LA POTRA DE LA TARDE

Un grupo de hombres juegan una potra en un terreno hecho a fuerza de compactar desperdicio de construcciones entre los puentes Juan Ramón Molina en Comayagüela: el que donó Japón después del huracán Mitch, y el temporal, el Bailey que reemplaza al Francisco Morazán que fue otra estadística del Huracán Mitch y que lleva en uso “temporal” unos 20 años. Lo interesante no está en la potra que juegan mientras el sol se esconde detrás...
Fernando Destephenabril 15, 2019

Un grupo de hombres juegan una potra en un terreno hecho a fuerza de compactar desperdicio de construcciones entre los puentes Juan Ramón Molina en Comayagüela: el que donó Japón después del huracán Mitch, y el temporal, el Bailey que reemplaza al Francisco Morazán que fue otra estadística del Huracán Mitch y que lleva en uso “temporal” unos 20 años.

Lo interesante no está en la potra que juegan mientras el sol se esconde detrás de esos cerros tan poblados -ahora- con barrios de nombres desconocidos. Lo que llama la atención es la gente que desvía su mirada al juego, pensando tal vez que eso ya no se acostumbra en una ciudad que crece con ansiedad y miedo.

Los que ven de paso sonríen y quieren jugar pero, no se atreven a preguntar, mientras los que juegan sonríen cuando pasan el balón de cuero gastado y que pareciera agoniza en cada patada.

Los riesgos de los juegos de fútbol callejeros o potras son que la pelota se pierda en algún solar baldío, caiga en alguna casa y la devuelvan, en el caso de los jugadores del Barrio Morazán, es que caiga al río y se enfríe el partido por el tiempo pérdido en ir a buscar la pelota, o como ocurrió el 5 de abril, un carro la aplastó, sin ninguna responsabilidad se fue y la potra acabo.

Son entre las 4:30 y 5:00 de la tarde, la hora pico del trafico, también la hora de fin de la jornada laboral, para muchos esto significa regresar a casa cargando el cansancio del día. Regresar a Comayagüela representa volver a sus casas, saludar y descansar para repetir el ciclo al día siguiente.

Para estas personas, no todos o la mayoría, o los que trabajan, salen de su trabajo los martes, miércoles y viernes a jugar una potra en una improvisada.

Foto: Melissa Zelaya

La frontera entre Tegucigalpa de Comayaguela es el río Choluteca el que divide naturalmente las dos ciudades, en medio de estos dos puentes, el Juan Ramón Molina, nombrado en honor de un poeta hondureño que murió en San Salvador: el permanente, de concreto y donado por Japón después del Mitch y el provisional, el “Beili” en sustituto del Francisco Morazán que fue víctima del huracán en 1998 y que lleva casi 20 provisionales años en uso y por el que se calcula transitan un promedio de 5 mil vehículos a diario, entre estos dos puentes hay un terreno en el que cuando cae la tarde, un grupo de jugadores del Barrio Morazán juegan una potra desafiando las estadísticas de la violencia y de homicidios (20.4 homicidios por cada 100 mil habitantes, hasta junio de 2018), las que han causado ostracismo en la población pero, ellos juegan mientras en la calle todos peleamos por el lugar más próximo que nos acerque más al destino.

Esta zona los jugadores la usan como cancha de fútbol callejero, en ese en el que las medidas oficiales son otras y en las que los reglamentos de la FIFA no importan.

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9 jugadores (uno de cambio que no jugó), una pelota, un terreno convertido en cancha en base a la necesidad: la zona principal es de asfalto, una caída implica mucho dolor.

La cancha es irregular y por mucho, se juega más en la zona central, donde está el pavimento que parece una pista clandestina de aterrizaje, hay vidrio quebrado, alguien fue a botarlo ahí, del lado derecho hay más espacio, mucho más, tanto que lleva a un barranco que termina en las riveras del río Choluteca, a veces cuando la fuerza del golpe al balón es mucha hay que ir por el hasta allá abajo, las porterías no están en el centro, son de piedra, una sobre otra, contando talvez unos 10 pasos que separan y hacen la vez de parales, están cercanas al delgado lado izquierdo, el que colinda con la acera, antes de una inclinación natural que separa esta cancha de la calle que viene del puente de metal que se sostiene con los pocos pernos que no se han robado.

Foto: Melissa Zelaya

En este juego todo representa un peligro por lo accidentado del terreno, una fractura que no vendrá con una incapacidad

De repente el juego se vuelve interesante, están jugando en la inclinación, dominan la pelota entre resto de cemento que alguna vez sostuvo rótulos que avisaban algo y la mucha maleza hoyos, hormigueros, arbustos de ramas duras y dos postes cuyas lamparas no funcionan.

