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LA TRAMPA DE LA DESIGUALDAD

Trajan Shipley @trajan_shipley  | elordenmundial.com

El aumento de la desigualdad es una de las tendencias mundiales más importantes en la actualidad. Paradójicamente, la globalización y la economía de mercado han reducido la desigualdad entre países en las últimas décadas, pero a costa de aumentarla internamente en la mayoría de ellos. Esto tiene repercusiones a nivel económico y social que afectarán a las generaciones venideras, pero también es crucial a la hora de entender fenómenos políticos recientes a lo largo del mundo.

“Debemos centrar el debate en cómo se distribuyen los beneficios del crecimiento económico”. Así se refiere el secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) al problema de la desigualdad económica, el décimo objetivo de desarrollo sostenible y uno de los retos más grandes tanto a nivel mundial como a nivel nacional para países del centro y la periferia mundial. La época en la que el Estado de bienestar de los países democráticos proveía la mayor parte de servicios públicos básicos ha sido superada por una donde las oportunidades y la seguridad económica son más escasas y donde el lugar y la familia en los que uno nace vuelven a resultar determinantes. El ascensor social se ha estancado y la riqueza se ha concentrado. Vivimos en la era de la desigualdad.

Balance mundial

En 1990 el mundo contemplaba el desmantelamiento del telón de acero y de la economía planificada. Un año antes, el muro de Berlín había caído y daba paso a la reunificación de las dos Alemanias: la occidental, capitalista e industrial, y la oriental, menos desarrollada y en el paraguas del bloque soviético. La tarea de reunificación era colosal y debía hacer frente a realidades económicas enormemente distintas: mientras que en la Alemania de Bonn el PIB per cápita se situaba en 1990 en 15.300 dólares estadounidenses, en la Alemania de Dresde no llegaba a los 10.000. Hoy en día, a pesar de que Alemania es un país unido y con la economía más fuerte de la Unión Europea, siguen existiendo notables diferencias entre el este y el oeste. La tasa de desempleo es mayor en casi todos los estados que antiguamente conformaban el este, la esperanza de vida sigue siendo menor y, curiosamente, solo uno de los jugadores de la selección alemana que ganó el Mundial de fútbol de 2014 procedía del este. Es precisamente en esta región donde el partido de derecha populista Alternativa por Alemania (AfD) obtiene sus mejores resultados.

Fuente: Statista

El relato de Alemania, aunque sea en clave geográfica, encuentra parecidos en la mayoría de los países democráticos de su entorno. El mundo de 1990 vio cómo un solo sistema, un solo modelo económico —el capitalismo de mercados abiertos, que rechazaba la intervención estatal—, se erigía como la ruta hacia la prosperidad del siglo XXI. La economía de mercado y los postulados de la revolución neoliberal se consideraron la receta adecuada tanto para aumentar el crecimiento de los países industrializados como para modernizar e industrializar los países en vías de desarrollo. El espacio postsoviético iniciaba una serie de privatizaciones de empresas estatales de enorme tamaño, que acabarían en las manos de oligarcas con fuertes conexiones políticas. China, el único gran país superviviente del bloque comunista, iniciaba hace 40 años una serie de reformas liberalizadoras de la mano de Deng Xiaoping que culminarían con su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001. En África, instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial comenzaron a exportar programas neoliberales para salvar a los países africanos de los problemas de la economía. El “fin de la Historia” situaba al mercado como la institución más importante del mundo.

El proceso de globalización —entendido como mayor integración económica entre países, esto es, mayor apertura al comercio exterior y mayor movilidad del capital financiero— dio razones esperanzadoras para el desarrollo económico de la periferia mundial. La rapidez de la industrialización de los cuatro tigres asiáticos —Hong Kong, SingapurCorea del Sur y Taiwán— gracias al volumen de sus exportaciones y al capital financiero mostraba que el modelo capitalista occidental podía replicarse en otras partes del mundo. El boom económico latinoamericano en la década del 2000 también alentaba esperanzas. En ambas regiones, así como en Oriente Próximo y el África subsahariana, comenzó a surgir por primera vez una clase media que en 2009 aglutinaba a casi 2.000 millones de personas en todo el mundo. Países como China e India siguen aportando nuevos miembros a esta clase, mientras que en Norteamérica y Europa su crecimiento se estanca. El caso de Brasil es excepcional: la clase media en este país ha crecido más de un 40% desde 2003, mientras que en Nigeria supone casi un cuarto de su población.

Reducción de la pobreza en China (1982-2008). Fuente: Libremercado

La globalización parecía incluso reducir la pobreza a nivel mundial. El presidente del Banco Mundial afirmaba en septiembre de 2018 que, en los últimos 25 años, más de mil millones de personas han salido de la extrema pobreza y la tasa de pobreza mundial se hallaba en el punto más bajo de su Historia. En China, a raíz de la liberalización económica iniciada por Deng, la tasa de pobreza se redujo un 70% entre 1980 y 2010, lo que implica que alrededor de 500 millones de personas salieron de la pobreza en un período de 30 años. Junto con India, este país ha contribuido sustancialmente a la reducción de la pobreza mundial a la vez que emergían como potencias económicas —los famosos BRICS—. El continente asiático, en concreto, se ha destacado como un ejemplo del éxito de la globalización como receta contra la pobreza mundial. Sin embargo, existen lecturas menos optimistas que señalan precisamente lo contrario.

