/SOBRE SUJETOS POLÍTICOS POPULARES: CUESTIONES CONCEPTUALES Y POLÍTICAS

SOBRE SUJETOS POLÍTICOS POPULARES: CUESTIONES CONCEPTUALES Y POLÍTICAS

Por Hélio Gallardo.

Presentación en Novena Conferencia Dominicana
de Estudios de Género, Instituto Tecnológico
de Santo Domingo, diciembre 2016.

Se entiende aquí conceptualmente la expresión “movimientos sociales” como movimientos sociales populares. “Popular” es una categoría de análisis, no un mero calificativo. Hace referencia a las personas y sectores sociales que ‘no son dueñas de su vida… y lo saben’. Si se objeta que nadie, en realidad, es enteramente dueño de su vida, la descripción genérica añade: “popular” es quien ha sido socialmente producido como no dueño de su vida y lo sabe. Al saberlo, es decir al tomar conciencia radical de su desapropiación, resiste la desapropiación de la que es socialmente objeto y propone y transita caminos para conseguir ser sí mismo. Las acciones que configuran estos caminos se entienden como su lucha personal, socio-política y cultural. Un movimiento social popular resiste y lucha. En estas resistencias y luchas recorre subjetiva y objetivamente el tránsito procesual desde una identificación inercial (conferida por el sistema social) a una identidad autoproducida que resulta de sus resistencias y luchas. La identidad, que se expresa en acciones autodeterminadas, se muestra y propone a otros sectores sociales populares no como receta sino para que emprendan sus propios caminos en busca y producción de una identidad autoconferida que les ha sido negada o expropiada. No se trata de lecciones, sino de testimonios, reconocimientos y acompañamientos. La identidad autoproducida se manifiesta como logros en procesos con otros y para otros… y para todos. Por ello es siempre parcial, aunque cada momento de los procesos en que se resiste y lucha debe ser asumido como positivo o constructivo.

De la descripción anterior se sigue que existe un pueblo social (resultado subjetivo y objetivo de un sistema social con principios constitutivos de dominación) y un pueblo político que resiste la privación de que es objeto y lucha por darse una identidad autoproducida. Ejemplos amplios de ‘pueblo social’ son las mujeres en cuanto un dominio patriarcal o machista les impide mostrarse legítimamente humanas en cuanto mujeres (no en cuanto ciudadanas o seres humanos, que constituyen abstracciones de diferente nivel). En la sociedad estadounidense son generados como pueblo social los afroamericanos. En todo el mundo, los obreros hacen parte del pueblo social porque la relación salarial los torna factor del dominio del trabajo muerto (capital y medios de producción en manos de empresarios) sobre su trabajo vivo. Los sectores rurales empobrecidos y los indígenas (pueblos y naciones originarias) hacen parte del pueblo social en toda América Latina y el CaribeLesbianas y gays son parte del pueblo social en cuanto sufren discriminaciones y vejaciones. Todos estos destacamentos del pueblo social se han dado o están dando luchas para evitar la discriminación (un tipo de violencia) y lograr reconocimiento cultural de su plena y apropiada estatura humana. Todos ellos, entonces, si están en resistencia y lucha, configuran destacamentos de un pueblo político. Por supuesto, jóvenes y estudiantes en América Latina hacen parte del pueblo social y muchos de sus destacamentos los perfilan como pueblo político.

Transitar desde pueblo social a pueblo político supone transferencias de poder. Más aún, autotransferencias de poder que reciben legitimación político-cultural. El concepto de poder supone una capacidad para actuar de acuerdo a objetivos propios o que se estiman así. En este sentido tiene tanto una dimensión subjetiva (producción de la capacidad e interiorización de ella) como objetiva (moverse e incidir en el mundo de la existencia determinando objetivos sentidos de la acción desde uno mismo). Un patrón o empresario ejerce poder si puede establecer salarios por debajo de la ley. También ejerce su poder institucional si paga los salarios de ley. El trabajador no organizado usualmente no puede fijarse salarios de acuerdo a sus necesidades. Debe aceptar lo que paga su empleador que tiene márgenes para respetar o irrespetar la ley. Los trabajadores organizados pueden lograr mejores condiciones laborales (incluyendo salarios) mediante una Convención Colectiva, si la legislación así lo establece. También pueden lograrlo mediante un paro huelga victoriosa. En ambos casos (la convención y la huelga) los trabajadores se han transferido poder. Un varón o macho ejerce poder si consigue que su pareja mujer o hija o madre u otras mujeres actúen de acuerdo a lo que estima correcto o adecuado para ellas. Una mujer aislada puede obtener concesiones de su pareja o varones cercanos, pero ello no afecta la lógica patriarcal de dominación (que es un factor sistémico) ya que esas concesiones pueden terminar cuando los varones que se las conceden lo decidan. Las concesiones aisladas no generan inercialmente transferencias de poder socio-político-culturales significativas. No resultan despreciables para quienes las obtienen, pero política y culturalmente o no inciden del todo o inciden mínimamente.