Foto: Melissa Zelaya

Son jóvenes y viejos, flacos y panzones, con los problemas promedio de la mayoría de hondureños pero, hay una verdad en todos ellos y es que contraviniendo el miedo y la violencia llegan desde el Barrio Morazán a jugar aquí mientras reparan la cancha que usan, aunque uno de ellos me advierte que esa remodelación implicará pagar el uso, el que probablemente sea muy caro, Franklin Juárez, un electricista me cuenta que un día les dijeron que ya no podían jugar en ese cancha porque la remodelarían, entonces buscaron y encontraron este lugar, también me cuenta que fueron con una nota a la Comisión Nacional Pro Instalaciones Deportivas (CONAPID) pero, que no les hicieron caso, una historia que se repite casi a diario en muchas instituciones oficiales en las que la burocracia tiene presencia.

Gritan, se ríen, “para la cámara” dicen y hacen pintas, se divierten. El sol cae, ellos juegan.

Gambetean, dominan la pelota, a veces por un exceso en la fuerza hay que ir por la pelota hasta la calle antes de cruzar el puente o hasta la orilla del río Choluteca. Foto: Melissa Zelaya

El tráfico está en su hora pico, suenan los motores de buses, turismos, pick ups, motos, estos jugadores imperturbables continuan su juego, como antes en los barrios y colonias, antes de la violencia y las masacres, cuando los domingos los niños veíamos a los adultos jugar algunos sin camiseta y otros con camiseta, cuando imitábamos al jugador de moda y pensábamos en ser profesionales de una mediocre liga de fútbol, ese antes en el que los vecinos conectaban una mangera para beber agua de la llave, ese antes al que no vamos a volver.

El dominio de la pelota es exacto, saben rematar con suficiente fuerza para marcar el gol pero, con la delicadeza suficiente para que la pelota no se vaya más allá de los limites: la calle lo que representaría que un carro aplaste la pelota, que es prestada como comenta uno de ellos, o que se vaya hasta el río, en ambos casos existe pérdida de tiempo pero, en el caso de que la aplaste un carro se terminaría el partido.

¡GOL! Son las 5:44 P.M. y el partido sigue.

!Ole¡ !Ole¡ dice uno en una jugada en la que domina y termina en otro gol, 7 a 0, ¡Mierda! grita uno de los que pierde.

Comayagüela comienza a dibujarse antes de las 6 de la tarde.

Foto: Melissa Zelaya.

Tres personas se han detenido a ver el juego, más los que van en el bus, taxi, carro propio o moto y voltean a ver. El viento sopla tibio, la tibieza de la hora y de la temporada.

5:51 P.M. otro gol, 7 a 1.

Suenan los grillos, desde el mirador en el bulevar José Cecilio del Valle, alguien silva, “Venite ombe” contesta otro.

El poder de adaptación del humano es a veces increíble, juegan con jeans, ropa normal no la deportiva, y el dominio de la pelota es mejor que el fútbol profesional. No se quitan ni la gorra. Las luces de Comayaguela de encienden.

También tienen jugadores de cambio pero, eso no entran, llegaron tarde y no pueden desequilibrar el juego dándole ventaja a ningún equipo.

Foto: Melissa Zelaya.

Pedro Godoy, es alguien que trabaja con las ligas menores, me cuenta que va a comenzar a trabajar con una ONG canadiense promoviendo el fútbol callejero en barrios y colonias pobres y señala la bastedad de pobreza de Comayagüela, me dice que debería ir los domingos al Obelisco porque ahí también juegan fútbol callejero pero, en ese cobran 10 Lempiras por jugador, se apuesta.

Pedro me cuenta que en estas potras a veces se encuentra talento pero, que el gobierno no apoya y muchas veces se pierde, y no es que se pierda se une a la masa laboral y se convierte en un trabajador más que disfruta jugar de una potra que lo libera del estres de esta ciudad de la furia que muchas veces nos traga sin darnos cuenta. Pedro balbucea algo y se va caminando con rumbo al puente Baili, el juego sigue.

6:07 pausa, discusión por una mano en el área de la portería.

15 minutos después termina el partido, la oscuridad es a medias, todos sonríen, comentan el juego y entre abrazos y sudor beben agua en bolsa, la que tienen en una mochila apoyada en la bicicleta de Franklin Juárez, un electricista que es parte de este grupo de futbolistas.

Geovany Zúniga, Ramón Cáceres, David Álvarez ,Franklin Juárez, Wilson Daniel Pérez, Rolando Enrique Rodríguez, Mario Hernández (portero), Gabriel Noe Castillo, Javier López. Foto: Melissa Zelaya.

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