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Poesía en Los Confines: «la más insurrecta de las realidades»

Por Albany Flores


La lluvia había llegado inusitadamente. Los acordes de So What, la mítica pieza de Miles Davis, merodeaba en la quietud que producían los sonidos de Hibriduzz Jazz en la terraza cubierta del Jardín Café. Antes de ello los poetas hondureños habían hecho sentir su aroma —el aroma de la lluvia—, en un recital de despedida.

Desde el rincón desnudo de un bar repleto de personas silenciadas por la trompeta de Bryan Pagoaga y las sutiles baquetas de Jonathan Alarcón, una vez terminada la lluvia no puede evitar recordar aquel poema lluvioso de Roberto Fernández Retamar: «El día es claro y firme ahora/ ha llovido/ hay un vago recuerdo de la lluvia en el aire/ Las grandes hojas guardan sus minúsculas ruinas/ múltiples ojos claros/ gotas limpias y débiles…».

Al final de la noche, cuando ya casi todos se habían marchado a sus habitaciones o hacia otros lugares de la ciudad; Mayra, Néstor, Salva y yo continuábamos saltando al ritmo entremezclado y eléctrico de Fer King y la banda del bosque. Era una especie de conmemoración jubilosa de la primera edición del Festival Internacional de Poesía Los Confines, celebrado en la histórica ciudad de Gracias, Lempira, al occidente del territorio hondureño.

El lugar no podía ser otro. Gracias ha sido una ciudad  “primeras veces” para Honduras. Allí, en 1543, se instaló la Real Audiencia de Los Confines, el más alto tribunal de la Corona española en el Reino de Guatemala, al que pertenecían los actuales cinco Estados centroamericanos, además de Belice y el ahora mejicano Estado de Chiapas.

En el siglo XIX, la ciudad fue sede de los gobiernos del Presidente y General José María Medina, quien gobernó al país intermitentemente entre 1863 y 1876, y quien estableció el Escudo Nacional, la Bandera Nacional. Oficializó el nombre de Honduras, creó la primera moneda nacional —una moneda de níquel que no funcionó—, contrajo la primera deuda externa del país, “provocó” el primer gran escándalo de corrupción con el “fraude del ferrocarril”; dictó la primera Constitución política nacional en 1865 (las tres anteriores habían sido federales), y con ella convirtió por primera vez al territorio en república: la República de Honduras.

Gracias es el mejor de los sitios hondureños para iniciar un proyecto nuevo cuyo fin primigenio es invitar a pensar, a sentir, a crear; quizá, también, por primera vez.

Público asistente
Público asistente

Tres días atrás, el 27 de julio, los poetas hondureños (mujeres y hombres) invitados al festival tomamos el pequeño autobús Coaster de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras que nos conduciría hasta la ciudad de los Confines, frente a la propia universidad. Otros se desplazarían a la ciudad desde sus comunidades. Yo, por vivir en las fueras de Tegucigalpa, lo tomé a la altura de la colonia Centroamérica Oeste, en el bulevar Fuerzas Armadas; luego de una breve persecución  en el auto de Fakhri Ratrout, poeta palestino que había viajado con su familia desde Nicaragua para asistir al festival.

El itinerario estaba dado, pero no como una suerte de sucesos estrictos. Eso tendríamos tiempo de comprobarlo. La hora de salida desde Tegucigalpa eran las 8:00 am. Salimos, por diversos motivos, cerca de las 9:20. La llegada Gracias estaba pactada para la 1:00 de la tarde. Según el itinerario dispuesto por los organizadores, a esa hora los poetas de Honduras y el mundo, así como los demás invitados al Festival, haríamos el almuerzo juntos en la terraza del popular Hotel Guancacos.

No sucedió de esa manera. El camino se hizo más largo de lo esperado, no tanto por distancia como por lentitud del Coaster  —los vehículos de la UNAH tienen límite de velocidad—; pero además, y sobre todo, por el temerario estado de las carreteras de Honduras.

