/BREVE SEMBLANZA DEL POETA ROBERTO SOSA

BREVE SEMBLANZA DEL POETA ROBERTO SOSA

Por Néstor Sosa Ortiz, hijo del poeta Roberto Sosa

En un pueblito de Honduras, de cuyo nombre nunca quiso olvidarse, nació el Poeta Roberto Sosa, en el año 1930. Ese nombre sacrosanto es Yoro, Departamento de Yoro; hijo de Asisclo Sosa Ortíz y Petrona Villalobos, salvadoreño el primero y de Yoro mi abuela Tona, a quien yo llamaba Pipipa. En su infancia, me contó Pipipa, iban al río a lavar la ropa de la familia. Mi papá se negaba a caminar y ella le cortaba un caballito de palo y entonces partía a todo galope, rompiendo los aires. Ya puestos en el río, se acomodaba en la rama de algún árbol y le exponía poemas. Ella al escucharlo le decía: – Qué lindo poema, ¿dónde lo aprendiste? – Y él respondía con mucho orgullo: -yo me lo inventé-.

Sus primeras letras se las enseñó Pipipa; un día de tantos, cuando vendía pan en las calles de Yoro, se encontró un pedazo de diccionario y tal era su sed de conocimiento, que aprovechaba los momentos para memorizar todas las palabras. Luego fue a una escuelita de las niñas Chalita y Talita, escuela de pueblo. Se distinguió por ser un alumno sobresaliente. Cuando estaba ya en quinto grado lo contrataron para que fuera de examinador a varias escuelas del lugar, cargo que se ganó debido a su aplicación en los estudios.

En 1942, a los 12 años, se trasladó a Tegucigalpa, caminando por llanos y montañas, acompañado de reos, muleros y un cura que había hablado con su padre para que permitiera que el niño tomara las órdenes sacerdotales. De inmediato accedió a tal deseo porque creía que solo siendo cura saldría de la pobreza en que estaban sumidos. En esa aventura, el cura se cayó en una arena movediza. El niño se rió a carcajadas, aumentadas por el eco, y el cura entendió que el niño no tenía ninguna vocación sacerdotal. Nunca se arrepintió de no haber vestido de sotana.

A los 17 años (1947) comenzó otra etapa de su vida en Tegucigalpa. Fue una etapa dura al principio, falto de afectos familiares, de vivienda, muchas veces sin alimentos y con muchas necesidades no cubiertas, pero aún así él nunca perdió su horizonte; con lo que ganaba por los trabajos que hacía compraba libros y los leía con gran pasión, que lo acompañó hasta su último suspiro. En una de las tantas búsquedas de trabajo llegó a un lugar donde al propietario se le hizo simpático y le preguntó que si sabía mecanografía y él contestó que si, sin haber visto nunca una máquina de escribir. Apresuradamente, fue a un lugar donde había una máquina de escribir y pasó practicando toda la noche, presentándose al día siguiente al trabajo. El propietario le dijo, al verlo apurado y vacilante, “Ah muchacho, me hubieras dicho que sabés mecanografía pero que no tenés práctica.” Sin embargo, le permitió seguir trabajando como mecanógrafo durante mucho tiempo, mientras su vida transcurría entre desvelos lectores.

Fue entonces cuando conoció a los poetas consagrados de aquel tiempo. A ellos les hacía mandados (comprarles cervezas y cigarrillos) para poder estar presente en las tertulias literarias; mientras tanto, preparaba su primer libro llamado “Caligramas”, seguido de “Muros” y “Mar Interior”. Con el libro “Los Pobres” obtuvo el Premio Adonais en 1968, convirtiéndose así en el primer latinoamericano en recibir dicho reconocimiento.

“En ‘Los Pobres’ Roberto no se aparta muy radicalmente de sus libros anteriores, sobre todo porque su visión poética es romántica y las imágenes tienen una luz sosegada. Es una exposición de retratos de los pobres del mundo, que son los de Yoro y los de Tegucigalpa, con sus miserias y sus dolores, y de los retratos de los opresores y los que son instrumento de los opresores, en fin, lo que es la justicia patas arriba. Para Roberto los pobres están en las calles pidiendo limosnas, en los juzgados caminando, en las procesiones de pueblo, en las salas generales de los hospitales, en fin, en el recuerdo de su propio padre. Este breve libro de poemas, si acaso no fija ninguna perspectiva en cuanto a la forma, habría que recordar que no todos los juegos novedosos o anti devienen en auténticos.” Sergio Ramírez, Marzo 1969, San José, Costa Rica.

