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La chispa, Arévalo Martínez y el hombre que parecía un caballo

Rafael Arévalo Martínez vivió a principios del siglo XX, cuando Guatemala estaba gobernada por la sombra de Manuel Estrada Cabrera y Rubén Darío moría de a poquitos en su viaje de regreso a León. En aquellos días, Arévalo aún no sumaba los treinta años de edad y soñaba escribir con Hondura, miraba las calles provincianas de su ciudad como se mira la vida antes de morir. Ignoraba aún que viviría seis décadas más y que su llama literaria se extinguiría suavemente entre las paredes frescas de su casa en la imaginaria Ipanada.

—«Yo tuve el placer de arder: es decir, de llenar mi destino», —dijo en su libro El hombre que parecía un caballo, texto dedicado a las señoras Sofía Samayoa y Romelia Rubio, hoy ambas fallecidas y a gracia del tiempo olvidadas, publicado en el año de 1914, cuando la Gran Guerra en Europa aún no comenzaba y el Zar Nicolás II de Rusia reinaba la gran nación del polo.

—«Soy una cosa esencialmente inflamable», —dijo, cuando comprendió que su destino era arder.

Pero la mecha sólo enciende en la proximidad de la chispa y Rafael, un hombre pequeño, flaco, macilento, exangüe, sorprendido de haber vivido tanto, católico romano, formado para ser santo en el más estricto rigor del colegio de los infantes de Guatemala, necesitaba una chispa.

El general Estrada Cabrera, habiendo alcanzado la cúspide de su ambiciosa vida, soñaba con la inmortalidad que sólo la poesía puede dar. Si bien, hay historiadores que cuentan que más de alguna vez se le vio escribir versos, lo cierto es que distaban mucho de la belleza y profundidad de los escritos por Rubén Darío, Gabriel Miró, Ramón Pérez de Ayala u Ortega y Gasset. Por eso y siguiendo el consejo de algún ministro, invitó a un poeta colombiano que para esa época estaba por Honduras y era conocido como Ricardo Arenales.

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Ricardo Arenales, Porfirio Barba-Jacob o Miguel Ángel Osorio Benítez, poeta modernista (1883-1942).

Ricardo Arenales era Porfirio Barba-Jacob o Miguel Ángel Osorio Benítez. Prisionero, como Wilde, Guide, Mann o Whitman, del oscurantismo de la moral de una época; era conocido homosexual, bohemio y libertino, un provocador de primera que se llamaba a sí mismo el poeta peregrino. Nacido en Antioquía, Colombia, en 1883, escogió sus nombres buscando ser una tormenta, un ángel del mal. Llegó a Guatemala invitado por el dictador en 1914. Se hospedó en el Hotel España y rápidamente se hizo notar por su escandaloso estilo de vida y su sensual lírica.

Cuando el joven Rafael conoció al poeta, supo que era arder.

—«Yo ardí y el señor Arenales me vio arder. En una maravillosa armonía, nuestros dos átomos de hidrógeno habían llegado tan cerca, que prolongándose, emanando porciones de sí, casi llegaron a juntarse en alguna cosa viva.

El joven Rafael, al conocer al poeta en la estancia del hotel, escuchó con agrado los versos que el Ashaverus de los poetas regaba como traslúcidos collares de ópalos, de amatistas, de esmeraldas y de carbunclos».

—«Está bien que Oscar Wilde quisiera espantar a los burgueses pregonando su homosexualidad —dijo Arenales, según el libro autobiográfico Hondura que Arévalo publicara en 1959— o que lo intentara Baudelaire paseando por las calles de París a un cerdo atado a su mano por un listón rosa, o que Alcibiades le cortara la cola a su perro o que hasta un Gómez Carrillo cualquiera enarbolara su querida París como un pabellón. Pero no que los majaderos inventasen cualquier cosa, para ese difícil papel que se necesita brillantez. Yo la poseo —prosiguió—, la arenalina es una bebida tóxica compuesta por la mezcla de diez distintos brebajes alcohólicos: Ese soy yo».

