/«La literatura no debe abanderar procesos políticos», entrevista a Roberto Carlos Pérez

«La literatura no debe abanderar procesos políticos», entrevista a Roberto Carlos Pérez

Por Gustavo Campos

26 de enero de 2018


Roberto Carlos Pérez (Granada, Nicaragua, 1976). Músico, narrador y ensayista, es una de las voces más destacadas de su generación. Su primer libro de cuentos Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia (2012) consta ya de tres ediciones y es, según José Emilio Pacheco «el mejor libro de cuentos nicaragüenses después de Los monos de san Telmo».

Dichos cuentos han recibido los elogios de la crítica, incluyendo los de Jorge Eduardo Arellano, quien aseguró que este libro «es un libro revelador e impactante. Revelador porque contiene una nueva voz y una nueva conciencia, confirmatorias de la vocación narrativa de su autor».

Graduado de la escuela de bellas artes Duke Ellington School of the Arts y licenciado en música clásica por Howard University, Roberto Carlos Pérez ha sido embajador de la música como solista y profesor de historia y armonía de la música.

Es máster en literatura medieval y en los Siglos de Oro por Maryland University. Sus numerosos ensayos han aparecido en revistas naciones e internacionales, y abarcan temas como el Cantar de Mio Cid, el Quijote, la poesía barroca (amorosa y mística), literatura colonial, Modernismo (es especialista en Rubén Darío), literatura del siglo XX y los efectos de la guerra civil nicaragüense en la literatura contemporánea.

Su más reciente novela, Un mundo maravilloso (2017), ha sido catalogada por la crítica como un libro fundamental para entender la Nicaragua actual.  De acuerdo con la reconocida académica y novelista Gloria Guardia «el libro Un mundo maravilloso, pleno de tormento e ironía, debe leerlo todo aquel que haya auspiciado por codicia, participado como aliado y sobrevivido los horrores y desastres de una guerra, no importa el escenario. Las consecuencias de agitar el odio y empuñar un arma son inexcusablemente trágicas. Hoy acerco mi voz a la de quienes, como Roberto Carlos, otra víctima inocente de la guerra, abatidos han gritado ¡Nunca más!».

Por otro lado, el estudioso Hernán Sánchez Martínez de Pinillos afirmó que «Un mundo maravilloso, la fina novela poemática y confesional de Roberto Carlos Pérez, es un viaje al fondo del corazón de un desterrado, un hombre irremediablemente extranjero en este triste planeta. El protagonista se llama F. y es un poeta nicaragüense de voz genuina y desgarrada, que recuerda a Miguel Hernández… Con un estilo que llega a palparse, tanto en el sentido vital como en el trágico, la prosa musical de Un mundo maravilloso nace en las grietas casi invisibles donde se encuentra acaso el último límite del sentir humano ante la muerte».

Roberto Carlos Pérez es autor del libro de ensayos Rubén Darío: una modernidad confrontada (2018), cuyos extensos trabajos analizan la vida, obra y legado del poeta nicaragüense, con un estilo destinado al más lego de los lectores, pero manteniendo siempre el rigor académico que lo ha caracterizado.

Considerado un humanista, sus ensayos reflejan la erudición de alguien que se ha interesado por la literatura grecolatina a fin de entender el devenir de nuestro idioma.

Roberto Carlos Pérez ha dictado conferencias sobre literatura española e hispanoamericana. También ha sido invitado a festivales y congresos para disertar sobre Rubén Darío. Actualmente prepara un trabajo sobre la tragedia en el teatro clásico español y estudia a Calderón de la Barca, uno de sus máximos exponentes.

Su labor como difusor de la cultura es incalculable: artículos, ensayos y epístolas han visto con ojo crítico tanto el acontecer literario como los efectos sociales en las literaturas del pasado como en las del presente. Roberto Carlos Pérez es miembro colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y es editor en jefe de la revista Ágrafos.

