TEGUCIGALPA Y COMAYAGÜELA: ENTRE LO MÍTICO Y LO OCULTO

1  **He visto el trance de los hombres que asisten a las demoliciones del día.** BALAM RODRIGO Se me ha advertido en muchas ocasiones sobre los peligros de aventurarse al mercado San Isidro, aún así, insisto en la idea, porque me llama lo mítico, lo oculto, todo aquello que se nos ha sido conferido desde que este lugar comenzó a existir. Hay olores que son peligrosamente bellos, tanto como los recuerdos que no son recuerdos,...
adminseptiembre 22, 2016

**He visto el trance de los hombres que asisten a las demoliciones del día.**

BALAM RODRIGO

Se me ha advertido en muchas ocasiones sobre los peligros de aventurarse al mercado San Isidro, aún así, insisto en la idea, porque me llama lo mítico, lo oculto, todo aquello que se nos ha sido conferido desde que este lugar comenzó a existir.

Hay olores que son peligrosamente bellos, tanto como los recuerdos que no son recuerdos, sino la idea de uno. Este viaje hacia lo que desconozco tiene que ver profundamente con esto, con la idea de un recuerdo, con la sensación de tener la capacidad de recordar algo.

El olor de los inciensos, los colores de las flores y el tímido sonido de la cera de las veladoras quemándose ante la mirada ingrata de San Simón. Todo viaje es siempre hacia la infancia. Éste no podría ser distinto. Viajo para escribir y escribo para recordar, o al menos para tener la sensación de poder recordar, todo aquello que tiene que ver con la infancia, como si pudiera sólo sentarme en una vieja silla de madera en el patio trasero de aquella vieja casa que tanto como la infancia, ha dejado de existir en el mundo material de las cosas inacabadas.

Y como si pudiera encontrar todo lo perdido lo busco quizá en los lugares más equivocados. El olor del incienso me lleva por las calles de Comayagüela que se abren apenas al cruzar el puente Mallol. Las veo tan pequeñas y sucias, es la cara de orfandad o de la nostalgia que habita en las cosas viejas. Camino entre el hormiguero de las calles de una ciudad que parece más una fotografía antigua y húmeda. Cierta herrumbre se desprende del olor de las avenidas que rompen y se abren paso como yo lo hago, quizá yo lo haga con más cautela. Avanzo lento, intentado pasar desapercibido entre la multitud y su murmullo de bandada. Mi objetivo es llegar hasta las santerías del mercado San Isidro.

Entre los puestos de zapatos y los de ropa, el laberinto se extiende hacia un entramado más complejo. Rápidamente los residentes de la zona se han enterado de que no soy del lugar, algunos me ven con cara de no gustarles mi presencia, con cara de querer preguntar si soy tonto o valiente, algo en un punto intermedio quizá, pequeñoburgués, pero no es ése el asunto.

¿Cuánto cuesta éste? –Pregunto a un señor como de sesenta años que vende mesas, libreras, roperos de madera.

Seiscientos… –Contesta, poniendo su mano derecha sobre la librera.

¿Y ésta? –Pongo mis manos sobre una mesa pequeña.

Doscientos…

Gracias jefe… –Le digo.

Intento entrar en calor. Me detengo a ver un puesto de flores, uno de juguetes de plástico, me llama la atención otro en el que cuelgan unos tacos de fútbol Flamingo, cuentan la anécdota que cuando Eduardo Benett se fue a jugar a México se llevó dos pares.

Hacia adentro el laberinto se abre, se vuelve un entramado difícil de seguir, y apenas siento que me pierdo pregunto a una chica en una de las tantas zapaterías que me diga cómo entrar al mercado. Sin dejar de chupar su bolsa con agua levanta su brazo gordo y estira los labios, «por allí…» me dice.

Váyase derecho. –Agrega.

Consigo entrar. Lo que me ha traído hasta el interior de este hormiguero son las santerías. Y hago de cliente.

En la primera santería dentro del mercado San Isidro me atiende un hombre de unos treinta y cinco años.

¿Quiere algo? –Me dice.

Palo alto, ¿tiene? –Es mi respuesta.

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Hace que busca y rápidamente echa un vistazo entre unos botes de shampoo barato, que han sido utilizados para vender una serie de líquidos de color azul y rosa. No tiene palo alto, pero me permite curiosear entre las demás cosas, con la esperanza quizá de que me decida por comprar algo. Una estatuilla de San Simón es lo primero que llama mi atención pero no me animo, se me ha dicho siempre que de llegar a tener un santo éste merece respeto y cuidado.