Las transferencias de poder que implican el paso de identificaciones inerciales a identidades autoproducidas (o el tránsito desde una subordinación sistémica a la agencia o a ser sujeto sistémico) pueden, y resulta positivo, ser sancionadas por la legislación (que prohíbe el racismo, por ejemplo), pero lo que las torna efectivas transferencias de poder es el reconocimiento político-cultural de su legitimidad. Una cosa, no despreciable, es la legalidad. Otra cosa, decisiva en este campo es la legitimidad. En muchos países existe legislación que estipula igualdad jurídica para las mujeres, pero ella no implica que las mujeres dejen de ser acosadas en los espacios públicos y privados, que se las discrimine por su condición de mujeres en los mercados laborales o se las asesine (como en Ciudad Juárez) con impunidad. Tampoco impide que en familias rurales las hijas sean retiradas tempranamente de las escuelas por sus padres “para que colaboren en las tareas del hogar” o se empleen como trabajadoras domésticas. Una legislación, para los sectores populares, que no se sigue de luchas legitimadas, suele flotar por encima de las cabezas de los ciudadanos. Quienes violan esa legislación suelen quedar impunes, sean o no llevados a los circuitos judiciales. Y si son llevados, no reciben una sanción cultural.

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En cuanto a la acción de los sujetos populares (pueblo político) distinguimos aquí entre acciones populares aisladas o puntuales, movilizaciones y movimientos. Todas ellas suelen ser valoradas por los activos de la dominación (prensa, policía, militares, autoridades religiosas y la ciudadanía que ha interiorizado como ‘natural’ la dominación [redes sociales]) como “violentas”. El calificativo se aplica a cualquier acción (presencia en la calle, bloqueos, huelgas, creación de escenarios de protesta y debate, etcétera) que estos sectores y su institucionalidad estiman resulta lesivo para sus intereses inmediatos o de dominación sistémica. Así, las acciones populares puntuales pueden ser llamadas “explosiones” y sus actores “turbas”. Estas acciones, o reacciones, aisladas resultan poco efectivas para los intereses populares. Exhiben una exaltación legítima, pero se agotan en su emocionalidad al carecer de continuidad o permanencia. En el mejor de los casos son atendidas y mediadas por parlamentarios, funcionarios de gobierno o autoridades religiosas. En el peor, significan represión violenta y cárcel para quienes son, muchas veces arbitrariamente, detenidos. Los “estallidos” populares contienen un desahogo, pero con alcance débil. Ello porque la acción no toca las lógicas del sistema, sino que rechaza solo algunas de sus manifestaciones situacionales (represión sobre las ventas informales, por ejemplo). Estrictamente no resultan ‘espontáneas’ porque son provocadas por las disfunciones y contradicciones del sistema social, pero su expresividad y alcances las hacen lucir como tales.

