LA VERDADERA NOTICIA SON LAS VÍCTIMAS (I)

«La noticia no puede ser la sangre sino lo que la sangre destruye, la ausencia que tenemos que restituir a través del periodismo.» Juan Villoro Las estadísticas de la muerte Según la «Clasificación mundial de la libertad de prensa» para el año 2016, un informe que anualmente es dado por Reporteros Sin Fronteras (RSF), Honduras está ubicado en el puesto 137, entre la categoría de «situación difícil», bajando cinco puestos en relación a 2015. Esto...
Redacciónseptiembre 5, 2016

«La noticia no puede ser la sangre sino lo que la sangre destruye, la ausencia que tenemos que restituir a través del periodismo.»

Juan Villoro

Las estadísticas de la muerte

Según la «Clasificación mundial de la libertad de prensa» para el año 2016, un informe que anualmente es dado por Reporteros Sin Fronteras (RSF), Honduras está ubicado en el puesto 137, entre la categoría de «situación difícil», bajando cinco puestos en relación a 2015. Esto representa la ubicación de los países en donde más difícil es ejercer el oficio del periodismo y la comunicación.

En el puesto 139 aparece Venezuela, diez puesto más abajo, en el 149, está ubicado México. Esto son los países latinoamericanos peor ubicados en este ranking, quiere decir entonces que de acuerdo a RSF son los países en donde ejercer el periodismo implica un alto riesgo para la vida, pero no son los únicos del hemisferio. Un poco más arriba está Guatemala en el puesto 121 y Colombia en el 134.

La frágil franja roja de esta categoría abarca países que atraviesan conflictos de guerra interna, migración masiva, narcotráfico, corrupción institucional, crisis económica aguda, altos índices de femicidios y golpes de Estado, tan sólo para mencionar algunas de las situaciones en las que el periodismo se convierte en la voz de quienes han sido silenciados por el poder.

Hasta el año 2014 en Honduras se registra la muerte de 49 periodistas y comunicadores, una cifra que sigue aumentando. Sólo para el año 2012, el año en el que más muertes a periodistas y comunicadores se registraron en el país, la cifra fue de 12. ¿Qué es lo que representan realmente las frías estadísticas de la muerte?

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Carlos Medina Polanco, hermano de Héctor Medina.

La historia de Medina Polanco

–Perder a un ser tan cercano es un impacto increíble. –Comienza a narrar Carlos Medina, hermano de Héctor Francisco Medina Polanco, quien fuera la primera víctima de 2011. –Eran las siete y treinta minutos, yo estaba acostado con el celular en la mano, estaba checando las redes sociales, buscando las noticias que podíamos desarrollar, y entonces comienza a sonar mi celular y aparece el nombre «cuñada», y le dije «ajá cuñada ¿cómo está?» Y ella me dice «tiraron a Polanco».

Carlos trabaja en el centro de salud de El Progreso en el departamento de Yoro, pero también es periodista, igual que su hermano menor, asesinado el 11 de mayo de 2011. Los Medina Polanco vienen de una larga estirpe de militantes del Partido Nacional y en su mayoría, los hombres de la familia, tienen carrera militar. Orgulloso de ello, Carlos cuenta que su abuelo materno fue miembro de las Fuerzas Armadas durante la presidencia de Tiburcio Carías y de que en ese mismo periodo su bisabuelo Sotero Barahona fue ministro de guerra, queda claro que su familia estuvo vinculada con el caríato.

–¿Cómo que lo tiraron? Le dije –cuenta Carlos sobre la llamada de su cuñada–. «Lo balearon, lo balearon», me dijo, «tiene deshecho el brazo y está muy mal herido».

Tres días antes del incidente que le quitaría la vida a Héctor Francisco, los dos hermanos se pondrían de acuerdo para ir junto a sus familias a un parque acuático buscando escapar del intenso calor que azota permanentemente la costa norte hondureña. Carlos cuenta cómo fue su encuentro con su hermano en la entrada del parque acuático en la ciudad de San Pedro Sula, a unos cuarenta minutos de su natal El Progreso: «yo pensé que la gente creería que éramos dos maricones porque nos saludamos con un beso en la mejilla». Algo, que según narra Carlos, fue inusual a pesar de llevar una relación profundamente fraterna. La muerte le hace recodificar los pequeños detalles, detalles que Carlos hace el esfuerzo de no olvidar, de ser fiel a ellos al contar la historia, una historia que quizá haya contado muchas veces, quizá es por eso que a Carlos  se le nota preocupado por los detalles, porque no se le olvide ni el más pequeño porque todos juntos narran la fatalidad en su familia.