¿Qué cuestan? –Le digo, tomando en mi mano unas velas rojas con la figura de una mujer.

Cincuenta. –Responde él a secas.

¿Y cómo es la cosa?

Ah, bueno, usted la prende y coloca el nombre de la chavala escrito tres veces para abajo y dos veces el suyo, también para abajo, y la foto de ella.

Una mujer como de unos cincuenta años y con rastas, se le acerca de pronto para preguntar por «las otras». Él le dice que de ésas no tiene en este momento, y la mujer se va con una cara de muy pocos amigos, frunce el ceño, se disgusta.

¿Y cuáles son ésas? –Le pregunto cuando la mujer ya se ha ido.

Ésas vienen más preparadas… –Me responde.

¿Pero cómo son?

En ésas, la mujer está doblegada de rodillas y el hombre de pie, pero son más preparadas. –Insiste.

¿Y cuánto cuestan?

Ésas le cuestan ciento cincuenta lempiras.

Me queda claro que con estas veladoras no hace falta el ligue, ni poema de Benedetti que valga o la tan devaluada técnica del «¿tomamos café?». Al final el tipo no me convence y avanzo a la siguiente santería.

Camino un poco por el interior del mercado San Isidro, entre los puestos de verduras, las carnicerías con los cuerpos de las reces y los cerdos colgando de los ganchos, los puestos de hierbas y los de granos básicos. Afuera han quedado las zapaterías y los puestos de ropa de imitación.

La segunda santería a la que llego es atendida por una mujer como de un metro cincuenta, quizá un poco más alta. Me queda viendo con desconfianza. A ella también le pregunto por el palo alto, tampoco lo tiene. Me entretengo viendo unos sobrecitos con varios polvos blancos en distintas etiquetas, me da la espalda para sacar una caja de incienso y aprovecho para entrar en el angosto lugar.

¿Qué cuesta el incienso? –Le pregunto.

Tres por cinco. –Me responde ella.

Le compro tres varitas de incienso, una de color rosado, una de color verde y una de color amarillo. El incienso no es de buena calidad, huele poco pero me sirve para que ella deje de verme con desconfianza o al menos ésa es mi intención. Pero se ha puesto nerviosa y lo noto. Le pido disculpas por haber entrado de esa manera a su negocio y le explico que sólo quiero ver las imágenes de los santos. Me da permiso a regañadientes y sale del interior de la tienda que es muy pequeña y que está llena de botes de plásticos con líquidos de colores y jabones para la suerte, para atraer la buena fortuna o para alejar la malas energías. Enciende un incienso. Entiendo que lo mejor es salir, y marcharme. A la mujer no le ha gustado para nada que haya husmeado en el interior de su tienda. Me despido. Le doy las gracias. Ella no me contesta y sólo me observa, quizá, esperando que deje de hablar y sólo me vaya.

Para retomar lo que me llevó al mercado San Isidro decido hacer una parada técnica en la venta de libros usados donde termino comprando tres libros, dos novelas y un poemario.

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Salgo del corazón del San Isidro con la sensación de no haber logrado entablar una conversación real con las personas que atienden las santerías, no les he dado la confianza que para ello se requiere, me siento un poco desilusionado porque no he podido hacer que me expliquen cómo funcionan estos lugares.

Al salir del mercado San Isidro encontré una tienda más grande. Atendida por dos mujeres, una mujer mayor de quizá unos setenta años y una más joven, de unos treinta y cinco años, que es la que me atiende. Igual que en las primeras dos santerías que visité, le pregunto a ella por el palo alto, pero tampoco lo tiene.

¿Para qué es cada una? –Le pregunto, señalando una caja de madera con varias divisiones donde hay distintos colores de veladoras.

Depende de lo que usted necesite. –Me dice ella, moviendo su mano izquierda y haciendo un círculo imaginario sobre la caja de madera.

¿Por ejemplo? –Le pregunto.

Para la suerte, para el amor, para alejar a las personas… –me dice como tomando cierta distancia, le noto cierto desdén al explicármelo.

Detrás de ella hay unas cestas con piedras, le pregunto por ellas creyendo que me responderá que son amuletos, pero una respuesta menos espiritual me desilusiona del asunto de las piedras, sólo las compran quienes las usan para hacer collares o cualquier otra pieza de artesanía, me explica. Le pido que me muestre una hoja que tiene una serie de símbolos impresos, la «guía de los sueños», entonces le compro una por veinte lempiras. Esta hoja es utilizada para interpretar lo que las personas sueñan, asignándole un número que luego la gente puede comprar en la lotería, y esperar tener suerte y ganar. Hace poco soñé con mi padre, y soñar con el padre de uno corresponde al número 29.