Cuál es tu relación con la poesía, Roberto Carlos. En tus dos libros publicados Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia retratás la vida de varios poetas nicaragüenses (Darío, Alfonso Cortés y los vanguardistas), asimismo, en Un mundo maravilloso, tu novela de reciente aparición, también hay una recurrencia a este tema grupal de poetas, esta vez en la generación en la que situás a F., personaje principal de tu novela. Cuéntanos…

Recurro a los poetas invocando dos versos de Quevedo: «vivo en comunión con los difuntos,/ y escucho con mis ojos a los muertos». En ese tropo violento -escuchar con los ojos- se reducen todos estos años en los que el conocimiento ha sido mi razón de vida. Soy nicaragüense, y mi búsqueda por encontrar respuestas a la desazón de vivir en un mundo que cada día entiendo menos se inició con la poesía. Cualquier cosa que pueda decir resulta insignificante puesto que los poetas la dijeron mejor que yo. Mi única herencia, mi tesoro y cuanto de nicaragüense tengo se debe a ellos, pues Nicaragua es una nación de poetas. Don quijote tenía razón cuando dijo: «La poesía, señor hidalgo, a mi parecer, es como una doncella tierna y de poca edad, y en todo estremo hermosa, a quien tienen cuidado enriquecer, pulir y adornar otras muchas doncellas, que son todas las otras ciencias, y ella se ha de servir de todas, y todas se han de autorizar con ella». He hecho mía esas palabras, ya que la poesía es la más elevada de las artes escritas. Sin embargo, también recuerdo las palabras del modernista Froylán Turcios sobre los que la componen: «Un Poeta, un verdadero poeta, es un ser omnipotente en el vasto dominio de las Ideas, de las Palabras y de los Símbolos. Transforma en flores y músicas la materia inerte del idioma. Vuela por el Infinito, dialoga con los Elementos, somete a su voluntad las formidables fuerzas ocultas. Su cabeza es como una ánfora sagrada llena de secretos y de prodigios. Pone su espíritu en cada vocablo y hace de las voces rosarios trémulos de emociones y de melodías». La prosa es muy efectiva y sobre ella se sustenta toda la civilización, pero un poeta, un buen poeta, es capaz de resolver grandes enigmas en un solo verso, y esa concisión no se da en la prosa.

Tu noción de cultura es la noción de “alta cultura”…

El término alta cultura es un término sumamente conflictivo. Lo que ahora llamamos alta cultura para Sócrates o para los estoicos era cultura popular, pues enseñaban filosofía en las calles de Atenas. Hay que recordar también que el romancero, el bolero y el tango surgieron de las clases bajas y no de la intelectualidad o las élites musicales.  Sin embargo, el siglo XXI se puede resumir en un terceto de Dante: «A la alta fantasía aquí faltaron fuerzas;/mas ya movía mi deseo y mi velle,/ como rueda a su vez movida». Desgraciadamente vivimos en una época sombría para la cultura. El charlatán se erige como autoridad y nadie lo cuestiona. Por otro lado, las humanidades han sufrido un revés jamás visto en la historia. Ya nadie estudia gramática, moral, retórica, música, filosofía, etcétera, a fin de instruirse de una forma plena y total. Las celebridades mueven a las masas adormecidas porque de niños a sus seguidores no los llevaron al teatro, tampoco escucharon gran música en el hogar y poco leyeron de los clásicos. En la cultura lo que no es bueno es abominable porque entra en la mediocridad, y no hay lugar más espantoso que estar entre lo regular y lo malo.

Te considerás un humanista. En las entrevistas que te han hecho lo he leído mucho. Como tal, la labor no solo se centra en el estudio erudito de nuestra cultura. ¿Qué más considerás como labor humanista en la cual te inscribís y a quiénes admirás?

Francesco Petrarca es considerado el primer humanista. Murió mientras revisaba un manuscrito de Virgilio. Su fe de vida fue vivir «en la completa calma del espíritu, lejos de los tumultos, los ruidos, las preocupaciones, leyendo y escribiendo continuamente». El humanismo, surgido en el Renacimiento, no sólo fue el redescubrimiento del mundo clásico sino el redescubrimiento de la relación del hombre con la naturaleza. Es, sobre todo, su íntima concordancia con todos los conocimientos posibles. A diferencia de hoy, en el Renacimiento no existía la idea de especialización, pues un especialista es un técnico en cierta materia. Por el contrario, el humanista era un ser orgánico y tenía una visión global. Tal visión en estos años iría en contra de la especialización, y eso no es bueno para las economías, que dependen de técnicos que las hagan mover. En mi caso, tener una visión lo más amplia posible del conocimiento ha sido mi acto de fe. Leer, escribir y tocar la trompeta. Siempre he tratado de que el concierto de hoy sea un poco mejor que el de ayer. Lo mismo he hecho con la escritura. Vivo una vida muy solitaria. Me he aferrado al retiro, al beatus ille por el cual abogó Horacio. Pero en ese proceso doloroso de vivir lejos del ruido, pues el aprendizaje sólo se da en el silencio y la soledad, he hecho cosas que de otra forma no hubiese podido hacer: estudiar los cimientos de mi lengua para poder articular de manera coherente lo que me toca decir, y poder entender a quienes me antecedieron en la labor de pensar, como el anónimo juglar del Cantar de Mio Cid, Garcilaso, Fray Luis, San Juan de la Cruz, Petrarca, Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Darío, Joaquín Pasos, José Emilio Pacheco, y un infinito etcétera.