Pobreza externa e interna

Quienes señalan la globalización como causa directa del aumento de la desigualdad suelen acudir a tres argumentos: la deslocalización, la especialización laboral y la revolución tecnológica. En primer lugar, la globalización ha favorecido la deslocalización empresarial a la periferia mundial. El ejemplo clásico de esta práctica es el iPhone, que se diseña en la sede de Apple en Palo Alto, pero se fabrica en China. Los tratados de libre comercio, que reducen las barreras comerciales para hacer negocios y comenzaron a popularizarse tras la entrada en vigor del norteamericano en 1994, contribuyeron a esta práctica. La deslocalización contribuye al aumento del desempleo de los países de origen y dificulta la libre competencia en los países de destino, por lo que genera ganadores y perdedores en ambos países.

En segundo lugar, el nobel de Economía Eric Maskin, entre otros, señala que la especialización de los trabajadores en la era de la globalización es desigual y que cada vez se demandan más dos tipos de trabajadores opuestos: los altamente cualificados y los que apenas lo están. Esta disparidad también tiene un efecto en la diferencia salarial: los trabajadores cualificados disfrutan de salarios cada vez más altos y viceversa.

Finalmente, la revolución tecnológica ha contribuido a la automatización de muchas tareas laborales, lo que ha aumentado el desempleo, sobre todo el de trabajadores poco cualificados. A estos motivos también se pueden añadir la reducción en Norteamérica y Europa occidental del Estado de bienestar, que redistribuía la riqueza y actuaba como catalizador del ascensor social, y el paso a un modelo económico posindustrial en los mismos países, donde la prestación de servicios se vuelve la actividad económica más importante.

Así, desde el inicio de la globalización, la desigualdad entre países se ha reducido mientras que la desigualdad dentro de cada país ha aumentado, aunque la desigualdad total sigue siendo superior a la de cualquier país. La forma habitual de medir la desigualdad es mediante el coeficiente de Gini, en una escala de 0 —igualdad absoluta— y 1 —desigualdad absoluta—. Según datos de la OCDE, Europa se halla entre el 0,2 y el 0,35 y en Estados Unidos es del 0,39; en países como Brasil o Sudáfrica, en cambio, es del 0,47 y 0,62, respectivamente. En cuanto a la población mundial en su conjunto, la tasa ronda 0,70.

Reducción de la desigualdad externa —rojo— y aumento de la desigualdad interna —verde—. Fuente: World Inequality Lab

La reducción de la desigualdad externa o entre países se debe a la convergencia de las economías de países emergentes con las de los países industrializados; el aumento de la desigualdad interna o dentro de cada país se debe, por su parte, a las causas señaladas y a la concentración de la riqueza. De esa manera, la brecha entre un ciudadano medio chino y uno estadounidense está siendo sustituida por una brecha cada vez mayor entre ciudadanos ricos y pobres de ambos países, independientemente de su nacionalidad. En Estados Unidos, el salario de los directores ejecutivos de las 350 empresas más grandes era en 1965 20 veces superior al del empleado medio; en 2012 era 273 veces superior. Mientras tanto, en China, al mismo tiempo que millones de ciudadanos salían de la pobreza, la riqueza del 10% de la población más rica aumentó a costa del 90% restante.

La política de la desigualdad

La desigualdad trasciende el mero debate económico y tiene efectos directos en la vida de las personas, en las decisiones que toman todos los días y en el ambiente en el que viven. Los efectos son variados y tienen implicaciones en la salud y la seguridad pública y el crecimiento económico, entre otros. En 2002 un estudio del Banco Mundial que cruzaba el índice de Gini con las tasas de homicidio y robo de varios países encontró que las tasas de criminalidad y la desigualdad tienen una correlación positiva tanto entre países como, especialmente, dentro de cada país y que existe una causalidad directa entre el aumento de la desigualdad y el aumento de la criminalidad.

En Estados Unidos, la esperanza de vida bajó en 2015 por primera vez en más de 20 años, y la diferencia entre la esperanza de vida entre los ciudadanos con salarios altos y bajos sigue agrandándose. Esto es así porque parece existir una correlación entre la desigualdad y una variedad de problemas sociales y de salud. Por si fuera poco, la OCDE concluyó que la desigualdad afecta negativamente al crecimiento económico, hasta el punto de que países como México o Nueva Zelanda han llegado a perder diez puntos porcentuales de crecimiento económico como consecuencia de la desigualdad en las últimas dos décadas.

