/UNA MIRADA SOBRE LOS JÓVENES EN AMÉRICA CENTRAL

UNA MIRADA SOBRE LOS JÓVENES EN AMÉRICA CENTRAL

Por Helio Gallardo.

Hablar sobre “los jóvenes” desde América Latina supone un inconveniente grado de abstracción. Está, en primer lugar, el posicionamiento social. No es lo mismo tener 19 años y residir en áreas rurales que contar con una edad semejante y proceder de una familia urbana. Las distancias se agravan si a la distancia urbano/rural se agrega que se puede ser mujer o varón. Las desventajas, que pueden tomar la forma de fuertes discriminaciones, van para las primeras. Si se es de origen indígena, o más ampliamente, “no blanco”, más desventajas.

Sin agotar este eje de separaciones, puesto que no se ha tocado los posicionamientos sociales derivados de la propiedad/apropiación de riqueza y sus corolarios en términos de prestigio social, un segundo punto de indeterminación se vincula con la edad en la que se considera a alguien como “joven”.

Para Naciones Unidas (OMS), el referente es el número de años biológicos: entre los 10 y los 24 se es genéricamente ‘joven’. El amplio espectro distingue entre joven en sentido estricto (20-24 años), adolescente medio o tardío (15-19 años) y adolescente o púber (10-14 años).

Por supuesto nadie se muestra conforme con esta concepción cronológica o etaria: no es para nada semejante, por ejemplo, el desempleo a las 10 años que a los 24. Tampoco supone los mismos riesgos y desafíos para los padres un embarazo no deseado a los 14 años o a los 24.

El abandono del liceo (en Costa Rica huye de él el 20% de los adolescentes debido principalmente a la pobreza y el desempleo) castiga de manera diferente a mujeres y varones y también adquiere significados distintos para alguien de 13 años que para alguien de 24.

Una adolescente tardía que se prostituye para sostener a su grupo familiar, incluyendo hermanos pequeños, difícilmente podría ser considerada ‘adolescente’ después de un par de años de desempeño en el mercado sexual.

Todavía un tercer punto: se puede ser “joven” como parte de un agregado relativamente pasivo (estudiantes adolescentes urbanos de capas medias, por ejemplo) o se puede serlo como parte de una pandilla o grupo organizado. Aquí se trata de una cuestión de ‘actitud’ social.

Puede conceptualizarse diciendo que existen jóvenes que asumen inercialmente las identificaciones que les proveen las instituciones sociales y sus lógicas, y jóvenes que se organizan, legal o ilegalmente, para conferirse autoestima e identidad desde su autonomía. Es decir que buscan producir sus identidades desde su situación específica de jóvenes y, muchas veces, contra todas o algunas de las determinaciones que les asigna el mundo ‘adulto’.

Los conceptos de ‘inercialidad’ y ‘autonomía’ deben acompañarse siempre del calificativo “relativa”. Ni los seres humanos ni los jóvenes son dioses absolutos y sus iniciativas, mejores o peores, son por ello siempre relativas o interpeladas por situaciones subjetivas y objetivas de las que se carece de control total. Inercialidad relativa y autonomía relativa, por tanto.

Si por abstracto no resulta factible ni provechoso hablar sin más de “los” jóvenes, tampoco lo es referirse a una “América Central”. Esto sin contar como ‘centroamericanos’ a Panamá (territorio escindido de Colombia) y Belice (ex colonia inglesa), países y pueblos a los que muchos estudios consideran hoy como parte de América Central.

La región centroamericana existe, pero está poblada por contingentes humanos muy variados y también son variadas sus tradiciones institucionales y culturales. Por ejemplo, el régimen democrático restrictivo costarricense, en su última versión, tiene más de medio siglo y posee como antecedente inmediato una guerra civil (1948). El régimen electoral (que no democrático) hondureño actual tiene como antecedente causal un golpe de Estado el año 2009 y su antecedente no inmediato más fuerte es una tradición dictatorial oligárquico/militar que fue desplazada por una Guerra de Baja Intensidad regional, inducida por EUA, en la década de los ochenta.

