Honduras

La cultura al servicio de la propaganda

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Por José Manuel Torres Funes

De Honduras se conoce muy poco. Los últimos años, circuló que era el país más violento del mundo, con tasas de criminalidad que alcanzaban los 90 homicidios por cada 100 mil habitantes en las principales ciudades, Tegucigalpa (la capital) y San Pedro Sula (la capital industrial).

A finales de 1998, el Huracán Mitch devastó el país, dejando cerca de 10 mil muertos y más de 10 mil desaparecidos.

Como consecuencia de la desgracia natural y las malas políticas gubernamentales y privadas, el país entró al siglo XXI como un exportador de desgracias, de gente que huía desesperanzada hacía Estados Unidos. En pocos años, la cifra de emigrantes llegó al millón, una octava parte del total de la población.

Los años siguientes, fueron más de lo mismo: políticas neoliberales, inseguridad creciente, desigualdad, invasión de grandes corporaciones criminales, y otro fenómeno que hasta entonces no era tan marcado: la llegada de las maras, la Mara Salvatrucha y la Mara 18, ambas, pandillas enzarzadas en una cruenta lucha de territorios y barrios de Los Ángeles, en Estados Unidos, que continuaron sus guerras en los barrios marginados de las principales ciudades del país.

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La violencia grandilocuente de las maras puso al país en el radar de los medios de comunicación internacionales, como había sucedido unas décadas atrás durante los conflictos centroamericanos, en los que Honduras jugó el lamentable papel de arrendador del ejército norteamericano y ejércitos paramilitares de los países vecinos.

En 2009, el golpe de Estado contra el ex presidente Manuel Zelaya Rosales se convirtió en el primer golpe de Estado del siglo XXI, por lo menos en América Latina. La mediatización del caso y la disputa de orden ideológico con la que se identificó este evento, pusieron al país en el corazón de un debate continental, que reducía la amplitud del conflicto a la influencia de Chávez frente a la avanzada imperialista de Estados Unidos.

De cierta manera, y sin proponérselo, Honduras, se convirtió en una especie de «causa» continental para un determinado sector de la izquierda latinoamericana, una «causa» política, social y hasta cierto punto, cultural. El golpe en Honduras advertía que otros golpes de Estado serían posibles, y que, a diferencia de los períodos militaristas de las décadas anteriores, los grandes contra-poderes en las frágiles democracias latinoamericanas ya no solamente eran militares, sino también empresarios, medios de comunicación y partidos políticos.

Cuando las aguas medianamente se calmaron, Honduras volvió a caer en el ostracismo de siempre.

Y el país, como es tradición, se desconectó y perdió ese breve instante de «notoriedad» del que gozó durante algunos meses en el período post-golpe.

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La cultura desperdicia su oportunidad

Culturalmente, que es de lo que menos se habla, y se habló, el golpe de Estado fue una especie de catarsis para la escena artística nacional.

Salieron canciones, documentales, se escribieron decenas de libros, aparecieron infinidad de obras plásticas, poemarios, etcétera.

Lamentablemente, muy poco, en realidad, tuvo el nivel que se requiere para trascender. La razón es muy simple: el golpe de Estado se politizó, convirtiéndose en una lucha casi personal entre caudillos. Algunos actores culturales tomaron distancia, siguieron manteniendo una posición anti-golpista, sin embargo, al ver la instrumentalización que se hacía de la situación, se alejaron del movimiento, que a paso acelerado se metamorfoseaba en un nuevo partido político, hecho a la imagen y semejanza de los partidos tradicionales.

Con Honduras es preciso explicar algunas cosas. Lo primero, históricamente, en el país ha habido dos partidos mayoritarios grandes, que se han repartido el poder por más de cien años: el Partido Liberal y el Partido Nacional. Ambos son estructuras de corte conservadora. Los partidos de izquierda siempre fueron minoritarios, ya fuera por falta de organización o por represiones.

A fines de los años setenta, mientras Nicaragua hacía una revolución y El Salvador y Guatemala entraban en procesos de guerrilla y guerras civiles (devastadoras), las elites hondureñas y los Estados Unidos decidieron hacer del país el búnker de la contra-revolución.

El intelectualismo, casi siempre asociado con los ideales progresistas, se quedó, en cierta forma, sin país para imaginar utopías. Las utopías se soñaban en los países vecinos, donde dirigieron su mirada —algunos hasta emigraron— buena parte de los intelectuales locales. Otros también se exiliaron. Se construyeron ciertos imaginarios del intelectual hondureño, a la manera de otros intelectuales latinoamericanos exiliados, que soñaban la patria a distancia, un poco al estilo rioplatense, sin embargo, el lastre de ser el enclave gringo y de la reacción, pesaba demasiado como para que se les tomara muy en serio.

Honduras

Y como si fuera culpa del pueblo que Honduras tuviera un papel tan nefasto en la geopolítica regional, el resto del continente nos despreció, especialmente los escritores. Un García Márquez o un Cortázar, miraron de menos al país —sin hacer un esfuerzo por entenderlo— para hablar maravillas de una Revolución Sandinista, a la que ya, por ejemplo, un Olaf Palme, le había visto las grietas.