Todo esto sirve de caldo de cultivo para que partidos populistas emerjan con un discurso que capta la simpatía de quienes se ven afectados por la desigualdad. El crecimiento económico de las últimas décadas hasta la gran recesión no se ha traducido en estándares de vida más altos para todas las poblaciones. La influencia de las élites económicas y culturales sigue y entre la clase política se ha favorecido una gestión permisiva con esta realidad. En consecuencia, los votantes optan por opciones políticas que ponen de manifiesto esa connivencia —lo que Steve Bannon llama “el partido de Davos” o “la casta” de Podemos—, que, según ellos, está en el origen de los problemas de la gente corriente. Más aún, en Estados Unidos se ha constatado empíricamente la relación directa entre un aumento de la desigualdad y el ascenso del populismo, especialmente el que pone de manifiesto y ofrece un discurso que critica los efectos de la globalización, principalmente el aumento de la competencia internacional y la pérdida de puestos de trabajo industriales.

Relación entre apoyo al populismo y el índice de Gini. Fuente: LSE Inequalities.

Además, muchos de los temas que se ven directamente afectados por la desigualdad sirven de material discursivo para estos partidos. La criminalidad es un tema recurrente para populistas de derecha como Trump o Salvini, mientras que la salud pública es una política más afín al populismo de izquierdas, como el ala socialista del Partido Demócrata en EE. UU. o Podemos en España. Muchas de las zonas más desiguales de los países democráticos han optado por opciones populistas: además de AfD en el territorio de la antigua Alemania Oriental, Marine Le Pen obtuvo sus mejores resultados en la Francia periférica, donde la tasa de desempleo es más alta, y Trump conquistó el voto de estados como Virginia Occidental apelando al “hombre medio”. De hecho, cuando hace décadas se le preguntó cómo definiría el término white trash —‘basura blanca’, un término peyorativo referido a personas blancas de bajos recursos—, Trump afirmó que “son personas como yo, solo que son pobres”.

Sin embargo, los efectos de la desigualdad no se concentran únicamente en los países desarrollados; normalmente son más acusados en la periferia mundial. En África, los altos niveles de desigualdad son uno de los principales factores que impiden el crecimiento económico del continente. Sudáfrica y Nigeria, los países con mayor potencial económico del África subsahariana, poseen, respectivamente, uno de los índices de Gini más altos del mundo —0,62— y el mayor número de personas en un mismo país que viven en extrema pobreza —87 millones—. En el Sahel, las presiones poblacionales, climáticas y económicas son causas de radicalización y conflictos armados, así como de un éxodo migratorio hacia Europa que está provocando en el Mediterráneo una de las mayores tragedias humanas recientes —solo en 2015 murieron más de 4.000 intentando cruzar el mar—. Un estudio en Burkina Fasoconcluyó que el acceso casi inexistente a ingresos fuera de las actividades agrícolas tradicionales aumenta la desigualdad y hace más vulnerable a las poblaciones locales ante dichas presiones.

En América Latina, el índice de Gini para los ingresos personales presentó en 2015 una media de 0,47 para 17 países de la región y en 2014 el 10% de las fortunas latinoamericanas concentraba el 71% de la riqueza de la región. Pese a que la desigualdad se redujo notablemente en esta región entre 2003 y 2012, la velocidad de la reducción ha descendido considerablemente desde entonces y algunos países centroamericanos, como Guatemala u Honduras, todavía tienen índices de Gini relativamente elevados, cercanos a 0,60. Algunos de los sucesos más recientes de la región, como el giro electoral hacia la derecha o la presión migratoria, guardan correlación con la todavía acusada desigualdad de la región.

Ni siquiera el gigante chino se libra del aumento de la desigualdad. Entre 1990 y 2015 su índice de Gini aumentó 15 puntos, un crecimiento superior al de África, Oriente Próximo y Latinoamérica y el Caribe. Las diferencias entre la China rural y la urbana son acusadas, esta última con mayores oportunidades económicas y donde la existencia de una clase media actúa como freno de la desigualdad. En 2017 los ingresos disponibles per cápita en la China urbana eran de 36.000 yuanes, en comparación con los 13.000 de la China rural. Millones de chinos han emigrado de zonas rurales a grandes ciudades —140 millones solo en 2008—, lo que ha obligado al Partido Comunista a establecer restricciones a través del sistema huoku, que designa un estatus rural o urbano en función del lugar de nacimiento que permite limitar el acceso a servicios en otras regiones y, así, limitar la movilidad de habitantes rurales.

Los efectos de la desigualdad inciden directamente sobre la gobernanza de nuestras sociedades y actúan como catalizador de algunos de los retos más difíciles a los que tienen que hacer frente. Se trata de un fenómeno tan planetario como local, tan económico como político y tan necesario como urgente. Lo que se ha materializado como el décimo objetivo de desarrollo sostenible constituye, sin ninguna duda, uno de los retos mundiales más importantes en la actualidad. En la medida en que la desigualdad se convierta en un tema más recurrente en la esfera pública, será más fácil abordarlo profundidad y que se busquen soluciones. Hasta entonces, la desigualdad seguirá teniendo efectos directos sobre las personas y sus sociedades.


Trajan Shipley Madrid, 1997. Estudiante de Derecho y Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Con nacionalidad española y estadounidense. Interesado en geopolítica e Historia mundial.

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.