La movilización social popular, es decir contestataria, en cambio, supone la concurrencia organizada de un sector social o de varios de ellos en relación con un problema que los afecta y que la autoridad no resuelve o simula resolver con paliativos que no tocan el carácter del asunto. El desafío puede consistir en la disfuncionalidad (respecto de la población rural) de la propiedad de la tierra, una baja calidad de la educación pública que impide a sus egresados competir en los mercados laborales, la penetración del crimen organizado (con sus secuelas de corrupción institucional y permanente violencia armada) como el narcotráfico, o la defensa de una conquista social (las Convenciones Colectivas de los trabajadores organizados) o de alguna institucionalidad que favorece a amplios grupos de la población (la Seguridad Social allí donde ella existe y es efectiva). En la movilización social pueden concurrir uno o varios sectores sociales populares organizados y también grupos de ciudadanos a quienes la movilización (que tiene entre sus banderas la paz social, por ejemplo, el cese de una determinada violencia pública o el respeto al sufragio) simpatiza y convoca. A diferencia del ‘estallido’ social, la movilización supone un análisis de los desafíos que la provocan, un plan concertado para hacer presencia (usualmente en la calle o ante instituciones determinadas) y una voluntad de incidencia para cambiar alguna situación que se estima negativa o transformar (que puede incluir cesar) alguna lógica sistémica como la discriminación contra las mujeres en determinados mercados laborales o su acoso en los espacios públicos y privados. Por último una movilización popular y su dirigencia debe dar seguimiento a los acuerdos o conversaciones logradas por la movilización con las autoridades e instituciones comprometidas. La movilización se diferencia de los “estallidos” (aunque éstos pueden originar movilizaciones posteriores) por su mayor comprensión e interiorización de los problemas denunciados, por el carácter organizado de los grupos que se movilizan (aunque acepta sectores de ‘espontáneos’) y su articulación en relación con un mismo propósito y objetivos de los diversos sectores involucrados. La concurrencia de diversos sectores (con sus dirigencias y liderazgos) puede facilitar una discusión crítica entre ellos (en el marco de la misma movilización) y fortalecer la presencia de cada uno de los sectores y futuras posibilidades de reconocimiento y colaboración. El seguimiento efectivo del cumplimiento de logros marca también una distancia significativa con los estallidos sociales. Una situación ideal es que la movilización social popular genere mesas permanentes de estudio y trabajo, en cada sector y en su conjunto, sobre los desafíos que la generaron y sus alcances en relación con un proyecto-de-país. El punto puede conducir a una interacción constructiva entre partidos políticos que se dicen populares y sectores sociales populares y ciudadanos organizados.

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Un partido político tiene carácter popular cuando interpela y se ocupa no solo de ciudadanos, sino de los desafíos económico-sociales y político-culturales que éstos enfrentan en su existencia cotidiana e interpreta estos desafíos, problemas y conflictos como señales del sistema. Si un partido político, cualquiera sea su historia, solo interpela a ciudadanos, entonces no es popular o ‘de izquierda’. Todos los ciudadanos tienen bases o raíces sociales y éstas resultan decisivas (por su presencia o ausencia) en su comportamiento ciudadano. Si solo se habla a la ciudadanía, entonces el interlocutor efectivo es el Estado al que se supone, exagerando, “perfecto” o con solo disfunciones. Un partido que hace esto no puede darse una efectiva identidad popular. Un movimiento social popular, en cambio y por definición, encuentra su fuerza en la existencia social como referencia sistémica y, sin abandonar su identidad ciudadana, o abandonándola, resulta, por su ethos alternativo, ‘de izquierda’.

La ciudadanía es la forma jurídico-política (y cultural) que adquiere una población determinada desde el Estado (y con él de una constelación transnacional e internacional de fuerzas que constituyen hoy al Estado). De muchas maneras, que pueden discutirse, la ciudadanía constituye una ficción que solo puede concretarse si se asume que cada ciudadano y todo sector ciudadano posee bases o raíces sociales y se expresa desde estas instituciones sociales y sus lógicas que pueden contener conflictividades sistémicas. Una de las ficciones más generalizadas acerca de la ciudadanía es que todo ciudadano resulta igual ante la ley. Por eso es que a un millonario (que puede haber conseguido su fortuna cometiendo delitos) debería resultarle igual de sencillo que a un peón agrícola (honesto de por vida) o a una viuda rural empobrecida, conseguir una visa para ingresar a Estados Unidos. O que el mismo millonario se mueva, con idéntica comodidad y atención, en los circuitos judiciales de República Dominicana o Haití que los individuos populares, en particular la viuda rural, ya mencionados. De acuerdo a la letra, debería serlo. Pero en la práctica no resulta así. Por ello un partido político que no se siente permanentemente interpelado por las efectivas y complejas condiciones de existencia de peones agrícolas, viudas rurales o jóvenes estudiantes de barrios marginales, para añadir otro sector social, ni es ‘popular’ ni es de ‘izquierda’, aunque se identifique o proclame como tal.

