigoletto, debe morir. Esta noche será representada por una hermosa y delicada cantante que hace vibrar el teatro y eso me preocupa. El Duque de Mantua no puede ser eclipsado. ¿Qué dirían mis amigos y todo el país de verme convertido en un segundón?

He ordenado a uno de mis canales de televisión transmitir en vivo la ópera para que quede claro que mi labor es simplemente diseminar las artes y ser recordado en la historia como el primer hijo de dos presidentes nicaragüenses que haya llegado a La Scala.

Las luces se han apagado. Hay silencio absoluto. Me miro en el espejo y veo el país rendido a mis pies. Lo que hago lo hago a pesar de que muchos digan que soy el hijo consentido de mis padres.

Cierro los ojos, respiro lentamente, camino hacia el escenario. Puedo sentir sobre mí la mirada satisfecha del público. Como el Duque de Mantua, al final me saldré con la mía, llevándome los aplausos y las rosas amarillas que tanto me gustan. 


Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista. Estudió Música en Duke Ellington School of the Arts y se licenció en Música Clásica por Howard University, en Washington D. C. Además es máster en Literatura Medieval y en los Siglos de Oro por Maryland University. Producto de sus investigaciones son los numerosos ensayos aparecidos en revistas nacionales e internacionales. Es autor del libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012), de la novela corta Un mundo maravilloso (2017) y del libro de ensayos Rubén Darío: una modernidad confrontada (2018). Ha sido incluido en las antologías Flores de la trinchera. Muestra de la nueva narrativa nicaragüense (2012) y Un espejo roto (2014). Su cuento «Francisco el guerrillero» fue traducido al alemán y apareció en la antología Zwischen Süd und Nord: Neue Erzähler aus Mittelamerika (2014). Es también editor del libro en homenaje al poeta mexicano José Emilio Pacheco: José Emilio Pacheco en Maryland (1985-2007) y de la edición crítica de la novela El vampiro (1910), de Froylán Turcios. Sus áreas de investigación incluyen la Edad Media, los Siglos de Oro, el teatro áureo español, el Modernismo y los efectos de la guerra civil nicaragüense en la literatura contemporánea. Roberto Carlos Pérez es miembro colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.