Arévalo estaba fascinado con el poeta, con su astucia, con su humor y pasaba con él todo el tiempo posible recibiendo, en sus propias palabras, aquel banquete espiritual que no pudo proporcionarle conversador alguno.

Cierta vez, Arenales invitó a un grupo de universitarios a que le insultaran.

—«Tengo un gran apetito para ser vejado», —les dijo el poeta.

Los estudiantes intentaron, sacaron de sí los mejores insultos que su educación y clase les permitía. Pero Arenales, decepcionado por la falta de creatividad de los jóvenes guatemaltecos, prefirió invitarlos a beber en un bar de mala muerte ubicado en un arrabal en la periferia de la ciudad.

Fueron al bar y enseguida pidió que trajeran tragos para todos. Cuando la dueña del antro llegó con los vasos, él pidió que los limpiara. La señora hizo caso y volvió con unos vasos nuevos. El poeta los vio con desprecio y le gritó que si los había limpiado con los calzones chucos y la señora, de esas mujeres que no se andan por la tangente, le respondió con el insulto que el poeta había estado buscando: «¡Cabrón, hijo de la gran puta, andate de acá!». Arenales salió sonriendo, pagando una generosa propina a la cantinera, que nunca comprendió la locura de aquel hombre.

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Arenales era una fuerza y Rafael gravitaba en su órbita. Había en él, un sabor a mundo que nadie más emitía, una urbanidad que sólo se comprendía en París o New York y Rafael quería probarlo. Nunca hombre alguno había ejercido una atracción así de fuerte en Arévalo Martínez. Nunca un homosexual le había fascinado tanto.

—«Este es el hombre que esperaba —escribió luego el joven Rafael—. Este es el hombre por el que me asomaba a todas las almas desconocidas, porque ya mi intuición me había afirmado que un día sería enriquecido por el advenimiento de un ser único. La avidez con que tomé, percibí y arrojé tantas almas que se hicieron desear y defraudaron mi esperanza, hoy será ampliamente satisfecha: inclínate y bebe de esta agua».

¡Oh, las cosas que vio Rafael en aquel pozo! Ese pozo fue para él, el pozo mismo del misterio. Asomarse a un alma humana, tan abierta como un pozo, que es un ojo de la tierra, es lo mismo que asomarse a Dios. Nunca podría ver el fondo. Pero se saturaba de la humedad del agua, el gran vehículo del amor; y se deslumbraba con la luz reflejada.

Nadie ignoraba en Guatemala la presencia del poeta colombiano, que por su inclinación a la vida bohemia se convirtió rápidamente en promotor de grandes veladas en su habitación del Hotel España. Todo mundo pasaba por allí, desde el más ilustre intelectual, al más ruin delincuente. Rafael lo visitaba desde temprano y con dificultad se despedía de él durante la noche.

Orlando Rodríguez Sardiñas escribió en su libro El Modernismo colombiano, que Alfonso Junco, miembro de la Real Academia de la Lengua Española, definió a Arenales como «un hombre espectacular, hiperbólico en el decir y el vivir, tenía humos de rey y profundidades de campesinas, vuelcos de Fausto y de Inopias, complicadas desviaciones y límpidas nostalgias».

El mismo poeta escribió sobre sí mismo:

«Quizá alguien se torne iracundo contra las direcciones artísticas de mi obra, por direcciones morales que no he querido señalar. Pero yo no soy un moralista del amor, ni padre de familia, ni maestro de escuela, ni siquiera diplomático… si arrecia la tempestad, me acogeré silenciosamente al blando arrimo de la contemplación. Soy uno de los seres que más gozan de la soledad, que más consuelos saben resumir de los esplendores de la naturaleza. No hay pesadumbre, por ruda que sea, que no se me disipe cuando asoma por la paz de los campos la estrella de la tarde».

Guatemala era el reino de la oscuridad, gobernada en ese tiempo por la mano dura del general Manuel Estrada Cabrera, el Benemérito de la Patria y Gran Benefactor de la Juventud, que gozaba rodearse de la lírica melosa de los poetas, esperando vencer la muerte y el olvido con las letras ajenas. Era la tierra de la asunción, de calles adoquinadas donde el silencio y la poca iluminación permitían a los hombres llenar el vacío con criaturas mitológicas y demonios.