Otro elemento significativo que permite mostrar las diferencias internas entre estos países es la presencia de los pueblos originarios o profundos: Guatemala, 53% de la población. En el polo opuesto, El Salvador, 1%. Entre ellos, Nicaragua, el 8.26% y Honduras, 7.7%. Más cercano a El Salvador, Costa Rica, 2.04%. Las cifras corresponden a datos oficiales. Es probable que los grupos étnicos (habría que agregar los sectores afroamericanos, censados en Costa Rica [3%] y Nicaragua [10%]) minoritarios disfracen su ascendencia para evitar discriminaciones. También se dan diferencias en la relación población rural urbana: Guatemala es todavía rural: un 60% de la población vive fuera de las ciudades. Un 53% de la población es rural en Honduras. En Nicaragua la población rural supera el 44%.  En el Salvador es del 40%. En Costa Rica, solo el 34%.

En otro ejemplo, el Foro Económico Mundial distinguió a finales de la primera década de este siglo a las economías/poblaciones centroamericanas de la siguiente manera: países muy poco desarrollados: Nicaragua y Honduras. Países en subdesarrollo estable: Costa Rica, El Salvador, Guatemala. Países con fuerte industrialización: ninguno. Países desarrollados: ninguno. El PIB per cápita confirma en parte esta clasificación: Nicaragua: 3.325 dólares. Honduras: 4.461. Guatemala: 5.165. El Salvador: 7.746. Costa Rica: 12.425. Para tener referencias de contraste, México, que tampoco es una economía desarrollada, tiene un PIB per cápita de 15.114 dólares y Chile, en el otro extremo de América Latina y con el prestigio de ser el país “exitoso” del área en el período, 17.076 dólares. Venezuela, bajo la administración de un chiflado extremista enfermo, según nos informa la prensa dominante todos los días, alcanza un PIB per cápita de 13.070 dólares. Por supuesto ninguna de estas cifras dice nada acerca de la distribución de la propiedad ni de la riqueza.

La pobreza, el desempleo y la discriminación que afectan a los sectores rurales castigan particularmente a los jóvenes. En Nicaragua, por ejemplo, en estudio de la Fundación Masaya contra la Pobreza en Nicaragua, se señala que en la primera mitad de esta segunda década del siglo XXI la economía nicaragüense debe generar unos 650 mil empleos de los que unos 330 mil deberían corresponder a jóvenes rurales. Por supuesto no existen políticas públicas que atiendan significativamente este reto. Si se considera que en Nicaragua sólo el 7% de la población consigue entrar a la universidad (el 1.1% para la población rural; el componente rural del liceo nicaragüense medido en su ingreso es solo el 13%), salir del liceo o abandonar la escuela en este país equivale a necesitar un empleo que no existe. Cada año en Nicaragua, 65 mil jóvenes rurales requieren de un empleo. Si lo consiguen, será de mala calidad debido a que el sistema educativo exige a los estudiantes rurales, después del cuarto grado, trasladarse lejos de su hogar para terminar la escuela y, después, residir en las ciudades para completar su educación secundaria. La situación obliga a los jóvenes a emigrar temporalmente o por largos períodos a Costa Rica para tener ingresos mínimos con los que ayudarse a sí mismos y a su grupo familiar. Los estudios costarricenses muestran que han inmigrado legalmente en el país entre 250 y 300 mil nicaragüenses, de los cuales al menos la mitad son mujeres y cuya edad está principalmente entre los 20 y los 39 años. Los inmigrantes menores de 12 años son un poco más del 13%.