Ninguno de los que íbamos en el pequeño autobús —conducido por un chófer mal geniado— se dejó desesperar, a pesar de saber que no lograríamos llegar al ahora acordada, y a pesar que, gracias a las 23 personas que viajábamos en la unidad (más las maletas) y a todos los instrumentos de la Orquesta de Cámara de la UNAH —que viajaba con nosotros—, dos de las cuatro llantas traseras de la unidad explotaron de repente a unos 30 kilómetros antes de la ciudad de La Esperanza; ciudad principal del departamento de Intibucá, en el camino a Gracias.

En la entrada a La Esperanza hicimos parada en una llantera. Antes del nuestro había otros dos buses grandes esperando su turno. El llantero dijo que debíamos esperar por lo menos una hora, así que la mayoría decidió dar un paseo por la ciudad intibucana mientras se cumplía en tiempo. Por fortuna, el llantero se tardó mucho menos, y en 20 minutos el Coaster estaba listo para seguir el viaje.

Ahora teníamos otro problema: ninguno de las dos o tres personas que nos habíamos quedado cerca del bus sabía dónde estaban los demás. Habría que comenzar a buscarlos por las cercanías, o llamarlos por teléfono para ubicarlos y decirles que todo estaba listo para seguir. Aquello nos llevó otra media hora, por lo que al final sí tardamos una hora en solucionar todo el problema y seguir nuestro camino.

Llegamos a Gracias cerca de las 3:30 de la tarde. Nos detuvimos en la terraza del Hotel Guancacos, como habíamos acordado a pesar de las dos horas de retraso. Allí nos esperaba Ethel Ayala, Directora Ejecutiva del Festival, quien nos orientó sobre el programa de las actividades y nos asignó habitaciones a cada uno. Antes de retirarnos al hotel, nos sentamos a comer un almuerzo ligero, al que el poeta Samuel Trigueros denominó «almuerzo minimalista». Luego nos retiramos cada uno a su hotel.

A las 7:00 de la noche nos reencontramos todos en el patio empedrado del Fuerte San Cristóbal —también construido en el gobierno del General Medina—, donde desde temprano se había inaugurado la maravillosa exposición plástica “Posdata” del joven artista Cristian Gavarrete.

Gustavo Armijo
Gustavo Armijo

Alrededor de las 7:20, Salvador Madrid, Director General del Festival, pronunció unas palabras de bienvenida y agradecimiento a los artistas hondureños y a los poetas internacionales que habían llegado desde diversas partes del mundo para ser parte de la primera edición del primer festival internacional de poesía celebrado en Honduras. Así quedó inaugurado.

El público guardó un silencio respetuoso. Al instante, una voz grave comenzó a sonar en el micrófono del pedestal. Era la voz de un hombre alto, delgado y narigudo, que sin embargo pronunciaba cada sílaba y palabra con candencia, fuerza y originalidad. Era el poeta costarricense Alfredo Trejos, cuya poesía causó gran impresión a los oyentes.

Le siguieron los poetas Álvaro Matta Guillé (México/Costa Rica), Rosa Chávez (Guatemala), Jorge Paolantonio (Argentina), Javier Alvarado (Panamá), Diego Salas (México) y Fakhri Ratrout, quien leyó su versos en árabe y español, y se llevó los aplausos de  todo el público por la calidad de su trabajo y el ingenio poético de su poema El Elefante azul.

Una vez concluida la apertura de la exposición, un grupo de jóvenes músicos de la Orquesta Filarmónica de Honduras, con el maestro Jorge Mejía en el piano —un inusual honor— tocaron cuatro o cinco piezas clásicas para cerrar las actividades de esa noche.

El viernes 28 de julio los poetas visitaron las bibliotecas comunitarias que ha emprendido Plan Internacional Honduras en diez municipios del departamento de Lempira, y que han transformado radicalmente la vida y entorno de los niños de las comunidades más pobres de la región. Algunas de las bibliotecas visitadas fueron la Biblioteca «Mito Galeano» de la comunidad de Las Mercedes, la Biblioteca «Edgardo Cruz» de la comunidad de Tejeras, así como las Bibliotecas de San Manuel Colohete y Corante.