Mientras observo el resto de las cosas intento escuchar la conversación que la otra mujer sostiene con un anciano, pero se me hace imposible porque otra persona, una mujer más, entra a la tienda y algo le dice a la que me atiende y comienzan a hablar sobre las limpias.

Creo que yo necesito hacerme una limpia. –Le digo luego de que la mujer se ha ido, parece que logro llamar su atención.

¿Por qué cree usted que necesita una?

No lo sé. Para limpiarme… –le respondo.

Puede usar las siete hierbas o pasarse tres huevos antes del baño durante una semana.

¿Cómo es lo de los huevos?

Usted se pasa tres huevos por todo su cuerpo –y hace como que se lo pasa por los brazos– pero huevos de verdad –me explica–.

No le entiendo. –Le digo.

Mire, usted compra veintiún huevos, pero no huevos de granja, sino huevos de verdad, y usa tres diarios antes del baño. –Al decírmelo por segunda vez parece estar a punto de perder la paciencia conmigo.

Es posible que ella haya notado cierto desconcierto –que finjo, claro– en mi rostro mientras trato de mantener mi papel del cliente desorientado.

¿Le puedo hacer una pregunta indiscreta? –Me dice de pronto.

Claro.

¿Usted se ha drogado?

Todo el tiempo… –intento sonreír lo mejor que puedo.

Allí está su problema, a usted no le han hecho daño, usted no necesita una limpia, usted necesita dejar eso, porque por eso no tiene retentiva. –Me explica tocando sus sienes con el dedo índice.

Ya… –le digo…

Mire, pero si no me cree puede llevar las siete hierbas…

No, estoy bien.

Me despido de ella y decido salir del mercado San Isidro y de Comayagüela, es mejor regresar a Tegucigalpa.

Luego de dos horas en el San Isidro he salido con tres varitas de incienso barato y una guía para interpretar mis sueños, dos novelas y un poemario.

Si algo me queda claro, es la marginalidad en donde estos lugares están ubicados, ese laberinto que es esta parte de Comayagüela y quizá toda ella. El interior del mercado San Isidro permite una atmósfera oscura, de alguna manera, de cierto secretismos y de mucha incertidumbre.

Me han dicho que en Los Dolores puedo encontrar una santería. No he tenido suerte, la dirección que me han dado me lleva a una venta de verduras frente al punto de taxis del barrio El Bosque, las dos chicas que atienden me dicen que allí no hay tal cosa. Me voy un poco desilusionado pues esperaba encontrar el lugar.

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David Franco.

Quizá uno de los elementos más significativos en el imaginario de la adivinación es el pueblo gitano, rom o romaníes. Cuyo origen tiene tanto misticismo como todo lo que tiene que ver con su mundo espiritual.

Para aclarar algunas de mis dudas al respecto me siento a conversar con un amigo de muchos años, David Franco, a quien conocí en un viaje a Siguatepeque pocos meses después del golpe de Estado de 2009. El origen de su árbol familiar siempre me ha parecido una historia de mucha fascinación. Nos remontamos a la llegada de los primeros gitanos en América Central.

El origen del pueblo rom es un origen totalmente incierto, quizá nunca vamos a saber de dónde carajo viene esta gente. Comienza por decirme David.

Franco empieza su relato con los detalles, con esas pequeñas cosas que juntas darán rostro a la historia que me cuenta, y él no puede si no, comenzar con el origen del lenguaje. Algo que en toda cultura es fundamental, el primer rastro de cohesión social para un grupo humano siempre he creído radica el lenguaje, la palabra, los sonidos con los que las gentes se comunican. Entonces, me dice Franco, que posiblemente las raíces idiomáticas del pueblo rom se encuentren en el norte de la India.

Durante las primeras incursiones de los gitanos en la Europa del siglo XIII, se hacían llamar «egiptanos», o personas que provenían de Egipto. Esto derivó en que los europeos creyeran que estar frente a príncipes de las antiguas cortes egipcias. Algo que no tardaría en quedar en evidencia, no era cierto.

La ley de vida del gitano es vivir el día de hoy, mañana no existe, lo que a ellos les importa es sobrevivir hoy.

