Mala suerte

Las calles de Broadway están llenas de mendigos, adictos a la heroína que asoman sus rostros pálidos desde las ventanas de los edificios abandonados de Newburgh. Un motel frente al edificio de la Corte y una terminal de Wester Union en la esquina, eso es todo. Entro a la tienda y siento el olor a sudor impregnado en la alfombras. This loteri machige don´t give chance, dice un letrero escrito a mano en la puerta de...
Oscar Estradadiciembre 21, 2019

Las calles de Broadway están llenas de mendigos, adictos a la heroína que asoman sus rostros pálidos desde las ventanas de los edificios abandonados de Newburgh. Un motel frente al edificio de la Corte y una terminal de Wester Union en la esquina, eso es todo.

Entro a la tienda y siento el olor a sudor impregnado en la alfombras.

This loteri machige don´t give chance, dice un letrero escrito a mano en la puerta de un stand de lotería automática.

En la caja atienden dos jóvenes mexicanas. Brincan de una caja a otra desbordadas por el número de clientes. En este negocio solo se venden cigarrillos y lotería, a parte de los giros monetarios.

La clientela es mayoritariamente negra: un apareja de ancianos salidos de una descripción de Mark Twain que mandan dinero a  algún lugar del Mississippi;  una mujer blanca que perdió la nariz por el abuso de la cocaína, llena de tatuajes y moretes, acompañada por un hombre sumamente delgado, tatuado con una calavera en el brazo izquierdo y un piercing en la lengua que saca constantemente emulando a una serpiente.

–Tiene que llenar un formulario de envío –me dice la cajera, indicándome con la mano una esquina frente a la ventana en donde un cristal hace de escritorio.

Sobre el cristal puedo ver una docena de boletos de lotería raspados.

–Mala suerte –pienso, irónico.

Bajo el cristal hay un basurero lleno de papel higiénico manchado con sangre.

Levanto la vista y veo hacia la cajera esperando encontrar a la persona sangrante, pero nadie parece darse por enterado.

Can you believe this! –grita un hombre negro de casi dos metros de alto y 300 libras de peso, que entró a la tienda alzando la voz.

Toda la gente se voltea al gigante para escuchar su historia, va acompañado por una joven chica, blanca, casi linda, de unos 16 años, que viste un pequeño traje de lencería negra y botas altas que resaltan sus flacas piernas.

–Este hombre está usando a su hija –grita el gigante negro en inglés.

Yo busco en la puerta al hombre al que hace referencia, esperando quizá encontrarlo allí para ampliar la información de aquel gigante que sigue contando su historia a gritos.

–Me pidió que los trajera en el taxi hasta aquí, luego me dijo que solo iría al motel a buscar su billetera y dejó a su hija en el taxi. De eso hace una hora –dice el gigante, indignado–, el hombre simplemente desapareció y ahora esta chica dice que no tiene dinero para pagarme.

–¿Y cuánto te quedó debiendo? –pregunta la mujer sin nariz, viendo a la chica de las botas negras que mira al suelo como buscando un trébol en el pasto.

–Treinta dólares –dice el gigante.

–No es mucho –comenta el flaco de la lengua serpentina.

–No, si el dinero lo voy a pagar yo, ni modo. Pero lo que me molesta es que esté usando a esta chica para burlarse de mí.

–Ella no es su hija –increpa la mujer sin nariz, señalando a la chica de las botas mientras dibuja una sonrisa burlona, deforme por la carencia de su rostro.

El gigante voltea a la joven de las botas y le pregunta si es o no hija del estafador. Ella baja la vista negando con la cabeza.

Fuck man,–dice el gigante gritando–, I´m stock here with this hooker

La joven mexicana de la recepción levanta la vista de la caja y pide al gigante (como suplicando) que baje la voz. El gigante sale de la tienda sin decir palabra y la joven de las botas lo sigue.

Stupid nigger –dice el hombre de la lengua serpentina, sonriendo, sacando de su bolsa un manojo de billetes de un dólar.

La pareja de ancianos voltean y ven al flaco lengua de serpiente, como empujados por un reflejo vomitivo.

What? –pregunta el flaco lengua serpentina en tono retador.

La mujer sin nariz sonríe. Su sonrisa macabra resalta su ausencia de nariz. Raspa otro boleto de lotería. A juzgar por los que hay en el stand de vidrio, lleva ya varios boletos perdedores.

–Lo siento, pero solo aceptamos efectivo –me comenta la cajera mexicana cuando llego con mi formulario a su caja.

Yo saco de mi bolsillo todo el dinero que tengo y veo que no ajusto para el envío.

–Bueno –respondo a la cajera–, supongo que hice el viaje por gusto.

Ella encoge los hombros y llama al siguiente.

Al salir, la mujer sin nariz arrojaba el boleto a la esquina maldiciendo su suerte de mierda.

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