En todas ellas, los poetas realizaron lecturas y conversatorios con los niños y maestros, y en más de una de ellas, algún niño o niña de la comunidad se atrevió a leer sus propios poemas frente a los demás. Además, también hicieron sus críticas a los trabajos presentados por los poetas mayores. «En Corante los niños nos dijeron a Martín Cálix y a mí que no les habían gustado nuestros poemas», me cuenta entre risas el reconocido poeta hondureño Samuel Trigueros.

Helen Umaña
Helen Umaña

Otras lecturas de los poetas extranjeros se llevaban a cabo en el Centro Universitario Regional de Occidente (CUROC); además de un taller de libros artesanales impartido en el salón de Plan Internacional, impartido por la artista Arleth Rivera.

A las 2:00 pm, después de culminadas las actividades matutinas, nos reunimos todos en el nuevo hotel Real Camino Lenca del Municipio de La Campa —pueblo de la tradición y artesanía lenca—, propiedad del joven empresario Pedro Escalante Campos, entusiasta patrocinador del festival y del arte en general, quien tuvo la fina cortesía de invitarnos a comer en su hotel, a pesar que este aún no se inaugura y tampoco ha abierto al público.

Allí, luego de una comida sustanciosa, un par de fotografías realizadas por Delmer Membreño y una charla amena en las mesas, salimos hacia el salón principal del hotel, donde se llevó  cabo una nueva lectura a cargo de poetas hondureños y extranjeros, y se leyó el fallo del I Premio Nacional de Poesía Los Confines —convocado por los organizadores del festival y el hotel Real Camino Lenca—; del que resultó ganador por decisión unánime del jurado compuesto por Jorge Paolantonio, Javier Alvarado y Helen Umaña, el poeta hondureño Fabricio Estrada, por su poemario “33 revoluciones para Rodríguez”.

De regreso a la ciudad de Los Confines, asistimos a la apertura de la muestra “Imaginarias”, del maestro de la plástica hondureña Gustavo Armijo, en la mítica Casa Galeano. Acto seguido regresamos a la terraza del hotel Guancascos, donde hicimos la y cena, presenciamos la exposición fotográfica “Levedad”, de la artista Dilcia Cortés; escuchamos con atención la mesa de poetas centroamericanas (Helen Umaña, Mayra Oyuela, Rebeca Bolaños (Costa Rica), Rosa Chávez (Guatemala), Karen Valladares, Venus Mejía, Xiomara Bú, y Susana Reyes (El Salvador).

Cerramos la noche con la música del dueto femenino Violetas de Maché y unas copas de “Madrazo”; bebida artesanal traída de Santa Rosa de Copán, una bella ciudad ubicada a unos 40 minutos de Gracias.

El sábado 28 despertamos temprano. La madrugada anterior había lloviznado. Cuando el sol apareció tímidamente tras los picos de las montañas húmedas, la niebla matutina aún rondaba la ciudad, y las piedras de las calles conservaban todavía minúsculas gotas de rocío.

Tomé mi desayuno de ese día en el hotel. Me senté en una pequeña mesa del balcón junto al maestro Gustavo Armijo. Una amable mujer graciana se acercó hasta nosotros y nos sirvió café, jugo de naranja y un emparedado. Por alguna razón que ahora no recuerdo, el maestro comenzó a recordar los días de octubre de 1998 cuando el Huracán Mitch se llevó su casa en una avenida de Comayagüela. Lo escuché atentamente. Terminamos el desayuno un poco apresurados —más yo que él—, y unos minutos más tarde salí del hotel apresurado junto a Mayra Oyuela y Martín Cálix.

Puesto en el sitio, Mayra y Martín pidieron un café mientras llegaba la hora del recital poético que esa mañana compartiríamos —poetas hondureños y extranjeros— con estudiantes de la Licenciatura en Letras de la Universidad Pedagógica.

Pedro Escalante, Helen Umaña, Javier Alvarado y Jorge Paolantonio.
Pedro Escalante, Helen Umaña, Javier Alvarado y Jorge Paolantonio.

El recital terminó cerca de las 11:00 am. Después de la comida en la terraza de Fronica Miedema corrimos a la apertura de las exposiciones “La lógica del buitre” de Alberto Palma, y “Cada quien con su caja” de Ana Granera.