Un último ejemplo: Guatemala, ya hemos señalado, es un país mayoritariamente rural e indígena, pero también joven. La mitad de su población (alrededor de 8 millones de personas) tiene menos de 18 años. La exclusión en educación afecta a todo el país pero principalmente a los sectores rurales. Los procesos de exclusión se ligan con varios factores: pobreza, necesidad de que niños y jóvenes trabajen, en especial las niñas, la discriminación étnica y políticas públicas inexistentes o inadecuadas. En Guatemala ser indígena es una causa de rechazo en la escuela. Se trata de un país sólidamente oligárquico y racista. No es raro que Guatemala sea el país centroamericano donde más niños y jóvenes, entre los 7 y los 14 años, trabajan. La Organización Internacional del Trabajo calcula su número público en más de medio millón (66% varones), pero a esa cifra habría que agregar a las niñas y mujeres jóvenes que realizan ‘trabajo oculto’ ya en el hogar propio ya en el servicio doméstico en casas de otros. El porcentaje de la población indígena infantil y juvenil que trabaja supera en 12 puntos a la población no indígena: 56% contra el 44%. Aunque en América Latina está muy extendido el dicho/estereotipo acerca de que el trabajo temprano, duro y precario, ‘forma individuos de bien’ salta a la vista que la ausencia de formación sistemática en aulas propicias fortalece los circuitos de pobreza y consolida las desagregaciones y los conflictos sociales. En Guatemala el 26.6% de la población indígena se encuentra en la miseria y el 76.2% en pobreza. La población no indígena en estos campos obtiene registros de 7.8% y 41.6%. Quienes sufren más la tendencia a perpetuar esta situación, puesto que Guatemala es un país joven, son las niñas y mujeres jóvenes con ascendencia indígena y localización rural. Por supuesto existen distintos grupos indígenas sobre los que se ejerce una diversa discriminación y violencia. No existen tampoco, por lo tanto, “los” indígenas de Guatemala.

Se dan, pues, muchos ‘mundos’ con sus respectivos “órdenes” y “desórdenes” en América Central. En ellos se insertan diversos tipos de jóvenes. Sin embargo, estos mundos no funcionan como estancos. Conforman una totalidad desagregada. Buscando no olvidar esto, haremos referencia a algunos de estos jóvenes en este universo desagregado y conflictivo que configura América Central.

Una precisión conceptual

En la parte final de la década de los sesentas del siglo pasado la movilización social de estudiantes y jóvenes en países centrales y periféricos, a quienes se agregaron en algunos países sectores significativos de trabajadores, puso momentáneamente en crisis a Francia y, con ella, al sistema mundial de dominaciónLa Edad de Oro era la edad en que el oro no reinaba. El becerro de oro está siempre hecho de barro, un lema del Mayo Francés, parecía contener la realidad de otro mundo, sin burocracia ni capitalismo, factible. El alzamiento fracasó. Los grandes derrotados, aunque por diversas razones, fueron las izquierdas históricas tradicionales, en particular la comunista, y los jóvenes. La movilización de jóvenes y estudiantes y su capacidad de convocatoria hicieron que el sistema mundial les tomase en cuenta. Se inventó entonces, contra toda realidad, que el mundo pertenecía a los jóvenes y se crearon para ellos mercados específicos y estratificados. Jeans, camisetas y tenis se transforman en la vestimenta de todos, al igual que el bronceado permanente. Es la época en que la “chispa de la vida” (1975) contenida en una Coca Cola transforma a un anciano, o a cualquiera, en un torbellino de energía, en un bailarín, en amante infatigable, en motociclista audaz. Se ponen de moda los estilos jóvenes y provocadores de Benetton: “United Colors of Benetton”, y su ropa para toda ocasión y para quienquiera: “Playlife”. Los nombres no son antojadizos. Desde los años setenta se declara que el mundo es de los jóvenes y para los jóvenes… siempre y cuando se vinculen con el mercado como consumidores y con la realidad como públicos o espectadores. La vida es algo con lo que se puede juguetear. La realidad es un espectáculo, no hay que tomarla rigurosamente en serio.

