Paternidad

No sé cómo comenzar esta historia, en especial, porque ni yo mismo sé, aún, cómo entenderla. Lo cierto es que cambió mi vida y por eso debo contarla. Me limitaré, en todo caso, a describir los hechos ocurridos. Fue un viernes a finales del mes de agosto. La semana había llegado al término de las jornadas de oficina. Habíamos acordado desde temprano que nos reuniríamos por la noche a tomar algunas cervezas y allí estábamos todos,...

No sé cómo comenzar esta historia, en especial, porque ni yo mismo sé, aún, cómo entenderla. Lo cierto es que cambió mi vida y por eso debo contarla. Me limitaré, en todo caso, a describir los hechos ocurridos.

Fue un viernes a finales del mes de agosto. La semana había llegado al término de las jornadas de oficina. Habíamos acordado desde temprano que nos reuniríamos por la noche a tomar algunas cervezas y allí estábamos todos, acariciando con los codos los costados de una mesa ajena de bar. Pasaban las once y la noche apenas comenzaba. Mi jefe, que siempre dijo tener el alma joven, decidió quedarse con nosotros sacrificando las horas de sueño junto a su familia. Estábamos, en todo caso, alegres.

No importa ahora describir a detalle el lugar en donde estábamos, basta con explicar que era uno más de los muchos bares que en la noche del viernes se llena de jóvenes obreros que relajan las miserias de la vida con el sabor del fermento y la levadura. Llevábamos más de tres cervezas y los decibeles de voces había aumentado con la emoción de los temas. Ya no recuerdo de qué hablábamos, pero debió haber sido lo mismo de siempre: el conflicto árabe-israelí y la absurda guerra contra el terrorismo, el paquetazo de Maduro y la dura situación económica, el fracaso de Lucas con su película, o quizás, a lo mejor, del buen trasero de alguna de las mujeres de la cooperación extranjera, que cambian cada año para bien de la variedad femenina en una ciudad pequeña como Tegucigalpa.

Pedimos otra ronda de cervezas que al instante llegó de mano de una joven mujer de falda corta y cabello oxigenado quien regalaba a cada paso una sonrisa de buena vendedora. Fue entonces cuando lo ví por primera vez.

Estaba en la puerta, era un niño de algunos doce años, pero que pudo haber tenido nueve. Vestía en harapos, con los bolsillos llenos de monedas de vidrios limpios y la cara sucia de lágrimas brotadas por el hambre —y un no se qué de pena en la mirada antes de tiempo—. Usaba un pantalón azul con remiendos y parches y una camiseta sucia cubierta de agujeros. Debo decir que no soy un hombre observador, pero que si ví todos esos detalles, es porque habría de verlos varias veces y quizá por el resto de mi vida. En cuanto el niño me vio se dio la vuelta y regresó por la misma puerta por dónde había entrado, yo seguí bebiendo mi cerveza y lancé a la mesa un nuevo tema de conversación que rápidamente cogió eco.

Un par de minutos después el niño volvió.

Ya no estaba solo; con él venía, tomado de la mano, otro niño un poco más pequeño, que era como una maqueta del primero, atrás estaba una mujer delgada y sucia con un bebé en los brazos y una barriga de cinco meses. Pensé que era la madre de aquellas criaturas que nadie más que yo parecía notar.

Los niños me veían como buscando valor para acercarse, y yo creí saber lo que querían; busqué mentalmente en mi bolsillo algunas monedas para pagar la paz que buscaba, pero me dí cuenta que sólo tenía un billete de cien pesos que no podía entregar en limosnas.

«¿Acaso a mí me regalan el dinero?» —me dije y me di valor para negarme a los ruegos de aquellos niños que, sin embargo, seguían a unos metros de nuestra mesa, viéndome, estudiándome, reconociéndome quizás.

Al rato los niños se acercaron. Se pararon frente a la mesa y todos los vimos. Alguien reía, alguien había contado quizás un chiste y alguien lo entendía con retraso. Luego de un rato, todos guardamos silencio y quedamos viendo a los dos niños.

—Papá —me dijo el mayor— venga con nosotros. Lo hemos estado buscando.

Todos comenzaron a reír.

—Coño, compadre —me dijo uno de mis amigos—, dales de comer a tus hijos.