Casi a las 5:00 de la tarde llegó el turno de ver “Bares”, la colección de famosos autores internacionales y hondureños siendo servidos por sus personajes en bares fantásticos, que por más de cinco años había trabajado el maestro de la pintura Rolando López Tróchez. Al observarla, a uno le cuesta trabajo entender que hay personas capaces de crear algo semejante. Cada cuadro es una obra maestra.

A punto de finalizar las actividades del festival, Salvador (Salva) me dice que todo ha sido un éxito, sobre todo porque «un poeta auténtico está más interesado en los diálogos y preguntas que pueda despertar su obra, y no en las miles de ediciones muriéndose en los salones de clase o en la pereza de una época». Y eso es justamente lo que había ocurrido en los tres días de poesía, pintura y música que habíamos vivido.

«El próximo año tendremos 20 países en el festival, es importante la participación de poetas hondureños. Sé que no se pueden traer a todos y a todas las poetas a una edición y que quizá eso causa molestias, pero toca esperar, siempre ha sido así, la idea es que todos los poetas hondureños participen», me dice en un tono sereno. Yo nada más asiento.

Quedan muchas cosas por mejorar todavía, y mucho trabajo por hacer para que el festival llegue a más personas.

«Esta edición —continúa diciendo—, por ejemplo, ha sido posible gracias al compromiso y apoyo de muchas personas e instituciones. Me gustaría destacar a la UNAH y a la Dra. Julieta Castellanos; al hotel Guancascos de Fronica Miedema, hotel Real Camino Lenca de Pedro Escalante, la Universidad Metropolitana de Honduras, que junto a sus alumnos y la coordinación de Patricia Alfaro ha realizado un papel extraordinario y silencioso, pero que sin duda son protagonistas esenciales; Casa Hotel Celaque y el aporte de Eunice Reyes cuya sensibilidad es ejemplar; el apoyo de Hotel Caxa Real de Marleny Monroy; Plan International Honduras que abre su exitoso proyecto de lectura y arte para que las niñas, los niños y los poetas puedan intercambiar lecturas e ideas; Diario El Heraldo, El Pulso, y otros tantos igualmente invaluables».

Alfredo Trejos y Rebeca Bolaños
Alfredo Trejos y Rebeca Bolaños

Ethel Ayala, quien junto a Salva y el poeta Néstor Ulloa forma el tridente organizador del festival, cree que el festival ha tenido mejores resultados de los esperados y que la visión es que el festival mejore año con año.

«Me doy cuenta que hay una gran necesidad de los artistas y el público por crear espacios donde puedan encontrarse. Yo estoy de este lado, del público, no soy intelectual, ni escritora, ni artista, ni poeta; soy una mujer ciudadana que quiere un país diferente», me dice, con una seguridad que resulta esperanzadora.

Algo similar piensa Patrica Alfaro, para quien el festival resultó una experiencia positiva. «Pues la mayoría de los estudiantes ha tenido poco contacto con el arte y con la poesía, y creían que la poesía era más para un público intelectual o culto, pero la sorpresa es que les gustó; además los eventos fueron muy buenos».

Por mi parte pienso en los muchos aprendizajes, en los amigos encontrados y reencontrados, en las ideas compartidas y en las personas “no artistas” que aprendieron a disfrutar del arte y el pensamiento—a las que se refiere Ethel—; como la familia Romero-Ayala (Edgardo, Karen, Astrid, Karen hija y Debbie) que ha encontrado un nuevo mundo al que aprecian, que los aprecia y del que ahora son parte. Quizá no un mundo mejor, pero sí diferente, y a lo mejor, ellos mismos se han reencontrado con un mundo propio que no sabían que tenían.

Al terminar todo, solo Mayra y yo habíamos quedado saltando con la última canción de Fer King y la banda del bosque. La primera edición del Festival de Los Confines había terminado para nosotros.

El próximo año otros poetas caminarán de noche esas calles solitarias. Inhalarán la niebla matutina que baja de los cerros, y bordearán  con paso firme los límites poéticos de la ciudad de Los Confines. Así sea, así será.