Lucila Gamero, constructora de un país

En Honduras nos falta apreciar el legado que nos dejaron las generaciones pasadas. Con todos los defectos que tenemos como país, damos por sentado lo que ahora somos, sin reconocer el trabajo que llevó construir esto que tenemos. Es como si pensáramos que Honduras ha sido siempre así, que no llevó trabajo, sacrificio y lucha construirla. En el caso de los derechos de las mujeres, por ejemplo —a propósito de esta semana celebrar el día...

En Honduras nos falta apreciar el legado que nos dejaron las generaciones pasadas. Con todos los defectos que tenemos como país, damos por sentado lo que ahora somos, sin reconocer el trabajo que llevó construir esto que tenemos. Es como si pensáramos que Honduras ha sido siempre así, que no llevó trabajo, sacrificio y lucha construirla. En el caso de los derechos de las mujeres, por ejemplo —a propósito de esta semana celebrar el día de la mujer hondureña, en memoria del día que se reconoció el derecho al voto de las mujeres—, ha sido gracias al trabajo incansable de muchas mujeres que en su época se enfrentaron al patriarcado, que gozan hoy de los derechos que tienen (por limitados e incompletos que estos sean). Mujeres como Josefa Lastiri, Visitación Padilla, Graciela Amaya u Olimpia Varela lucharon en sus contextos para abrir espacios a la participación de la mujer en la vida política y cultural. Una de esas mujeres es la novelista Lucila Gamero.

Lucila Gamero nació en la ciudad de Danlí, el 12 de junio de 1873, exactamente tres años antes de que se iniciara la Reforma Liberal de Marco Aurelio Soto, en el seno de una familia acomodada, ligada a las grandes haciendas del café, tabaco y cría de ganado mayor.  Pertenecía a la clase alta de El Paraíso. Tuvo una infancia feliz  que transcurrió entre estudios de los clásicos de la literatura universal que formaban parte de la biblioteca de su padre. Consiguió el Diploma de Médica y Cirujana, que le permitió ejercer la profesión con gran éxito habiendo estudiado bajo la dirección de su padre, al no serle permitido estudiar en el exterior como a casi todos los varones de su familia. Reemplazó más tarde a su padre en la clínica y las intervenciones quirúrgicas y también despachaba recetas en la farmacia integrada al patrimonio familiar, convirtiéndose en la médica de los pobres.

Contrajo matrimonio con Gilberto Medina, juez y consejero municipal de Danlí. Tuvo dos hijos: Aída Cora y Gilberto Gustavo. Fue miembro de varias asociaciones literarias de Centro América y de la Academia Hondureña de la Lengua. Falleció en Danlí el 23 de enero de 1964.

Para finales del siglo XIX publicó por capítulos en el semanario El Pensamiento, que dirigía en Tegucigalpa su amigo y contemporáneo Froylán Turcios, su primera obra Amelia Montiel (1892). Lucila Gamero aparece sin embargo, como una simple colaboradora en la revista de Turcios, y no se hace mención de sus novelas ni de crítica literaria alguna. Más adelante, al igual que su primera novela, publicó por capítulos las novelas Adriana y Margarita (1893), Páginas del corazón (1897). Pero fue con la novela Blanca Olmedo, escrita en 1903 y publicada en 1908, que alcanzó fama nacional. Otras publicaciones de Gamero son: Betina (1941) colecciones de cuentos y la novelas La secretaria y Amor exótico (1954). Los cuentos escritos entre 1894 y 1895 forman parte de la colección Cuentos completos de Lucila Gamero de Medina (1997), reunidos por Carolina Alduvín.

Todos, los que pasamos por la educación formal en Honduras, hemos leído Blanca Olmedo. Es quizás una de la obras más conocidas de la literatura nacional. Mal enseñada, sin embargo, pues dejamos de lado la importancia que esta obra tuvo para la lucha política de la mujer en Honduras.

Desde que Centro América logró su independencia, la mujer tuvo un papel importante en el desarrollo político de los países del itsmo, siempre en un rol secundario, como es el caso de Josefa Lastiri esposa y viuda de Morazán. Durante esa época, varias mujeres escribían diarios y poesía que publicaban regularmente en periódicos y revistas, sin lograr mayor impacto. El padre José Trinidad Reyes, primer rector de lo que luego sería la Universidad Nacional de Honduras, aparece en esa época haciendo uso del seudónimo Sofía Seyers, abogando por los derechos de las mujeres.

En 1888, el poeta nicaragüense Rubén Darío publicó en Santiago de Chile el libro Azul, que a criterio de estudiosos del castellano, constituye la independencia de la lengua de los cánones peninsulares. Darío reinventó la lengua española en el marco del modernismo, como expresión criolla del romanticismo europeo.

Lucila Gamero surge en un contexto de construcción de la imagen de Honduras como país. El desarrollo industrial que comenzó en Europa a mediados del siglo XVIII llegó a Honduras con la Reforma Liberal de Marco Aurelio Soto en 1875, transformó las ciudades de núcleos urbanos a metrópolis industrializadas y densamente pobladas. Surge aquí la burguesía, que trata de conquistar todos los puestos del poder. Ese proceso fue violento, al enfrentarse dos modelo económicos radicalmente opuestos: por un lado un modelo semi feudal, de cacicazgos anárquicos y por el otro un estado moderno capitalista, centralizado y no menos autoritario. Tomaría 50 años para concluir esa etapa de nuestra historia con el triunfo del capitalismo moderno, al instalarse la dictadura de Tiburcio Carías Andino. 