Señalamos que en las movilizaciones sociales populares pueden coincidir sectores sociales organizados y segmentos ciudadanos. Los sectores sociales organizados puede tener el carácter de movimientos político-sociales populares. En la tradición del siglo XX el movimiento político-social popular por excelencia (y excluyente) fue el movimiento obrero. Un movimiento político-social popular se caracteriza por existir orgánicamente antes, durante y después de una movilización popular e incluso en ausencia de movilizaciones populares. Sus formas de resistencia y lucha, que lo tornan popular, incluyen el análisis sistemático y permanente de la formación social que los produce y en la que se insertan, su estructuración como organización internamente democrática (implica participación responsable de todos sus integrantes, debate interno, circulación/renovación de dirigencias y responsabilidades), organización estable y funcional ante los desafíos, y un programa que atiende la particularidad del movimiento (campesino sin tierra, asalariados, mujeres, jóvenes, pobladores sin casa, afroamericanos,  desempleados, ecologistas o ambientalistas, etcétera) en una propuesta-de-país (y nación) y humanidad inserta a su vez en la actual realidad de la mundialización capitalista. Lo que caracteriza a un movimiento social popular es su especificidad (mujeres, por ejemplo, mujeres urbanas, jóvenes mujeres, etcétera) a la que podríamos considerar su bandera singular (o pequeña, aunque radical) de lucha, y su comprensión respecto a cómo esa bandera se inserta en un marco más amplio y complejo de las tareas que buscan una transformación del sistema socio-político cultural vigente. Así, un movimiento social popular por definición tiene tareas específicas determinadas por las necesidades/requerimientos del sector que representa y tareas también específicas de aproximación, articulación (sistémica) y coordinación (situacional o permanente) con otros movimientos (y movilizaciones y organizaciones) sociales populares y ciudadanos. La lucha popular organizada resulta así de una articulación constructiva de muchas banderas singulares o específicas que se inscriben en uno o varios proyectos de país o nación en el marco actual de una mundialización capitalista y, más específicamente, del Caribe insular como región en esta fase de mundialización. Un movimiento social popular se diferencia de los estallidos sociales populares y de las movilizaciones sociales populares por su permanencia o continuidad, su memoria de esa permanencia, el estudio permanente de la realidad social y del poder-capacidad de acción del movimiento en ella (coyuntura), y su capacidad de resistencia y lucha coordinada determinada por la eficiencia y eficacia de su organización y su nivel de conciencia (espiritualidad popular situada, voluntad de resistencia y lucha). Todos los sectores del pueblo social pueden darse la forma de movimiento político popular: pobres de la ciudad y del campo, mujeres urbanas y rurales, estudiantes, creyentes religiosos antiidolátricos, gays y lesbianas, trabajadores informales, pobladores okupas, afroamericanos, etcétera. Los movimientos sociales populares los conforman individuos o personas que experimentan que su identidad sufre un recorte u opresión intolerable y que esto constituye una señal sistémica, no una condición personal o grupal.. Pueblo es quien no es dueño de su vida… y lo sabe.

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La expresión ‘señal sistémica’ hace referencia a que un determinado malestar social (bajo salario, acoso callejero, educación pública floja, por ejemplo) no se limita a situaciones o experiencias situacionales del día a día, sino que ella es también señal de una lógica del sistema social (totalidad, organización del conjunto de la sociedad). Por ello es que la lucha de los movimientos sociales populares no debe interesarse únicamente en resolver situaciones (se trataría de una tarea que no finalizaría jamás) sino en determinar asimismo lo que produce social, política y culturalmente esas situaciones (y el carácter de su lógica). Por esto es que el movimiento social popular debe estudiar (analizar) las situaciones con las que se compromete. En este estudio se da parte de su plano estratégico. Sin este nivel estratégico un movimiento social popular incurre en desviaciones que podrían considerarse ‘seguidismo’ u ‘oportunismo’. Interesan y preocupan, desde luego, las situaciones de miseria u opresión. Pero también interesa saber y asumir lo que produce (local, nacional e internacionalmente) esas situaciones de miseria u opresión. Se tiene a la vista la situación, pero se combate esa situación teniendoen la mente (espíritu) su producción estructural. Una oficina estatal o una pastoral de la iglesia católica atienden las situaciones de pobreza (mediante ayuda o limosna), pero no atienden las condiciones las condiciones sistémicas de su producción porque tanto la oficina pública como la pastoral hacen parte del sistema que las produce. La asunción sistémica de las ‘señales’ empíricamente constatables constituye el plano teórico de un movimiento social popular. Por ello hacen parte de su espiritualidad o subjetividad sociohistórica y también de su capacidad de incidencia. Sin asunción sistémica no existe movimiento social popular. Construir esta asunción, que pasa por estudiar y discutir internamente otros actores sociales, es un proceso permanente.