Volviendo a tu novela Un mundo maravilloso (2017), ha tenido las más favorables críticas de parte de los expertos en la materia. Cuéntanos acerca de esa difícil tarea de “redimensionar” a un autor poco conocido, con pocas obras, a la calidad del mito, como has hecho en esta obra homenaje a uno de los poetas insignes como Francisco Ruiz Udiel para entender la poesía de posguerra centroamericana.

Yo no quería escribir Un mundo maravilloso. Hacerlo fue una tarea dolorosa. Me tomó seis años terminarla entre escritura e investigación, al punto que mi nuevo trabajo creativo se aleja totalmente de la angustia de saberse hijo de un país que se dice ser una nación de poetas y poco han entrenado a sus hijos para entender la poesía. La novela recrea las últimas horas de Francisco Ruiz Udiel. En su primer poemario Francisco nos mostró el horror, el miedo, el desconsuelo de un niño maltratado y pocos intuyeron que Andrés era él. Pero se fue dejándonos una gran lección. En su segundo poemario inaugura una voz, una nueva forma de decir las cosas sin rencor. Es, por decirlo de alguna manera, un poemario antinicaragüense pues, desde la Vanguardia, muchos de nuestros poetas han levantado la pluma, a veces con ira y otras con rencor. En ese sentido, el último poemario de Francisco nos recuerda a Darío: «Pasó una piedra que lanzó una honda;/pasó una flecha que aguzó un violento./ La piedra de la honda fue a la onda,/y la flecha del odio fuese al viento». No hay una gota de rencor en Memorias del agua. En un país tan violentado como Nicaragua, en donde abundan las pasiones, esa es una gran lección.

Creés que ha habido omisión voluntaria o involuntaria de la generación de la que fue parte el poeta F. de Un mundo maravilloso o aún está por redescubrirla.

¿Quieres decir que hay un cuerpo crítico en Nicaragua que no ha valorado a esta generación? De ser así ignoro la razón, pero supongo que prestarle atención a esta generación significaría tomar partido en favor o en contra del conflicto bélico en el que crecimos. Eso no sucederá nunca. Sin embargo, hay omisiones por todos lados. Conozco a novelistas que nunca han leído el Quijote y a poetas que no leen más que poesía contemporánea. ¿Te imaginas a Picasso sin haber estudiado a Velázquez? El conocimiento no empieza cuando alguien quiere enseñar sino cuando alguien quiere aprender, de modo que lo que hasta ahora ha producido la generación a la que pertenezco y a la que perteneció el poeta F. está allí para quienes quieran saber por qué decimos lo que decimos.

Lo que no debemos preguntar, pero se nos antoja hacerlo: hubo empatía o supiste desligarte de algún asomo del trauma no resuelto de la vida de este poeta. Y aquí entramos en materia biográfica, qué encontraste en él y en su entorno que se reflejara en el Roberto Carlos escritor y crítico.

Fue muy doloroso despertarme el primero de enero de 2011 con la noticia de la muerte de Francisco. En Alrededor de la medianoche me tocó recrear la trágica noche en que Alfonso Cortés perdió la razón. Pasé dos años entrevistando a esquizofrénicos y consultado a un psiquiatra para entender lo que padeció el poeta. Me di cuenta que la esquizofrenia es histórica. Las voces que él escuchó y las visiones que tuvo no son las mismas que un esquizofrénico de hoy vería o escucharía, porque están vinculadas al entorno en que vive. También el suicidio es un asunto altamente social. Detrás del suicidio de Francisco hay un país y una sociedad que le falló. Todos tenemos la culpa. ¿Cómo no compadecerme ante esa tragedia? Ambos crecimos en la guerra, nos prometieron un país que manaría leche y miel y tantas otras mentiras más, y mira cómo estamos…

Material histórico, uso de ficción, si pudieras medirlos porcentualmente en tu novela, cuál sería el resultado.