En el ámbito de lo femenino, surge en este contexto de crisis, la necesidad de integrarse en el tejido social evidenciando los aspectos negativos para crear un equilibrio de nuevos impulsos. Según la doctora Silvana Serafin, de la Università degli Studi di Udine en su estudio Escritoras y sociedad, «Algunas escritoras, particularmente aguerridas y dispuestas a padecer el peso de su protesta siendo consideradas ‘varoniles e inmorales’, se transforman en intérpretes de otras mujeres, incapaces de expresar adecuadamente las inquietudes que actúan intensamente en su inconsciente y que a menudo reflejan el malestar social».

Lucila Gamero fue una de esas mujeres. Dedicó toda su vida a señalar vías alternativas para solucionar antiguos problemas, reivindicando in primis el derecho a la libertad de pensamiento, la educación laica, la independencia económica, la igualdad de los sexos y lo hizo a través de su literatura.

En el prólogo a la novela Blanca Olmedo se lee:

El estudio de la vida real y los ejemplos, harto dolorosos, que de injusticia he visto cometidos, siendo víctimas, algunas veces, mi familia y yo, son los que me indujeron a escribir este libro. Desde niña he trabajado por el mejoramiento social y porque impere la justicia, sin prerrogativas de dinero y linaje; por eso, sin eufemismos, pongo los ejemplos al desnudo. Feliz me consideraré si mis pequeños esfuerzos contribuyen, en algo, a la gran obra de REGENERACIÓN moral, intelectual y material a la que he dedicado todas mis energías y los mejores años de mi vida.

Lucila confronta en su novela, temas tan complejos en su época como el celibato de los sacerdotes, causa, según el análisis de Silvana Serafin, «de comportamientos hipócritas y criminales para satisfacer deseos carnales», habla también de la corrupción de funcionarios del estado y jueces, de la hipocresía de su clase.

La Iglesia católica la que consideró una autora «inmoral», destinándola al ostracismo durante años. Deberá pasar mucho tiempo para que Blanca Olmedo fuera considerada una obra de carácter nacional y por tanto obligatoria.

Describe Silvana Serafin cómo esta novela «Aún en la segunda mitad del siglo XX, las jovencitas la leían a hurtadillas, porque continuaba generando temor y rechazo entre las autoridades eclesiásticas y sus agentes en el ámbito educativo».

Concluye Silvana Serafin en su estudio:

Más allá de los defectos formales –propensión excesiva por la intriga y por el drama de tono folletinesco, morbosidad ambiental, calor retórico, ardor– la novela que toca las cuerdas más sensibles, es una dura crítica a la sociedad hondureña del tiempo, cuyo objetivo es sensibilizar a la opinión pública alrededor de la situación histórico-colectiva, refiriéndose a un inevitable proceso de democratización social. Una protesta que, al representar con fuertes tintes la realidad del tiempo y la silenciosa insatisfacción de la mujer y de los menos acomodados, trata de comprender la sociedad en su conjunto, asignándole sentidos y contenidos político-morales, un código ideológico válido para todos. Las contradicciones de clase, los puntos de vista ideológicamente diferentes, no comportan ningún dinamismo y se dejan neutralizar, absorber en la estaticidad de lo real.

La constante referencia al mundo externo proporciona asimetrías sociales y, por variaciones paralelas, el complejo de hechos individuales donde caben, en orden regular, felicidad e infelicidad, vida y muerte. Crisis personal y crisis histórico-social se afirman contraponiéndose, para delinear la conflictividad del tejido real, de una sociedad que es al mismo tiempo actora y espectadora del drama individual.

Ya que la sociedad ha llegado a ser tan “prostituida y degradada” (p. 115) se comprende perfectamente la posición de Blanca que bendice su propio aislamiento en cuanto está libre de cultivar sólo las buenas relaciones, de acuerdo con las ideas liberales aprendidas de su padre. Sin embargo su pesimismo que, lógicamente, refleja el de la autora, se extiende a la entera clase política tanto liberal como conservadora porque, una vez alcanzado el poder, liberales o conservadores no se diferencian más que en el nombre.

El propósito inicial de contribuir a “regenerar” el país desde un punto de vista moral, intelectual y material, puede considerarse acabado, precisamente porque la escritora, a través de los ojos de una chica de veinte años –curiosamente es la edad que tiene Lucila Gamero de Medina al componer su novela– ha osado poner en tela de juicio no sólo los poderes fuertes de la sociedad del tiempo sino también el papel mismo de las mujeres. Un doble desafío que exalta el valor, pero también las cualidades literarias más que nunca eficaces al evidenciar la correspondencia entre novela y evolución social, entre narración y época histórica. Y es gracias a la uniformidad de estos aspectos y a sus abiertas posiciones liberales como toda la obra de Lucila Gamero de Medina no tiene precedentes en el país.

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