Desde los 70’s los jóvenes son universal y sistemáticamente tratados como públicos y consumidores para quienes se abren mercados convenientemente estratificados. No importa que no se pueda adquirir una camiseta de marca original o unas tenis caras. Hay imitaciones. El mercado para niños y jóvenes está abierto a todos. Los jóvenes ya no son el futuro. Constituyen el principal factor del presente. Este mundo es su mundo. Por supuesto el mundo sigue regido por ancianos políticos, rígidos burócratas, atildados tecnócratas, ancianísimos dirigentes religiosos y feroces, pero experimentados, generales. En el mundo de verdad no existe lugar efectivo para jóvenes, excepto que sean tecnócratas especialistas, es decir jóvenes que han olvidado que su especialidad, ingeniería informática o creación digital, por ejemplo, se inscribe en un mundo más amplio con su correspondiente orden/desorden políticos.

Lo que aquí se remarca sumariamente es que desde los 70’s del siglo pasado existe una moda engañosa de ‘interés  por los jóvenes’ en un mundo económico y político, con fuerte capacidad desagregadora que simula ser integradora, para el que estos jóvenes en cuanto personas no son significativos, al extremo que no importa heredarles un planeta debilitado o incapaz de sostener la vida en él. Es el legado ‘adulto’ del período. Cualquier opinión sobre los jóvenes tiene que considerar este imaginario adulto básico acerca de su realidad.

Jóvenes de América Central

Los cinco países que tradicionalmente han configurado América Central pueden dividirse entre los demográficamente cercanos al porcentaje medio de jóvenes en América Latina (entre 15 y 24 años: 18% de la población), El Salvador y Costa Rica, y los que están por encima de ese promedio. Nicaragua resulta ser el país más joven (22.2%), seguido de Honduras (21%) y Guatemala (20.3%). Si consideramos como referente a Costa Rica, el país con mejor PIB per cápita y el con menores desafíos de emigración, los desafíos de sus jóvenes serían los siguientes: 19% no satisface sus necesidades básicas y un 7% se encuentra en pobreza extrema. El 20% de la población entre 12 y 19 años no asiste a ningún centro educativo y el 13% trabaja en sectores de precariedad laboral donde sus derechos no son respetados. La mayoría de los jóvenes rurales imagina su futuro lejos de sus comunidades originales. La deserción escolar entre los jóvenes más pobres es de 2.5 puntos mayor que entre los jóvenes ligados a familias opulentas. Un grupo importante de las adolescentes que abandonan la escuela/liceo está compuesto por chicas embarazadas o emparejadas tempranamente. En Costa Rica no se entrega, hasta el año 2012, información/formación sexual en escuelas y liceos por oposición de la Iglesia Católica. La iniciación sexual de los jóvenes, con penetración, se inicia entre los 10 y los 13 años (8%) y entre los 14 y 17 años (92%). En la zona rural, para el grupo de entre 10 y 13 años, la cifra de inicio es de 24.7%, lo que podría indicar violación e incesto. Los anticonceptivos son cada vez más utilizados entre los jóvenes (59%). Las adolescentes muestran depresión moderada (9%) y severa (9%). Estas cifras bajan entre los varones al 5 y 4 por ciento respectivamente. El pensamiento suicida se presenta entre las adolescentes (12.4%) y los adolescentes (5.2%). En el liceo este pensamiento se eleva al 14% entre mujeres y 7.7% entre los varones. Los intentos de suicidio reportados comprenden a un 8.4% de la población estudiantil. Tan preocupante como esta cifra es que un 84% de los jóvenes escolarizados, en situación ventajosa, por tanto, declaró no tener esperanzas en el futuro. Los jóvenes costarricenses comienzan el consumo de alcohol y tabaco entre los 12 y 13 años y su consumo de drogas ilegales (principalmente marihuana) va en aumento. El consumo de cocaína, por ejemplo, pasó entre el año 2008 y el 2009 del 1.9 por cada 10.000 matriculados a 3.1 para la misma población. Estas son algunas de las cifras de los jóvenes en el país más “exitoso” del área. Puede suponerse que en los países menos ‘exitosos’ estas referencias, si se miden, serán más preocupantes. Esto sin considerar fenómenos más específicos como la violencia criminal (Honduras es el país más violento del mundo: 86 asesinados anualmente por cada 100.000 habitantes) o la emigración forzosa legal e ilegal (El Salvador es un país de huída: unos 2.5 millones de salvadoreños viven fuera de su país; la cifra corresponde a ¼ de la población del país).