Y las risas llenaron nuevamente la mesa.

De más está explicar que ni yo, ni los niños reíamos. Los vi por un momento y luego traté de explicarles que no tenía dinero. Recuerdo que alguno de mis amigos sacó de su bolsillo un par de monedas y se la extendió.

—Qué buena broma —dijo sin poder parar de reír.

Los niños no tomaron las monedas, yo me acerqué a ellos y les pregunté qué querían.

—Que venga con nosotros —dijeron casi en coro. Vi a la mujer de la puerta que se acercaba con el bebé en los brazos.

—Vuelva con nosotros —dijo la mujer— lo hemos estado buscando toda la noche.

Las risas aumentaron, yo traté de ver a los ojos de la mujer como buscando a alguien conocido, pero nunca en mi vida la había visto. Se que mi memoria a veces es mala, pero si hubiera conocido a esa mujer la recordaría. No era fea, había, bajo esa capa de mugre y miseria, algo parecido a la belleza. Tenía los mismo ojos de los niños y la piel delgada por el hambre. Sentí lástima.

Poco a poco mis amigos se fueron silenciando; pensé que la mujer y los niños eran actores y que todos me jugaban una broma, pero ni mis amigos, ni la mujer aceptaban que lo fuera.

Nadie volvió a reír y yo trataba de explicar a la mujer y mis amigos que no los conocía, que no podía haberlos conocido.

—Venga —me decía la mujer casi llorando—, venga con nosotros. Nos portaremos bien.

Y los niños repetían con ella sus palabras.

—Venga papá, venga.

Yo sentí vergüenza, todos en el bar me miraban desde sus mesas y comentaban entre ellos.

—Mire, señora —traté de explicarle— no sé quién es usted ni quienes son estos niños. Sea quién sea a quién busca, no soy yo. Usted está cometiendo un error.

—Usted es Óscar Estrada —me dijo el menor de los niños— y es nuestro papá.

Yo traté de buscar apoyo solidario entre mis amigos, pero ellos me miraban desde el otro lado de la mesa sin entender más que yo lo que estaba pasando.

—No los conozco —dije a mis amigos. Ellos asintieron con la cabeza sin decir nada.

Yo sabía que comenzaban a dudarlo.

Rogué a la mujer que se fuera, saqué el billete de cien pesos que atesoraba en mi bolsillo y se lo ofrecí a cambio de que me dejara en paz, pero ella no lo tomó y siguió llamándome por mi nombre y diciéndome que aquellos eran mis hijos y que me habían estado buscando toda la noche. Busqué nuevamente en su rostro tratando de encontrar algo que me explicara sus palabras pero no la conocía. Si de algo puedo estar seguro, es de que no los conocía.

Me despedí de mis amigos, ellos me vieron salir sin tratar de detenerme. Sé que cuando me vaya hablarán de mi, yo también lo haría —pensé— , dirán que soy una mierda, que no me creían capaz, que pensaba que era mejor gente, pedirán otra ronda de cervezas y después cambiarán de bar, volverán a sus casas, con sus esposas y con sus hijos que no los han andado buscando toda la noche.

Yo salí del bar. Atrás de mi venía la mujer y sus hijos miserables. No les dirigí la palabra, subí al carro y me alejé. Desde el retrovisor pude ver a los niños acercarse a su madre. Ella los abrazaba y les decía que tuvieran paciencia, que ya regresaría su padre. Luego comenzaron a caminar volviendo a las sombras de donde habían salido. Yo me fui a mi casa.

Ha pasado más de un año desde esa noche, dos, quizá tres. Mis amigos dejaron de hablar conmigo porque no querían tener nada que ver con un ser tan despreciable como yo. Yo lo en- tiendo. Desde el incidente en el bar me encerré en mi casa con miedo de salir y volver a encon- trarme con la mujer y sus niños. Luego de dos semanas perdí el trabajo. Con el tiempo dejé de pagar el carro y la casa y los perdí. Fui bajando poco a poco hasta llegar a esta pensión de mala muerte desde donde escribo.

No los he vuelto a ver, pero sé que están allí, afuera, buscándome entre las mesas de los bares de todas las ciudades. Yo les tengo miedo, yo me escondo de ellos, de mi familia, de mis hijos.

[Julio de 2002]

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