La literatura no es una fórmula matemática. Sólo te puedo decir lo que dijo Honoré de Balzac: «La novela es la historia privada de las naciones».

Me parece curiosa una aseveración tan lapidaria como la que pronunciaste en una entrevista vieja: “Nicaragua fue mi cuna, pero jamás será mi sepulcro”. Debe existir una razón por la cual un escritor, con tu sensibilidad humanística, lo haya expresado.

Amo a mi patria, pero no en lo que la han convertido sus políticos. El deber de todo gobernante es proveerles a sus ciudadanos las condiciones necesarias para no emigrar. A mí y a mi familia nos expulsó una guerra. Quienes la provocaron no han hecho acto de contrición y la han ofrecido como el mayor logro humanista en la historia de Nicaragua. Nadie ha hablado en esos términos de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo. El problema es que quienes la provocaron siguen en el poder. Y si ellos me negaron seguridad, educación, trabajo y más bien me abrieron los ojos a la violencia, no puedo estar ahí. Considero que puedo hacer más por mi país estando fuera que viviendo en el centro del horror.

Nicaragua es el escenario de la novela, comienza casi con el final histórico de tu libro de relatos que elogió José Emilio Pacheco. ¿Entre los entresijos de la historia es difícil analizar el mito benevolente y utópico de una Nicaragua Sandinista cuando se incrusta en ella la realidad brutal de exilio, silencio, censura y lucha? 

No hay nostalgia en mi evocación de Nicaragua. La nostalgia idealiza. Sin embargo, no se puede idealizar la violencia, el destierro, la guerra de hermanos contra hermanos. He tratado, dentro de todas las medidas posibles, darles voz a aquellas voces que fueron silenciadas por los convulsos pasos de la historia: un cacique, un poeta esquizofrénico encadenado en su alcoba, un leproso, un adolescente encerrado porque no quiere ir a la guerra, un suicida, etcétera. La historia es contada por los vencedores y nunca por los vencidos que son los seres más frágiles de la memoria. Detrás de José Segundo del Sacro Imperio Romano Germánico surgió un Mozart, mientras que de la sombría guerra civil nicaragüense se irguió Francisco Ruiz Udiel que, en un gesto de amor, nos mandó sembrar girasoles. No balas ni puñetazos que tan fáciles nos salen a los nicaragüenses, sino la esperanza.

Tenés tus referentes, lecturas, estudios… en qué momento estos convergen con la cartografía de tu país y los códigos diferentes de la memoria colectiva.

Todo escritor habla por la tribu. Su quejido es el de su aldea, el de su pueblo. No hay que pretender ser universalista cuando las realidades más duras las encuentras en casa. El dolor, el sufrimiento, el exilio y las guerras son herencias que compartimos todos los seres humanos. Nicaragua no es la excepción. Si a Quevedo le dolía el lamentable estado de la España del siglo XVII y compuso un soneto inolvidable como «Miré los muros de la patria mía», ese vagido tiene resonancia en una Nicaragua en ruinas tanto moral, política y económicamente. Así, puedo decir que «en Nicaragua lo que no nace malo termina corrompiéndose».

¿Creés que tu novela se abre un nuevo capítulo en la novelística de Nicaragua? Tal idea funciona en la afirmación de que el personaje F. lo hace en la poesía. ¿Conciencia o casualidad del reflejo?

Es abominable hablar sobre la trascendencia del trabajo propio. El ego no canta y hay que silenciarlo. Sólo aspiro que quien se acerque a la novela y la haga suya, imprimiéndole su propia consciencia y su propia voz, saque sus propias conclusiones. Yo lancé el mensaje como una botella al mar. Si otro, aunque sea uno, logra ver algo bueno en esta pequeña novela, sería un triunfo, pero no para mí, sino para los hombres que sufren y para los poetas cuyo dolor nadie intenta comprender.

Creés que para la actividad literaria y artística en Nicaragua hay “fama y miseria” y es imposible escapar -aquí cito tu novela- al “crimen en Managua” y a sus “tentáculos”.