FOTO EDH: Marlon Hern‡ndez

Por supuesto, los indicadores sociales preocupantes van acompañados de la existencia de fracciones diversificadas de jóvenes ‘normales’, usualmente escolarizados y urbanos, que esperan que su educación y prestigio les permita insertarse en los negocios de la familia o incorporarse a círculos tecnocráticos, funcionarios, burocráticos o empresariales locales e internaciones. También existen grupos minoritarios interesados en desafíos como la preservación del medio natural y la injusticia social y que se organizan y manifiestan en relación con ellos. El sector de jóvenes que no está en nada (los “Ni-Ni”), una quinta parte de los jóvenes para la situación centroamericana, se subdivide en 80% de mujeres (principalmente rurales) y 20% varones. Se recordará que los Ni-Ni propenden a vincularse con el crimen organizado y con el consumo de drogas legales e ilegales. En Costa Rica la población juvenil encarcelada (menos de 25 años) creció en un 300% al entrar la segunda década del siglo. La población adulta lo hizo solo un 30%. Pero cualesquiera sean las intenciones de estos diversos sectores de jóvenes todos ellos reciben las agresiones de la expansión universal de la forma-mercancía (y la sensibilidad hiperempírica que la acompaña), la estrechez de los mercados laborales, la fragmentación de la existencia social, la levedad de los horizontes de esperanza y el mensaje, también mercantil, que una existencia adulta exitosa depende exclusivamente de cada cual. Al igual que el fracaso.

Existe, finalmente, una movilización/movimiento transnacionalizado de jóvenes organizados que son significativos para la realidad de descomposición y violencia que se vive a diario en América Central. Son las maras, un tipo específico de pandillas que se presenta principalmente en El Salvador, Honduras y Guatemala y que tienen menor impacto por el momento en Nicaragua y Costa Rica. Las maras se originaron en Los Ángeles, Estados Unidos, en la década de los sesenta del siglo pasado entre jóvenes inmigrantes mexicanos que pronto se abrieron hacia cualquier latinoamericano. Las leyes de deportación de ese país, hechas expresamente contra estas pandillas (1996), obligaron a muchos de estos jóvenes a retornar a sus países de origen.

Entre 1998 y el 2005 EUA deportó más de 45 mil centroamericanos que habían cumplido sus condenas además de 160 mil inmigrantes ilegales. El Salvador, Guatemala y Honduras recibieron a más del 90% de estos deportados. Los jóvenes maras han reproducido en estos países (que apenas conocían) la brutal violencia que les proporcionó identidad seguridad en Estados Unidos. Algunas reacciones comunes a la violencia de las maras son: “En Guatemala deberían aparecer nuevamente planes como la G2 o el SIC para acabar con esa escoria. Debería existir nuevamente la limpieza social”. “Marero o pandillero es para mí lo mismo…son unos desgraciados que deberían desaparecer de la faz de la tierra…intimidan a la gente con ese aspecto asqueroso que tienen y claro, valiéndose de un arma…esa gente detiene el progreso de una sociedad, pues las personas ya no sienten libertad para desenvolverse y desarrollarse…algunas personas tratan de justificarlos diciendo que son así porque vienen de hogares desintegrados…y qué culpa tienen las victimas que esos ignorantes no tengan una familia unida?…los derechos humanos alegan derechos para ellos ¿y acaso la gente decente, que trabaja para comer, no tiene derecho de vivir en paz? ¿Y las victimas acaso no tenían derecho de regresar bien a su casa?…para mí son como la lepra…separan en las cárceles a cada mara para que no se maten entre si ¿por qué? por mí que se maten, así dejan de estar fastidiando…por qué no mejor el gobierno nos protege de ellos, en lugar de estar protegiéndolos entre ellos”.