En ese reino eclesial y represivo, retratado en las páginas oscuras de Miguel Ángel Asturias —con la sonrisa perversa del demonio en El portal del señor—, la homosexualidad de Arenales, quien se consideraba orador, periodista y poeta, rápidamente se tornó en un impedimento para desarrollar su trabajo.

Guatemala, que primero le recibió con laureles, le trataba ahora con desprecio y Arenales se volvió iracundo, violento en su lírica y criticó al gobierno de Estrada Cabrera.

—«Estoy preso —decía el poeta—, como en el fondo de un pozo de lisas paredes en este agujero que se llama Guatemala, donde nadie puede ganarse la vida de ninguna de estas tres maneras decentes: haciendo periodismo, haciendo política o estafando».

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Sin embargo la amistad entre los dos escritores continuó. Siguieron los largos paseos y las conversaciones extensas. Rafael calificaba sus interacciones con el poeta como orgías lingüísticas y él, que transcurrió por la vida como un náufrago, saboreando a ratos el pecado como una confitura maligna, que en doble forma lo fascinaba y lo intimidaba, alternando con períodos de gran puritanismo religioso, olvidó a su mujer y sus hijos por el gusto de estar con el señor de los topacios.

—«Soñaban actos ilusionistas —contaba su hija—, tradiciones mitológicas, prácticas espiritistas, propuestas mágicas como las de Leda y el cisne, Pasifae y el toro, Ino y la nube… Dánae y la lluvia… Soñaban con los ángeles que descendieron a Sodoma… con las sirenas que Maldoror confundió con la hembra del tiburón… con la fauna que aprisionó Cirse…».

Pero el poeta era una tempestad impredecible. Transformaba su estado de ánimo y su temperamento sin provocación alguna. Rafael, que buscaba entender a su amigo, le confesó lo que había observado y se sorprendió cuando Arenales aceptó su crítica.

—«¿Se olvida que soy un poeta, el último poeta maldito de esta era? Es absurdo exigirme que viva como un abogado con clientela rica, o como un almacenista, o como un ingeniero. Yo vivo según mi propia ley…», —dijo Arenales.

Rafael Arévalo Martínez, que creció —como ya contamos— en el más estricto rigor de la moral guatemalteca, conoció de primera mano la censura que la sociedad imponía en el poeta y trató de «enderezar» su camino.

—«Yo estoy arriba de toda moral» —dijo el poeta-.

—«No señor, usted está abajo de cualquier moral, porque usted es un animal» —indicó Arévalo Martínez.

Así de pronto, en el ángel transparente del señor Arenales, empezó a formarse una nubecilla obscura.

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Cuenta Rafael Arévalo Martínez: «mi alma, que en aquel instante tuvo el poder de discernir, comprendió claramente que aquel homecillo, a quien hasta entonces había creído un hombre, porque un día vi arrebolarse sus mejillas de vergüenza, no era sino un homúnculo (…) Entonces comprendí que lo que yo había amado más en el señor Arenales era mi propio reflejo azul».

Rafael comenzó a separarse de su amigo y Arenales interpretó aquello como una hipócrita crítica a su estilo de vida. Sintió de pronto que la mano de su amigo era poco firme, que llegaba a él mezquino y cobarde, y su nobleza de bruto se sublevó. De un golpe rápido le lanzó lejos de sí.

Dolido por la pérdida de su amigo, Rafael escribió el cuento que le colocaría en el sitial de los grandes de la literatura latinoamericana. El hombre que parecía un caballo. Es en gran medida el relato de la estrecha amistad que lo unía con el poeta Barba-Jacob/Ricardo Arenales.

Cuando Arenales conoció el cuento le dijo imperativo:

—«¡Usted no puede publicar esto! ¡Es una infidencia!».

—«Claro que puedo, y lo voy a hacer».

—«¡Pero esta obra me llenará de ignominia y usted no tiene derecho!».