Los gitanos son un pueblo errante, porque siendo nómadas el mundo es de ellos. Ellos son el mundo.

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El tarot tiene bastante paralelo con lo que es la tradición judía, la cabalá. Casi todos los juegos hebreos tienen un parecido bastante cercano a lo que son las tradiciones gitanas, de hecho, su forma de convivir, sus leyes internas, son bastante parecidas a las judías. Lo que sucede es que nos han vendido la idea de que el pueblo judío es el pueblo escogido por Dios, el pueblo de Yaveh, y los diez mandamientos, pero si se lee el contexto histórico de la biblia se puede entender que los judíos siempre han practicado las artes ocultas, siempre se prestaron a la adivinación.

Y Franco cita la biblia, habla del rey Saúl, de cuando éste fue a visitar a la bruja de Endor para saber si iba a perder o no contra los filisteos. David Franco me explica que lo que lleva a los gitanos a practicar la adivinación es la necesidad de sobrevivir y que hay una mezcla entre lo ficticio y lo real en el arte de la quiromancia.

¿Cómo llega tu familia a Honduras? –Pregunto a Franco, sin más, porque es lo que realmente me interesa que cuente.

Es una historia bastante loca. –Dice tras el largo suspiro de quien se prepara para una carrera de fondo. –El bisabuelo de mi madre llega en una embarcación al puerto de Acajutla en El Salvador a finales del siglo XIX, más o menos, llegan con pasaporte húngaro, por eso en El Salvador les conocen como los húngaros, los híngaris o síngaris. Tras el desembarco conoce a la bisabuela de mi madre y se enamoran, pero los gitanos tienen una costumbre y es que ellos no suelen mezclarse con personas ajenas a sus creencias, con una payo, como en España se les conoce a las personas que no son gitanas. Al casarse con ella, él renuncia a sus tradiciones y a su familia. Es una historia llena de desgracia y de tragedia. A mi madre no le gusta hablar de esto. Y es una historia trágica porque este señor fallece como a la edad de cuarenta años, él no sólo se aparta de su gente sino que la familia de su esposa no lo acepta y sufre una especie de amosepo y muere de tristeza. Deja dos niñas, una de ellas es mi abuela, entonces la abuela de mi madre decide abandonar a la familia y venirse con las dos niñas a trabajar a los campos bananeros en El Progreso, concretamente en el campo de Naranjo Chino. Allí empieza la historia de mi familia aquí en Honduras.

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La lectura de las cartas a Franco le parece un «arte» bastante peligroso, porque se entra en un juego del que se vuelve difícil de salir. Su primer contacto con ellas se da a los seis años, poco antes del fallecimiento de su abuela. En ese momento su familia es dueña de tres tiendas de calzado en el centro de la ciudad de Tegucigalpa, pero la situación económica de la familia comenzaba a andar mal. Esta parte de la historia se desarrolla a principios de la década de 1990, comenzaba el gobierno de Rafael Leonardo Callejas y los tratados de libre comercio estaban por arrasar la poca economía local que subsistía. El negocio familiar de las tiendas de zapatos fue inaugurado en 1976 y las situación estuvo estable hasta el año 1987. Después de eso, la abuela de Franco se obsesiona con las cartas. De eso a David le viene el recuerdo de la carta de espadas invertidas y el rey de bastos. «Carta que yo saque, búsquela y tírela…» le decía su abuela. El niño que entonces era, jugaba a tirar las barajas, aprendiendo de ella un legado.

Con el tiempo vino la adolescencia y el colegio, en donde David recurre a las cartas como respuesta al bulling que sufría en la secundaria. «Quienes lo hacen, lo hacen por la necesidad de sobrevivir», me repite. Pero David parece estar completamente alejado de todo este imaginario, habla en tono de respuesta, en clave de recuerdo, para mantener cierta distancia. Y afirma que la adivinación muchas veces es utilizada para estafar a las personas, que sólo puede ejercer cierto poder sobre las personas que deciden creer. Así, Franco me aleja del misticismo que yo buscaba, quería encontrar una historia llena de magia, y lo que se me narra es la tragedia, es la desgracia, es el fraude, es la decadencia del mito.

En alguna ocasión, hace algunos años, con David, recorrimos las calles de Tegucigalpa, a ese momento lo recuerdo como un tour, y sabiendo de esa obsesión que él tiene con la ciudad, con los detalles de la historia, le comento que me he ido a buscar a una adivina a las santerías del mercado San Isidro. Sonríe al mostrarle los souvenires que la pequeña incursión me ha dejado. Le pregunto por estos lugares, le pregunto sobre lo que estos espacios esconden.