–Ese día pasaron cosas muy raras que si uno fuera creyente de cosas raras uno diría «algo va a pasar», ese día fue así, lo abracé y le di un beso, me puso la cabeza aquí –Carlos hace el gesto de acariciar la cabeza de su hermano sobre su pecho–, yo era su hermano mayor –agrega–. Ese día nos tomamos muchas fotos que allí están en facebook, y ese álbum lo llamo yo como «la despedida». Nos disfrutamos tanto como cuando éramos niños, nos metimos a bañar, de cipotes no nos llevábamos bien porque éramos dos machos alfas peleando por territorio en la casa.

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Foto tomada del álbum La Despedida de Carlos Medina Polanco, el último día que vio con vida a su hermano Héctor.

Héctor Francisco fue un niño inquieto y esa inquietud atrapaba la atención de su madre. Carlos recuerda con una nostalgia que no engaña, una nostalgia que sale pronunciada en cada palabra, que su hermano fue el único que padeció de sarampión, que de niño tuvo un accidente y tenía una cicatriz en el brazo derecho, de ese accidente se le abrió el omóplato, más tarde, eso le impediría entrar en el ejército para seguir con la tradición familiar. Carlos recuerda que ese día que estuvieron en el parque acuático su hermano le pidió llevar a sus sobrinos a Morazán con él y que a último momento una llamada de su esposa lo hizo cambiar de opinión.

–Hubiera sido feo que mis hijos estuvieran allá cuando sucedió el hecho. –Continúa Carlos con su narración, una especie de letanía, pausada, con la cadencia de lo mortuorio.

La narración sigue el curso de la tragedia misma y Carlos lo va contando todo, como si contara por momentos la historia de alguien más, alguien de otra familia y no la suya. Pero como si la historia misma fuera un boomerang ésta regresa para golpear de frente a Carlos y entonces los ojos parecen ponérsele vidriosos, parece que en cualquier momento se romperá en llanto este hombre recio, como de metro ochenta, de hombros anchos, de brazos largos y robustos, que abarca un enorme espacio del pequeño estudio donde conversamos con él.

A Héctor Francisco, su esposa Jessica tras ir en su auxilio, lo lleva a un consultorio privado, pero la situación se torna complicada y su traslado a un centro médico con mejores condiciones para atenderlo se vuelve inminente, se consigue con esfuerzo una ambulancia. La esposa, en estado de desesperación llama a Carlos y le avisa de lo sucedido, con un color de voz que sólo podemos imaginar a través de lo narrado por el mismo hermano de la víctima.  La policía, cuenta Carlos, no le brinda seguridad a la ambulancia que traslada a su hermano, pero ésta logra salir de la zona más delicada, y es que el municipio de Morazán en el departamento de Yoro es un lugar que únicamente posee una calle de entrada y de salida haciendo de Morazán un lugar del que se vuelve difícil escapar, que los sicarios fueran en búsqueda de consumar el hecho era un clara posibilidad. Con todo, la ambulancia logra salir de Morazán y recorre los kilómetros que tiene que recorrer, lo hace con velocidad, lo hace porque de ello depende la vida de una persona en su interior. Al Mario Catarino Rivas en la ciudad de San Pedro Sula sólo se llega para que Héctor Francisco pueda despedirse. Aunque Carlos hiciera todo lo posible no logra llegar a tiempo y su hermano muere. Carlos nos habla desde un dolor que lo persigue, un dolor al que estará vinculado toda su vida, el dolor de la pérdida, el dolor de un exilio que no termina de comprender. Su hermano muere queriendo despedirse de él pero este encuentro final no se concreta, Carlos llega tarde, y lamenta con un hondo respirar haber tardado, no haber podido despedirse de Héctor Francisco. Lamenta la muerte. Lamenta el desamparo que desde ese día siente.

–Llegué al hospital y pregunté por él, y me dijeron que había llegado en estado de shock porque tenía su presión sanguínea cincuenta sobre cuarenta y cinco. –La narración de Carlos se nos vuelve sombría y sólo podemos imaginar lo que en ese momento preciso se puede llegar a sentir.

A Carlos se le da bien lo de los pequeños detalles, en una narración que se va contando sola. El día de la muerte de su hermano a Carlos le pareció que el sol tenía una tonalidad ligeramente distinta, que la temperatura del día había cambiado por alguna razón que él desconocía. «Todo es distinto, como si uno sufre un golpe que lo saca de la frecuencia en que está», nos explica.

–Como cuando se pone la radio y se escucha el sonido de la radio entre nubes, entre sonido de estática, así se podría comprar lo que yo sentí en ese momento.