No hay fama, pero sí mucha miseria. Desgraciadamente nuestra generación no tiene como trasfondo la utopía de la revolución sandinista para hacerse notar ante el mundo. Las grandes editoriales no apuestan por historias de decepción, apatía y desencanto y sí, por ejemplo, por la novela negra, que ha tenido un repunte. Las grandes editoriales han sabido responder a esta demanda. Pero me pregunto: ¿Habrá manera de decir en otra clave que no sea en la de una voz doliente que, a cada paso que damos, un nuevo abismo se nos abre, la apatía ante el sufrimiento ajeno nos abofetea y la violencia nos cerca?

Es sabido que no hay libertad de prensa en Nicaragua…

Según los expertos, la libertad de prensa en Nicaragua ha llegado a los mismos niveles de restricción que en Rusia. La familia presidencial controla todos los medios de comunicación, excepto dos o tres. Manejan docenas de medios impresos, radiales y televisivos con los que amañan la información. La prensa debe ser, por salud de la democracia, el cuarto poder. Lo vemos acá en los Estados Unidos en donde cada día aparecen cientos de memes burlándose del presidente Donald Trump, o los artículos que critican su desastrosa administración. Eso es algo impensable en Nicaragua. No he visto a un solo comediante hacer una sátira de Rosario Murillo -ella es perfecta para eso- como Alec Baldwin lo hace libremente con Trump en Saturday Night Live. Nadie quiere arriesgar el pellejo. La temible señora presidenta ha hecho de la intimidación su arma más poderosa.

Como humanista y un estudioso del ser humano en el devenir de su historia, ¿podrías hacer una diferenciación entre sandinismo y orteguismo?

Hay una diferencia abismal. A Daniel Ortega ya no lo mueve la pasión de antaño sino su desmedida ambición por el dinero. Su gobierno se dice ser socialista, cristiano y solidario, pero maneja las arcas nicaragüenses como el capitalista más furibundo. Es más astuto que Trump. Nicaragua es su empresa. Está a punto de convertirse en el dictador con más años en el poder en Nicaragua, sobrepasando a figuras como Santos Zelaya y Anastasio Somoza García, aborrecidos en sus tiempos y llamados lo que eran: dictadores. Ahora nadie llama dictador a Daniel Ortega y a su consorte, Rosario Murillo, pues hay mucho miedo.

Háblanos de políticas, de salud pública y salud mental. Tus personajes suelen ser “gente sensible” cuya “ansiedad los lleva al delirio”. En una sociedad diferente, ¿esto podría cambiar?

La neurosis es la cuota que el ser humano debe pagar por vivir en sociedad. Sin embargo, los siglos XX y XXI han sido los siglos de las guerras. Desde que el hombre creó pactos sociales, nunca ha habido tantos muertos por tantas guerras en apenas un siglo. La Guerra Civil Española, la Primera y Segunda Guerra Mundial, Vietnam, Kosovo, Kuwait, Irak, Afganistán, Siria, Ucrania, más los conflictos civiles en todas partes del mundo y los gulags diseminados a través del mundo socialista han producido la espantosa cifra de más de doscientos millones de muertos. El problema es que nuestras sociedades no han preparado a suficientes profesionales: psiquiatras, psicólogos y terapeutas para asistir a los millones de personas con traumas y problemas mentales a causa de tanta violencia. El ruido, la contaminación ambiental y cultural cada día dan menos treguas. No existen formas de escape y por eso recurrimos al alcohol y a las drogas. En las sociedades más avanzadas, por ejemplo, el suicidio entre hombres se ha disparado por razones que no se pensaron en siglos pasados, tales como los provocados por fracasos amorosos. Mientras haya más burócratas y gente dedicada a tiempo completo a la tecnología, y se produzcan menos psiquiatras y psicólogos, las sociedades corren un grave peligro.

¿Qué secuelas de la guerra creés que hayan quedado en el pasado?

Ninguna. En Nicaragua hay toda una generación con desórdenes postraumáticos que, a falta de ansiolíticos, antidepresivos y terapia, acude al alcohol y a las drogas. Esos son los maltratadores de mujeres porque canalizan la violencia que vivieron de niños perpetrándola en los seres más débiles: las mujeres. El índice de feminicidios en Nicaragua es aterrador.