Comayagüela siempre ha sido un nido para estas personas. Había un programa de radio que salía justo después del programa de Félix Molina, a las nueve de la noche. La gente de aquí de Tegucigalpa decía que a ese programa sólo lo escuchaban los traileros, las putas, los ladrones y las nachas, y ése es el popular pensamiento aristocrático de esta ciudad. Ese personaje vive en Villa Dela, frente a la sede del Banco Central, y él incluso daba la dirección, «una casa blanca con zócalos cafés…», la gente le consulta y él, por ejemplo, le dice a la persona, «no, a usted le han hecho mal de ojo», «¿y cómo puedo solucionar esto?» Le preguntaban, «tráigame dos libra de arroz, tres libras de frijoles… azúcar…», o sea, que le lleven víveres, y la gente cae.

Franco lo cuenta con gracia, ha cambiado la rigidez de hace un instante cuando contaba la tragedia económica de su familia y ha pasado a hablar sobre la envoltura mágica con la que aparentemente están cubiertas Tegucigalpa y Comayagüela.

En la séptima avenida de Comayagüela, donde vive Isidro España, allí ha sido siempre una avenida de hechiceros. Una vez encontraron una especie de vudú que le estaban haciendo a Ricardo Álvarez.

Me cuenta David que la policía hizo un cateo en la zona y encontraron drogas, y esto porque generalmente las personas que se dedican a estas prácticas también las venden como parte de los servicios de sus negocios. Las santerías suelen ser lugares oscuros, sucios, y ubicadas en zonas marginales, porque marginal es todo lo que les rodea. La marginalidad histórica de un lugar como Comayagüela.

En Tegucigalpa, hay una zona marginal que incomoda al resto de la ciudad, Barrio Los Dolores, Barrio Abajo y La Delicias. Y Franco cuenta que en los años setentas, en estos barrios había una proliferación de centros espiritistas.

Mi madre me ha hablado de un brujo, nunca me ha dicho su nombre, pero sí sé que era un brujo que visitaba también un tío mío, hermano menor de mi madre, y les cobraba también de la misma forma, llevándole frijoles, llevándole provisiones.

¿Nunca era dinero? –Pregunto, en búsqueda de lo que ya ha quedado claro.

En los testimonios de mi madre y de mi tío, nunca mencionan dinero. Recuerdo que una tía hablaba de una señora allí por el barrio La Hoya que le pedía oro, joyas, esto era en los años sesentas.

A David le viene de pronto un recuerdo que le parece importante mencionar. Y es que al mudarse su familia de los campos bananeros a la ciudad de Tegucigalpa, su abuela se separa de su pareja, el padre de sus hijos, comienza a trabajar como obrera en Textiles Río Lindo, luego se dedica a otro negocio, a la venta de lotería.

¿Quién te garantiza a vos de que esa persona te está diciendo la verdad? –Reflexiona David, retomando el asunto de los adivinadores.

¿Todo este mundo mágico de las santerías, la hechicería, la lectura de las cartas, la numerología, cómo ha convivido en Tegucigalpa?

Tegucigalpa, es una caja de Pandora. Tegucigalpa en sí. Lo que pasa es que Tegucigalpa es una ciudad hipócrita desde siempre. ¿En qué sentido? Por ejemplo, la iglesia católica aquí ha venido a manipular un montón de cosas y en cuanto a asuntos de numerología, hay bastantes cosas ocultas en Tegucigalpa. –Al decir esto se abre nuevamente el espectro mágico del relato, algo, de lo que inicialmente andaba buscando con esta conversación.

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David comienza a hablar de los masones a través del ejemplo de Aladín y la lámpara maravillosa. Me explica que la lámpara en la historia de Aladín significa el conocimiento, pero el conocimiento manipulado a la voluntad de quien lo invoca, que la lámpara no es ni buena ni mala, sino que actúa según quien la utilice, y explica que bajo este principio funcionan las logias masónicas.

El conocimiento que ellos esbozan no es malo. Y en Tegucigalpa, las logias masónicas siempre han dejado algunos mensajes ocultos en la ciudad, aduciendo a ese conocimiento oculto, que es muy distinto a la brujería, porque la brujería es pensamiento mítico.