Esa noche fue larga en el hospital, Héctor Francisco no había muerto y era atendido por las heridas tras el atentado, la noche crecía haciéndose cada vez más pesada. Cerca de la media noche, Carlos decide que es momento de descansar un poco, regresar a El Progreso, y desde su casa se comunica con su hermana que se encontraba en Nueva Jersey. Por alguna razón su memoria, la de los detalles pequeños, le falla en este momento, pero se recompone y nos cuenta con la convicción de lo vivido, que mientras conversaba con su hermana por teléfono accidentalmente tira un bote de un perfume, uno que Héctor Francisco le había regalado y el olor de su interior que hasta ese momento no había sido usado invade la habitación de Carlos. Otro detalle, otro aroma para la historia que se cuenta. Y para Carlos esto sólo podía ser una señal, de algo que sabría más tarde.

A la 1:09 de la mañana, Jessica, su cuñada, vuelve a llamarle, esta vez rota en llanto. La noticia que su hermano había fallecido lo deja helado. Carlos cree que si en aquel primer momento, cuando su hermano era trasladado en la ambulancia él le hubiese pedido a su cuñada que lo pusiera al teléfono con su hermano entonces Héctor Francisco quizá le habría dicho lo que no quiso decirle a nadie. Lo último que la familia ahora tiene de él es la insistencia a Jessica de que cuidara de los niños. La primera preocupación de Carlos, tras la muerte de Héctor Francisco es cómo la noticia le llega a su madre, que sabe bien, es radio aficionada, así que su primera reacción, instintiva quizá, es la de llamar a los colegas de las radios locales y pedir que por favor que retengan la noticia, que aún no tiene claro cómo se lo dirá a su madre y le da resultado.

–Mi mamá no nos hablaba, estaba enojada con nosotros dos. Ella le llamaba mucho a mi hermano como sabía que ella lo llamaba para regañarlo entonces el teléfono sonaba y él no respondía. Entonces mi mamá siempre estaba molesta con él y cuando lo «agarraba» le pegaba una «bañada». Y conmigo estaba enojada también, no recuerdo por qué… el hecho es que yo salí en la mañana, tempranito, ese día a las cinco y media, vine al centro de salud a buscar a una compañera, la tuve que ir a buscar a su casa porque no había llegado y entonces le conté del caso, ella me recomendó que llevara a mi mamá para el hospital conmigo porque había que ir a recuperar el cuerpo a la morgue. Estaba lavando unos platos cuando llegué a las seis de la mañana. «Mamá, quiero decirte una cosa», le dije. «¿Qué querés», me dijo ella.

Carlos hace de él y de su madre para explicarnos cómo fue ese encuentro con doña Elsa Polanco, profesora de oficio, hoy retirada.

–Balearon a Héctor…

–¿Y qué hizo ése? –Me dijo.

–No sé…

–¿Y cómo está?

–No pues… está en el hospital… pero el hospital no lo puede recibir, requiere que alguien vaya de la familia para que lo atiendan…

–Bueno pues, me voy a ir a cambiar.

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Hermanos Medina Polanco, el último día que se vieron.

A pesar del aire acondicionado, Carlos suda, su cuerpo cede a la transpiración.

Carlos tiene que recurrir también a desconectar el teléfono de la casa de su madre por temor a que alguien pudiera llamar. En su celular, las llamadas entraban por montones. Con todo esto, improvisación en su mayoría producto de la intensidad del momento, Carlos logra convencer a su madre para que lo acompañe hasta el hospital Mario Catarino Rivas. La mañana, es posible que tuviera un aroma pesado, el aroma de la muerte, un aroma que hasta ese momento para Carlos era completamente desconocido pero que intuía, imaginamos, que este aroma se instalaba para quedarse en su memoria, entre su familia.

–Alguien asegura que el mismo asesino me llamó porque me llamaron para preguntarme cómo estaba cuando no se había dicho nada del caso, «lastimosamente» como en ese momento uno está perdido no puede ni chequear los teléfonos de quién llama. Me llamaron varias veces, otro me dijo «le tengo una mortaja para el muertito si la ocupa», otro me dijo «tenemos una promoción de cajón…», o sea, llamadas de lo peor.

Carlos y su madre viajan a la ciudad de San Pedro Sula. Nos cuenta que durante todo eso transcurría él era incapaz de llorar, su pecho, nos narra, «era una represa de emociones». El viaje en bus lo hicieron, su madre en el primer asiento y él sentado hasta el final porque su teléfono seguía recibiendo llamadas de las que aún no podía enterarse doña Elsa. La gente que llamaba al teléfono de Carlos lo asumía a él como el asesinado y no a su hermano menor, esta confusión se debió –asegura Carlos– a que los dos compartían profesión, que a los dos les llamaban por el apellido materno, «Polanco».

Una vez en San Pedro Sula, Carlos debe negociar hasta con el taxista para que le ayude a mantener la noticia de la muerte de Héctor Francisco.

–Voy con mi mamá a reconocer el cadáver de su hijo, por favor no vayás a mencionar nada, escuchés lo que escuchés. –Carlos revive cada instante para nosotros. La narración tiene los elementos de la agonía, del hastío que la muerte deja tras su paso.