A finales del siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX corrientes contestatarias y revolucionarias, como los anarquismos y el marxismo original (Marx-Engels), identificaron una lógica social (el dominio del trabajo muerto [capital] sobre el trabajo vivo: obreros) dominante y empobrecedora (hasta amenazar la sobrevivencia de la especie) y, desde esta identificación, hicieron del movimiento de los trabajadores el movimiento social popular por excelencia. De su fuerza y lucha, y de su capacidad para generar una nueva sensibilidad cultural, y convocar a otros sectores a esta lucha y a la construcción de una toda nueva sociedad, se seguiría la emancipación de todos los seres humanos. “Todos los seres humanos” designaba a una parte de Europa (donde se producía la Revolución Industrial) y Estados Unidos (visto como una prolongación de esa Europa). Ya en el siglo XX la Revolución Rusa (1917), bajo la fórmula partido revolucionario de vanguardia más masas con eje obrero-campesinos pobres y soldados, fueron el movimiento social popular que se consideró factor determinante de una nueva sociedad. El éxito del asalto al poder en Rusia se prolongó en una ideología de defensa del Estado soviético, el marxismo-leninismo, a la que se sacralizó, no sin conflictos, como doctrina de todo movimiento popular. El sitio epistémico-político-cultural de esta ideología lo constituía el Partido de Vanguardia(Comunista) y las masas con eje obrero. En el concepto de “masas” se difuminaban los variados rostros de empobrecidos del campo y la ciudad, las etnias y naciones despreciadas, las mujeres, los estudiantes, los inmigrantes no deseados, o se les abstraía mediante la categoría de ciudadanía. Un resultado político-cultural de esta ideología marxista-leninista fue, durante la mayor parte del siglo XX, que el único movimiento popular legítimamente revolucionario fuera el del movimiento obrero conducido por el partido de vanguardia. Fuera de esta fórmula nada resultaba aceptable.

Para América Latina la presentación fue rebatida, o al menos polemizada, en un documento clásico de la primera etapa del Gobierno Revolucionario Cubano: la Segunda Declaración de La Habana (1962). Aunque esta declaración contiene giros expresivos del marxismo-leninismo imperante, el texto que nos interesa dice así: “Pero esta lucha, más que aquella, la harán las masas, la harán los pueblos; los pueblos van a jugar un papel mucho más importante que entonces; los hombres, los dirigentes, importan e importarán en esta lucha menos de lo que importaron en aquella.// Esta epopeya que tenemos delante la van a escribir las masas hambrientas de indios, de campesinos sin tierra, de obreros explotados; la van a escribir las masas progresistas, los intelectuales honestos y brillantes que tanto abundan en nuestras sufridas tierras de América Latina. Lucha de masas y de ideas; epopeya que llevarán adelante nuestros pueblos maltratados y despreciados por el imperialismo, nuestros pueblos desconocidos hasta hoy, que ya empiezan a quitarle el sueño. Nos consideraba rebaño impotente y sumiso, y ya se empieza a asustar de ese rebaño; rebaño gigante de 200 millones de latinoamericanos en los que advierte ya a sus sepultureros el capital monopolista yanki. Con esta humanidad trabajadora, con estos explotados infrahumanos, paupérrimos, manejados por los métodos de fuete y mayoral, no se ha contado o se ha contado poco.  Desde los albores de la independencia sus destinos han sido los mismos: indios, gauchos, mestizos, zambos, cuarterones, blancos sin bienes ni rentas, toda esa masa humana que se formó en las filas de la “patria” que nunca disfrutó, que cayó por millones, que fue despedazada, que ganó la independencia de su metrópoli para la burguesía; esa, que fue desterrada de los repartos, siguió ocupando el último escalafón de los beneficios sociales, siguió muriendo de hambre, de enfermedades curables, de desatención, porque para ella nunca alcanzaron los bienes salvadores:  el simple pan, la cama de un hospital, la medicina que salva, la mano que ayuda. Pero la hora de su reivindicación, la hora que ella misma se ha elegido, la vienen señalando con precisión ahora también de un extremo a otro del continente. Ahora, esta masa anónima, esta América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el continente con una misma tristeza y desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir.  Porque ahora, por los campos y las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad, o en el tráfico de las ciudades, o en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo lleno de razones (…), con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo (…).  Ahora, sí, la historia tendrá que contar con los empobrecidos de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia.  Ya se les ve por los caminos, un día y otro, a pie, en marchas sin término, de cientos de kilómetros, para llegar hasta los “olimpos” gobernantes a recabar sus derechos (…).  Ya se les ve (…) llevando sus cartelones, sus banderas, sus consignas, haciéndolas correr en el viento por entre las montañas o a lo largo de los llanos.  Y esa ola de estremecido rencor, de justicia reclamada, de derecho pisoteado que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará más.  Esa ola irá creciendo cada día que pase, porque esa ola la forman los más, los mayoritarios en todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las ruedas de la historia” (itálicas no están en el original). En la enumeración de “esos más” de “estremecido rencor”, de esos “empobrecidos” faltan las mujeres, los jóvenes y estudiantes, los emigrantes, los creyentes religiosos antiidolátricos, los ambientalistas y los ciudadanos. Son muchas banderas. Y todas pueden ondear contra el capitalismo y el imperialismo y contra el empobrecimiento humano.