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Me habla de la sede de la logia masona en Barrio Abajo, ubicada en donde funcionó el instituto Álvaro Contreras, me explica toda la simbología que existe en el templo de la logia y que esta simbología se puede ver en la moneda nacional, en símbolos patrios como el escudo nacional, incluso en algunos de los edificios de la ciudad.

Fueron los masones, me cuenta Franco, los que fundaron La Aseguradora del Grupo Ahorro Hondureño, institución que hoy se conoce como Davivienda y que en el antiguo escudo de la institución se podían apreciar los cuernos de la abundancia, este mismo símbolo aparece en el escudo nacional de Honduras.

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Los ricos tenían sus creencias, las logias masónicas, personajes como por ejemplo Vicente Mejía Colindres, Terencio Sierra, Marco Aurelio Soto, entonces te das cuenta de que la Tegucigalpa aristócrata se vincula con conocimientos ocultos pero más refinados, si se puede llamar así, y a la desteñida y mal vista, Comayagüela, como siempre lo ha sido, le tiraban la brujería barata. Allá es donde ibas a encontrar los curanderos, los que te bañaban con ruda, los que te tiraban las cartas, los que te jugaban chivos. Los ricos menosprecian ese tipo de brujería y lo dejan para gente de allá de Comayagüela. Del puente Mallol para acá, ellos utilizan otro tipo de conocimiento, más oculto, más esotérico, no tan mítico.

En este imaginario conviven las dos ciudades gemelas del Distrito Central, la Comayagüela olvidada y la Tegucigalpa aristócrata donde se concentró el poder económico y político. Todo esto se disfraza en los cultos de la iglesia católica, me afirma David Franco.

¿Hoy en día sigue existiendo este juego espiritual entre Comayagüela y Tegucigalpa?

Todo ha cambiado, yo siento que ese pensamiento mítico y oculto, ya no está tan arraigado como antes, la ciudad ha crecido, las dinámicas sociales también son otras y hay que hacer eco de un fenómeno. En 1980, Tegucigalpa se convirtió en una ciudad dominada por la política de la seguridad nacional, de hecho, allí están las estadísticas, ciento ochenta desaparecidos, la mayoría eran estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, se empiezan a dar movimientos en la costa norte en los años sesentas y setentas, donde los jesuitas desempeñan un papel muy interesante, principalmente con lo que es este tema de la Teología de la liberación…

La Teología de la liberación no es propiamente jesuita…

Pero ellos la promueven por estos lados…

No todos los jesuitas…

Pero se da un fenómeno por esos años, algo que en Guatemala aún se ve bastante pronunciado, que es la invasión de las iglesias o sectas evangélicas…

Eso fue en los ochentas, fue una política de la CIA, según entiendo…

Sí. Exacto. Campañas enormes llenaban el estadio nacional, el más famoso era Jimmy Swaggart y Tegucigalpa deja de creer en esas cosas… —Franco se refiere a la masonería—. En el centro de Tegucigalpa, proliferan las iglesias evangélicas, –continúa Franco–, y a pesar de los hechos políticos de los últimos años, principalmente desde el golpe de Estado para acá, muchos, incluso yo pensé, que la gente iba a tener una especie de cambio, a decir: «puta, ya dejémonos de estar pensando en estas cosas de la iglesia católica y evangélica», pero no, el pueblo hondureño olvida bastante rápido.

David cree que es debido a la invasión de las iglesias evangélicas que las personas han dejado de creer en la brujería o en la masonería.

En la Tegucigalpa actual, la masonería o la brujería, ya no se practica como sí ocurría en los años sesentas o setentas. La platita o los enceres que antes le llevaban al brujito, ahora son los diezmos que le llevan al pastor, esperando milagros. Lo que esperaban que las cartas les dijeran, van a la iglesia y esperan que el profeta de la iglesia se lo diga, y la sanidad que esperaban que el brujo les hiciera, esperan de que el pastor se los haga o que diga «sos sano en el nombre y poder de Jesucristo», y así, eso es lo que ha cambiado. –Concluye Franco.

La conversación que hemos tenido ha sido extensa. Hicimos este recorrido tratando de explicarnos dónde se encuentra hoy en día el pensamiento mágico en la ciudad capital.

Si la masonería y la brujería parece haber caído en desgracia, y las iglesias evangélicas, más que la iglesia católica, son las que ahora administran los mitos en los que han de creer las personas en Tegucigalpa y Comayagüela, quizá sea ése el viaje que haya que hacer.

One comment

  • corburterilio

    septiembre 23, 2016 at 9:52 am

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Comentarios

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