Convence a su madre de subir al taxi con él, una vez pactado con el taxista su silencio al transportarlos hacia la morgue. Doña Elsa en todo momento cree que a donde se dirigen es al Leonardo Martínez, otro hospital, con menos fama de mortalidad que el Mario Catarino Rivas, apodado como «el matarino» por recibir los casos más difíciles, porque mucha gente muere en él intentando sobrevivir. Mientras su madre discute con el taxista, Carlos está más preocupado porque ella no vea los rótulos cuando están a punto de llegar a la morgue.

–Cuando llegamos a la morgue, en el portón principal le digo al guardia: «hermano, vengo porque mi hermano está acá y vengo con mi mamá».

Ahora, Carlos interpreta al guardia del portón de entrada a la morgue en San Pedro Sula. Rememora el diálogo que tuvo con él para nosotros.

–¿Y cómo se llama su hermano? –Me dijo él–. Nos cuenta Carlos.

–Héctor Medina Polanco. –Le digo.

–Ah, sí, aquí está… pase allá. –Y Carlos levanta su brazo derecho, como queriendo señalar a donde el guardia señaló.

–No, es que es con mi mamá que vengo. –Le digo.

–No, sólo puede pasar uno porque hay dos adentro. –Me dice.

–Es la mamá hermano y mi mamá no lo sabe, yo tengo que estar con ella.

–No, sólo puede pasar una persona.

Su madre entra y Carlos se debe quedar en la entrada.

–Hay diecisiete pasos del portón a la sala de espera y cada paso es terrible. –Nos revela Carlos.

La atmósfera que posee la narración de Carlos en este punto es pesada. Doña Elsa cumple años el nueve de mayo, el diez había sido el día de las madres, Héctor Francisco fue asesinado el once de mayo. En ese ambiente ella debe darse cuenta que el cuerpo de su hijo sin vida la espera.

En un último intento Carlos logra convencer al guardia de seguridad que finalmente accede a que él ingrese a la morgue. Recuerda lo que para él es el momento más triste de su vida: su cuñada, Jessica, sale al encuentro de su suegra envuelta en llanto para darle la terrible noticia. Doña Elsa se derrumba, no puede con la noticia y debe ser atendida por Carlos quien viene tras ella y quien con prontitud busca donde pueda sentarse. La larga espera por el cuerpo de su hermano comienza. Nos queda sólo imaginar el momento, los rostros desencajados, el llanto materno, el corazón de una madre roto por la tragedia. La desorientación.

«Si me matan o me muero, quiero que me entierren en Morazán», le habría confesado Héctor Francisco a Carlos. Y su familia no pudo más que obedecer su último deseo.

El silencio nos invade. Carlos no ha podido aguantar más y rompe en llanto. Se quita los lentes y como queriendo disimular lo imposible, limpia sus lágrimas que apenas son el símbolo de lo sucedido. La soledad entra y se queda invadiendo cada memoria, y pasa factura, y todo se viene abajo. La pérdida. La vida que ya no volvió a ser la misma. Todo parece tan frágil entonces.

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La hondura del oficio

Datos revelados por C-Libre indican que «es a partir del año 2010 que los asesinatos de periodistas y comunicadores sociales se acrecientan de manera significativa. Se observa una disminución en 2011, pero para el 2012 vuelve a subir.»

Hay dos caminos que se pueden seguir cuando se investiga a fondo los problemas de un país como Honduras, el de la censura o el de la auto censura. El primero tiene un rango muy amplio de las cosas que conlleva asumirlo, el cierre de medios e incluso la muerte de periodistas. El segundo, obliga al medio o al periodista a mirar hacia otro lado y así poder vivir.

La situación para ejercer el periodismo en Honduras es cada vez más endeble, y aunque quienes se dedican al oficio del periodismo estén protegidos por las medidas cautelares, ese manto bastante debilitado que tiende la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, esto en muchos de los casos no ha servido de nada, los periodistas y comunicadores siguen siendo blancos de amenazas y siguen siendo silenciados cuando deciden contar las historias que nadie quiere contar, las de la barbarie hondureña.

El periodismo que se ejerce en Honduras no puede seguir siendo sólo un periodismo que arrastra los hechos de sangre y de terror, debe ir más allá, debe contar las historias de quienes han sido las víctimas de la violencia y han pagado con sangre, con sus vidas, pero que esto tampoco implique que el periodismo pague el peaje por el ejercicio de su labor.

***

En la próxima crónica Carlos Medina Polanco, hermano de Héctor Francisco Medina Polanco nos narra cómo asesinan a su hermano, nos habla sobre la agonía del secuestro de su hija y de cómo la muerte del periodista ha afectado al resto de la familia Medina Polanco. También las declaraciones de quienes lo conocieron, y de cómo otros periodistas de la zona temen perder su vida por ejercer su oficio.

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