De hecho los gobiernos de El Salvador (Francisco Flores, 1999-2004) y Honduras (Ricardo Maduro, 200-2006) utilizaron opiniones como las anteriores y aprobaron leyes especiales “antimaras” que convertían a éstos en delincuentes por su aspecto, permitían apresarlos sin acusación específica y, en general, confinarlos o suprimirlos como ‘animales rabiosos’. Honduras alcanzó especial presencia internacional en esta lucha por exterminar, mediante la violencia extrema y no jurídica, a las maras quemando las cárceles en que éstos estaban recluidos (2003, La Ceiba; 2004, San Pedro Sula). Guatemala, por su parte (Óscar Berger, 2004-2008) aprovechó la acción de las maras para acentuar la militarización de la “lucha” contra el crimen en su país. Las maras respondieron a estas acciones con una escalada de violencia que comprendió asesinatos indiscriminados en medios de transporte público.

Expertos estadounidenses, Thomas C. Bruneau y Richard B. Goetz Jr., han agregado algunos ingredientes, en la línea del presidente Berger y de la geopolítica de Estados Unidos hacia la región, al fenómeno de violencia expresado por las maras y sus clicas (extensiones) centroamericanas. Para ellos, las maras constituyen la principal amenaza a la Seguridad Nacional de toda América Central. Estiman en más de 70.000 el número de sus integrantes. Piensan que han adoptado las tecnologías y técnicas de la globalización para sus crímenes: sitios web, Internet, teléfonos celulares desechables, Google Hearth, Western Union y todos los medios disponibles para movilizar personas, dinero e información. La acción de las maras cuestiona la capacidad de los gobiernos centroamericanos para “mantener la ley y el orden”. Las maras infiltran las fuerzas policiales, las ONGs (en especial las de derechos humanos) y las agrupaciones políticas. Esto significa que piensan estratégicamente. Son antisistema. Ponen en peligro el régimen democrático al ofrecerse a grupos radicales para lograr objetivos de poder en el mismo movimiento en que sirven a otros sectores del crimen organizado (centralmente el narcotráfico y actividades conexas). Las maras afectan todos los niveles de seguridad ciudadana: “Los ciudadanos no pueden llevar a cabo sus actividades diarias sin temor a ser robados o asesinados en sus vecindarios. Los negocios tales como comercios pequeños y de transporte no pueden funcionar a menos que les paguen a las pandillas. Secciones completas de ciudades, tales como Ciudad Guatemala y Tegucigalpa, están bajo su control y las pandillas pelean entre sí por controlar el territorio. Cuando mafias más grandes del crimen organizado internacional emplean a las maras, secciones completas de países, tales como Petén en Guatemala, se escapan del control del Estado”.

La conclusión del alegato de estos expertos es una pregunta retórica: “Si la combinación de fuerzas policiales y militares no pueden controlar eficazmente a las pandillas, ¿a quiénes pueden acudir los ciudadanos?”. La sugerencia obvia es: una intervención internacional (liderada por EUA).

Como se advierte, la presencia de algunos tipos de expresión juvenil en la deteriorada y conflictiva América Central puede alcanzar resonancia y significación mundial. El trato adulto sobre los jóvenes en América Central parece ser una señal de los tiempos.

fuente Original del artículo de Hélio Gallardo | Pensar América Latina

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En este artículo se ha utilizado materiales de Bruneau C. ThomasThomas, Goetz Richard B.: Las pandillas y las maras en América Central, http://www.airpower.maxwell.af.mil/apjinternational/,

Foro Económico Mundial: Global Competitiveness Report 2009 – 2008, http://www.weforum.org/issues/global-competitiveness/index.html

Fundación Masaya sobre la pobreza en Nicaragua: http://masayacontralapobreza.blogspot.com/2011/08/

La Convención Iberoamericana de Derechos de los Jóvenes, http://www.laconvencion.org/,

McDonald, Jessica: Sistematización del taller-diagnóstico intersectorial de la situción adolescente en Costa Rica (documento de trabajo), Costa Rica, 2012.

OIT: “Tendencias mundiales del empleo juvenil 2012” (www.ilo.org/getyouth), Rodríguez, Julieta: “Resultados de una alianza estratégica”, en La Nación (periódico), 01/07/2012, San José de Costa Rica.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.