En 1971, con su libro “Un Mundo Para Todos Dividido” obtiene el Premio Casa de las Américas en la Habana, Cuba. Desde que se inició el certamen hasta la fecha es el primer hondureño en obtenerlo. A partir de ahí, comienza una vida dedicada al oficio de la literatura, que conlleva una serie de hechos que prácticamente lo condenan dentro de su propio país como ser expulsado de la RAE, la prohibición de ser maestro de la Universidad Pedagógica Nacional, al igual que ser destituido de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras por el entonces rector Oswaldo Ramos Soto, actual diputado del Congreso Nacional de la República, por órdenes del General Gustavo Álvarez Martínez. quien lo incluyó en una lista de artistas que iban a desaparecer y asesinar. Esta información la documento del relato El Poeta, El General y Yo, del ex Canciller de la República Edgardo Paz Barnica en su libro Entre la Frustración y la Esperanza. Aún con todo esto jamás claudicó en sus principios, él siguió divulgando su poesía y la literatura hondureña en periódicos y revistas en el extranjero a causa de la situación que se vivía en Honduras, que actualmente no ha cambiado mucho.

En 1990 obtuvo la Orden de las Artes y las Letras en el Grado de Caballero otorgado a través del Ministerio de Cultura del Gobierno de Francia. A pesar de haber recibido homenajes y galardones muchas veces en el campo de las letras, siempre los recibió con verdadera humildad de corazón. Después de este reconocimiento, su vida la dedicó totalmente a dar conferencias y a participar en congresos de escritores en el extranjero, y a la venta de sus libros en diferentes instituciones públicas y privadas dentro y fuera del país. En el año 2009, fue nuevamente perseguido por los acontecimientos políticos ocurridos en
nuestro país, razón que no solo lo llevó a un exilio temporal en Nicaragua, si no que fue el principio del deterioro de su salud, sobre todo la por la sensibilidad humana que lo caracterizó.

En el 2011, recibe su último premio, el Premio Rafael Alberti, en la Habana, Cuba, que sería entregado en el mes de su fallecimiento. Por razones muy personales no pudo asistir, pero horas antes de su muerte escribió la siguiente carta: “En Tegucigalpa, duro nombre que fluye dulce solo en los labios, recibí la noticia de que un jurado calificador integrado por acreditados intelectuales seleccionó mi trabajo poético para adjudicarle el galardón literario denominado Rafael Alberti que otorga el Festival Internacional de Poesía de la Habana, Cuba, con el auspicio de la sociedad de beneficencia de Andalucía, España. La noticia me nubló la mirada por cuanto las imágenes arenosas de marinero en tierra guiaron mis primeros pasos hacia la búsqueda de la palabra poética. A la altura de mis años no me es posible ocultar que el galardón que se me ha adjudicado me ha llenado de orgullo hasta el final de mi duración por el hecho de que mi nombre queda junto al nombre de Rafael Alberti, ángel de la guarda de la poesía hondureña. Mi regocijo lo comparten mis amigos opuestos al lado oscuro de la literatura. Debo dejar constancia de mi gratitud por haber reconocido mi aporte a la dignificación de los pobres de la tierra. Finalmente dedico este laurel a Honduras, república humillada y ofendida desde siempre por el país más poderoso del planeta, Estados Unidos de Norteamérica.”
Roberto Sosa, 22 de Mayo de 2011, entre 10 y 11 de la noche.

Él falleció el día siguiente a las 3.30 de la madrugada.

Para finalizar resalto que hasta la fecha de hoy el poeta Sosa ha sido traducido a más de 8 idiomas y agrego que su poesía sigue vigente en el mundo, en la Honduras de hoy, en la de aquí y en la de allá.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.