«Y usted no tiene ya honor que cuidar. Todo Guatemala sabe quién es usted».

El poeta guardó silencio por un momento. Luego vio a los ojos de quien era su amigo y dijo:

—«Si usted publica esto, dé por terminada nuestra amistad».

Días después, el poeta Arenales dio un discurso ante los agricultores de Lavarreda. Mostró dos monedas al público y proclamó que ellas simbolizan dos gobiernos guatemaltecos:

—«El áurea de Carrera representa la maravillosa administración de aquel presidente conservador que acuñó en oro su imagen, como un rey; —dijo— la de dos centavos el símbolo de Justo Rufino Barrios, villano, matarife y ladrón, que acuñó en cobre la suya porque no merecía otra cosa, pues fue tan pobre en cosecha de frutos benéficos como rica en efusiones de sangre…».

Logró así lo que deseaba. Fue sacado del país y puesto en la frontera con El Salvador, de donde continuó con su peregrinar.

En el periódico El Fígaro, en el mes de julio de 1915, firmado por Ricardo Arenales desde la Habana, Cuba, se publicó un artículo en respuesta a la reciente publicación de El hombre que parecía un caballo.

«(…) No es un personaje puramente fantástico —dice el artículo—, sino un individuo de carne y hueso que vivió en Guatemala, a quien trataron los intelectuales, y a quien ahora reconocen fácilmente en el libro de Arévalo Martínez. (…) El mismo —me parece a mí— no pretenderá haber aprisionado en las páginas admirables de su creación la verdad absoluta respecto al hombre a quien tomó como asunto de la obra. (…) Lo que ocurre cuando se afronta la copia de un ser moral, es que se crea otro. Este hombre que parecía un caballo tal como lo ha descrito Arévalo Martínez, difiere tanto del hombre real que sirvió de modelo al novelista —y con tan radicales diferencias— como la fuerza desatada y eterna de un rayo, que es algo vivo, palpitante, luminoso y terrible, difiere del espectro inmóvil, inocuo, frío e ineficaz que la fotografía conserva de ese mismo rayo. (…) Lo que sirve de médula a la extraña obra de Arévalo, no es otra cosa que un simple proceso de cristalización y descristalización de su entusiasmo por el señor de los topacios. Cuando lo conoce y lo trata, se deslumbra ante la profundidad de este espíritu, ante su riqueza, ante su palabra, que le da la más vívida vislumbre de Dios. Pero he aquí que va sorprendiendo en él, ahora una, luego otra y otra obscuridad: ¡Es la sombra del caballo, que se proyecta en la radiante luz del ángel! Hasta que llega el día final, en que, rechazado por el monstruo, le ve alejarse por el desierto con rostro de hombre y cuerpo de bestia, como el centauro de la vieja mitología».

Arenales escribió posteriormente una corta carta a Arévalo Martínez: «yo no guardo rencor a un hombre de la naturaleza de usted».

Una tarde de junio de 1975 en Queztaltenango, poco días antes de morir a los noventa y un años, sesenta años después de publicado El hombre que parecía un caballo, treinta y tres años después de la muerte del poeta Arenales, el señor de los topacios, la chispa que tanta admiración despertó y cuyo personaje sirvió para crear uno de los cuentos más bellos de la lengua española, Rafael Arévalo Martínez escribió estos versos: «(…) Este pan que he compuesto en la vida nunca a mí me ha traído alegría».

[Mayo de 2013]

Corrección de texto de Eneida Incer.

Descargue aquí el cuento El hombre que parecía un caballo.

Óscar Estrada (Honduras, 1974). Es guionista, novelista y abogado. Productor de radio novelas y documentales sociales. En 2008 dirigió el largometraje «El Porvenir». Ha publicado los libros «Honduras, crónicas de un pueblo golpeado» (2013), la novela «Invisibles» (2012) y más recientemente su colección de cuentos «El Dios de Víctor y otras herejías» (2015). Fundador de la revista «Lastiri». Actualmente dirige la editorial con sede en Washington D.C. Casasola LLC.