En Un mundo maravilloso, en el capítulo «Los girasoles», aparece la siguiente pregunta: “¿Existirá la manera de borrar las marcas del fuego en la piel o desvanecer de mi mente las terribles imágenes de la guerra?”

Sí. La dice el poeta F., ejemplo de quienes crecieron entre balas y madres violentas. La niñez es terrible. Y todo lo que serás de adulto se construye en ella. Bondad, buenos valores, amor hacia los demás versus odio, rencores y mentiras. A él, como a muchos, le tocó lo peor.

De la construcción de una patria interior a la construcción de una patria que estuvo en guerra, ¿hay vínculos insalvables e irreconstruibles?

Ante el horror de la insensibilidad, Rubén Darío se plantea lo siguiente: «Yo. no. Yo persisto. Pretéritas normas/ confirman mi anhelo, mi ser. mi existir./ ¡Yo soy el amante de ensueños y formas/ que viene de lejos y va al porvenir!». Yo parto de esa premisa. Hay que mirar hacia adelante, construir aunque los edificios se caigan mil veces. Quisiera ver a Nicaragua como la Sion que será reconstruida con las piedras que sobre las tumbas dejaron nuestros antepasados. Por eso, al pensar en Nicaragua se me viene a la mente un salmo de David: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti».

Tus últimos años los has dedicado por entero al estudio de la literatura española e hispanoamericana, has asumido el papel importante de difusor de la cultura y has fundado revistas y has sido reconocido como tal por diferentes instituciones a nivel nacional e internacional.

Aprendí de mi amigo y maestro José Emilio Pacheco que el conocimiento no es de uno sino de todos. Yo no podría pensar sin los que generosamente me han llevado de la mano por este camino lleno de música y literatura. Ellos se tomaron el tiempo y tuvieron la paciencia necesaria para encenderme la luz cuando la habitación se encontraba oscura. Aspiro a continuar su labor y pasar la antorcha a fin de que el amor por la música y las letras no perezca.

Qué es lo más bello que recuerdas de Nicaragua. Con qué poema o pintura podrías comparar esos recuerdos… ¿o es imposible para vos separar lo bello de su contrapeso, lo feo?

Lo que más recuerdo es el lago, la infancia en la que, a pesar de la guerra, pertenecía a una familia extensa. Mi abuela, mi madre y mis tíos se reunían a la orilla de lago a cantar boleros, tangos y rancheras. De ahí nace mi amor por la música. Sobre todo, aprendí a leer, pues en casa había una pequeña biblioteca que para el niño de ochos años que era entonces no resultaba para nada una amenaza, como los son las bibliotecas privadas de ahora, que suscitan los chistes más crueles, como de prender piras o quemar vivos a sus dueños con todo y libros. Esa ínfima biblioteca guardaba un viejo ejemplar de Cantos de vida y esperanza, el libro que me abrió los ojos.

Para finalizar, algún consejo a nuestros lectores sobre la importancia de la lectura, qué significa ser extranjero en otro país, y si en algún momento tu concepto de la literatura ha llegado a ser política… ¿por qué?

No soy nadie para dar consejos, sólo abogo por la lectura desde temprana edad, pues sólo a través de ella es posible darse cuenta de que hay otros que no piensan igual que nosotros. Sin la lectura reina la ignorancia y la ignorancia es soberbia. Basta un ejemplo: en la era de Stalin, la biblioteca del célebre escritor húngaro, Sándor Márai, fue expurgada cuando las tropas rusas entraron en Budapest. Más de seis mil volúmenes le fueron destruidos al autor, quien se exilió en los Estados Unidos. En 1989 se suicidó en su casa de San Diego, poco antes de la caída del Muro de Berlín. José Emilio Pacheco lo dijo mejor que yo: «leer no es un adorno». La lectura no solo sirve para conocerse a uno mismo sino también para reconocer al otro. No es solamente un pasatiempo sino la forma más concreta y certera de darse cuenta que hay otras formas de pensamiento, otras civilizaciones y seres distintos a nosotros con quienes debemos compartir tiempo y espacio. En cuanto a la última parte de la pregunta, la literatura no debe abanderar procesos políticos, su mayor obligación es la de producir un efecto estético. Además, ella sola se encarga de mostrar el horror de nuestras sociedades.

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.