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El extendido texto citado de la “Segunda Declaración…” no debe llamar a error. El proceso cubano se dio la forma de una acción político-militar insurreccional exitosa. El proceso sandinista nicaragüense (década de los 80) y centroamericano en el mismo período, el alzamiento zapatista (1994), que se quiso fuera una experiencia catalizadora que potenciara un alzamiento de todo el México popular y ciudadano, la permanente fragilidad y zozobra de Haití tras el derrocamiento de Baby Doc (1986) por EUA, y el golpe de Estado en Honduras (2009) muestran que las experiencias político-militares insurreccionales no serán toleradas por la hegemonía imperial, y sus socios locales, en el área geopolítica caribeña. Se abren así básicamente dos caminos para la resistencia y lucha de sus movimientos populares. Centrarse en reivindicaciones sectoriales(empleo, salario, resguardo del hábitat, reivindicaciones de pobladores urbanos [agua, electricidad, áreas verdes, locomoción colectiva, por ejemplo], mujeres [educación, salud], ejercicio ciudadano crítico, reforma radical de la educación pública, protección de la producción y propiedad pequeño-campesina, indignación ciudadana, etcétera) que alivien las condiciones de existencia de sectores de la mayoría socialen esta fase, o concentrarse en producir una nueva espiritualidad ciudadana (vía luchas sociales, particulares) en la perspectiva de avanzar hacia un nuevo bloque de poder por medio de la participación electoral (nacional y municipales) en elecciones. Los dos caminos no resultan incompatibles. Se puede buscar crear y avanzar propuesta y alternativa en las dos vías. Sin un análisis de la realidad actual de República Dominicana no resulta factible avanzar recomendación alguna. Ambos caminos se inscriben en relación con un mismo horizonte: tornar legítima e incidente una espiritualidad política popular. Avanzar hacia una cultura popular.

Desde un punto de vista conceptual, la “Segunda Declaración de La Habana” nos indica asimismo cómo los diversos desafíos situacionales que enfrentan en su existencia diaria los distintos sectores populares han de ser visto y comprendidos no como hechos puntuales o aislados sino como señales sistémicas. Es el punto central de un sentir, discernir e imaginar popular. En él las situaciones de la existencia cotidiana remiten a su producción en el marco de una totalidad social (estructura social, o sistema) que, en la situación actual, comprende al menos dos planos relacionados: una referencia internacional (mundialización económica y geopolítica) y una referencia local: la configuración sistémica de República Dominicana en el área de la Cuenca del Caribe. Es decir su funcionalidad en esta fase de mundialización.

Fuente: heliogallardo-americalatina.info

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