/LA GUERRA DE LOS SÍMBOLOS

LA GUERRA DE LOS SÍMBOLOS

Por: Alex Palencia.

“El aparato estatal surge para corregir los fallos ocasionales producidos en el aparato cultural; por ello la sociedad y la cultura aparecen como organización social antes que el Estado”.

“La guerra estalla cuando el aparato político no encuentra otra forma de llevar adelante sus propósitos que sólo mediante la intervención armada. Las bombas empiezan a caer cuando los símbolos han fallado”.

Antonio Gramsci no se equivocaba cuando en su análisis sobre la cultura priorizaba sobre las acciones políticas que se producen en el proceso de emancipación social, afirmando que sin el acompañamiento de las nuevas formas culturales de una clase social hegemónica emergente sería imposible el triunfo de un proceso revolucionario, es decir, es la cultura la que al final hace pervivir las nuevas condiciones que reemplazarán las decadentes estructuras sociales que sostienen el aparato político de un Estado obsoleto, explotador, autoritario y represivo.

De allí que la raíz ultima de los conflictos deba ser detectado en la cultura; mediante esta se logra la imposición de la voluntad del enemigo extraterritorial o de clase. Es a través de las estructuras culturales del Estado como se inculcan valores económicos, religiosos, políticos, éticos y morales, los cuales se hacen valer a través de los instrumentos de promoción y divulgación cultural con los que cuenta la clase hegemónica, tales como centros educativos (escuelas, colegios y universidades), iglesias (católica y protestantes), medios de comunicación (radio, imprenta y
televisión), colectivos y organizaciones encuadradas en la sociedad civil (feministas, ambientalistas, étnicas, LGTB, derechos humanos, entre otros).

El poder del arsenal simbólico se hace sentir a diario al encender el televisor, la radio, cuando leemos los periódicos, navegamos en internet, o vemos esta o aquella revista que nos cuenta las últimas de la farándula, el mundo de la moda, la vida de los artistas y personajes del jet set, y los sucesos deportivos. Pero también en la vida callejera, cuando se muestran otros símbolos pintados en las paredes de edificios, arcos y bases de puentes y en las paredes de las iglesias, además de nuevas voces discordantes que hacen ruido mediante panfletos, hojas volantes, el cual se magnifica en periódicos digitales, revistas underground, páginas web, redes sociales, etc.

Estos rumores amenazan en convertirse en poderosos estruendos de una nueva generación de hombres y mujeres dispuestos a enfrentar al sistema en busca de su propio destino, que aunque incierto, no podrá ser peor que este deshumanizante estado de cosas en el cual transitamos.

Al final del día, el Estado autoritario revestido de democracia representativa no puede defender victorioso la decadente paz de los cementerios que la cultura misma niega, aun cuando los aparatos políticos y económicos hayan asumido la tarea de operar y penetrar en el cuerpo viviente de la cultura a través de la cirugía microscópica donde se tiene por bisturí un arsenal de símbolos necesarios para penetrar la conciencia humana, usando como vía expedita los cañones de los medios de comunicación de masas, que disparan abrumadores proyectiles ideológicos disfrazados de ingenuos conceptos o ideas políticas.

En 1982, los asesores de la política exterior norteamericana reconocieron en el célebre documento de Santa Fe I que “la guerra se libra en la mente de la humanidad”, y por ello (en 1985), ellos mismos reformularon la continuación del documento Santa Fe II, creando el plan de remodelación del poder político y readecuación del sistema educativo en los países de latinoamericanos, esto con la justificación de que se debía proteger a la sociedad democrática.

Para poner en marcha este siniestro, oscuro y maquiavélico plan, ellos recurrirán a USIA (la Agencia de Información de los Estados Unidos) bajo el criterio que sería esta la base de operaciones para hacer la guerra cultural y que para ello se haría necesario movilizar todos los recursos económicos y sociales disponibles.

Desde entonces el bombardeo ha sido brutal, desmedido y avasallador.

Sin embargo, la batalla por la conciencia se traba cuando los movimientos subculturales contradicen y se oponen a los presupuestos que la cultura oficial pretende incubar, defender y propagar. En Latinoamérica, los movimientos sociales emergentes amenazan seriamente en rebasar esos supuestos culturales neocoloniales, a tal punto que sus promotores van avanzando de tal forma que a la clase hegemónica dominante se le está haciendo imposible aislarlos o de liquidarlos físicamente en masa, pues el costo político y económico de tales brutales medidas se convertirían en prohibitivas, y que por lo mismo la masa disidente estaría dispuesta de llegar hasta las últimas consecuencias por su propia supervivencia.

El fracaso de la guerra cultural obliga al imperialismo a inventar nuevos mecanismos de desarticulación de los movimientos disidentes; esto lo hace por medio de la fractura y división, y atomización de las instituciones sociales. Así pues, no ha sido extraño el afloramiento en nuestros países de una enorme cantidad de organizaciones sociales y culturales, que activan a la par de nuevos partidos políticos de diferentes matices y colores (que van desde radicales izquierdosos hasta derechistas neofacistas y neonazis) y de hasta aquellos grupos conformados por espíritus impolutos e ingenuos, quienes apelando al nihilismo de la pos modernidad niegan el carácter de la ideología como parte orgánica de las estructuras y aparato de poder.

En fin, el imperialismo capitalista sigue haciendo su trabajo moviendo sus funestos y tenebrosos tentáculos, permeando con su ayuda a la cultura latinoamericana desde sus entrañas, políticas, económicas, sociales y religiosas, y priorizando a la cultura como eje de sus estrategias de control y dominación.

Solamente cuando nuestros dirigentes disidentes sociales entiendan que la guerra se extiende más allá de los espacios políticos, y que es la cultura el epicentro de todos los cambios sociales,
entonces entenderán lo necesario y urgente de la negación de todos los supuestos culturales implementados desde la clase hegemónica dominante capitalista por medio de sus símbolos, y mediante los cuales devora a sus hijos, negando su propia capacidad de transformación y secando de paso sus propias fuentes vitales.

La decadencia cultural que experimenta el sistema tendrá que llevar forzosamente a su muerte y al surgimiento de movimientos contraculturales que propongan otros valores éticos y morales alejados de aquellos cacareados por el sistema capitalista de explotación. No lo digo yo, lo gritó Gramsci desde la cárcel, hace ya más de ochenta años .

Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.