Irremediablemente, el corsé contra-revolucionario que se impuso a la fuerza durante los años ochenta, había dejado un vacío en la escena cultural nacional, donde faltaban símbolos (no solo nacionales, pero continentales) como Otto René Castillo o Roque Dalton. Llegó el golpe y muchos se soñaron como futuros poetas mártires.

El mundo cultural hondureño quiso aprovechar el chance para recuperar el tiempo perdido, decir a viva voz que también había algo que decir en Honduras, que se podía llevar un mensaje portador de ideales progresistas, y que no solamente éramos la nación vilipendiada que había servido de portaviones a los gringos. Con pocas excepciones, se cayó en una creación de tipo «militante», repetitiva, egocéntrica y poco original.

El impulso creador —que sí existió— se lanzó a la caza de la coyuntura, y se cegó ante el presente, sin observar las raíces de los problemas. Se impuso un sector cultural arrogante, que se consideró dueño de la razón, que hizo como si fuera suyo, el discurso chavista y que entró en simbiosis —o al servicio de— con Zelaya, el caudillo reconvertido en héroe y símbolo.

En ese instante, el pensamiento crítico se murió de una trombosis masiva.  Comenzó una fuerte oleada de «culturización» popular, a favor de Zelaya, propagada entre los jóvenes a través (básicamente) de las redes sociales, conciertos, reuniones, manifestaciones, en las que, intelectuales con una trayectoria rica, sucumbieron ante la hasta entonces inédita posibilidad de ser escuchados masivamente (o al menos eso suponen).

En este «despertar» de la consciencia nacional, a falta de una revolución verdadera, se quiso re-inventar el mundo, a partir de 2009, donde se instauró la idea de que durante Zelaya todo estaba bien y que antes y después de él, todo estaba mal.

Viniendo él de un partido tradicional conservador, siendo él mismo un terrateniente de cepa, con un antecedente familiar criminal imborrable (su padre estuvo involucrado en la matanza de Los Horcones, donde se encontró el cadáver de 14 campesinos asesinados en 1975), se erigió como una especie de redentor y «padre» del pueblo. Su alianza —convenenciera, porque había perdido el poder a nivel local— con Chávez, le bastó para ser redimido de cualquier sospecha o crítica que pudiera tenerse de su pasado y de sus convicciones conservadoras.

Como sociedad, nos perdimos de un momento importante, de una oportunidad para ver el país con mirada profunda. El golpe de Estado, efectivamente fue una escisión, el declive de una clase política y de un sistema corrupto que lleva más de un siglo perpetrándose. Era el momento para entender que, durante las disputas entre las clases políticas, los ciudadanos siempre éramos llevados de encuentro, y que su emancipación pasaba por la construcción de una nueva cultura política, anti-caudillista, donde los actores culturales, quizá por primera vez en la historia reciente, tenían la oportunidad de decir algo nuevo e importante, que podía ser escuchado.

En su lugar, le hicieron poemas al presidente depuesto, loas, artículos de defensa, canciones, documentales, se tomaron fotos con él, se hicieron invitar a su casa, etcétera. Y la indignación del pueblo hondureño contra el golpe, se diluyó, convirtiéndose en una defensa furiosa a favor de un caudillo derrotado.

Murió gente por eso. Y se volvieron «mártires» de mantones y manifestación. En lugar de ampliar el mundo y el lenguaje que lo describe, como debe ser su papel, para explicar la violencia multiforme del país y su complejidad, el sector cultural, lo redujo, lo convirtió en consignas, que ni siquiera son pegajosas desde el punto de vista de la propaganda política.

En la actualidad, la «lucha» consiste en sacar al presidente Juan Orlando Hernández, que se quiere re-elegir y que es más del mismo cáncer que el país ha conocido a lo largo de su historia.

Para ello, para vencer al «dictador», como lo llaman, se está apoyando a la Alianza opositora. Se trata de una fusión entre los movimientos de Zelaya y de otra figura política emergente, Salvador Nasralla. Éste último, la figura rocambolesca número uno del país, será el candidato presidencial de la Alianza. En algún momento, por cierto, aunque ahora se desdice, se declaró admirador de Augusto Pinochet (en internet aparece una foto suya de sus años mozos, dándole la mano al dictador). Zelaya, según sus cálculos, será el poder detrás del trono.

A cuatro meses de las elecciones se ven como ganadores, lo cierto es que a menos de que un acontecimiento extraordinario tenga lugar, Hernández ganará los comicios.  ¿Qué cambia? La elección es entre la peste y el cólera.

La nota esperanzadora es que, estos períodos de instrumentalización del sector cultural crean disensiones importantes, que suelen dar pie más adelante, a propuestas más independientes, sólidas y honestas. Mientras tanto, hay que atravesar el desierto a la espera de tiempos mejores.

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Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad única del columnista. El pulso comparte esta opinión para enriquecer el debate nacional sobre temas de importancia para la patria.

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